Vamos a elecciones
sin remedio.
Elecciones sin haber
sido elegidas.
Nuestra cama el parlamento
perfecto.
Sin debates.
Una orgía de suspiros,
gemidos.
Placeres elegidos.
Nuestras manos votan
correctamente.
Pulsando el botón de
aceptación de leyes
que desatan la pasión.
Vamos a elecciones que
no han tenido elección.
Candidatos sin partido.
Nosotros, única representación
de una desaforada pasión.
Y a base de empellones y suaves
embestidas,
a base de botaciones unas
veces abajo y otras
veces arriba,
llegamos a a la presidencia
buscada.
Al final anhelado.
La pasión preside nuestro
parlamento.
Nuestro lecho.
Vacío de olvidos y olvidados.
Lleno de sensaciones
que son la mejor representación.
Deseo y pasión.
HÁBLAME.
Háblame.
Que tus palabras
petenetren hasta lo
más hondo de mi
ser,
que me hagan emitir
gemidos de placer al
sentirlas en lo más
profundo de mí.
Hazme sentir con las
caricias de tu dulce
entonación.
Haz que me pierda
entre el eco de tu voz.
Que la reverberación de
tus palabras mojen mis
sábanas deshabitadas.
Hábleme y hazme el
amor sin tan siquiera
tocarme con tus manos.
Hazme extremecer con el
susurro del aire al rozarte
los labios.
Llego al éxtasis en el
culmén final de una
dulce oración recitada.
Háblame.
Penétrame no sólo en
el alma,
en la mente tan castigada
también.
Háblame.
Hazme extremecer.
Y TENGO MIEDO
Y tengo miedo
de abrirme a estos
sentimientos que
bullen dentro.
De dar un salto al
vacío apaciguando
lo que siento.
Miedo a sumergirme
en el dolor,
miedo a seguir viviendo
una vida imaginaria,
una actuación consensuada.
Miedo a la soledad de
un mañana que no
entiendo.
Al que no me atrevo.
Pues no estaba en el
guión que escribimos
cuando aún nos
amábamos.
Miedo a enfrentarme
a la vida en soledad.
Miedo a perder lo
poco queme resta de
felicidad.
Miedo por no conseguir
hacerte más reir.
Por robarte la vida,
al igual que me la estoy
robando a mí.
Miedo a despertarme
de un sueño que
ha tornado en pesadilla.
Miedo en definitiva
a una vida sin tí,
aunque estemos viviendo
sin vivir.
Miedo por mí.
Miedo por tí.
Miedo como siempre
sentí.
EL CAMINO SIEMPRE ACABA
Al final, el camino
siempre acaba.
Ahí está, aguardando
la Parca.
La muerte nunca espera.
Nunca descansa.
Al final ha remos de
unirnos a su procesión
de almas.
Por mucho que luchemos.
Por mucho que hagamos.
Por mucho que nos escondemos
la muerte siempre se cobra
su alma.
Esa que sigue,
a la que persigue.
A la que acecha hasta
que caemos ante ella.
Por mucho que pretendamos
huir, siempre está
ahí.
Hasta los dioses se
postran ante ella, pues
también su alma de
recuerdo se lleva.
La muerte nunca espera.
Habremos de unirnos a
ella.
¿Cómo nos encontrará?
¿Marchitos?
¿Atemorizados?
¿Tristes y abandonados?
¿Solos?
Solamente así nos
vencerá la muerte.
Si cedemos al olvido.
Si nos esfumamos con
el viento del tiempo.
Si nos encuentra vencidos.
Dame la mano y deja
que sienta tu calor
para que caldé mi fría
alma cuando camine en
la fantasmal procesión.
Siente en tu mano mis
últimos rescoldos de esta
pasión que ha ardido
en mis entrañas.
No me llores.
La muerte está aquí.
Me marcho con ella.
Me reclama.
No me ha vencido,
tampoco a tí.
¡Sonríe!
He vivido.
Te he amado.
Te he sentido.
