BALDÍO CORAZÓN

Baldío corazón que

Se esconde entre palabras

Y vacíos.

Silencios que llena con

Sueños que no van a ser.

Corazón de escombros que

Habita en un mundo

Ignoto en el que

Pasa sin gloria,

Rodeado de pena.

Palabras que nacen

De la inocencia que

Da la indiferencia.

Palabras que son lamentos

De un alma silenciada.

Mortificada por el peso de

La indolencia de la vida

Que la relega a un

Mundo que no la acepta,

Que no se se acepta entre

Tanto sueño construido con

Muros de vientos y

Cimientos de viejos sueños

Que sucumbieron ante

El peso de la realidad.

Baldío corazón que se

Oculta entre lágrimas

De tinta, esperando que

Algún día sean oídas,

Leídas,

Entendidas.

Mientras tanto

Sigue inerte esperando,

Navegando por aguas

De mares tormentosos,

Con velas desplegadas,

Como un loco,

Encallando irremediablemente

Contra el coral del destino,

Suyo o distinto.

Baldío corazón…

ÚLTIMO VIAJE.

Y sin querer, me descubro

En el puerto dónde he

De embarcar rumbo

A mi último viaje.

La parca me lleva,

Me guía de la mano,

Me sonríe,

La sonrío.

No la temo, llevo

Tiempo en la que

La espero.

Ella lo sabe, eso hace

El partir más suave.

Me deja despedirme en

Una carta,

Unos versos,

Que no leerá nadie,

Pero yo los dejo seguros,

Atrás.

Vivos.

Ajenos a esto que siento

A la congoja de embarcarme

Y no volver a verlos,

Pero he de partir.

Ha llegado la hora.

Prematura, la enfermedad

No tiene cura.

Y sonrío.

Reconozco que he vivido,

Sentido,

Llorado,

Reído.

Me marcho y tras de mí.he dejado un camino,

Lleno o baldío,

Pero he caminado por él con la

Cabeza en alto,

Mirando hacia delante.

Resguardándome en el pasado

Si perder el camino,

No había otro por el que transitar.

Es la hora de embarcarme.

Siento a la muerte besarme,

Dulce y lentamente invita

A marcharme.

Miro hacia atrás.

No lloro,

Ellos seguirán.

Con el tiempo al dolor

Y a mí, olvidarán.

Para ser feliz,

Una nueva oportunidad.

A VECES TE ODIO

A veces te odio
Otras te amo
Entre pasiones
Opuestas navegamos.
Encerrado entre tus
Piernas,
Cautivo de nuestros
Ardientes corazones,
Te juro amor eterno
Mientras mi piel choca
Contra tu piel.
Mientras mi boca se
Pierde con tu boca,
Nuestras palabras
Se ahogan
Entre lenguas
que se buscan
Que se tocan,
Que huemedecen
nuestros cuerpos
hasta los más recónditos
secretos.
Nos juramos
amor eterno,
En la eternidad
del momento.
Que el amanecer
Exhaustos nos descubra,
Y con su luz borre
Nuestra locura.
Disipa la bruma
Que nos envuelve.
Comienzan los reproches
Y los amargos adioses,
Todo, hasta que llega
La noche.

DENTRO DEL ESPEJO

 Espejos. Grandes, pequeños, decorativos, para maquillarse en un tocador, de baño, de medio cuerpo o de cuerpo entero como el que presidía el dormitorio.

Uno pesado y grande de grueso marco de madera color marrón con reflejos rojizos, casi al igual que el resto de los muebles de nuestro dormitorio.

Lo adquirimos en un anticuario, era el elemento fundamental para nosotros. Teníamos espejos en cada estancia, una de las paredes del pasillo estaba cubierta por uno grande horizontal. Incluso unos años antes hasta instalamos uno en el techo encima de nuestra cama. Nos encantaba mirarnos mientras hacíamos el amor. Era como mirar a otras personas, incitábamos el morbo, la vena cotilla que todos poseemos, dando rienda suelta al voyeurismo que anida en cada uno de nosotros, aumentando el deseo y con ello un mayor placer físico.

Mucha gente coleccionaba póster de películas, muñecas de porcelana, cromos, chapas, botellas de refrescos… Lo nuestro eran los espejos

Para la pared del dormitorio no queríamos algo típico y vulgar. No un simple espejo “sin vida” que no dijese nada. Así que buscamos con ahínco y empeño.

Un día, y tras haber consultado cientos de páginas por Internet, nos topamos con la de un anticuario que nos llamó la atención. Y allí estaba, como salido de nuestros deseos y materializado en ese catálogo virtual, alzándose poderoso sobre los demás artículos ofertados.

Miré a Mamen, ella me devolvió la mirada. Sus ojos verdes brillaban de entusiasmo, siempre tan expresivos, tan llenos de voz que no hacía falta que hablase para decir lo que quería. Yo sentí lo mismo, ella lo vio en mi rostro. Habíamos conectado con aquel elemento decorativo. Sentí una voz tenue, una ligerísima sensación de aire acariciar mi piel mientras me susurraba al oído que ese era el espejo.

Era ese el espejo deseado. No había más.

