SIN PROMESAS

No me hagas promesas
Que sabemos no vas
A cumplir.
No me prometas
Un amor eterno
Que no vas a sentir.
No digas que no
Hay nadie como yo.
No me mientras más
Por favor.
Sé que soy un momento,
Que esto es una ilusión.
Un grito.
Un gemido.
Una explosión.
Un instante en la noche,
Luego, al amanecer
Me harás desaparecer,
Cómo a tantos amantes
Que antes y después
Cayeron rendidos
En tu piel.
No me hagas promesas
Que sabemos que no
Vas a cumplir.
Sé cuál es mi papel
Aquí,
Hacerte sentir,
Aunque sea esta noche.

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ATRÉVETE

Atrévete.
no busques excusas.
Lánzate.
El ayer pudo ser

oscuro, que
eso no oscurezcan
los nuevos horizontes.
Lánzate a vivir.
Sentir.
Amar, como
nunca antes lo habías
hecho.
No mirés hacia atrás,
por delante tienes
Un mundo nuevo
entero por descubrir.
Lánzate.
Atrévete a

decir lo que sientes,
que nadie te lo
impida.
Ni tú misma.
Atrévete a entrar
en esta habitación,
ha hacer de esta cama
tu reino,
mi ilusión.
Atrévete a descubrir
el placer que puedes
recibir de aquel
que te ama sin
reservas, entregándote
sus más oscuros deseos,
sus más profundas pasiones.

Lánzate a vivir.

A gritar.

A gemir.

A sentirte viva mientras

deseas morir.

Que este oscuro alma

te haga sentir lo

que nunca antes

otro te hizo vivir.

Déjate hacer, mujer.

Deja que explore no

solo tu piel,

ni tus secretos,

que mis manos se

se conviertan en tu

anhelo.

Déjate transportar.

Toma las riendas de

la noche,

de tu vida,

de la mía.

Llévanos hasta la

agonía.

Que el amanecer sea

un descanso

necesario para

otro salto al

lado oscuro de

La perversión

que hemos desatado.

Atrévete

AL MAR

Ahora, tras tanto tiempo. Contemplo desde esta playa, en la que te conocí, tu reino.
Y ahora, tras tanto tiempo de silencios, entiendo muchas de las cosas que jamás comprendí de tí.
Me parece haber vivido una fantasía, pero no ha sido así. Una fantasía no dura más de cuarenta años. Una fantasía no deja tras de sí tres hijos que son testimonio de que todo fue cierto.
Me lo debías haber dicho hace tiempo.
Eso no hubiera cambiado lo que sentí, ni sigo sintiendo.
Para mí fuiste todo. La única a la que amé más que a mi vida. A la que más amo a pesar de que ya no estás.
Nos dejaste.
Nunca quisiste ir al médico. Ahora lo entiendo. Y te dejaste consumir por la enfermedad

