VIDAS ROBADAS

Jean caminaba a paso rápido sin destino. Las nuevas cerraduras le hacían casi imposible su trabajo. Y es que Jean era un ladrón de casas. Pensaba en sus opciones cuando de pronto la vio… Una puerta con las llaves puestas. Se detuvo y se giró buscando al dueño, pero no había ningún alma en la calle. Giró la llave y entró a una vivienda que parecía vacía .


Pero solamente lo parecía. Jean se quedó unos instantes en el rellano observando la oscuridad. Se fijó en que la luz se negaba a penetrar por los inmensos ventanales de la casa. Sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero no sé amilanó ante la oscuridad. ¿Por qué iba ha hacerlo? Él vivía en la oscuridad de un vida de delincuente.
Pensó, justo en esos momentos (los más inoportunos siempre), en la vida que le tendría que haber tocado en suerte. Buen estudiante. Exitoso con las mujeres. De ánimo inquieto y mente ágil. Pero los dados en aquella partida no habían caído de su lado. Y la cárcel había devorado sus mejores años.


Ahora, bueno, no se iba a mentir, ya desde hacía tiempo, se ganaba bien la vida con ese negocio que aprendió en el módulo dos de una ya extinta prisión de Madrid. “El Rufo” le enseñó todo lo que debía de saber sobre cerraduras y sistemas de vigilancia. Él le enseñó, más bien se vio forzado, a hacerle más llevaderas las noches.


Jean sacudió la cabeza. No quería recordar. No era ni el momento ni el lugar en el que se dejase asaltar por los viejos fantasmas que no le dejaban dormir. Miró al exterior tan solitario como antes, avanzó con cautela. No era habitual encontrarse unas llaves puestas, olvidadas, de ninguna puerta.


Un único paso, crujido de madera demasiado reseca, una oscuridad demasiado espesa que parecía fluir como si de petróleo se tratase.


Jean se quedó paralizado. Parecía que las piernas pesaban demasiado para dar un solo paso más. Volvió a sentir el escalofrío en la espalda y una corriente eléctrica por todo el cuerpo.

No, no le interesaba aquella casa.

Daba igual que aquel día se fuese de vacío. No sería la primera vez y no pasaba nada. Nunca pasaba nada. Pero aquella casa no era para él. Y se dio cuenta de que era demasiado tarde. Él sí era para la casa.


No entendía de dónde le venía aquella comprensión, pero la puerta que había cruzado, ya se había cerrado. ¿La había cerrado él? No, no recordaba haberlo hecho.


Un nuevo crujido del suelo, pero él no se había movido. Tenía todos los músculos en tensión y los sentidos atentos. ¿Atentos a qué?
El sonido procedía del piso de arriba. Pero las viviendas de aquella zona eran de una única planta. No podía ser.


“Imaginaciones” pensó Jean.


Otro crujido, seguido del crujir de madera, le hizo dar un salto hacia delante y caer de rodillas mientras veía como las paredes se iban desencajado de su lugar conformando unos brazos de madera que buscaban en la oscuridad.¿Qué está pasando? -musitó en un susurro atónito ante lo que estaba viendo.Aquella casa buscaba una víctima y ya había decidido cuál sería.Jean se puso en pie sintiendo varios dolorosos pinchazos en las piernas y sintiendo como aquellas manos de madera se lo impedían, agarrando la tela vaquera de las perneras del pantalón. Lanzó un grito que acompañó con un tirón que consiguió rasgar el la tela, que quedó colgando en jirones entre las garras de madera de aquellos brazos que iban creciendo a base de ir desmenuzando las paredes.

– ¿Que está pasando? -musitó en un susurro.

Jean saltó hacia delante y comenzó a correr sin querer mirar hacia atrás.

Todo se llenó del estruendo de madera, cristales y ladrillos, los cuales se iban transformando en un ser compuesto de escombros el cual estaba hambriento.


El ladrón corrió sintiendo como el suelo se iba inclinando, haciendo más arduo su huida. Las piernas le ardían. Las garras, a parte de tela, también habían rasgado piel y carne. Notaba como la cálida sangre escapaba y con ella parte de su energía.


La casa entera latía al ritmo de un enorme corazón desbocado.


Jean miró hacia atrás viendo con horror como todo se había transformado en un ser imposible de largos brazos que buscaban desesperados, mientras que lo que antes era la puerta por la que había entrado, se había convertido en una boca plagada de afilados dientes que antes habían sido tablones de madera del suelo.


Jean no perdió el tiempo ni en gritar ni en intentar asimilar todo aquello. Siempre se había considerado un hombre pragmático. Tenía que correr. Tenía que huir. Tenía que salir de allí, entonces sería el momento de gritar, llorar, reflexionar, incluso de dar gracias a cualquier dios en los que nunca había creído. Ahora solamente estaba él y nadie más.


Comenzó a subir unas escaleras, que no debían de estar allí. Pero nada de lo que estaba pasando debería de pasar. Las escaleras se estremecían y Jean se iba tropezando cayendo cada pocos pasos. Sentía un aliento cálido tras él.


No quería, no podía mirar hacia atrás. Se concentró en seguir, en avanzar sin prestar atención al dolor, al miedo. Un paso tras otro. Un escalón más. Un paso más hacia ¿la salida? ¿Qué salida?


Un retumbo que se transformó en una voz.

Su nombre.

Le llamaba.

Le hablaba de un hogar. De la seguridad. De su lugar.


Jean, agotado por el esfuerzo, por el temor y por la pérdida de sangre, se detuvo. Miró hacia arriba. Mas escalones de madera seguían subiendo hasta perderse.


Los dados habían vuelto a caer en su contra.


Se dejó llevar.


La casa se estremeció al volver a la normalidad. En su oscura pared había un nuevo cuadro, el retrato de Jean, entre mil retratos más.

Relato para mí participación para el reto de Twitter #MismoInicioDiferenteFinal de @MaruBV13

📸 PIXABAY

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