Buscamos y anotamos el teléfono del anticuario. En cuanto descolgó y una voz aguda que no denotaba juventud, pronunció un amable saludo, le dije que nos reservase aquel espejo.

– Un momento por favor –respondió la voz.

Mamen y yo nos miramos expectantes.

¡Maldita sea! ¿A que ya había sido adquirido? ¿A que ya no lo tenía a la venta? ¿A que se había quemado, golpeado, dañado, hecho añicos?

Parecía mentira, pero aquellos segundos de espera fueron terriblemente largos, incluso agónicos. Cierta parte de mí se sintió ridículo al sentirme tan desesperado por aquel objeto.

Otra vez sentí aquella suave caricia de aire en mi piel. Otra vez aquella voz hablando; Es tuyo. Es de ella.

Aquella última palabra sonó como dicha con deseo soterrado.

Sacudí la cabeza para apartar aquellos pensamientos tan descabellados que estaba sintiendo y notando.

Mamen mi miró con una sonrisa. Colocó su suave mano sobre la mía. Sentí más calma. Un chasquido en el otro lado de la línea.

– Disculpe la espera –contestó con tranquilidad la voz. Estaba a punto de interrumpirle para ver si había algún problema con el espejo. Pero no hizo falta-. Necesito unos pocos datos y ya tendrá el espejo reservado.

Lancé un hondo suspiro de satisfacción que vació de mí toda la incertidumbre que había acumulado.

Moví asintiendo la cabeza. Mamen esbozó una gran sonrisa y dejó de juguetear con el pelo, cosa que hacía cada vez que estaba nerviosa. Sentí el fuerte y cariñoso apretón de su mano sobre la mía. Me dio un sonoro y húmedo beso en mi barbada mejilla.

Fijamos al fin el día, que sería el siguiente debido a la impaciencia que se había apoderado de nosotros, que íbamos a ir a recogerlo.

Tras colgar el auricular vintage en su base, nos sentimos pletóricos y nos abrazamos dando vueltas como locos por el salón. Por fin el dormitorio, no. La casa, estaría completa. Durante unos breves instantes supe que habíamos perdido el juicio por un simple espejo.

Fuimos así, abrazados, hasta el dormitorio. Lo observamos juntos, como si nuestros cuerpos fueran uno solo, Mamen agarrada a mi cuello y yo sosteniendo su pequeño cuerpo entre mis brazos.

Sentimos, al menos yo sentí, que algo estaba a punto de romperse. Fue una extraña sensación. Una punzada de alarma. No sabía lo que se avecinaba.

Descolgamos el espejo simple y funcional que teníamos. Aquel hueco vacío de la pared, estaría cubierto de nuevo al día siguiente por un hermoso, robusto y “Vivo” espejo antiguo.

Al descolgar aquel trozo de cristal, la habitación quedó desnuda.

Estuve unos minutos con el cristal en volandas sin saber muy bien que hacer con él.

– Tíralo a la basura. Pero no lo rompas, déjalo al lado de los cubos por si alguien lo quiere –me dijo Mamen.

Así que lo bajé a la calle y lo pose suavemente, casi con cariño y cierta culpabilidad al dejarlo allí, contra uno de los laterales grises del contenedor de basuras.

Permanecí durante unos instantes frente al que había sido nuestro espejo. Vi mi reflejo en él. Recordé las veces en que habíamos fijado nuestras miradas llenas de deseo en aquella superficie mientras reflejaba nuestros cuerpos desnudos y sudorosos. Las veces en las que nos habíamos mirado para ver si tal o cual camisa, chaqueta, pantalón nos sentaban bien. Cuántas veces me había mesado la barba y Mamen se había atusado el pelo frente a él.

Sentí nuevamente una punzada en el pecho. No sabía el qué, pero algo dentro de mí me indicaba que algo no iba a ir bien.

Estuve allí unos pocos segundos más, como honrándole homenaje a un difunto, en parte aquel objeto, aquel espejo simplón, ya había muerto para nosotros. Me dí la vuelta y volví a subir a casa.

Mamen estaba en el recibidor apoyada en la pared. En su rostro una sonrisa insinuante. Su cuerpo cubierto por un escaso conjunto de lencería de color rojo. Alargó una mano que yo cogí, me atrajo suavemente hacia ella y me sumergí entre sus brazos sintiendo el ardor que manaba de su cuerpo.

Un beso de urgencia. Una caricia deseosa. Unos instantes de miradas suplicantes para después abandonarnos a la pasión. Hicimos el amor como salvajes, dominados por un ardor y una pasión desaforados.

Caímos exhaustos en la cama desecha tras nuestro asalto. Me hundí en la profundidad de su mirada sintiéndome renacer en el calor de aquel verde que brillaba por la pasión.

Sonreí de felicidad. Una sensación maravillosa me embargaba. Amaba a aquella mujer con la que había compartido tantas cosas y más las que íbamos a compartir.

Al menos aquello pensaba.

Yo la miraba desde la altura que me daba el tener la cabeza reposada en el brazo apoyado sobre la almohada. El pelo oscuro y ondulado de ella caía como una cascada desordenada sobre su hombro desnudo y la almohada.