¡Sí! Es cierto que vivimos muchos años juntos, pero son pocos, comparados con los que podríamos haber agotado. Diez, quince, veinte más…
Ahora reposan tus cenizas en tu adorado mar.
¿Por qué no me lo dijiste?
No te voy a negar que me hubiese sorprendido. Hasta me hubiese reído y te hubiera llamado “loca”.
Conviviste con ese secreto demasiado tiempo. No quiero pensar en todo lo has debido de sufrir.
Mírame aquí. En esta playa dónde hace años te conocí. Te hablo en presente, pues aunque te marchaste. Te arrancaron de mi lado, sigues conmigo aquí. Lo noto. Nadie me va a convencer de lo contrario.
Muchos años han pasado desde ese día en el que aquí, yo de vacaciones, nos encontramos. Un flechazo, aunque nunca creí en ellos, eso fue lo nuestro. Ahora pienso que fue un encanto, un brujo…me río ante estos pensamientos. Sí fue así, me alegro de haberlo experimentado, vivirlo contigo a mi lado.
Un instante en el que nos cruzamos en esa atestada terraza, ya no existe, el tiempo impasible avanza, llevándose viejos lugares, dejando la impronta de recuerdos y vivencias.
Un instante. Un frugal roce de manos bastó para que nuestros ojos se encontrasen y me enamorase como jamás lo había estado antes.
Una sonrisa y en mi mente te quedaste todo el día, toda la noche, todo instante.
Dejé de disfrutar de esas vacaciones. Me distancié de los amigos con los que había ido. Me pasé los días buscándote. Obsesionado por encontrarte, por saber tu nombre… Por besarte. ¡Sí amor! Ya en aquel primer instante soñaba con besarte sin saber del Salado sabor de tus labios, esos que me encantaba disfrutar en largos y tiernos besos.  Húmedos, ansiosos, pasionales en otros momentos.
Pero me quedo con esa imagen, ese sabor que aún llevo impregnado en mis labios. Pensé que era la barra que siempre te dabas para que no se te secasen. Pero no era ese el motivo ¿Verdad?
Te lo vuelvo a repetir, aunque ya nunca me contestarás ¿Por qué no me lo dijiste?
¿Recuerdas cuando te encontré aquel verano?
Menuda impresión cuando caí de rodillas junto a tu toalla en la que tomabas tranquilamente el sol, la verdad es que pensé que te hacía falta, tu piel era un poco pálida.
Te asustaste, pero como mujer valiente que siempre fuiste, no tardaste en recuperarte y mirarme con curiosidad en tus acuosos ojos de un azúl muy tenue, casi blancos.
Me quedé allí, como un bobo de rodillas, perdido en la inmensidad de tu mirada.
Había otras chicas, no sé si amigas, si eran como yo o como tú. No lo sé. Nunca tuvistes problemas para conectar con la gente, para hacer amigos.
¿Sería parte de tu hechizo?
Me quedé atolondrado mirándote, sin ser consciente de la gente que nos rodeaba, ni de los gritos burlones de mis amigos que me vieron salir corriendo hacia dónde tu estabas, hasta que me sonreíste. Volví a la vida y te sonreí.
– Me llamo Juán.
– Yo Sophia -dijiste mientras me tendías tu suave y esbelta mano.
Así nos quedamos un rato. No nos importaba las miradas de los demás, ni lo jocosos comentarios de los que nos acompañaban. En aquel instante, y miles de instantes después, solo eramos tú y yo.
¿Por qué Sophia, no me dijiste la verdad? Te podría haber hecho mucho más feliz.
Te aparté del mar y nos fuimos a Madrid a vivir. Allí tan lejos del mar te quedaste conmigo. Nunca llegué a comprender, hasta ahora, por qué ese brillo cada vez que veías el mar en televisión o en viajes de veraneo. Bueno, sí quise comprenderlo. Lo achacaba a tu profesión, bióloga marina que acabó  dando clases en la Universidad Autónoma de Madrid.
En aquel tiempo cuando te conocí, acababas de terminar la carrera u en vez de quedarte y salir al mar a investigar, te apasionaba, aceptaste venir a Madrid conmigo. Nunca me propusiste quedarme aquí, me hubiera quedado. Me hubiera dado igual, como siempre poco me ha importado, los comentarios de los demás. Te vuelvo a repetir ¿Por qué?
Pero ya es tarde para ello. Ya no obtendré respuestas. Solo lamento no haber conseguido hacerte más feliz.
He dejado una carta a los chicos ¿Sabes? Ya son mayores y has visto con que valor y coraje, todo el que a mí me faltó, estuvieron a tu lado, mientras la enfermedad te consumía.
Quiero borrar esas imágenes de mi mente. Recordarte tan maravillosa como lo has sido siempre. Cómo lo eres.
Menudo susto se llevaron cuando se abrió el ataúd para tu incineración.
Menudo grito dieron, sobre todo Leo, siempre ha sido demasiado asustadizos. Salió a mí. Carlos y Hugo se quedaron perplejos y se miraban entre ellos y luego a mí.
No había nadie más en la sala.
Me dejé caer en sus brazos, incapaz de contener el dolor por ver tus restos, también por descubrir una verdad que nunca pude imaginar.
Tu esqueleto eran largas y fuertes espinas, en tus piernas se entremezclaban huesos y cartílagos que se podían unir.
Entró un médico, cerrando la puerta tras de él, se acercó y mirando el interior del ataúd no se inmutó.
Se plantó frente a mí, que me sostenía gracias a los brazos de Carlos y Hugo. Tendiendo su mano y apoyándola suavemente sobre mi hombro, habló con voz suave y tranquila.
– Es hora de que vuelva a dónde realmente pertenece. Siéntase halagado por haber compartido una vida plena.
No dijimos nada en aquel momento. No fuimos capaces. Luego, sí hablamos, con el paso de los días y semanas, el doctor André nos explicó muchas cosas. Hasta confesó su secreto, el mismo que el tuyo amada Sophia.
