VUELTA A CASA

Felipe siempre había sentido que le faltaba algo y muchas noches se había sentido legítimamente mal. Su vida había sido siempre sencilla. Tenía una familia amorosa, una esposa que lo amaba, una hermosa casa y un buen empleo. Sin embargo, ese hueco que sentía en medio del pecho, cada vez era más frecuente y le producía una inmensa nostalgia por algo que no sabía qué era. Preocupado y en absoluto secreto, acudió a ver a un psiquiatra. Tal vez necesitaba ayuda profesional. El doctor Ramírez era un psiquiatra de renombre, especialista decían, en casos poco comunes. Tuvo suerte en conseguir una cita y al llegar al consultorio, una joven le recibió con una enigmática sonrisa pintada en los labios.
-Buenos días, señor Díez. El doctor Ramírez le está esperando.
Felipe se quedó paralizado en aquel hermoso hall de cristal y blancas paredes. La del fondo, donde estaba el ascensor al que le estaba conduciendo la joven, era un hermoso jardín vertical plagado de flores de mil colores.
La joven precedió a Felipe en el ascensor pulsando el único botón que había en el teclado.
-El doctor está deseando verle -dijo la joven mirándole a través de las puertas en forma de espejo del ascensor.
-¿Perdón? -preguntó extrañado.
-Sí, que el doctor Ramírez está deseando conocerle. Su caso le interesa mucho. Yo diría que llevaba años buscándole.
Felipe no pudo evitar tener un escalofrío, no por el tono misterioso de la joven, sino por su siniestra mirada reflejada con la que le miraba sin volverse.
¿Qué hago yo aquí? Volvió a preguntarse nuevamente. No quería estar allí, pero le habían arrastrado casi hasta la puerta.
El vacío vibraba en su interior. Hacía tanto tiempo que le acompañaba, casi no recordaba época alguna en el que no lo sintiera, que era capaz de sentir hasta el más mínimo cambio de aquel agujero negro que iba engullendo sus sueños, sus alegrías, su vida. Lo sentía, no como un vacío, sino como un ser ajeno que vivía en su interior, mientras se iba alimentando de él.
No quería estar allí, pero sabía que necesitaba ayuda. Y sin saber muy bien ni el cómo ni el porqué, apareció aquél doctor del cual todos hablaban maravillas.
Felipe carraspeó nervioso mientras fijaba la mirada al suelo, incapaz de seguir soportando la extraña mirada de la joven.
No sabía si subía o bajaba, pero aquel trayecto se le estaba haciendo en exceso largo.
La compañía de la joven, en vez de relajarle, le ponía más nervioso. Carraspeó antes de poder hablar.
-¿Queda mucho hasta la planta de la consulta?

  • No, no queda ya mucho. La consulta está en la última planta.
    El silencio volvió a hacerse en el habitáculo. Felipe notaba la mirada fija de la joven. Él miraba al suelo o hacia los lados, nunca fijaba la mirada al frente para evitar cruzarse con la de ella.
    Tras unos inacabables minutos de incómodo y asfixiante silencio, el ascensor emitió un suave pitido. Habían llegado.
    Al abrirse las puertas, la joven se hizo a un lado y con un gesto del brazo indico a Felipe que podía salir. Éste no perdió el tiempo y salió rápidamente bajo la atenta mirada de la secretaria.
    Se encontraba en una amplio salón alfombrado cuyos nudos formaban intrincados y a la vez bellos arabescos, en los que Felipe se quedó fijo, como hipnotizado, notando como aquel vacío que le consumía se iba a apaciguando. Nunca había estado allí, pero se sentía como en casa. Todas las dudas, nervios e incomodidad que había notado durante su vida, y más en aquel infinito tiempo que había pasado en el ascensor, habían desaparecido.
    Levantó la avista del suelo y se encontró con uno enormes cantantes que daban a una planicie oscura y yerma. Felipe no sabía lo que veía, no podía ser. Deberían de estar viendo el azul del cielo, los edificios, las calles de la ciudad.
    Se en aminó hacia los ventanales. No le importaba asentir la mirada a de la joven fija en él. No le importaba nada. Algo le indicaba que aquél era su sítio.
    Observó la oscura planicie, surcada de gruesos y profundos canales, que como cicatrices, separaban las oscuras tierras. Por algunos de ellos fluían pequeños ríos de fuego líquido emitiendo densas volutas de humo.
    Felipe creyó estar viendo el infierno.
    -Solo es una parte, hijo mío.
    Se volvió con un estremecimiento hacia la a voz que le había hablado. Un hombre de unos cincuenta años y traje elegante a medida, se acercaba hacia él acompañado por la secretaria, la cual lucía una ancha sonrisa.
    -¿Quién es usted? -preguntó Felipe.
    -¿Yo? -dijo el hombre acomodándose en un sillón de cuero tras una imponente mesa de caoba, que acababa de aparecer en medio de la estancia-. Tengo muchos nombres. Tantos como civilizaciones y adoradores.
    Tú me conoces como doctor Ramírez. Al menos por ese nombre nos hemos reencontrado.
    Felipe no dijo nada. Se había quedado sin palabras. El vacío en su interior había desaparecido. Estaba dónde tenía que estar.
  • Tu vacío ha desaparecido ¿Verdad? -Felipe afirmó con la cabeza-. Sabes que estás en casa. Tantos años haciendo lo que se te encomendó.
  • ¿Qué soy? -preguntó Felipe asombrado por sus propias palabras-.
  • Que qué eres? Eres un hijo de la oscuridad enviado a buscar pecados con los que alimentarte. Con los que alimentarnos a todos. Buscas almas oscuras imposibles de limpiar.
  • ¿Y éste vacío?
  • Ya no lo sientes. Ya estás completo. Era el momento de volver y liberar tu alma de los pecados de los demás. Es hora de que sueltes todo lo que te lastra y comiences de nuevo.
    Felipe sintió la mano del llamado doctor Ramírez en la cabeza. Sintió como una descarga de energía le atravesaba todo el cuerpo, hasta lo más hondo de su ser.
    Un estremecimiento. Entre estertores, Felipe cayó de rodillas, mientras notaba como una negra masa, la misma que formaba el vacío en su interior, salía por su boca en forma de oscura columna de negro humo.
    No sentía nada más que alivio mientras todo aquello salía de su cuerpo. Junto al vacío que iba abandonando su cuerpo, también se vaciaba su memoria, olvidándose de su vida, de su casa, de su esposa. Olvidó las alegrías y el amor que había experimentado en ese cuerpo.
    Al vaciarse completamente, quedó tendido sin energía, en medio del alfombrado suelo.
    Quien se hacía llamar doctor Ramírez, se arrodillo junto al vacío cuerpo de Felipe. La joven secretaria se arrodilló junto a él, poniendo una mano sobre el cuerpo tendido. Éste se estremeció con convulsiones violentas, hasta que una entidad etérea abandonó aquel cuerpo.
    El doctor Ramírez se puso en pie y tendiendo la mano tocó lo que sería el brazo de la entidad que flotaba errática por la sala.
    Ésta se detuvo y fue volviéndose más densa, moldeándose hasta convertirse nuevamente en Felipe. Un nuevo Felipe que sonrió al doctor y a la joven. Les abrazó mientras musitaba:
  • Padre. Madre. He vuelto.

Observaciones:
-Intro en cursiva propuesta por @MaruBV13.
-Título del texto: VUELTA A CASA.
-Extensión en torno a las 1 500 palabras.
-Comenzamos con el mismo inicio y cada autor o autora le da un final distinto.

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5 comentarios sobre “VUELTA A CASA

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