RENDEZ-VOUS AVEC LA MORT




Odiaba el 14 de febrero. No tenía ni pareja ni amigos, pero ahí estaba, una postal sin remitente del Puente de las Artes. París lucía tan lejano ahora. En el reverso con letra desconocida aparecían su nombre, dirección y solo un mensaje:
«Rendezvous. 30 de febrero».


No me gustaba aquel inicio para mi carta. En realidad no me gustaba ninguno de los inicios para aquella última carta, que por supuesto, nadie leería. Todo era demasiado impostado, demasiado falso, al igual que aquel retazo de vida en la que «vivía».


Pero pronto acabaría.


Miré a través de la ventana de aquel piso en pleno barrio Latino de París. La noche empezaba a caer y una luna brillante, parcialmente cubierta por grises nubes, despuntaba ya en el cielo irradiando de una sobrenatural luz sobre calles plagadas de sombras que deambulaban errantes.
Aplasté el filtro del cigarrillo entre decenas de otros filtros que reposaban amontonados en aquel viejo cenicero de latón. Apuré de un trago el cognac que restaba en la ancha copa de balón.


Estaba cansado.


Volví la vista a la postal tirada sobre aquella mesita junto a la ventana.


«30 de febrero».


Una buena fecha, tan irreal como todo en aquel mundo que veía a través de un brumoso velo.


Hacía frío. Me arrebujé en el abrigo mientras el aire procedente del Sena, penetraba hasta mis huesos.


París lucía distante ahora, a pesar de estar caminando por ella. Su luz no era la misma. No. Ahora a mis ojos, todo aquel brillo de antaño se mostraba velado. Todo era diferente. Aquel mundo era diferente.


Sombras apretujadas unas con otras, celebrando el Día de San Valentín, se iban cruzando en mi camino. Otras permanecían etereamente apoyadas sobre los muros de piedra que daban a la Île de la Cité.


No presté la mínima atención. No tenía nada que mirar. No había secretos que las sombras guardasen para mí. Ya no. Hacía tiempo que las gárgolas pétreas que custodiaban Notre Damme, ya me los habían revelado.


De eso hacía mucho tiempo. Muchas vidas atrás. Era hora de acudir a una cita tantas veces pospuesta.


Encaré el Pont des Art desde la rivera derecha del río. Anduve por su plataforma de hierro y madera. Las barandillas ya no refulgían por el brillo de miles de candados. Ahora frías placas de cristal las protegían de los enamorados.


Una sombra en un banco de madera.
Sonreí. Había acudido pronto, o yo demasiado tarde.


Me senté junto a ella. Sentí su congelada sonrisa en mí. No la miré. No hacía falta.


– Llegas tarde.


– Siempre has tenido prisas -contesté mientras mi vista se fijó en el único candado que había en la barandilla-. ¿Es el nuestro?


– ¿Cuál si no? Nada más apropiado para este día.


– ¿El 30 de febrero? -dije con sorna.


– Da igual. Es la hora. Ya no se puede posponer.


– Rendez-vous avec la mort. Por fin descansaré entre tus brazos.


– ¿Me besas?

La miré. ¿Quién dijo que la muerte no es bella?

La besé y la luz volvió a resplandecer.

Está es mi aportación al reto #MismoInicioDiferenteFinal.

📸 DEPOSIPHOTOS


DE SER, QUIZÁS.

Nunca he sido normal.
Nunca me lo he creído.
Un niño de brazos
vacíos y sueños vívidos.
Un niño que siempre
ha querido mirar a través
del arco iris un mundo
lleno de color.
Un niño que se aferra
a su mantita de la niñez,
a una noche en vela
plagada de sonrisas y
nervios, murmullos en
el cuarto fijando su
mirada lejos,
más allá del pasillo
oscuro por el que se
esperaba que llegasen
los sueños.
Mañanas de bostezos,
del sonido de la radio,
de leche blanca,
de mochilas pesadas,
de encarar el día con
esperanza sin miedo
a nada e ilusiones por
banda.
Un niño que navega entre
nubes de algodón, que se
hunde en cucuruchos de
hojas de periódicos,
entre pasillos de otros
niños que juegan divertidos
sin ser consciente si llueve
o hace frío.
De abrazos, que comenzaban
como un juego, terminando
en un beso rápido.
Miradas alegres.
Sonrojo en la cara,
corriendo a presumir
de la hazaña.
Un niño que crece
que a la edad adulta
nada cede.
Un niño que se aferra
A los hilos de una cometa
y que por el viento arrastrar
se deja, que siente el
viento en la cara y
sus lágrimas, no derramadas,
se congelan.
Que ríe sintiendo el cosquilleo
de las alas de las aves en
su vuelo, mientras rozan su
pecho.
Y bajo él, todo es pequeño.
Todo pasa raudo sin poder
detenerlo.