Siempre decías que; “El mar algún día escupirá todos sus secretos”. A mí me ha dado en toda la cara, pero no me arrepiento de nada más que de no haberte llevado a vivir a la costa. Que hubieras sido libre cuando hubieses querido.
Te quedaste conmigo tan lejos del mar.
Ahora, se lo explico a los chicos en las cartas que les he dejado, me he de unir a tí.
La tierra pesa demasiado si no estás tú. El mar no puedo mirarlo sin verte a tí.
Por eso mi querida Sophia, no se dónde irán las sirenas al morir, pero voy a buscarte y esperar que nuestras almas se encuentren.
Espero que tus ligeras cenizas, como siempre fuiste tú, muy ligera, se mezclen con esas aguas que te pertenecen.
Voy contigo amor.
Voy contigo…

Relato nacido gracias al reto #RetoAgosto Lanzado por la @DraJ2003

Gracias!!!!

NO SUELO TEMER A LA OSCURIDAD (8)

¿Qué hora es? La luz entra con fuerza por la ventana de mi pequeño estudio. Me siento cansado, sucio. Lo último sí lo estaba pues yacía en medio de un charco de vómito, en medio de un torbellino de arrugadas sábanas y ropa desperdigada.
Fijo la atención, la poca que puedo, en la mesa de comedor. Allí, además de ver unas hojas medianamente colocadas en una columna, veo una bolsa blanca de plástico sin logotipo alguno, por la que asoman varios cuello de botellas. Distingo la etiqueta negra del bourbon, otra etiqueta roja de Vodka, otra amarilla de Ginebra
Me revuelvo entre el seco vómito. Me da igual. Me da completamente igual. Mi descenso a los abismos ya no tiene vuelta atrás.
Tras tantos años en “seco”, he perdido la batalla. No voy a culpar a nadie, aunque tengo un nombre en la cabeza al que maldigo por mi infierno, pero no. Esta vez la culpa es mía. He sido yo quién no ha escuchado su voz interior, esa que se ha desgañitado gritándome; ¡No lo hagas! Y al final lo hice.
Me intento erguir, pero me siento como una tortuga panza arriba, completamente incapaz.
Apenas noto el cuerpo. A lo mejor me ha dado una embolia y muero aquí sin moverme… Pero no, noto el frío del vidrio de una botella en mi mano. ¿Otra? He debido de dejar seca la pequeña tienda. Pues supongo, no sé cuándo ni como, he bajado a la calle habiendo ido a la tienda de Clara a comprar. Allí, aunque pequeña la tienda, había de todo. El trato de la joven dependienta, heredera de doña Clara, la que realmente abrió el comercio, era exquisito. Siempre atendía con una sonrisa  haciéndote sentir especial, aunque simplemente te llevarás una barra de pan.
Me arrastro hasta poder mirar al suelo por el borde del sofá cama, encontrándome con la botella, que sentía fría, agarrada fuertemente. Vacía completamente. Bourbon ¿Cómo no? Lo que me resultaba chocante es que hubieran botellas de otros alcoholes. Pero no me iba a poner tiquismiquis, les daría un buen uso. Calmantes para mi mente y mi alma.
Me dejó caer por el borde del sillón cama y caigo al duro suelo, intentándome levantar aupándome con el mueble. Me siento inútil. Patético. Acabado. Menos mal que estoy solo. Siento vergüenza de mí. Sé que me he de recuperar, al menos fingir que me recupero para volver ir a trabajar. Se acaban los días libres que pedí. He de ponerme de nuevo la máscara, que seguro me coloqué cuando bajé a la tienda.
Pues allí nadie jamás vio mi cara auténtica, ni mis cicatrices. Ni las física de mi espalda, ni las de mi alma… Bueno, esas sí la vio Paula.
¿Paula? ¡Que cabeza! Me escribió un mensaje y no la he contestado. Estará preocupada por mí. Siempre lo está. ¿Pero que la voy a decir? ¿Que soy un miserable, cobarde, que a tirado por el retrete tantos años de terapia y de esfuerzos? ¿Un desagradecido que no ha sabido comportarse como debía? ¿Un cobarde que grita en silencio todo lo que su cuerpo y mente han soportado durante años, como si fuera el único? ¿Soy el único que no ha sabido tirar hacia delante, vivir y olvidar? ¿Porqué han vuelto con tanta fuerza mis pesadillas, mis recuerdos, mis miedos?
Hizo bien, Paula, en marcharse. Soy un caso perdido. Soy autodestructivo.
La necesidad de beber me hace ser capaz de levantarme e ir hacia la mesa donde reposan las botellas.
Las prisas me hacen temblar mientras me peleó con el tapón de la primera botella que agarro. Creo que es la del vodka, me da igual. ¿Prisas o el mono?
Me llevo la botella a la boca descargando una buen trago que ardiendo baja por mi garganta. Siento una arcada, pero vuelvo a beber. Que las llama del alcohol consuman mis demonios. Sé que no va a ser así. Los aplacará unos segundos para luego reavivarlos en busca de más dosis.
¡Maldito sea! Me grito yo mismo. Me maldigo una y otra vez. Mientras lanzó la botella contra la pared, la cual se hace añicos impregnando de alcohol la blanca pintura.
Apenas con un sonoro resuello, me quedo mirando la mancha húmeda, que va resbalando por la pared en forma de gruesos regueros, hasta el suelo enmoquetado lleno de cristales de la rota botella.
Golpeó la mesa con una patada, tirando la columna de hojas apiladas y las botellas que aún permanecen en la bolsa, mientras lanzó un grito de frustración.
Me quedo mirando las hojas dispersas, llenas de mi letra temblorosa, con toda mi vida en ellas reflejadas. El tintineo de las botellas al entrechocar una con la otra. Una hermosa melodía.
No se habían roto.
Me esperarían.
Saben que tarde o temprano no podría acallar mis deseos.
¡Debo de salir de aquí! Siento que me ahogo, que me falta el aire. Sin ser consciente de mi mal aspecto me dirijo a la puerta y salgo rápidamente cerrándola tras de mí.