¡Sonríe!
He llegado al final del
camino.
SOY LA PERDICIÓN
Y soy lo que soy.
Así sin más.
No hay máscaras capaz
de ocultar mi oscura
y auténtica realidad.
Atracción oscura.
Pecado mortal.
Hijo desheredado,
que su padre no pudo
aceptar.
No llevo la verdad absoluta,
ninguna mentira porto.
Todo es según el cristal
con el que se mira.
¿Verdad o mentira?
Pura atracción física,
casi dolorosa,
la que sientes cuando
conmigo topas.
Soy un ángel desangelado.
Un monstruo con disfraz
de humano.
Soy tus sueños más profundos,
los más profanos.
Aliento el pecado.
Aliento el deseo desbocado.
Soy la tentación convertida
en carne.
Cuerpo del deseo de
las mentes más infames.
Las mentes que atraigo.
Las mentes en las que vivo.
Almas que buscan,
a las que sigo hasta
que son mías.
Me las entregan, al
igual que su cuerpo,
que su deseo.
Las poseo.
Me pertenecen.
Soy el aliento de la
noche que se estremece
de gemidos inquietos.
De prohibidos placeres
en que desbocarnos,
como animales inquietos
que oyen la llamada de
su auténtico dueño.
Soy lo que soy.
Hijo y padre de la
oscuridad,
la que mana de mi alma,
la que buscas.
La que te atrapa.
Tras mi paso devastador,
senderos de lágrimas dejo,
no de dolor,
de placer excelso.
Búscame.
En tus húmedos sueños
habito.
Llámame.
En la oscuridad de tu
alcoba te visitaré.
Desnúdate.
Recíbeme preparada para
gritar de placer.
Al amanecer, desapareceré
y solo quedarán mis
restos en tu piel.
En tu mente recordarás
que te hice estremecer.
Con el sol el arrepentimiento,
buscar el perdón eterno.
Proferir juramentos de que
nunca más volverás a
sucumbir.
Recuerda que soy así.
Vivo en tí.
CAMINANDO
Y camino entre quimeras
y sin sentidos.
Entre sueños anhelados
y realidades que me son
indiferentes.
Y escribo lo que pienso
no lo que digo.
Pues las palabras son
puñales con los que
sin querer me acuchillo.
Y camino por senderos que
no considero míos, pero
por ellos tránsito,
sin saber muy bien
mi destino.
Aunque controlar quiero
mi camino,
me dejo dejo arrastrar sin
sentido.
Y me quejo.
Y digo.
¿Adónde se van mis
sueños?
¿Cuan lejos está
el suelo?
NO CREO EN TÍ
No creo en tí.
Así te lo digo.
Así lo escribo.
No creo en tí
ni en tus inescrutables
caminos.
No eres un padre,
más bien un cretino,
que te regodeas con el
sufrimiento de un niño.
¿Dónde estás?
Si fueras un padre benevolente,
un simple padre o madre,
no dejarías que tus hijos,
o los hijos de estos
pasarán hambre.
¿Dónde estás?
Pues no te veo en la planta
de oncología de un
hospital.
No creo en tí ni en
tus promesas de un reino
de bienestar.
Siempre cumpliendo
exigencias, adoraciones,
de rodillas y a tus órdenes.
Te llames como te llames.
Te adoren, como te adoren.
No eres más que una invención,
algo con los que otros intentan
doblegar la voluntad
y la libertad.
No creo en tí.
Y seguramente,
ni tú en mí.
UNA DIFÍCIL DECISIÓN
Caronte, montado en su barca, miraba a las decenas de almas que se agolpaban para cruzar aquellas aguas. El Aqueronte era su dominio.
Él dictaba quién pasaba y quién no. Pero el tiempo, aún siendo inmortal, siempre ablanda a la gente y él no era menos. Apenas ponía obstáculos y trabas a las almas que esperaban cruzar. Un óbolo en el pasado habían de pagar, pero los tiempos y las costumbres pasan y se renuevan.