AMANTES


Este es mi aporte al reto #MismoInicioDiferenteFinal

“La luna brillaba esplendorosa en aquella noche invernal. Los dos se miraron, preguntándose qué hacer ante el panorama que se les presentaba. Frente a ellos, la ciudad entera, pero no tenían más ojos que para sus ojos. Aquella noche era para ellos.

– Y ahora ¿qué?
– Ahora… -sonreía mientras se comenzaba a desabrochar los botones de su camisa.
– ¿Pero qué haces? -exclamó Rubén mientras intentaba sujetar sus manos.

Ella, sin apartar su mirada de la de él, le besó tímidamente los labios mientras apartaba sus temblorosas manos de las suyas mientras seguía desabrochándose otro botón, haciendo que la tela se descorriese, como un telón, dejando a la vista pequeños retazos del escenario de su piel.

– Aurora -le temblaba la voz.
– ¿No me digas que no lo deseas?
– Claro que lo deseo -dijo mientras observaba aquella blanca piel que resplandecía bajo la luz de la luna-. Pero…
– Pero nada, Rubén.

Las frías manos de Aurora iban descendiendo por su pecho hasta llegar hasta el borde del grueso jersey de lana, perdiéndose en el interior, sintiendo el ardor de la piel de Rubén.

Él se estremeció al sentir el frío contacto de aquella mano en su pecho.

– ¿Estás segura? -preguntó mientras sentía los labios de Aurora sobre los suyos.

Ella le sonreía mientras con su lengua acariciaba los carnosos labios del hombre.

– He dejado atrás todo -dijo mientras miraba a la luna, mientras sus manos comenzaban a introducirse por la cintura del pantalón vaquero de Rubén-. Familia, hogar… Todo por este momento. Todo por estar contigo.

Rubén se removió dentro del grueso saco de dormir en el que se encontraban. Llevando su mano por detrás de la plateada melena de Aurora, la acercó hasta él fundiendo sus labios mientras sus lenguas se enredaban en un frenético baile.

Rubén acabó arrancando los últimos botones de la camisa de la chica mientras descendía, mediante pequeños y suaves besos, por su cuello mientras descendía saboreando su nívea piel (a noche, a naturaleza, a agua fluyendo. A todo eso le sabía), perdiéndose en el nacimiento de sus pequeños pechos que subían y bajan al ritmo de su entrecortada respiración. Su boca, su lengua, su pasión que ascendía como lava ardiente desde el interior del pantalón donde la mano de Aurora no dejaba de masajear, con ligeros movimientos, su duro miembro, se llenaron de uno de los erectos y sonrosados pezones.

Aurora gimió al sentir aquellos labios que tantas veces había deseado.

Temblaba ligeramente mientras sentía las pequeñas manos de Rubén acariciando su cuerpo, desciendo por su vientre, perdiéndose por sus caderas mientras la iba levantando la plisada falda. Dedos que de forma experta fueron recorriendo el interior de sus muslos, ante cuyo contacto se fueron abriendo suavemente.

Aurora lanzó un sonoro jadeo al sentir los dedos de Rubén acariciándola, explorándola, llevándola la éxtasis mientras su clítoris vibraba ante el contacto de sus dedos.

Apartó la mano del duro miembro del chico, que seguía con la boca en su pecho. Desabrochó con urgencia los botones liberando su duro miembro.
Y en la estrechez del saco de dormir, Rubén ayudó a Aurora a subirse sobre él a horcajadas, sintiendo el calor y la humedad que manaba de la suavidad de su sexo mientras se introducía lentamente en ella.