URÓBOROS

Todo comienzo tiene un final y al contrario. La vida es una sucesión de inicios que son a la vez finales.

No pensaba correr. Ya había corrido demasiado durante el día, y además acababa de salir del gimnasio. Así que podía irse el metro, ya vendría otro.
Tres minutos, cinco a lo más. No importaba. En ese tiempo podría mirar un poco el móvil. Consultar las redes sociales o “hablar” a través de Whatsapp con Mónica, una amiga muy especial como para estropear nuestra amistad con un compromiso de pareja. Ella y yo éramos íntimos y no teníamos secretos el uno para el otro. Eramos nuestros respectivos paños de lágrimas. Ella me hablaba de sus novios y “líos”. Yo hacía lo mismo. Luego nos reíamos mientras gritábamos; ¡A tomar por culo! Bien alto, que con la voz, se fuesen también las malas energías.
Llegué al andén y a pesar de que el metro acababa de marcharse, estaba plagado de gente, toda ella eso sí, en la zona del primer vagón como si ese fuese el primero que llegase, o nadie se percata de de que había más vagones, tantos como largo era el andén. Pero nadie parecía ser consciente de ello agolpándose al principio.
Poco a poco, con ayuda de los codos, me fui abriendo paso hasta conseguir salir del atasco, llegando hasta más o menos la mitad. Había gente, sí, aquel día había personal en todo sitio. Pero bastante menos que al principio.
Me apoyé en la pared curva y mientras observaba la pantalla del móvil, me fijé en como un grupo de señoras de mediana edad se iba colocando, de forma estratégica ante dónde iban a estar las puertas, a lo largo del andén. Preparadas para lanzarse a cuerpo descubierto a los asientos que quedasen libres, en un frenético movimiento capaz de vencer a un atleta olímpico.
Sonreí ante aquella visión. Siempre igual, las mismas señoras inclusive, con la misma táctica sin recordar que antes de entrar hay que dejar salir.
Volví a fijar la mirada en la pantalla del teléfono. Escribí un par de mensajes a Mónica que se quedaron en espera de ser leídos. Luego una rápida vuelta por las redes sociales y el estruendoso sonido del metro, anunció que estaba llegando a la estación.
Me guardé el dispositivo en el bolsillo del pantalón de chándal y recogí la bolsa de deporte que había dejado en el suelo, disponiéndose a entrar una vez que el combate entre señoras y resto de pasajeros acabase.
El tren entró en la estación. Casi antes de abrir las puertas ya estaba sonando el silbato que anunciaba que se cerraban las puertas. Las “señoras” se pusieron tensas preparándose a la apertura de puerta como si se estuvieran preparando para la salida de una carrera.
Se abren las puertas, me quedo rezagado disfrutando del combate que se libra originando un enorme tapón. Pasajeros que se intentan bajar, mientras las señoras se abalanzan para coger asientos. Empujones, tropiezos, malas palabras, peores miradas. Ellas eran ajenas a todo. En aquel momento pensé que el ejército debía de hacer entrenamientos con esas mujeres inalterables para la consecución de su objetivo. Tan preparadas, entrenadas y coordenadas.
No pude esconder una sonrisa ante aquellos pensamientos.
Cuando se pasó un poco el combate y ante la insistencia del silbato, casi no me da tiempo a entrar en el vagón, quedándose un trozo de mi camiseta entre las puertas que se cerraron a mí espalda.
Maldije en voz baja mientras de un seco tirón conseguí liberarme. Miré alrededor con un poco de vergüenza. Pero nadie, como casi siempre, estaban a otros asuntos y nadie se había dado cuenta.
Me coloqué en uno de esos “asientos” de pie junto a la puerta. Dejé la bolsa en el suelo y me agarré a la barra de color amarillo para evitar caerme con el traqueteo del tren y sus más que posibles frenazos.
Iba a coger el móvil cuando me quedé prendido en los ojos grises de una joven que iba en la zona intermedia de dos vagones.
Me quedé mirándola fijamente, fuera de toda regla fijada por la educación. Vestía un suelto vestido de lino blanco con bordados de flores de colores, anudado a la cintura con una cuerda de cuero marrón. El pelo largo, cuyas puntas era de color azúl y rojo, le caía en forma desigual por el cuello, enmarcando el señalado escote del vestido que dejaba entrever unos pechos firmes.
Lo dicho. No fui nada disimulado y me sentí tremendamente atraído hacia ella.
Y como si fuese consciente se esa atracción, levantó la vista encontrándose con la mía.
Me sonrió con sus perfectos labios en forma de corazón, apenas realzados con carmín violeta.
No pude reaccionar y me quedé mirándola. Nuestras miradas se fundieron, mientras no dejábamos de sonreírnos. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Fue el frenazo del tren al entrar en la estación lo que me sacó de ese ensimismamiento. Aparté la vista bastante azorado y me centré en la batalla campal que se producía en las puertas del vagón, nuevamente con otro grupo de mujeres, que parecían que iban sustituyendo a las anteriores. Nueva salva de insultos, quejas y miradas.
Pero, habitualmente me sacaba una sonrisa, no me di apenas cuenta. Aunque intentaba evitarlo, no podía de dejar de mirar a la chica.
Una sensación extraña me recorría la piel.
¿No les ha pasado alguna vez el sentirse profundamente atraídos hacia alguien?
Eso me pasaba a mí.
Sentí miedo, casi entró en pánico, cuando el vagón se llenó de pasajeros y perdí de vista a aquella chica.
Me movía nervioso, en el escaso hueco que tenía, intentando buscarla. ¿Y si se había bajado? No podía ser. Me debí de lanzar y haberme acercado a ella. Pero no me había atrevido y dejé pasar momento.
“¡Pero que dices! No ha habido oportunidad alguna. Chico estás tonto”. Pensé.
Ya sacar el móvil del bolsillo era tarea, sino imposible, muy difícil. Por lo tanto me centré en toda la gente que poblaba el vagón e intenté imaginar la vida de ellos. Pero, para qué me iba a engañar, mi mente se iba una y otra vez a la chica, a sus ojos grises, a su cuerpo. Mi mente se perdió en los pliegues de lino del vestido, recorriendo el interior, subiendo por sus piernas. Sintiendo la calidez de su piel. También se centró en el escote, en esas redondeces que insinuaba. Hundiéndome en ellos, sintiendo su tersura…
Sacudí la cabeza para alejar aquellos pensamientos de mí. No era momento ni lugar, pues estaba sintiendo como la sangre se iba agolpando en otro lugar que no era el adecuado, al menos en aquellos momentos, y no era plan de tener una vistosa erección, pues el pantalón del chándal la marcaría más. Así que para relajar mi cuerpo y mi mente, me fijé en la reluciente calva de un señor que iba a mí lado con el brazo levantado, asiéndose a una de las barras altas, dejándo su axila a la altura de mi nariz. Fue una rápida forma de que la lívido se esfumase de golpe.
Llegamos a otra estación. Miré a través de la ventanilla y vi un atestado andén.
Que largo se me iba a hacer el trayecto de las cinco estaciones que me quedaban hasta la mía.