Así que las condiciones habían cambiado. Ya no era un óbolo lo que cobraba, aún más tenía el monopolio del cruce del río, aunque ya tuvo algo de competencia, cuando Heracles, Orfeo, Euricide, Psique consiguieron burlarle. Hades abrió licencias de transporte para otros emprendedores. Pero la gente es fiel tras miles de años de servicio eficaz y nadie de los que obtuvieron licencias conseguían suficientes pasajeros para poder hacer frente a los impuestos de su labor comercial.
Así que ahora cobraba según la moneda de la nacionalidad de las almas: Euros, Dólares, Yenes… Daba igual.
Caronte, hacía tiempo que no pedía un cambio único. Hubo una temporada que sí lo hizo y aquello se convirtió en una locura. La orilla se llenó de cambistas que ofrecían, a voces, cada uno el más bajo interés en el cambio. Menuda algarabía y jaleo se formaba. Incluso hubo hasta alguna pelea. Menos mal que la intervención de Cerbero evitó que todo fuese a peor.
Así que para evitar ese tipo de incidentes, quitó lo del óbolo y dejó la moneda que fuera. Menuda tranquilidad.
Siempre una moneda, no modificaba el precio ni debido a la inflación, fuese cual fuese. Incluso aceptaba tarjetas, pero las almas nunca estaban preparadas para ello. Muchas veces le gustaría tener una cámara de fotos para el momento en que les informaba del tema de las tarjetas. Sí, era cierto que tenía que pagar una comisión al banco del inframundo. Pero era más cómodo, menos peligroso, que últimamente el tema de los atracos se había puesto complicado, y no le gustaba llevar tanto efectivo.
Aquel día todo transcurría con la tranquilidad habitual en esa orilla del Aqueronte. Lamentos, gritos de pena… Lo estándar en las almas que llegaban allí. Nada nuevo, pero el barquero tenía una extraña sensación.
Miraba con el rostro más fruncido de lo que era habitual en él, que a pesar de ser conocido por su mal carácter, era un ser afable y divertido. Pero es que aquel trabajo requería ser arisco, que las almas se creían que podían hacer lo que les diese la gana.
Miraba la orilla y veía a las decenas de almas que se agolpaban buscando la moneda que cobraba por el viaje.
Caronte esperaba la hora en punto para partir. Cada hora. Sin demora, pero sin antelación. Aún quedaban unos minutos, que empleaba habitualmente a consultar o las redes sociales para enterarse de lo que hacían los dioses: Zeus, Afrodita, Hades, Hera…pues él se negaba a leer las revistas del corazón, no iba a contribuir con su dinero a financiar la vida lujosa de ellos. O leyendo el periódico del día para, sobre todo, la información deportiva (Los Barqueros Club, ya habían ascendido a la primera división del inframundo), ya que la política era siempre lo mismo. Daba igual humanos o divinidades. Cada uno iba a lo suyo olvidándose de los otros.
Como siempre los murmullos de desacuerdo: «¿A qué espera?» «¿No podría salir unos minutos antes? «Tengo cosas que hacer en la otra orilla y aquí estoy, esperando a que el señor acabe de hacer lo que le salga de las narices».
Ya no le prestaba atención. Además le divertían esos y otros comentarios. Era el primero de los tormentos del inframundo. ¿Que prisas podía tener un alma que tenía toda la eternidad?
¡Que ganas de la jubilación! Pero no había nadie que quisiera hacer su trabajo. Que poco ánimo tenían las nuevas generaciones.
Sí, mucho emprendedor hubo. Pero poca sangre para hacerle sombra a un viejo.
-¡Hola! ¡Buenos días! Usted es Caronte ¿Verdad?