Ambos gimieron al sentirse unidos. Labios sobre labios. Miradas. Manos entrelazadas. Movimientos impetuosos. Más jadeos.

– Te deseo… -musitaba Rubén entrecortadamente.
– Te deseo… – musitaba Aurora en un resuello.

Se acercaban al clímax. Aurora tensó la espalda, Rubén tensionó sus piernas mientras sus manos sujetaban las blancas caderas de ella. Se movían más rápido, más resuellos, más jadeos, más húmedos besos que enmudecían las voces de placer de sus gargantas.

Un espasmo. Dos. Tres. Un profundo gemido que llegó hasta la luna, la cual observaba curiosa a los amantes.
– Ahora hija -suspiró la Luna-. Ya eres lo que más deseabas. Humana.

Ambos durmieron entre sus brazos, sabiendo que aquello no era más que el principio de una vida que tanto habían anhelado.
Pues él siempre la había escrito poemas en la noche. Ella, siendo una estrella, siempre deseo los besos que prometían aquellos versos.




DE NOSTALGIA, UNA CARTA, UN AMOR DE INFANCIA.

Y hoy la nostalgia
llega, vestida de
escarcha de la noche,
con sabor a las fiestas.
Olor a leña ardiendo
en viejas chimeneas,
alejando la inclemencia
de las noches en vela.
Y con ella me invaden
recuerdos que conviven
con el olvido.
Esos que latentes
descansan dormidos.
Esos que adolecen de
prisas y subterfugios.
Esos puros vistos a través
de los ojos de un niño,
del alma de un pequeño
que aún no había
aprendido a surcar las
turbulentas aguas de los
adultos.
Recuerdos de un primer
amor.
De unas líneas en una carta
que nunca supe si la llegó.
Una carta abriendo
el corazón.
Un recuerdo del rostro
infantil de una niña que
me encandilan cuando
ante toda la clase, sola
frente a la pizarra, recitaba
a Espronceda como yo
podía recitar a la primera
la alineación de mi equipo
de fútbol.
La luz del sol que penetraba
por el ventanal, junto al
profesor, solamente centrado
en ella.
Recuerdos de infancia,
de sueños que se desgajan.
Una carta.
Siempre por carta.
Como mejor he sabido
expresarme para decirla
lo mi corazón late.
Aquella carta, en el último
día, la que de otras manos
recibiría…
Pues ni en el último momento,
tuve el valor de confesarla
cuales eran los sentimientos.
Que aquella carta que debía
de recibir de mis manos temblorosas,
que a otras manos mensajeras entregué, no era una broma.
Pero ahora la melancolía
se apodera de mis horas,
de esta alcoba.

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LA HOGUERA

¿Estás dispuesta a encender
la llama de mi hoguera?
Si estás dispuesta,
ven.
Aquí está la mecha.
Las consecuencias, ser devorada
por el fuego de la impaciencia.
¿Estás dispuesta a prender
la llama de mi hoguera?
No habrá marcha atrás,
ni dudas, ni otra oportunidad.
La ropa arderá,
tu desnudez me atraerá.
Besaré tu piel,
mi fuego la llagará,
conocerás un placer
que ningún otro
será igual.
No soy un juego.
Conmigo no intentes jugar,
tenemos un pacto,
mi enciendes, has de llegar
hasta el final.
No habrá mesías tintas,
solamente habrá vencedores
en esta agonía de besos,
deseo y lujuria indómita.
¿Estás dispuesta a prender
las llamas que palpitan en
mi piel?
Te tomaré.
Te arrodillaré.
Te poseeré.
Mía, solamente mía
te haré.
¿Estás dispuesta a encender
la llama de mi hoguera?
Si es así,
ven a mí.
Que este demonio
solamente te desea a ti.

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AL DESTIERRO DEL SILENCIO.

Marcho hacia el destierro
de los silencios,
a la falta de ese esperado
beso,
a los de las miradas enamoradas
que ya no me caldearán
el alma.
Huyendo de esos amores sin marca,
los comprado a precios
de ganga.
Marcho a las tierras sin nombre,
a las que no tiene árbol
con marcas de corazones.
A las tierras baldías,
a esos páramos sin poesía.
Marcho hacia el destierro
de un mundo sin tus besos,
de las primeras veces,
de los errores permanentes.
Marcho rumbo a un no
tan desconocido mundo.
A la isla desierta
en la que es imposible
levantar cabeza.