Cuando las puertas se abrieron y, ocasión extraña, la gente salió antes de que nadie quisiera entrar, me encontré con la mirada, creo que urgente, de la chica la cual me sonrió de forma nerviosa. Parecía que la había sucedido algo parecido a mí. Sentí un enorme alivio al verla, pero a la vez un gran nerviosismo.
¿Me acercaba? ¿No me acercaba? Pero no me hizo falta contestar a ninguna de estas preguntas, pues fueran contestadas por ella misma al acercarse a mí entre la gente que iba entrando.
La sonreí nervioso, como un colegial, mientras que ella me devolvió una sonrisa segura y muy sensual. Al menos a mí, en aquellos momentos, me pareció sensual.
Me fijé que la mitad de su pelo, lo llevaba recogido en una ligera coleta, era el resto de la melena la que remarcaba el escote.
Consiguió llegar hasta dónde estaba yo. Nos separaba medio metro, pero el inicio de la marcha del tren, más brusco de lo habitual, hizo que cayese sobre mí y sus manos tocasen mis manos.
Sentí una sensación eléctrica recorrer mi cuerpo. El aroma de su piel, a flores de naranjo y canela, embriagó todos mis demás sentidos.
Fueron escasos segundos los que estuvimos pegados el uno al otro, pero me dio la sensación de que ninguno queríamos apartarnos e hicimos más largo de lo necesario aquel momento. Pero al apartarse vi el rubor teñir su blanco rostro y noté una creciente erección, que ella al parecer, también había notado.
Me sentí profundamente avergonzado. Le quería pedir disculpas, pero no sabía cómo. La iba a decir las primeras palabras que saliesen de mi boca, cuando se acercó a tan solo unos centímetros de mí.
Podría haberse debido a que había mucha gente y en los movimientos que realizaban para colocarse para salir, por lo que ella se acercó. Pero algo me decía que no era eso.
La profunda mirada y el brillo en sus grises ojos, me decía que nó. Que se había acercado por que quería.
Me erguí aún un poco más. Ella estiró una de sus manos y la colocó justo debajo de la mía en la barra de agarre. Tan justo debajo que sentía la tibieza de su piel.
Estaba perdido en su mirada y su sonrisa que se había convertido en una muy sensual mueca, al estar mordiéndose ligeramente el labio, cuando sentí con cierto estremecimiento su mano sobre mi creciente miembro, el cual al sentir el contacto de aquella mano, se puso completamente duro.
La miré con sorpresa, pero no me moví. Me quedé mirándola a los ojos.
Su mano fue subiendo y bajando por encima de la tela de chándal, tocando con suavidad mi erecta verga y descendiendo hasta los testículos, los cuales apretaba con mucha delicadeza.
Mi respiración se convirtió en entrecortada, e incluso llegué a emitir un ligero jadeo.
“¡Joder!” Pensé. Nada más podía pensar más que en aquella mano que buscó la goma del chándal introduciéndose por ella, esquivó también la goma del calzoncillo y llegó a lo que buscaba. Agarrándo con delicadeza pero decisión mi palpitante miembro y comenzó, con suaves movimientos ascendentes y descendentes a masturbarme.
Todo mi cuerpo temblaba. Me acerqué a su cara buscando su boca. Necesitaba sentir su boca. Quería besarla y pasar mi lengua por ella. Lo ansiaba. Ella lo veía en mi mirada y sonreía apartándose ligeramente, mientras la cadencia de su mano iba en aumento.
“¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!” Pensé. “Esto se lo tengo que contar a Mónica. No se lo va a creer”.
Ni yo mismo me lo estaba creyendo, pero sí sabía que aquello lo acabaría sabiendo Mónica, seguro que después de una sesión de sexo, pues aunque no éramos novios ni creíamos en el compromiso, nos sentíamos atraídos sexualmente, y sabíamos que a ambos nos gustaba.
En aquel momento caí en la cuenta de que íbamos en el metro, en un vagón atestado de gente, pero nadie nos miraba. Nadie se había percatado de aquella mano dentro de mi pantalón, ni de nuestra respiración entrecortada, pues la de ella, también comenzó a ser entrecortada. Parecía que estábamos en otro lugar, sin nadie. Aquello me excito más y busqué con urgencia su boca, completamente desesperado por besarla. Pero ella en vez de entregarme su boca, me agarró la mano y la condujo por los pliegues de la falda hasta su tibia piel. Me guío por sus muslos en suaves movimientos, hasta llegar a la tela de su ropa interior de encaje, la cual me llevó a apartársela y me entregó, para mí deleite, otros lábios.
Me liberé de su mano, quería ser yo quien se guiase. Subí hasta el pubis que lucía un tenue y suave vello, acariciándo con unos dedos temblorosos, para luego descender suavemente y acariciar los labios que me había entregado, notando la humedad y el calor.
Cerró los ojos y no pudo reprimir un sonoro jadeó cuando mis dedos entraron dentro de ella y se movían nerviosos y excitados, tanto como yo, buscando el clítoris.
Ella comenzó a acelerar el movimiento de su mano, haciéndome gemir. Haciéndo que me encontraste al borde de la eyaculación. Apartó la mano y sujetó la mía, esa que jugueteaba con dedos nerviosos en su sexo, apretándola más fuerte, haciéndose sentir más. Aceleré el movimiento y ella me guiaba, arriba, abajo, arriba , abajo, con la cadencia que ella necesitaba.
Seguía con los ojos cerrados y la boca entreabierta.
Nadie nos miraba. No había nadie.
Cuando abrió los ojos se encontró con mi mirada anhelante y mi boca sedienta de su boca.
Apretando más ni mano contra su húmedo sexo, me besó con ansiedad. Sentí el calor y la humedad de sus labios, el sabor a lilas de su carmín. El aroma a flor de naranjo y canela invadió todo el lugar.
¿Dónde estábamos? ¿Estábamos en algún lugar?
Mi mano se movía más rápido, guiada por la suya, más y más rápido por debajo de la falda, arrancándole jadeos que se ahogan en mi boca, que no se apartaba de la suya. No podía permitirme apartarme de sus embriagadores labios.
Más y más rápido por debajo de la falda. Más contínuos y más profundos gemidos escapaban de su garganta.
Un poco más y mis dedos, en su clítoris, la harían llegar al éxtasis.
Mi miembro erecto anhelaba más caricias. Casi me dolía tanta dureza.
Algo me decía que no iba bien. “¿Qué no iba bien?” Me decía. Aquello era un sueño.
Tras un sonoro gemido, el cual debía de provocar alguna mirada de los demás pasajeros, pues volví a caer en cuenta dónde estábamos, apartó mi mano de golpe de su sexo.
Nos quedamos mirándonos. Extenuados pero completamente excitados.
Sin soltarme la mano tiró de mí hacia la puerta. No me había percatado siquiera de que habíamos llegado a una estación. ¿Cuál? No me importaba en absoluto. Lo único que quería era terminar lo que habíamos comenzado, introducirme en ella con mi boca, con mi erecto pene. Quería robarla aquellos gemidos que tanto me estaban excitando.
Quería…
Me dejé guiar por ella por pasillos y escaleras, vueltas y giros, sin ser consciente de dónde estaba ni hacia dónde me llevaba.
Simplemente llegamos a un vacío corredor de paredes color ámbar. Pasamos por debajo de una cámara de seguridad, pero no nos importó.
Me empujó sobre la pared y llevándose mi mano a la boca, lamió la humedad de su sexo, con movimientos ansiosos.