Se acercó a mí. La bese. Me devolvió el beso. Volví a sentir la necesidad arder en mi interior. Mi cuerpo reaccionó encendiéndose. Busqué sus manos, ella las mías y volvimos a sumergirnos en nuestros cuerpos sedientos de aquellas sensaciones de placer indómito.

3

La tienda del anticuario, era tal y como me imaginaba este tipo de negocios. Una vieja tienda enclavada en el corazón del Madrid más antiguo, a un paso de la Gran Vía. Una callejuela estrecha que apestaba a orines, de edificios altos con viejas y pequeñas terrazas de hierro forjado, que no dejaban que los rayos del sol llegarán al suelo, sumiendo la estrechez entre los edificios en algo cuasi claustrofóbico de suelos sucios y paredes de ladrillos viejos llenos de grafitis.

Parecía mentira que a unos pocos metros estuviera la concurrida y famosa Gran Vía con sus emblemáticos edificios que albergaban teatros, cines y comercios que siempre estaban llenos de turistas ansiosos de perderse en aquella cosmopolita arteria de la capital.

Parecía que allí, en aquel lóbrego y claustrofóbico lugar, se hubiese traspasado una puerta entre dos mundos distintos.

Miré a Mamen. Sonreía embelesada por la dejadez de aquel lugar. Admiraba aquella decadencia, según ella esa lobreguez era la verdadera alma escondida de la ciudades, por ello adoraba aquellos aires de abandono en el cual cualquier persona podía conectar con su más auténtico ser, pues era el reflejo atávico de lo que eran las personas.

Sonrió al ver mi gesto adusto ante lo que veíamos. Yo era la antítesis de aquel lugar. Nunca había logrado conectar con aquel pensamiento filosófico sobre el alma de las ciudades, ni nada de todo aquello. Yo era más práctico, menos filosófico. Me sentía cómodo en espacios amplios, iluminados, limpios y ordenados. No necesitaba conectar con nada en absoluto.

Me sentí defraudado cuando nos encontramos frente a la tienda.

Una fachada paneleada de madera con desconchones de la pintura verde, si es que aquél era el color, los cuales ocupaban más espacio que la propia pintura. Un gran escaparate, enmarcado entre aquellos paneles, que apenas dejaba entrever lo que había tras él.

Mamen me agarró con ternura pero con fuerza de la mano y me llevó hasta la puerta entreabierta de la tienda,

Al cruzar el umbral me esperaba el sonido de la puerta chocando con uno de aquellos avisadores sonoros que colgaban en muchos lugares, pero me sentí sorprendido porque no fuera así. Ante nosotros un maremágnum de objetos y muebles llenos de polvo cobró vida. Decenas, cientos de objetos sucios se apilaban en decenas de estanterías de baldas combadas por el peso. Sentí cierto miedo de que aquello acabase cediendo y todo lo que descansaba en aquellas baldas, nos sepultara.

Miré con muchas dudas a Mamen, que se había soltado mi mano y campaba entre aquellos muebles y pilas de objetos cubiertos de una espesa capa de polvo, el cual flotaba libremente en el aire.

Yo estaba estático de espaldas a la puerta, atónito ante lo que estaba viendo. La página Web no reflejaba para nada la realidad de aquel lugar. Desorden, suciedad, caos… Me era imposible imaginar que allí estaba nuestro espejo.

– ¡Hola! –dijo un hombre que apareció tras lo que parecía una antigua barra de bar-. ¿Han visto algo que les guste? Hay tantos objetos cargados de historia entre estas paredes…

– Ni que decir lo de los objetos –creí haber musitado aquellas palabras, pero la mirada profunda de aviso que me clavó Mamen me indicó lo contrario.

La obesa cara de sapo del anticuario, ojos saltones y juntos, boca grande… no expresó gesto alguno de molestia ante mi “musitado” comentario. Todo lo contrario, sonrió ensanchando aun más sus carrillos, lo que le confirió más aspecto de sapo.

– ¡Buenos días! –contestó Mamen mientras se acercaba al mostrador-barra de bar-. Somos Mamen Vilarrubia y Alejandro Leal…

– Pedro Muñoz –le interrumpió el anticuario mientras le tendía una mano gorda y artrítica a Mamen. Sonrió dejando unos grandes dientes a la vista-. Discúlpeme la interrupción, pero no hace falta tanto formalismo. Mamen y Alejandro, con eso basta. Con tanto formalismo lo único que se consigue es demorar los asuntos.

Mamen le sonrió abiertamente y estrechó la mano gorda y artrítica que el tal Pedro le tendía.

– Me gusta –dijo ella. Yo seguía en segundo plano, unos pasos más atrás, mi disgusto ante aquel lugar y las formas del anticuario sería patente en mi rostro, así que esperaba que la penumbra que reinaba en el lugar me ocultase-. Veníamos a buscar un espejo…

– ¡El Espejo! -exclamó el anticuario volviendo a cortar a Mamen, que me miró con cara de asombro ante la mala educación que mostraba el tipo con cara de sapo-. Discúlpenme de nuevo…

– No sé si tengo tantas disculpas en el bolsillo –contesté en voz alta y tono molesto.

