Un cigarro languidecía entre mis labios. Un vaso de gruesa base con un par de dedos de un ambarino whisky de malta, reposaba en mi mano derecha. El fuego iluminándolo la noche de rojiza luz mientras que consumía, por décima noche consecutiva, la ciudad. En mi desnudez danzaban las sombras cuyo ritmo marcaban los incendios de las decenas de barricadas.
El exterior era un caos de manifestantes lanzando todo lo que podían hacia los policías que lentamente iban retrocediendo. Losetas, papeleras, sillas de las terrazas cercanas. Daban aquella batalla por perdida, pues los manifestantes no retrocedían, sino que se encaraban contra ellos buscando el cuerpo a cuerpo.
Observaba como algún agente caía en medio de la turba enfurecida, siendo pateado sin remisión. Ante esto, los agentes antidisturbios, prácticamente carentes de sus utensilios de defensa, encontraban valor para avanzar lo justo para recuperar el cuerpo del compañero caído. Luego volvían a retroceder buscando algún lugar en el que guarecerse de aquellos que les habían perdido el miedo.
En otro momento estaría sonriendo, sabiéndome uno de los causantes de tales disturbios. Jugando a un juego peligroso en el que los únicos ganadores seríamos nosotros.
En otro momento, quizás, me encontraría excitado ante aquella visión. Quizás, en otro momento, me estaría masturbando sin perder la sonrisa, es más, al correrme sobre el grueso cristal del ventanal, me carcajearía imaginando que mi esperma regaría la cabeza de todos aquellos anormales. Borregos que sin pensar, hacían lo que otros, nosotros, les decían.
Pero eso hubiera sido en otros instantes.
Una suave mano se posó, desde atrás, en mis trabajados pectorales. Uno de los dedos fue dibujando espirales por todo el pecho, libre de vello alguno, hasta llegar al pubis. La otra mano, de largos dedos y uñas pintadas en negro azulado, me asía mi flácido miembro.
Unos gruesos labios comenzaron a besarme el cuello, a cada pocos besos, un mordisco, que en otros momentos me hubieran encantado. La mano izquierda, masajeaba. Subía y bajaba. Sus dedos jugueteaban con suaves caricias sobre mí glande. Ella sabía lo que me gustaba.
La mano derecha, la que había ido dibujando espirales, fue moviéndose, siempre suavemente, por mis caderas hasta llegar a mis nalgas.
“¡Plas!”
Un azote. Cierro los ojos intentando encontrar el placer que aquello, en otro momento, me producía. Los dedos de aquella mano, bajaron hasta donde las nalgas se unían con las piernas, internándose en aquella zona tan placentera. Sentí sus uñas acercarse al orto, sentí un estremecimiento mientras aquel dedo acariciaba el perineo y jugueteaba con el escroto.
En otros momentos hubiera gemido, tendría el pene con una enorme erección y ya me habría dado la vuelta para follarme a aquella mujer que intentaba que volviese a sentir. Pero eso hubiera sido en otro momento.
Pero ella no desistía. Su mano izquierda seguía en su inútil masaje de mi pene. Los dedos de la mano derecha los llevó hasta mis labios, libres ya del extinto cigarro. Sabía lo que quería. Me los introduje en la boca y los chupe con deleite.
Sus dedos volvieron a descender por mi cuerpo, está vez con un reguero de mi propia saliva, hasta llegar a mis glúteos y penetrar entre ellos buscando entrar dentro. Abrí ligeramente las piernas, mientras notaba como, con suavidad, su dedo corazón se introducía por mi ano con un suave masaje. Emití un lastimero gemido, sintiendo pero sin sentir.
En otro momento, con el pene erecto, ya la tendría de rodillas follándola la boca. Eso hubiera sido en otro momento.
Me frustraba aquella situación. Me ponía histérico. La ira comenzaba a bullir desde mi estómago.
Miraba la calle desde lo alto del lujoso edificio, dónde se encontraba el ático en el que vivía, los manifestantes avanzando, la policía retrocediendo.