La aparté y nos quedamos mirándonos unos segundos. Después nuestros labios se atacaron con violenta pasión.
Mis manos, buscadoras, levantaron su vestido y se encontraron con la corvatura de su espalda y unas nalgas suaves.
Las manos de ella se ciñieron al pantalón y de un seco tirón, me los bajó hasta los tobillos, liberando como un resorte mi dolorosa erección.
Sonrió y arrodillándose rápidamente atacó con si boca, haciendo que exhalase varios profundos gemidos.  La sujeté firmemente por la cabeza, pero no me hizo falta guiarla. Sabía perfectamente cual era la cadencia adecuada para hacerme incluso gritar de placer.
Se detuvo y mientras me miraba usaba la lengua para recorrer todo mi pene, teniéndose con fruición en la uretra. Me temblaban las piernas del placer que me estaba haciendo sentir.
La aparté lentamente y la incorporé besándola sintiendo el sabor de mi cuerpo en sus labios.
De forma apresurada, la bajé el vestido por los hombros liberando sus pechos de grandes pezones enhiestos. Hundí mi cabeza en ellos y besé con delicadeza. Mordí con más delicadeza, mientras mis manos, a ambas bandas se aplicaban en su sexo y malamente en sus nalgas. Cuando llegó a gemir, me aparté de ella y la empujé de cara contra la pared.
Aparté con suavidad su melena y la bese el cuello cálido y delicioso por el perfume que usaba. Guía descendiendo por si espalda hasta llegar a la zona que todavía estaba cubierto por el lino. No fue impedimento hasta que llegué a la curva de su espalda. Mis manos se encontraron con la tela del tanga, el cual arranqué de un tirón que hizo que ella exclamase un gemido de placer, lo tiré al vacío corredor, sumergiéndo mis labios y mi lengua por sus nalgas, besando, acariciando, lamiendo. Llegando a introducir la lengua en su ano y bajando justo hacia la zona del perineo. Un gemido. Un grito.
Más abajo, hasta encontrarme con sus palpitantes y húmedos labios vaginales. Mi lengua se introdujo por ellos, saboreando con deseo su humedad, su calor. Mi dedo índice buscaba la estimulación de su clítoris. Se movía al ritmo que marcaba mi lengua, mis dedos. De alguna forma consiguió sujetarme la cabeza, sumergiéndome con fuerza más en su interior.
Un grito de placer.
Me apartó de forma brusca, me miró sin cambiar de posición, de cara a la pared, ofreciéndose tal y como estaba. Me levanté con rapidez y la sujeté con violencia del pelo. Busqué sus labios, me los entregó y mientras la batalla de lenguas se producía, introduje mi palpitante miembro en su húmedo y deseoso sexo, sintiendo un placer inenarrable.
Gemimos a la vez al sentirnos uno dentro del otro.
Primero despacio. Debía de ir despacio pues estaba a punto de vaciarme, pero lo que yo quisiera no importaba. Eran nuestros cuerpos, nuestros gemidos y jadeos los que marcaban el ritmo. Y marcaban más y más rápido, mi otra mano estaba perdida en su clítoris, en realidad no se había movido de allí, en un momento la aparté y la llevé a mis labios, limpiándola con mi lengua de sus fluidos. Más besos ansiosos, los dedos a su lugar, entre sus muslos húmedos de saliva y flujos.
Los gemidos fueron en aumento y nuestros cuerpos se buscaban más y más rápidos.
Estábamos a punto. Todo su cuerpo temblaba, con sus manos en mis nalgas, apretaba para que no me apartase. Más y más rápido.
Ya no podía aguantar más, estaba a punto de correrme.
Pero no podía. Antes debía de saber una cosa de ella, al menos su nombre. Y algo me decía que ese era el momento.
Me detuve con esfuerzo. Sentía las manos de ella en mi culo apretando para que siguiese dentro de ella.
– Una pregunta antes…
– ¿¡Qué!? – su entrecortada voz era dulce.
– Tu nombre…
– ¿Cómo?
– Dime tu nombre antes de que me corra, por favor.
– Savvana…
– Savvana.
Y con su nombre en mis labiós empujé un par de ocasiones más, mientras ella se contraía y se contorsionaba emitiendo sonoros gemidos  los cuales se solapan con los mío, al llegar al climáx, hasta que yo con tres estertores me corrí en su interior, mientras ella apretaba fuertemente para que no saliese de su interior. Así nos quedamos… No sé, segundos, minutos, días.
Simplemente sé que nos quedamos exhaustos y una vez ella me soltó, caímos sentados al suelo.
Ahí estaba yo. Alucinando completamente. Con los pantalones del chándal por los tobillos y mi miembro perdiendo su erección y cayendo de forma ridícula a un lado.
Tras tanto placer experimentado, más que con ninguna otra relación anterior, mi mente me gritaba que algo no iba bien. Y lo sabía, me había dejado llevar por otra cabeza sin pensar en el seco seguro, ni en embarazos no deseados, ni en enfermedades de transmisión sexual, ni en nada de nada. Solamente, si como animales fuésemos, calmar aquella pasión que nos quemaba.
Mónica no sé lo iba a creer, al igual que aún yo no me lo creía.
Miré en derredor y me encontré con un vacío pasillo y la cámara de seguridad que debía de haber grabado todo. Sonreía al pensar en el de seguridad masturbándose ante aquella película porno en directo. Me encontré con los restos del tanga que había arrancado a Savvana y había lanzado a no saber dónde.
Sentí la mano de ella en mi muslo. Sentí que ya no poseía la calidez de minutos antes.
Sentí frío.
La miré y su rostros antes suave, terso, bronceado y de ojos grises, se había tornado en rugoso, pálido, con todos los huesos marcados y de ojos… ¡No tenía ojos! Dos cuencas vacías y negras como la noche.
Me estremecí e intenté levantarme, pero no pude. Estaba pegado al suelo de alguna forma.
Ella en cambio sí se levantó y su vestido de lino blanco se tornó en una sucia mortaja de blanco roto que caía, no sobre un bello cuerpo torneado, sino sobre una percha casi de huesos. Y el olor, ese de flor de naranjo y canela, fue sustituido por olor a agrio, caducado que enradecía el aire. La luz del pasillo, antes luminosa, ahora se tornaba en gris y negro.
Y la sonrisa sensual de sus bellos y sabrosos labios, se convirtió en unos descarnados labios en forma de ranura.
Intenté gritar, pero aquella ranura rugosa que tenía como labios, me lo impidió al unirse a mis labios.
Sentí arcadas al notar el aroma agrio y caduco de su piel. Sentí también como através de mi boca me iba vaciando hacia su boca.
Sentía como mis órganos eran arrancados con violencia y gran dolor, siendo absorbidos por ella. Intenté apartarme, pero era inútil. Sabía que ya estaba muerto.
Me veía siendo engullido desde dentro. Alimento para ese ser. Sentía un dolor intenso e insoportable. Mis líquidos y mi carné escapaban de mí a través de mi boca, dejándo en mi lengua el sabor amargo de mi sangre, el ácido de la bilis, el tacto graso del hígado, el gusto meloso de mis intestinos.
Veía como era devorado. Quería gritar. Quería dar marcha atrás y volver al vagón del metro, quería haberme bajado en otra estación, o ni siquiera haberme subido a ese tren.
Mi conciencia se fue diluyendo entre dolores. Todo estaba llegando a su final. Al menos no contraería ninguna enfermedad de transmisión sexual. Ese fue mi último pensamiento antes de diluirme en la oscuridad de la nada.