Caronte se quedó mirando al alma que osaba a hablarle. Era el alma de un hombre de mediana edad, ataviada con ropas modernas, camisa de cuadros, pantalón vaquero, zapatillas de deporte. ¡Menudas modas! Con lo bien que se veían a las almas vestidas de finas túnicas. Pero ahora, sin embargo, se cubrían con un montón de prendas que hacía que pensasen más. Ya las almas ni eran pesadas, si no la mayoría no podrían pasar. Pero la modernidad vence a la costumbre, además se descubrió que el tema de las pesas estaban trucadas. Pobre Anubis, no pudo con el descrédito y tubo que exiliarse. Después, quitaron el peso de las almas.
Un buen amigo el cara de chacal. Pero hasta el mejor puede corromperse.
Empezaba a divagar nuevamente. Cada vez le pasaba más a menudo eso de retrotraerse al pasado. Estaba ya viejo.
El alma del hombre le seguía mirando inquisitiva mente, esperando una respuesta a su pregunta.
Caronte miró su reloj. Aún no era la hora. Tampoco estaba en la parada, así que no le haría caso. Que si se lo hacía se crearía precedente y todo el mundo querría hablar con él. Ni le apetecía escuchar los lamentos de nadie, bastante tenía ya con los que llenaba la estancia. Además el cartel, que había colocado él de no hablar al conductor, era para todo el mundo.
Volvió a centrarse en su móvil ya un poco antiguo, pero era el único que tenía cobertura en aquella orilla.
– Perdone, creo que no me ha oido. Buenos días. ¿Es usted Caronte?
Intentó ignorarle. ¿Es que las nuevas almas no entendían que él no quería hablarles? Luego tenía fama de «borde» y gruñón. Pero es que no le dejaban más opción. Así que a este nuevo visitante, le informaría hasta la hora de salida. Ya se reiría un rato cuando le dijese que tenía que cumplir con el turno que le correspondía, no valía ponerse el primero. Y cada vez había más almas recién llegadas haciendo cola.
Así que volvió a fijar la mirada en la pantalla de su teléfono.
El hombre, por llamarlo de alguna manera, se quedó allí mirando y hablando con otras almas: «Si es el famoso Caronte, ha de estar un poco sordo». «No sé qué hago aquí, yo soy católico. Lo he sido toda mi vida. Bueno, que al cielo sabía que no iba, pero esto es demasiado». «Sí, es extraño. Me apareció la escalera al cielo y al llegar arriba estaba, creo que es San Miguel ¿O San Pedro? Ni idea. Había un tío con poco pelo y larga barba con un cuaderno en la mano, que al verme, me indicó que viniese hasta aquí»…
Al fin era la hora. Caronte agarró el remo que aún usaba para la barca, acercándose al embarcadero. Le dolía las manos, se había quejado mil veces para que le pusieran una barca más moderna, al menos un motor, pero nada. Cómo no estaba sindicado, nadie le escuchaba.
– ¡A ver! Es la hora en punto. El pago y para arriba que nos vamos.
– Perdone. Usted es Caronte ¿Verdad?
El mismo hombre de antes. Parecía que no aprenden.
– ¡No! Soy San Agustín -el hombre se le quedó mirando con extrañeza-. ¡Pues claro que soy Caronte! ¿Quién sino iba a estar con la barca arriba y abajo?
– No sé. Cómo le dibujan como un demonio alado y un martillo…
– ¿Cómo? -dijo con un mayor tono de voz.
– Que le muestran como un demonio alado…
– ¡Ya sé lo que ha dicho!
– Un poquitín cascarrabias sí es.
– Seré lo que me da la gana. Que para eso llevo aquí miles de años. A ver, el pago.
– A eso iba Don Caronte. El pago.
– ¿Que pasa con el pago? Una moneda. Ni más, ni menos. Incluso acepto tarjetas. AmericanExpress no, es la única que no acepto.
– Nada. Nada. Pero el precio. Una moneda…
– Da igual cual sea. Acepto todas las divisas. Y acelere que hay más almas detrás de usted. Hablando de eso, creo que se ha colado. Aquí hay que guardar turno…
– Sí, lo sé. Pero es que yo no…
– ¿Que no sabe qué haces aquí? -le interrumpió de malas formas- Pues quién no lo sabe soy yo. Una moneda para cruzar al otro lado del Aqueronte y cuando sea su turno. Así que aligerando.