– Sí, sí. Lo lamentó. Pero es que no es un espejo –parecía que el anticuario estaba más en un escenario de teatro actuando que hablando con unos clientes-, es algo más.

Nos miramos un poco incrédulos ante lo que estábamos viviendo allí. No parecía real. Aquello parecía sacado de alguna mala película o algo.

El anticuario se perdió tras el mostrador desapareciendo literalmente tras una columna de alabastro que sostenía un busto de bronce cubierto completamente de polvo.

– Esto es de locos amor –dije en un susurro junto a Mamen-. Vámonos, que este tío me da mala espina. De verdad.

Ella se volvió hacia mí y me agarró la mano con suavidad, como siempre hacía cuándo me ponía nervioso. Sonrió y aquello, al igual que cualquier anestésico, me hizo sentirme más relajado.

– No te preocupes cielo –habló con su habitual tono sosegado-. Es un vendedor y actúa como tal. Nos quiere vender no solo el espejo sino algo más, ya verás.

– ¿Un vendedor normal? A mí no me apetece comprar aquí nada. En serio.

– ¿No te apetece comprar el espejo? ¿Nuestro espejo? Ese que en cuanto lleguemos a casa lo vamos a colgar –bajó el tono y revistió su voz de sensualidad-, y tendremos que probarlo.

Besó con suma delicadeza y sensualidad mis labios. Sentí un estremecimiento de excitación recorrer mi espalda. Deseé agarrarla y hacerla el amor allí mismo, encima de aquella barra de bar. Pero el traqueteo de unas viejas ruedas sobre el entarimado del suelo, me sacó de aquel momento de arrebato.

Al cabo de unos segundos, el anticuario apareció trayendo consigo lo que supuse nuestro espejo cubierto de una vieja y descolorida tela, como no, cubierta de polvo. El sonido del traqueteo, se debía a la carretilla que usaba para transportar nuestra nueva adquisición.

– ¡Aquí está! –dijo mientras que teatralmente tiraba de la sábana que cubría el espejo, removiendo todo el polvo acumulado en la tela, sumiéndonos en una nube de denso polvo que entró por nuestras gargantas y que nos provocó un incontenible ataque de tos.

El anticuario miraba embelesado al espejo, sin percatarse, o sin querer percatarse de lo que su teatral gesto había provocado.

Deseaba marcharme de allí y dejar aquel infecto y desagradable lugar. Olvidarme de aquellos minutos y de aquel peculiar vendedor. Pero al alzar la vista al disiparse la densa nube de polvo, me quedé como hipnotizado ante el espejo.

Busqué inconscientemente la mano de Mamen. Ella que también miraba fijamente hacia el objeto, se encontró con mi mano y la asió con fuerza.

Aquello era más de lo que habíamos previsto. Era más de lo que hubiéramos soñado.

Era un espejo reluciente que parecía casi recién salido de la fábrica de pulido, el cual reflejaba con nitidez los tímidos rayos de sol que penetraban por el mugriento ventanal,

haciendo que apareciesen destellos de mil colores, el cual estaba encajado dentro de una ancha moldura de madera de color marrón con tonos rojizos, cubierto de finos y bellos trazos arabescos cincelados a lo largo y ancho del grueso y pesado marco

Era un espejo que imponía respeto, que emanaba una fuerza extraña. Aquella misma fuerza que nos atrapó a través de la pantalla del ordenador. Allí, frente al él, aquella fuerza nos había obnubilado los sentidos.

Esbozamos, tanto Mamen como yo, una sonrisa nerviosa. Noté la mirada del anticuario clavada en nosotros y eso nos sacó de aquel estado de embeleso frente a la visión del espejo.

– Les dije que era algo más que un simple espejo – sus ojos irradiaban placer y su sonrisa de sapo se extendía hasta límites imposibles en su rostro-. Este espejo tiene magia. Una magia especial. Una magia antigua. Una magia envolvente…

Un destello en su mirada que no supe interpretar me hizo sentir incómodo. Su mirada ya no se dirigía al espejo, sino que miraba con avidez a Mamen. Pero no sentí celos, ni me sentí molesto ante aquel descaro, pero sí sentí un escalofrío recorrer mi columna vertebral. Una extraña sensación de miedo que no entendía se apoderó de mí.

Fue una extraña sensación que duró milésimas de segundos. El tiempo en el que el anticuario fijaba su mirada en mí.

– ¿A que nota la magia? –me dijo sonriendo. Yo no pude más que asentir-. Aquí no vendemos objetos simples. Aquí hay historias. Decenas de ellas. Cada objeto, mueble o trasto que aquí descansan, si pudieran hablar, podrían contarles miles de historias. De amor, de risa, de tragedias. Cada objeto, cada mueble, está impregnado de vivencias. Eso les hace diferentes. Aquí conviven la modernidad con el clasicismo y la antigüedad en armonía. Eso es lo que nos hace distintos de otros anticuarios y otras tiendas más selectas, más limpias y ordenadas cuyos objetos están relucientes y en perfecta colocación. Allí se les roba el alma, su historia… su magia.