El ser ser levantó dejándo tras de sí, simplemente las prendas tiradas de aquel que había servido de alimento a su criatura.
Se llevó las manos a su abultado vientre y sonrió dejando al aire sus colmillos cubiertos de una capa amarilla.
Sonrió mientras abandonaba aquel corredor que no estaba en ningún lugar.
Su hija nacería y necesitaría alimentarla hasta que aprendiese ha hacerlo ella sola.

Todo comienzo tiene un final y al contrario. La vida es una sucesión de inicios que son a la vez finales. Vida y muerte.

METAHUMANOS

La música sonaba a través de los altavoces. Ella se contoneaba frente a él, que la pedía más y más.
Ella se acercaba, le sujetaba la cara y le mordía suavemente los lábios. Él gemía e intentaba sujetarla mientras ella se alejaba, pero los pañuelos con los que estaba atado a la silla se lo impedía.
Ella seguía contoneándose al ritmo de la música mientras se iba desprendiendo de la ropa.
– Sí. Quitatela -misitaba él con voz ahoga por la excitación- Quítatela toda.
Ella bailaba y se reía mientras se iba quitando prenda tras prenda.
– ¡Sueltame! -pedía él mientras forcejeaba con los pañuelos.
Ella era ajena a sus súplicas. Reía y bailaba como si estuviera sola en la habitación. Cuando ya solo lucía un escaso conjunto de roja lencería, se acercó a él y se puso de rodillas entre sus piernas.
Sus manos recorrieron la cara de él con una suave y lenta caricia, mientras le besaba con besos húmedos y lentos.
Las manos de ella descendieron por el pecho arrancando los botes de la camisa.
Sus besos siguieron a sus manos. Despacio. Sin prisas. Deteniéndose en los labios de él , que buscaba su boca con urgencia.
Después descendía por el cuello, el cual mordía ligeramente robándole gemidos de placer, mientras seguía intentando liberarse.
Descendía por su suave pecho mientras sus manos se perdían en su entrepierna, notando la dura erección que amenazaba con reventar los ajustados pantalones.
Acarició el erecto miembro con suavidad por encima de la tela, mientras reía y besaba suavemente los pezones del chico.
Él gemía de placer e intentaba liberarse. Deseaba arrancarla la ropa interior e introducirse en ella sin dilación. Notaba que si no hacía eso, no duraría mucho más tiempo.
Ella descendió hasta el borde del pantalón, el cual fue desabrochando con lentitud, ajena a las súplicas de él, mientras sus manos seguían acariciando y robando más gemidos.
-¡Vamos! !Vamos! No aguanto mucho más.
– ¿No aguantas qué? -dijo ella mientras acababa de desabrochar y bajar el pantalón, liberando el erecto miembro.
No pudo contestar pues un gemido ahogó su respuesta al sentir la húmeda lengua de ella recorriendo su erección.
– Es…es increíble -Musitaba él mientras ella se iba introduciendo su pene en la boca-.¡Ah!
Se estremecía, mientras seguía atado, sintiendo como ella subía y bajaba con lentitud.
-Sigu…sigue. Sí -hablaba entrecortadamente. Sentía que apenas iba a aguantar más-. Sí, sigue. Sigue así…
Ella se apartó de él, quién la miró con una sonrisa ansiosa en la cara.
– ¡Te toca! – dijo ella mientras se ponía de píe y se apartaba su rojo y pequeño tanga, mostrándole su rasurado pubis.
Se acercó a su cara y colocó su sexo a escasos centímetros de su boca.
Él sonría su calor y su humedad.
Otro tirón a los pañuelos. No podía liberarse. Maldijo el momento que aceptó ser atado.
Movió la cabeza hasta que penetró con su lengua los húmedos lábios, buscando con desesperación el clítoris, él cual empezó a estimular con movimientos nerviosos y excitados, arrancándonla quedos gemidos de placer.
Se acercó más y apretó su cara contra su sexo, para que continuase ahí.
Se estremecía con su lengua dentro. Sentía algo que nunca había sentido ni experimentado. Notó, con sorpresa, una intensa sensación de placer que la subía desde los pies, hasta llegar a la cabeza. Se puso tensa sintiendo esa oleada de placer.
¿Eso sería un orgasmo?
Sentía.
Sentía que iba a explotar de placer.
La lengua de él lo notaba y se movía más rápido estimulándola, haciéndola disfrutar…
– ¡Ah! – lanzó un sonoro grito, que él supuso de placer y siguió moviendo la lengua con una mayor urgencia. Pero al cabo de unos segundos, se descubrió que ella ya no estaba. Que su lengua, momentos antes dentro de su sexo, estaba lamiendo el aire.
Suspiró.
– ¿Que pasa? ¿Que sucede? -decía mirando aquella solitaria playa que habían ideado. ¿Seguimos o me sacas de aquí?
No hizo falta respuesta alguna, al ver como el horizonte, el sol en el ocaso, el tranquilo y arrullante mar se pixelaban y fueron desapareciendo en la oscuridad de la desconexión.
Sintió las manos libres. Ya se había acabado.
Se quitó las gafas de realidad virtual y se vió sentado frente a ella, que lucía con la cara colorada, y vestida al igual que él, con los atuendos típicos de su ciudad. Monos azules, grises y negros de un material flexible.
Estiró el brazo y acarició el suave diseño de piel de su rostro. La sonrió.
-¿Que ha pasado?
– No lo sé.
– ¿No lo sabes?
– No. No lo sé. Estaba sintiendo algo tan, tan intenso…para después, cuando estaba a punto como de estallar, no sentir nada en absoluto.
– ¡Vaya!
– ¡Sí! -dijo ella sonriendo- ¡Vaya! Justo en el momento que iba a llegar a eso que se conoce como orgasmo, o eso creo.
– Habremos quemado los sensores sensitivos -dijo él mientras se reía.
– Al menos los míos. Y hablando de todo. ¿Quieres que probemos hasta dónde llegan los tuyos?