– Mire usted. Al morir y subir por las escaleras del cielo. Bueno más bien al llegar allí, el guardián o lo que sea me mandó aquí y me informó de que el servicio es algo parecido a la economía participativa ¿Sabe de lo que hablo? Llegamos a un acuerdo y pactamos el precio. Usted gana. Yo gano. ¿Le hace?
– ¿Que si me hace qué? -dijo Caronte con extrañeza.
– Pactar el precio. Una moneda es algo excesivo, sobre todo teniendo en cuenta que soy católico y me han incinerado. No llevo nada. Podríamos pactar un pago simbólico de… Media moneda o un cuarto de moneda.
Caronte se quedó mirándolo muy serio. Tan serio que no mostraba nada en su arrugado rostro.
Estaba acostumbrado a que le vinieran llorando y suplicando. Incluso en el pasado negociaba con algunos seres vivos el paso del río para vaya usted a saber el qué (no le importaba los motivos) Pero aquello…
– ¿Está regateando conmigo?
– Estoy intentando llegar a un acuerdo que nos beneficie a los dos. Usted no pierde nada. La barca la va a llevar a reventar. Creo que incluso meterá más almas de las que son legales. ¿Que capacidad tiene la barca? ¿Y la licencia?
– Meteré a tantas almas como me de la gana. Y mi licencia es tema mío. Si quiere subir, cuando llegue su turno, una moneda.
– ¿Y si no?
– Pues se queda en esta orilla unos cien años. Hasta que me apiade de usted y le pase.
– ¿Cien años? -el hombre se cruzó de brazos y se puso a pensar-. Aquí hay mucha movida, sería interesante visitar toda la orilla con sus puestos y demás. Me gusta el trato con la gente también. Aquí siempre hay gente, seguramente que mucha interesante…
– ¿Se puede apartar? -le espetó Caronte. Las almas que conformaban la fila comenzaba a impacientarse y no tenía ganas de altercados. Que si los había, se podía plantear de nuevo la posibilidad de abrir el mercado de Barqueros y no tenía ganas otra vez de pasar por aquello. Lo que debían de hacer, sería buscarle un sustituto. Eso sí.
– ¿Cien años? Es mucho tiempo. Venga, un acuerdo en media moneda.
– ¡No!
– ¡Venga hombre!
– ¡No!
– ¡Media moneda es mejor que un cuarto o nada!
– ¡Que no!
– Es que un tío con unas converse con alitas me dijo que se podía llegar a un acuerdo.
– ¿Quién?
– Un tío con casco y nombre de perfume caro… ¿Gavanni? ¿Dolce? ¿Bulgari?
– Hermes.
– ¡Eso! Hermes.
– Es el mensajero de los dioses.
– Sí. Bueno. No sé. Pero estaba por el hall del cielo y hablando con el guardián de allí, me dijo que podríamos negociar el precio…
– Que le ha dicho ¿Qué?
– Negociar…
– Pero que negociar ni que niño muerto.
Un alma de bebé se puso a llorar en ese instante y el alma de lo que sería su madre, le acunaba para calmarle mientras lanzaba miradas asesinas al barquero.
– ¡Lo siento señora! -dijo Caronte disculpándose con ambos espíritus, a la vez que se volvía al hombre-. Que no. El precio es una moneda. Nada más. Se lo diga quién se lo diga.
– Pues vaya. Aquí me quedo entonces.
– Haga lo que quiera. Pero quítese de enmedio.
– ¡No! -dijo el alma del hombre con los brazos cruzados y determinación en el rostro.
– ¿Cómo que no?
– Pues eso, que no. Es mi derecho.
– ¿Su derecho?
– Sí. Yo no me quería morir y me he muerto. Yo quería ir al cielo y allí no estoy. Esta es mi última solución. Es mi derecho. Es su obligación que para eso es el barquero.