“¿Hasta cuando el gobierno soportará esto?” me preguntaba mientras sonreía y veía las sombras de las llamas revolotear sobre mi pecho desnudo.
Intenté concentrarse en los esfuerzos de ella por satisfacerme. Pero mi miembro seguía “muerto” a pesar de sus expertas manos.
Con brusquedad la hice colocarse frente a mí, empujando su cuerpo contra el ventanal.
Su negra melena la caía por los hombros. Ojos de un profundo tono verde fijos en los míos. La respiración agitada subiendo y bajando sus torneados pechos. Bajo la mirada por su suave estómago hasta llegar a las caderas, la cinta del negro liguero torneando su rasurado pubis, mostrándome sus encantos. Mis manos acarician el contorno de sus piernas, distrayéndose en el bordado de sus negras medias.
Ella me agarró el vaso de whisky. Bebió un ligero sorbo y dejó caer el ambarino líquido por su cuerpo, del cual bebí, queriendo estar sediento. Recorrí cada trocito de su piel. El cuello por el que descendí hasta sus pechos, en los que me entretuve entre besos y ligeros mordiscos, continué descendiendo. Tomando el sabor tostado y a madera del Whisky por su cuerpo. Lamiéndolo como si fuese un perro. Superé la tira del liguero perdiendo mi lengua dentro de su cuerpo, buscando que mi cuerpo reaccionase y endureciese mi miembro, el cual no había respondido a ninguno de los intentos de ella.
Mientras mi boca se impregnaba de su humedad, mis puños se crispaban por la inoperancia de mis músculos. Sus manos se aferraban a mi pelo, apretando más y más.
Sus piernas descansaban en mis hombros. Mi boca entre ellas, mi nariz aspirando su dulce aroma, mis manos a intervalos, aferradas a sus caderas y en forma de puño golpeando el ventanal.
Los gemidos de ella inundaban la sala ahogando el crepitar del fuego del exterior, el sonido de las sirenas, la batalla campal que se estaba librando ahí abajo. Apoyada contra el cristal, arqueaba la espalda y empujaba su sexo, aún más, sobre mi boca empapada y chorreante.
En un momento, entre movimientos convulsos, me clavó las uñas en el cuero cabelludo, mientras gritaba en el momento en que mi lengua desbocada la hacía llegar al orgasmo.
Así permanecimos unos segundos. Yo de rodillas con sus piernas en mis hombros y su espalda apoyada en el ventanal, mi cabeza reposando en el interior de sus muslos.
Luego, nos dejamos caer sobre el suave y cálido suelo de parquet. Ella se medio levantó apoyándose sobre un codo, mientras que con la otra mano no desistía en su intento de conseguirme una erección.
- Mis chicas llevaban razón, Lorenzo -hablaba en tono bajo, con melodioso timbre de voz-. No me lo podía creer.
- Sí, Gabi. Llevan razón. ¿Por eso has sido tú la que has venido?
- En parte sí. Quería saber si los rumores eran ciertos. Y luego, quería estar contigo. Sabes que siempre has sido mi favorito.
Me dijo mientras me besaba. No solamente los labios, sino que comenzó a besarme por todo el cuerpo hasta que sus labios se toparon con mi flácido e inútil miembro, que estaba ahí caído sin reacción alguna. Golpeé el suelo. - Déjalo Gabi -la dije mientras me apartaba de ella frustrado-. Es imposible.
- ¿Cómo va a ser imposible? -dijo con extrañeza mientras intentaba, de nuevo, mediante una felación, conseguir mi erección.
La sujete suavemente del mentón y la miré directamente a los ojos. - Me ha robado el deseo -dije mientras me levantaba y servía dos vasos de whisky-. Ya me lo advirtió; que tras ella, ninguna mujer ni hombre, volvería a conseguir que se me pusiera dura. Evidentemente no la creí.
Gabriela se acercó a mí y tomando el vaso que la ofrecía, bebió un pequeño sorbo. - Tubo que ser alguien muy especial.
Lancé un bufido. - Era única.
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