– Otro día Aryt -dijo mientras se quedaba mirando a través del cristal la ciudad y la cúpula, que estaba programada para lucir un cielo cubierto e nubes negras-. ¡Vaya! Ha sido tan…
– Intenso Aron. Ha sido muy intenso. No sé porqué está prohibido.
– No lo pienses Aryt. Alguna razón tendrán los Ingenieros para prohibir estos programas.
– Pero que mal se hace. Es un puro goze sensitivo.
– Es biológico puro. No nos ves a nosotros. Mírate Aryt. Mírate. Son proyecciones, nuestros cuerpos sin cibernéticos. No tenemos ningún órgano sexual. Somos una evolución de nuestros antepasados.
– Sí, pero somos hombres y mujeres ¿Por qué? Si con el paso de los siglos acabamos con la sexualidad, porqué cuando nos crean nos conectan software de masculinidad o feminidad.
– No lo sé Aryt. Eso pregúntaselo a tus padres, otra reminiscencia de nuestra antigua humanidad. Tu padre pertenece a los Ingenieros y tu madre a los Arquitectos. Han sido ellos los que durante generaciones han ido conformando nuestro mundo.
– No lo saben Aron. Ya se lo he preguntado. Y siempre se lamentan de que sea tan preguntona.
El joven comenzó a reírse.
– Y lo eres Aryt. Haces muchas preguntas. Algún día quizá, halles las respuestas. Te han creado para encontrar respuestas. Estás llamada ha estar en la mesa de los Creadores.
– Y tú de los Directores. Al fin y al cabo eres hijo o creación de los Directores Mayores.
Se hizo el silencio y Aryt se levantó de la silla en la que estaba sentada.
– ¿Te apetecería probar otras cosas?
– ¿Cómo dices Aryt? -dijo mientras se acercaba a ella.
– Otras cosas Aron. Solamente conocemos está cúpula. Desde que nos crearon y nos añadieron las piezas cibernéticas, dejamos de ser, eso que llamaban libres nuestros antepasados. Nos crean para vivir unos roles ya predeterminados…
– Se llama orden Aryt. Nuestros antepasados no vivían bajo cúpulas…
– ¡Eso digo! ¿Por qué Aron? ¿Por qué vivimos bajo las cúpulas? ¿Que hay ahí fuera?
– Destrucción y un mundo muerto. Eso es lo que dicen los Exploradores, que salen a diario a ver si el aire se limpia y explorar rutas para llegar a otras cúpulas más lejanas.
– ¿Y cómo sabemos que es cierto?
– Están programados para no mentir. Además he visto imágenes en directo de sus exploraciones.
– ¿¡Qué!? -preguntó con incredulidad mientras se volvía hacia él.
– Son ventajas de ser creación de los Directores Mayores -sonreía de forma pícara.
– ¡Ya! -respondió ella mientras sonreía y le acariciaba el diseño de su piel-. ¿Y esa sonrisa nueva? ¿Cambio de programación?
– No, es original. Algo seguimos conservando de nuestros antepasados. Somos cibernéticos, no robot.
– Estamos cerca de serlo.
– Seguimos sintiendo muchas cosas Aryt. Seguimos teniendo un corazón. Comemos. Respiramos. Somos capaces de enamorarnos. Somos conscientes…
– Pero como Aron. ¿Cómo?
– Somos humanos más avanzados.
– Apenas necesitamos respirar. Apenas necesitamos comer. Enamorarnos para qué, si no hay sexualidad y la que hay está prohibida.
– Es la evolución Aryt. Apenas hay aire respirable más que el que produce las Cúpulas, por lo tanto nuestros pulmones son más pequeños y se nos ha ido añadiendo baterías de conservación del aire. La comida requería mucho espacio y terreno. No lo había, así que apenas necesitamos comer, más que un poco para disfrutar de ello. El amor es lo que aún nos hace humanos. Sexo, lo que hemos experimentado…
– A través de células sensoriales de última generación…
– Que se queman en el momento más inoportuno…
Ambos se rieron ante el comentario de Aron.
–  Llevas razón en muchas cosas Aryt. Y estoy contigo. Siempre lo he estado y estaré. Lo sabes.
– Eso espero Aron. Vas a ser mi pareja. Ya lo sabemos. Pero en este caso me alegro, pues realmente siento que te quiero. O al menos siento algo que los Profesores llamaban amor.
– Y yo a tí Aryt. Yo también.
Se dieron las manos y luego se abrazaron.
– ¿Sabes que me apetece ahora?
– Espera que te cambien los sensores sensoriales.
– ¡No! -sonrió- Que también. Ver pájaros. Sentir la brisa del mar.
– ¡Vamos!
– ¿Cómo?
– Pues vamos a ver pájaros y a sentarnos en la playa a sentir la brisa. Podemos.
– ¡Ah, sí! Pero no a las recreaciones de la Cúpula, me refiero a los reales. Los que ya no existen. Me gustaría ser una Exploradora y ver el exterior.
– Me das miedo Aryt.
– Normal. Soy una chica mala – comenzó a reír mientras se alejaba hacia una puerta que se dibujaba en el fondo de la estancia.
– ¿Dónde vas? -respondió Aron mientras la seguía.
– Vamos a ser malos…
– No sé que es lo que estás tramando, pero creo que no me va ha gustar.
– También dijiste lo mismo de lo de hoy y te ha gustado.
– ¿Que pretendes? – la preocupación se reflejó en su voz.
– ¡Ver la luz de verdad! ¡Ver la oscuridad de verdad! ¿Vienes conmigo?
– ¿Pero cómo? Al hijo de Los Directores Mayores y la hija del Ingeniero y Arquitecta Jefes, no nos van a dejar salir.
– ¿Vienes? -dijo mientras la puerta se abría.
– Eres una muy mala influencia para mí que voy a tener que dirigir la Cúpula.
– Tendremos que hacerlo. Pero no ahora.
– ¡Claro que voy! Necesitas a alguien que sea responsable.
– ¿Quieres sentirte vivo? Vamos a sentirnos vivos.
– ¿Pero cómo vamos a salir?
– ¡No lo sé! Ya se los ocurrirá el como.
Salieron de la estancia agarrados de la mano y una sonrisa en la cara, con la convicción de sentirse libres por una vez. Sin saber que les depararía aquella decisión.

RELATO BASADO EN EL #RETOAGOSTO DE LA MARAVILLOSA @DraJ2003