Tras unos segundo de silencio, Caronte rompió en sonoras carcajadas que llenaron toda la sala cavernosa.
– ¿Mi obligación? Una moneda.
– ¡No tengo!
– ¿Y media sí?
– La recolecto. Las almas de aquí son generosas. Además, una moneda por algo que es obligatorio, me parece excesivo.
– ¡Que no! Y apartese o…
– ¿O qué? ¿Me va a pegar? No se crea que por que sea católico voy a poner la otra mejilla. Que uno es de Carbanchel…
– A mí como si es del Monte Olimpo. Una moneda o llamo a Cerbero para que le aparte.
Entonces el alma del hombre se dio la vuelta y comenzó a exhortar a las demás almas para reclamar sus derechos.
– ¡No permitamos más usura compañeros! ¡No más pago por algo que ha de ser gratuito! ¿Quién quiere estar aquí? ¿Quién viene por voluntad propia? ¿Quién de vosotros? -guardó silencio viendo como sus palabras comenzaban a llamar la atención. Caronte comenzó a sentirse realmente enojado con aquella alma. Le iba a dar igual que le pagase la moneda. No le iba a llevar a ningún sitio-. El barquero se aprovecha de nuestra necesidad hermanas almas. Pues eso somos. Almas. Obligadas a venir aquí y cruzar al reino de los muertos. Pero cuando llegamos, resulta que tenemos que pagar. En mi mundo, pagamos hasta por morirnos con un seguro de defunción y ahora incluso muertos hemos de pagar. Siempre pagar, pagar y pagar. ¿Por qué? ¿Hay otro medio de cruzar? ¡No! No lo hay. Nos obligan y el barquero hace negocio de nuestra necesidad…
Cada vez más almas se arremolinaban alrededor del «hombre» que las incitaba con cada palabra. Cada vez eran más altos los murmullos de desaprobación contra Caronte, al que comenzaban a ver como un abusador.
Éste estaba perplejo ante lo que sus ojos veían. Una moneda. Siempre había sido así. Una moneda. Nada más.
– ¡Pues claro que una moneda! -gritó el barquero incapaz de contenerse ante la multitud que empezó a vociferar su desacuerdo- ¡Siempre ha sido una moneda! ¿Quién no tiene una moneda?
– ¿Y porqué hay que pagar? -gritó el hombre a la multitud cada vez más enfervorecida- Ha de ser un servicio público, que ya costeamos con nuestros impuestos, pues ya pagamos por morirnos. ¿Alguien no paga? ¿No? Pues claro que no. ¿Ha dónde va nuestro dinero? ¡A sus bolsillos! ¡No, no, no nos moverán! ¡No, no, no nos moverán!…-comenzó a cantar el hombre y muchos de las almas fueron coreando la canción.
Caronte miraba con los ojos desencajados y agarrando muy fuerte el remo que usaba. Le daban ganas de partírselo en la cabeza al alma impertinente, pero sabía que sería inútil. Ya estaba muerto.
La gente gritaba e increpaba al barquero por el importe a pagar. La mayoría de ellos les daba igual, pero seguían al resto en sus reclamaciones, cada vez más fuertes. Cada vez se veían más puños en alto y algunas voces que sobresalían entre otras exigiendo que se tomase la balsa y cruzasen ya sin pagar nada.
Viendo que aquello se iba un poco de madre, y queriendo evitar más altercados, que luego le tocaría rellenar un montón de informes explicando lo sucedido, pues el inframundo era un lugar con una gran burocracia, silbó alertando a Cerbero.
El inmenso can de tres cabezas ladró salpicando de babas a la mitad de las almas que se agolpaban en el muelle. Muchas de las cuales, dejaron de enarbolar el puño en alto y los murmullos de tomar por la fuerza la barca, se silenciaron, mientras se iban dispersando como si nunca hubieran estado allí.
Caronte sonrió. El fiel can siempre imponía respeto debido a su envergadura y a sus tres cabezas de hocicos con afilados y largos dientes.
