AMANTES


Este es mi aporte al reto #MismoInicioDiferenteFinal

“La luna brillaba esplendorosa en aquella noche invernal. Los dos se miraron, preguntándose qué hacer ante el panorama que se les presentaba. Frente a ellos, la ciudad entera, pero no tenían más ojos que para sus ojos. Aquella noche era para ellos.

– Y ahora ¿qué?
– Ahora… -sonreía mientras se comenzaba a desabrochar los botones de su camisa.
– ¿Pero qué haces? -exclamó Rubén mientras intentaba sujetar sus manos.

Ella, sin apartar su mirada de la de él, le besó tímidamente los labios mientras apartaba sus temblorosas manos de las suyas mientras seguía desabrochándose otro botón, haciendo que la tela se descorriese, como un telón, dejando a la vista pequeños retazos del escenario de su piel.

– Aurora -le temblaba la voz.
– ¿No me digas que no lo deseas?
– Claro que lo deseo -dijo mientras observaba aquella blanca piel que resplandecía bajo la luz de la luna-. Pero…
– Pero nada, Rubén.

Las frías manos de Aurora iban descendiendo por su pecho hasta llegar hasta el borde del grueso jersey de lana, perdiéndose en el interior, sintiendo el ardor de la piel de Rubén.

Él se estremeció al sentir el frío contacto de aquella mano en su pecho.

– ¿Estás segura? -preguntó mientras sentía los labios de Aurora sobre los suyos.

Ella le sonreía mientras con su lengua acariciaba los carnosos labios del hombre.

– He dejado atrás todo -dijo mientras miraba a la luna, mientras sus manos comenzaban a introducirse por la cintura del pantalón vaquero de Rubén-. Familia, hogar… Todo por este momento. Todo por estar contigo.

Rubén se removió dentro del grueso saco de dormir en el que se encontraban. Llevando su mano por detrás de la plateada melena de Aurora, la acercó hasta él fundiendo sus labios mientras sus lenguas se enredaban en un frenético baile.

Rubén acabó arrancando los últimos botones de la camisa de la chica mientras descendía, mediante pequeños y suaves besos, por su cuello mientras descendía saboreando su nívea piel (a noche, a naturaleza, a agua fluyendo. A todo eso le sabía), perdiéndose en el nacimiento de sus pequeños pechos que subían y bajan al ritmo de su entrecortada respiración. Su boca, su lengua, su pasión que ascendía como lava ardiente desde el interior del pantalón donde la mano de Aurora no dejaba de masajear, con ligeros movimientos, su duro miembro, se llenaron de uno de los erectos y sonrosados pezones.

Aurora gimió al sentir aquellos labios que tantas veces había deseado.

Temblaba ligeramente mientras sentía las pequeñas manos de Rubén acariciando su cuerpo, desciendo por su vientre, perdiéndose por sus caderas mientras la iba levantando la plisada falda. Dedos que de forma experta fueron recorriendo el interior de sus muslos, ante cuyo contacto se fueron abriendo suavemente.

Aurora lanzó un sonoro jadeo al sentir los dedos de Rubén acariciándola, explorándola, llevándola la éxtasis mientras su clítoris vibraba ante el contacto de sus dedos.

Apartó la mano del duro miembro del chico, que seguía con la boca en su pecho. Desabrochó con urgencia los botones liberando su duro miembro.
Y en la estrechez del saco de dormir, Rubén ayudó a Aurora a subirse sobre él a horcajadas, sintiendo el calor y la humedad que manaba de la suavidad de su sexo mientras se introducía lentamente en ella.

Ambos gimieron al sentirse unidos. Labios sobre labios. Miradas. Manos entrelazadas. Movimientos impetuosos. Más jadeos.

– Te deseo… -musitaba Rubén entrecortadamente.
– Te deseo… – musitaba Aurora en un resuello.

Se acercaban al clímax. Aurora tensó la espalda, Rubén tensionó sus piernas mientras sus manos sujetaban las blancas caderas de ella. Se movían más rápido, más resuellos, más jadeos, más húmedos besos que enmudecían las voces de placer de sus gargantas.

Un espasmo. Dos. Tres. Un profundo gemido que llegó hasta la luna, la cual observaba curiosa a los amantes.
– Ahora hija -suspiró la Luna-. Ya eres lo que más deseabas. Humana.

Ambos durmieron entre sus brazos, sabiendo que aquello no era más que el principio de una vida que tanto habían anhelado.
Pues él siempre la había escrito poemas en la noche. Ella, siendo una estrella, siempre deseo los besos que prometían aquellos versos.




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