El tono de voz del anticuario, que antes me había parecido agudo y que desentonaba completamente con el aspecto del hombre, se había convertido en un tono meloso, dulce. No hablaba, declamaba subiendo y bajando el tono, envolviéndonos en su relato. Parecía que el aire era más denso, que estaba cargado de una extraña carga eléctrica que me erizaba el vello del brazo. Haciendo convincente lo que decía.

Si en aquél momento me hubiese dicho que me llevara la columna de alabastro con el busto de bronce, me hubiera parecido lo más sensato del mundo.

Mamen me miró con una gran sonrisa de; Te dije que era un vendedor. Y llevaba toda la razón.

– ¿Que les parece el espejo? –su voz volvió al tono agudo de antes. El aire se descargó de aquella electricidad. Me pareció que la luz entraba a raudales por el mugriento escaparate cubriendo nuevamente la estancia de partículas de polvo en suspensión-. No es lo mismo verlo a través del ordenador ¿a que no?

– No –contestó Mamen-. Es lo que buscábamos. Es más de lo que buscábamos. Tiene fuerza, una presencia arrebatadora. Tiene lo que llamamos alma.

– Sí, es cierto –contestó el anticuario que apoyó las manos artríticas sobre la barra-. Es un objeto que impone. Que luciría a la perfección en el salón del trono de cualquier palacio…

– Sí, sí claro, pero no es para un palacio, sino para nuestra casa. Para nuestro dormitorio –interrumpí al vendedor que comenzaba de nuevo a divagar.

– Es cierto –dijo Mamen colocando una mano sobre el mostrador-barra de bar-, es para el dormitorio. Es demasiado imponente, demasiado… No sé. Demasiado palaciego para el lugar que va a ocupar en nuestra casa.

Me quedé atónito ante las palabras de Mamen. Ella se había, nos habíamos, enamorado del espejo, no hacía falta nada más que mirarnos. ¿Y ahora decía que era demasiado imponente?

El anticuario perdió parte de su exagerada sonrisa de sapo. Miró dubitativamente a Mamen, después al espejo y por último a mí.

– Es un objeto digno de un palacio, sí. Pero para un dormitorio también está bien, sobre todo para el dormitorio de una pareja de jóvenes príncipes.

Mamen prorrumpió en una sonora carcajada ante aquella frase del anticuario, el cual también comenzó a reír y ambas risas me contagiaron a mí también.

– ¿No tiene una frase mejor? –dijo Mamen en un momento en que había conseguido calmar la risa, para momentos después volver a reír.

En aquellos instantes tan cómicos dirigí mi mirada al espejo que reposaba sobre la carretilla en la que el anticuario lo había traído, de a saber dios dónde. Y volví a sentir una extraña sensación en mi interior y una voz, mi propia voz, en la cabeza que me decía; Llévame a casa. Soy tuyo. Soy vuestro.

Tras un rato más de regateo con el anticuario, Mamen cerró el precio del espejo un poco más bajo de lo que tenía establecido en el catálogo, pero el anticuario en vez de sentirse ofendido o algo por el estilo sonrió amablemente.

– Este espejo se merece alguien como ustedes.

Con aquellas últimas palabras nos despedimos del vendedor, que nos prestó la carretilla para transportar el espejo al coche.

Aquella tarde y tras muchos esfuerzos debido al gran peso del espejo, éste ya descansaba en su lugar.

Aquella noche, tal y como había prometido Mamen, estrenamos el espejo.

Mamen dormía placidamente. Yo medio recostado de lado, la observaba. Me encantaba verla dormir. Era una mujer preciosa a la que amaba más que a nada en el mundo. Pero aquella noche había sido extraña. Era una sensación que me incomodaba, que me hacía mirar hacia los lados. Era la primera vez que sentía algo así.

Momentos antes, mientras nuestros cuerpos se fundían uno con el otro y nuestras miradas deseosas se encontraban en el reflejo del espejo, sentí como si hubiera alguien observándonos. Unos ojos de mirada viciosa que nos vigilaba. Habitualmente, aquel morbo de vernos, de sentirnos espiados por nosotros mismos como si fuésemos chiquillos haciendo algo prohibido, me excitaba más. Pero aquel día me sentí espiado y vigilado, no por mí ni por Mamen, sino por algo. El éxtasis llegó, pero no me sentí igual de saciado cómo tantas veces. Ella no lo dijo, pero veía en sus ojos que ella tampoco se había sentido satisfecha. Aquella sensación nos había… ¿acobardado? ¿Enfriado? ¿Amilanado? No lo sabía.

Me incorpore en la cama. Sentía aquella mirada. Pero no había nadie. Miré vigilante la oscuridad, Esperaba encontrarme con alguna sombra más negra que la oscuridad del dormitorio. Pero no había sombra, ni espectro, ni aparición, ni ningún ente sobrenatural existente o salido de mi imaginación. Ante aquellos pensamientos, estaba tranquilo. Los espíritus de los muertos no me daban miedo, temía más a los vivos.

Sabía que era imposible, pero sentía unos ojos fijos en mí, en nosotros. Noté como los pelos de la nuca se erizaban. No era una sensación mental, era física. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo.