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SERÉ…

Seré lo que tú quieras
que sea.
Un pensamiento.
Un beso.
El viento que se lleva
tus lamentos.
Seré lo que tú quieras
que sea.
Una canción.
Un verso.
Un sueño.
Seré lo que tú quieras
que sea.
Seré el otoño.
Seré la primavera.
Un tórrido verano.
Un invierno frío
para cobijarte entre
mis brazos.
Seré lo que tú quieras
que sea.
Incluso no seré nada
si así lo deseas.
Seré una perdida mirada.
Esa palabra nunca dicha.
Seré lo que tú quieras
que sea.
Una sonrisa sincera.
Un pensamiento que vuela.
Seré el niño que nunca
dejó de creer en los
sueños, aquel que
nunca creció, que su
amor puro entregó.
Seré lo que tú quieras
que sea…
pero quiero ser.

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DE GUARDAR EN EL OLVIDO.

Guárdame en el trastero
del pensamiento,
como ropa vieja,
como aquellos suspiros
y lamentos, de amores
de veranos que no
sobrevivieron al invierno.
Guárdame en lo más
hondo de tu pensamiento.
Como esa vieja foto
en blanco y negro, que
siempre está presente,
aunque nadie la mire.
Guárdame en el cajón
de los besos usados,
de los de sabores ya
olvidados.
Guárdame en el olvido
que seré eterno en ese
vacío.
Guárdame en el lado
vacío de tu cama.
En tus suspiros.
Hazme real en tus palabras.
Guárdame en el trastero
del olvido…

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ESTANDO A SOLAS CONTIGO.

Estando a solas contigo,
la luna, invitada, nos mira
por la ventana.
Caretas al suelo,
al igual que la vergüenza.
Los miedos ya son
recuerdos.
Palpitaciones crecientes.
Desnudándonos…
Deseándonos…
…con nuestras
miradas, nuestras sonrisas.
Estando a solas contigo
el tiempo no existe.
Sintiendo los nervios.
Observo tus dedos, la camisa
cayendo, la falda por tus
piernas resbalando,
Yo suspirando.
Separados.
Cada uno al otro
lado del cuarto.
Comienzas el cortejo,
te acercas…
Te deseo.
Me arranco la ropa,
nuestros cuerpos se
rozan.
Te alejas.
Me acaricias.
Bailando están nuestras
sombras.
Me deleito
en el momento.
Me acerco
con paso lento.
Se entrelazan nuestros
dedos, entrechocan
nuestros besos.
Sintiendo.
Las llamas ardiendo.
Sin premura.
Todo muy lento.
Moviéndonos al ritmo
del viento.
Nuestra respiración
acompasada.
Fundidas nuestras miradas.
Disfrutando de la noche.
Estando a solas contigo…
sintiendo al mismo
ritmo nuestros latidos.

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LA MÚSICA DEL DESEO.

Sueño con tocarte
como toco una guitarra.
Que mis dedos pulsen
los trastes de tu piel
marcando las notas
que emite tu garganta.
Quiero ser el que escriba
en tu espalda las notas
de una canción acalorada,
apasionada.
Tocarte y sentir
la emoción.
La vibración de todo
tu ser, sintiendo el
rasgueo de mis dedos,
de mi lengua.
Me enseñaste a distinguir
como suena un bajo…
más y más abajo,
se van perdiendo mis
manos, te van devorando
mis labios, olvidando
si es o no pecado,
las enseñanzas del pasado.
¿Que es la decencia, cuando
la música de nuestros cuerpos
es perfecta?
Sigamos tocando.
Descubriendo nuevas notas
en nuestros cuerpos.
Dibujando nuevas formas
de escribir música.
Ninguna más hermosa
que la que disfrutamos
en este ahora.
Quiero tocarte,
un concierto de gemidos
y latidos.
Sentir las cuerdas
de nuestros cuerpos,
éstas que nos atan a lo
prohibido.
Tocar la música del deseo.

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