El alma del hombre que había comenzado con aquello, se quedó en el muelle. Era valiente, eso no lo podía negar el barquero.
– ¿Le parece bonito hacer uso del pobre animal de esta forma? ¿Y sus derechos como animal? ¿No le da vergüenza? -sé volvió al can tendiéndole el brazo como para tocarle. Cerbero le lanzó un gruñido. Era más arisco que el propio barquero. Pero el alma del hombre volvió a acercar la mano hasta el animal, que lanzó una dentellada que no mordió la mano, porque el alma la apartó con un innegable ejercicio de increíbles reflejos-. Pobre animal. ¿Que le ha hecho? ¿En que lo ha convertido? ¿Usted no sabe que tiene, la pobre bestia, derechos?
– ¿Que quiere? -increpó el barquero al alma.
– Ya se lo he dicho. Queremos cruzar -dijo alzando la voz hasta llegar a un grito.
Caronte tomó una decisión que esperaba que no se tuviese en cuenta. Ya se encargaría de dar todas las explicaciones posibles y de hablar luego con el guardián del cielo para ver a quién diantres le enviaban.
– Suba a la barca. Le cruzó gratis.
– ¿Cómo? -respondió el alma sorprendida.
– Sin comer. Gratis. Ya. ¿Cuántas almas quiere que le acompañen?
– ¿Puedo ir en la barca solo?
– Sí. Pero después de eso del derecho a cruzar y demás…
– ¿Toda la barca para mí?
– ¡Sí! Pero usted que decía…
– ¡Venga! – dijo el alma mientras subía a la barca de un salto, libre de ir aplastado por otras almas que además olían fatal-. No perdamos el tiempo Don Caronte. ¡A la otra orilla!
Caronte hundió el remo en las aguas del Aqueronte y comenzó a dejar tras de sí a las miles de almas, que mirando con estupefacción, veían como se alejaba mientras ellos se quedaban allí hasta más tarde.
Nadie dijo nada, pues Cerbero seguía allí sentado y vigilando que nada se saliese del orden establecido.
«No tienen remedio» -pensaba el barquero cada vez que miraba la cara de satisfacción del alma que transportaba dándole un tratamiento que ni a un rey le había dado. «Por un poco de distinción o poder, se olvidan de todos».
Relato basado en el reto de @Manel_SaO
MÍRAME
Mírame.
Pero mírame no
con la mirada de
siempre.
Sí con esa que
posees capaz
de ver lo que los demás
no pueden ver.
Mírame y desnuda
mi alma.
Descubre lo que la
oscuridad tapa.
Llena de luz,
la de tu mirada,
las sombras que impiden
que otros vean lo que
estas tapan.
Mírame y
libera mi alma
del peso de la
ceguera que a
otros embarga.
Mírame
cómo sólamente
tú sabes.
Con la mirada de antes,
de tiempos en que
se veía la fantasía
y la alegría.
Mirada que fascina,
Que invita a sumergirme
en ella.
Perderme en su inmensidad.
Descubrirme.
Mírame como solo
tú sabes.
SOY UNA MENTIRA
Soy una mentira
pero aún así
créeme.
Hazme de verdad
de una vez.
Desnúdame el alma
para ver quién hay
detrás.
Desnúdame el cuerpo
y ámame aún sabiendo
que soy una ilusión
Un simple cascarón.
Dentro, un alma que
grita por ver la luz de
tu sonrisa.
Que finge ser aquel
que nunca fue,
ni será.
Pero aún sabiendo esto
te pido una oportunidad.
Te pido ayuda,
aún a sabiendas de
que no cambiaré.
Nada cambiará,
lo sé bien.
Con mil amores antes
lo intenté,
pero no cambié.
Mudo de piel cada
vez que tras de mí
dejo un corazón lastimado.
Un cuerpo amado hasta
la saciedad.
Grito a la noche,
mi elemento natural:
¡Ayúdame a cambiar!
Pero mi amante más fiel
sabe la verdad.
Jamás podré cambiar.