Volví a mirar a Mamen, la escasa luz que entraba por los agujeros de la persiana, me permitió ver los ojos cerrados de ella. Su respiración era armónica y acompasada, lo que delataba que realmente estaba dormida y no estaba gastándome ninguna broma.

Un golpe.

Me giré inmediatamente intentando averiguar cual era el lugar en el que se había originado aquel sonido.

Respiraba agitadamente y sentía como mi corazón palpitaba desbocado en mi pecho. Un estremecimiento mayor.

Me levanté inquieto de la cama. Sentía aquella mirada posada en mí. La sensación física de ser observado no me dejaba creer que aquello era un sueño.

Otro golpe.

Esta vez no fue un golpe seco. Sentí, cosa extraña, una ligera vibración. Como si frente a un lago viese como se formaban ondas alrededor de una piedra que rompía la tranquilidad de las aguas. Sentí aquellas ondas concéntricas alejarse de la zona de impacto.

Me sobresalte al sentir una voz, mi propia voz, en el interior de la cabeza.

“Alex ayúdame por favor. Ayúdame Alex”. Me llevé las manos a la cabeza como si con aquel gesto se borrara que había escuchado aquello, aquel pensamiento que no había pensado.

Miré alrededor. Solo oscuridad ligeramente rota por la luz que penetraba de la calle. Muebles que eran sombras oscuras que se recortaban en la oscuridad de la habitación.

Era mi voz. La misma que escuchaba cuando rumiaba algún pensamiento. Era yo quién me estaba llamando.

Mamen seguía dormida ajena a todo aquel demencial asunto.

“Alex ayúdame”. Mi voz sonó más fuerte en el interior de la cabeza. Comencé a dar vueltas sin sentido a los pies de la cama.

Solamente esperaba que Mamen no se despertara y me viese en aquel estado de histeria.

Una, dos, tres vueltas. Nada. Y nada pasaba. Tampoco sabía que es lo que tenía que pasar. No sabía siquiera si estaba esperando que pasase algo.

Seguía notando la mirada fija en mí. Cada vez más intensa. El vello de la nuca y de los brazos permanecían erizados como púas.

La voz, mi propia voz, seguía resonando en mi mente. Ecos diseminados en los tumultuosos pensamientos que me agitaban. Pero un eco constante, al fin y al cabo, que se empecinaba en seguir a flote.

En mi devenir nervioso y errático por la habitación un destello llamó mi atención. Un momento, una milésima de segundo. Pero lo había visto. Estaba seguro de que había visto un destello. Me detuve. Me llevé las manos a la cara y me froté la barba en un gesto nervioso.

“¡Tranquilízate Alex!” Me dije yo mismo. Esta vez sí había sido mi voz consciente que quedó mitigada por la misma llamada de ayuda, “Ayúdame Alex. Ayúdame”.

¿Quién me pedía ayuda? ¿Era yo de forma inconsciente quién me pedía ayuda? ¿Ayuda, para qué?

“Estás soñando tío. Fijo que esto es un puto sueño y vas a despertar con el sonido del despertador”. Quería creerlo. Necesitaba creerlo, pero sabía que lo que estaba experimentando era algo muy real y no un sueño.

No sabía cuanto tiempo llevaba allí dando vueltas, pero parecían que habían pasado horas.

Miré a Mamen que se había movido ocupando el espacio que yo había dejado libre al levantarme. Descansaba despreocupada ajena a aquel brote esquizofrénico que estaba padeciendo. Mejor así, no se preocuparía. Ya bastante preocupado estaba yo.

Quería gritar. Liberar tensión. Pero no podía, alarmaría a Mamen, no quería que se preocupase.

Durante una fracción de segundo apareció. Esta vez sí lo había visto claramente. Un destello de luz clara. Lo había visto y no era producto de ningún reflejo de la calle. Un destello claro que provenía del espejo.

Me acerqué a él en un par de zancadas. Pude discernir en la oscuridad mi silueta reflejada en la superficie de cristal. Allí había visto el destello.

“Ayúdame Alex. Ayúdame”

La voz sonó como un grito desesperado en mi cabeza. Sentí el impulso de acercarme más al espejo. El destello volvió a aparecer a escasos centímetros de mi cara, la cual estaba casi pegada al cristal. Sentí mi propio aliento al impactar contra aquella superficie.

“¡Ayúdame!” Esta vez la voz era un grito agónico.

Un golpe.

Dí un respingo hacia atrás en el cual casi pierdo el equilibrio. Mi respiración era agitada. El corazón palpitaba desbocado en el pecho.

El golpe provenía del espejo, pero no de mi lado del espejo. Era ilógico, tras él solamente estaba la pared y tras ésta la calle, y allí era imposible que hubiera nadie golpeando la pared.

Vi mi silueta. Al menos lo que debería de ser mi silueta en un mundo normal. La vi moverse mientras yo seguía a medio metro del espejo quieto. Mi contorno reflejado comenzó a moverse. En cambio yo estaba paralizado ante lo que estaba viendo.

El destello volvió a fulgir proveniente del rostro de mi silueta. Y no fue uno solo, fueron dos brillos de luz blanca.

“Ayúdame Alex a salir”.

Aquella silueta, la mía, me habló. Aquella voz, supe de repente que era la de la figura del espejo. Mi propio reflejo, mi propia voz. Pidiéndome ayuda.

La silueta llegó hasta el cristal. No había duda, si en algún momento la tuve, era yo. Mi propio reflejo, que no me reflejaba a mí, el que tendía una mano hacia delante y la posaba en el cristal.

A pesar de la oscuridad pude ver claramente sus ojos, mis ojos, clamando por una ayuda que no llegaba.

Increíblemente el reflejo miraba hacia atrás, al reflejo del armario que estaba a mi espalda, pero yo sabía que la silueta no veía lo mismo que yo. Giró rápidamente la cabeza. Una mancha oscura que se distinguía perfectamente en la oscuridad reinante. Una mirada de terror.

“¡Ayúdame! ¡Sácame de aquí! ¡Ya vienen!”

Sentí terror. Ahora era yo el reflejo de la silueta. Sentía su miedo. No sabía hacia qué había de temer, pero sentía todo el terror que irradiaba su mirada suplicante, todo el terror que su gesto congestionado mostraba.

Quería ayudar. En mí despertó la urgencia de ayudarle. Me estaba ayudando a mí mismo. Era yo quién me pedía ayuda. Era absurdo aquello, pero necesitaba ayudarme. Ayudar al yo del espejo, del otro lado. Pues supe que había un “otro lado” más allá del cristal.

“¡Ya vienen!”

Aquel llamamiento con voz ahogada resonaba en mi mente una y otra vez.

“¡Ya vienen!” ¿Quién o qué venía que producía tanto temor? ¿Cómo ayudar? Él, mi yo del “otro lado” me pedía ayuda, pero no podía hacer nada. Un cristal, un espejo en realidad, nos separaba.

Quizá algo más nos separaba. La realidad era aquella separación. La realidad que habría de imponerse en algún momento. Aquello era una locura, algo que no era posible que estuviera sucediendo. Mi voz, la de verdad, aquella con la que rumiaba pensamientos y deseos en mi mente, me hablaba. Me gritaba imponiéndose durante instantes al continuo llamamiento de mi reflejo.

“¡ALEJATE DE AQUÍ! ¡TÚMBATE Y OLVIDA TODO ESTO!” Clamaba a gritos en mi mente.

“¡Ayúdame Alex! ¡Tiende tu mano!” La voz de mi reflejo se imponía sin necesidad de gritar. Era monótona, ahogada, cargada de pavor. Borraba de mi mente cualquier injerencia. Me urgía con la cadencia. Me sentía como hipnotizado. Sentía la necesidad de tender mi brazo, tocar y sentir el contacto de aquella otra mano posada en el cristal.

“¡Dame la mano Alex! ¡Ayúdame!”

Sin saber lo que estaba haciendo, fui alzando el brazo.

“¡Tu mano! ¡Ayúdame! ¡Rápido! ¡Ya vienen!”

Cada palabra en mi mente la seguía una mirada hacia atrás. Luego terror en sus ojos y urgencia en las palabras.

Parecía que el brazo me pesara toneladas. Cada movimiento que hacía, era más lento y pesado que el anterior. Parecía que hubiera una fuerza que no quisiera que ayudara a mi reflejo, que me ayudara.

Aquel pensamiento se hizo el dueño de mi mente. Dejé de pensar en nada más. Si ayudaba a mi reflejo, me estaba ayudando yo. Pero en aquel instante no sabía el por qué necesitaba ayuda. Solamente, tenía el convencimiento más absoluto de que necesitaba ayuda, yo era el único que podía proporcionársela. El único que podía proporcionármela.

Unos centímetros más. Casi estaba.

“¡La mano Alex! ¡Necesito tu mano! ¡Ayúdame! ¡Ya vienen!” Miradas aterrorizadas hacia atrás. Mirada suplicante que se clavaba en la mía. Voz anhelante de recibir una ayuda. Voz que recriminaba que estaba tardando en llegar.

Estaba tan sumido en la voz que me instaba cada vez más urgentemente. En aquella voz que inundaba cada rincón de mi mente, que no me percaté de otros sonidos que se habían producido.

Unos segundos más. Mi brazo estaba totalmente extendido. Escasos centímetros separaban la palma que se apretaba en el cristal de la mía. Sentí una corriente eléctrica, una unión que deseaba ser consumada.

– ¿Alex? –Una voz adormilada con aire de extrañeza-. ¿Qué haces?

Volví ligeramente la cabeza y vi que Mamen se había despertado incorporándose ligeramente en la cama, la sábana cayó suavemente dejando sus pechos desnudos al aire. Pero yo estaba más centrado en ayudar a mi reflejo que en admirar su desnudez.

– Ayudo –me estremecí al escuchar mi propia voz. Pesada, flemática. Pronunciaba como si tuviera la lengua hinchada. Me costaba hablar. Parecía la voz de un heroinómano en

pleno “colocón”. También me sentí irritado por aquella interrupción -. Déjame ayudar. Necesita ayuda. Duérmete.

Como un autómata volví mi atención al espejo.

– ¿Có… Cómo? Alex ¿te encuentras bien? –no la miré pero sabía por sus pasos en la tarima, que se estaba acercando a mí-. ¿Qué te pasa?

Sentí su aliento en mi cara y el tacto calido de su mano en mi hombro desnudo. Unos segundos de vacilación.

¿Qué estaba haciendo yo frente al espejo? ¿Por qué esa urgencia de tocar el cristal? Me sentía extrañamente mareado.

“¡Alex, la mano! ¡Ayúdame! ¡Rápido! ¡Vienen! ¡Vienen! ¡Ya están aquí!” La voz, mi voz del reflejo me hizo olvidar la vacilación. Me hizo no sentir el aliento ni el tacto de Mamen. Lo único que sentía era la urgencia, la necesidad de ayudar.

– Me necesita –conseguí pronunciar a la vez que plantaba mi mano sobre el reflejo de la mano de mi silueta en el cristal.

Nuestras manos se unieron. Sentí el cristal frío y luego la tibieza de la piel de la mano que estaba unida a la mía. Era una sensación increíble. Una corriente eléctrica me recorrió la punta de los dedos de la mano, pasando por el brazo, bajando y subiendo por el pecho y espalda. No hubo fibra ni nervio que no fuese recorrida por aquella descarga. Éramos uno. Mi reflejo, el cual sonreía con aire de triunfo y alegría, y yo que seguía impávido ante el espejo. Los arabescos que decoraban el marco, me pareció, que cobraron vida moviéndose por el marco, cambiando su forma y su lugar. Al cabo de unos segundos, aquellas marcas, que seguían siendo arabescos, habían cambiado completamente. Una convulsión. Un temblor. Después el sonido de un crujido de cristal rajándose.

“¡SÍ! ¡SÍ! ¡SÍ!” Grité con la voz del reflejo. Era la voz de la victoria, del triunfo. Lo había conseguido. Había ayudado a mi reflejo. Me sentía eufórico… Hasta que sentí un tirón brusco que me llevó contra el cristal. Cerré los ojos esperando el impacto contra la fría y dura superficie, pero el impacto no llegó. Sentí como si me sumergiera en una pompa de jabón. La sensación de caer sobre una base de plástico y quedar envuelto en ella para luego traspasarla, quedando cubierto de aquella sustancia tan maleable que se adhería a la piel.

Sentí vacío.

Caí de rodillas y me apoyé sobre las manos evitando golpearme la cara contra el suelo.

Abrí los ojos.

¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? ¿Qué estaba pasando? “¡Mamen!” Grité completamente desorientado. Me levanté.

Ante mí se abría la nada. Una oscuridad completa. Silencio.

¿Dónde estaba? Me repetía una y otra vez. Aquel lugar no era mi dormitorio. Miraba con los ojos desencajados.

– ¿Alex? –la voz de Mamen me llego como salida de un altavoz lejano-. ¿Te encuentras bien?

– ¡Mamen! –mi voz apenas era un murmullo.

La había oído. Pero ¿dónde estaba? Hacía unos segundos sentía el suave tacto de su mano sobre mi hombro desnudo. Después recordé el tacto de mi mano sobre el reflejo del espejo.

Sentí un estremecimiento de pánico.

– ¿Ma…Mamen? –oí mi voz tras de mí, igual de lejana y amortiguada que la de Mamen- ¿Qué ha pasado?

Me giré rápidamente y me quedé paralizado ante lo que veía. Ante mí y cómo a través de una ventana, veía a Mamen con su mano sobre el hombro desnudo de mí mismo, pero aquel no era yo. Su mano se apoyaba en la nada, pues nada podía haber. Su mano se marcaba perfectamente apretada contra algo. Me miraba con la mirada perdida. Su rostro reflejaba consternación.

– Habrá sido una pesadilla –contestó ella dándole un beso en el hombro. Me llevé la mano allí dónde se suponía que habría sentido sus labios, pero no sentí nada – Venga Alex, vuelve a la cama.

Sí, eso era todo, una pesadilla. Ya se había acabado. Mamen, con su voz pastosa por el sueño, había roto aquel sueño. Volvería a la cama como ella me había indicado y toda aquella sensación de ubicuidad que se había apoderado de mí desaparecería. Dentro de unas horas sonaría el despertador, me levantaría y todo volvería a girar como debía de girar.

Dí un paso hacia delante. Mi imagen con la mano sobre aquel vacío, continuaba allí, con la cabeza girada viendo como Mamen volvía a meterse bajo las sábanas.

En unos instantes todo aquello desaparecería. Volvería a estar acostado. Se me pasaría aquella sensación de que nada iba como debería de ir.

Otro paso. Un par más de ellos y me acostaría. Mi reflejo dejó de mirar a Mamen y volvió su mirada a mí. Sonrió con una media sonrisa llena de maldad.

“Soy libre Alex. Gracias a ti, soy libre”. Era la voz de mi reflejo en el espejo. Una comprensión inmediata me hizo caer de rodillas.

“¡Imposible!- Me gritaba yo mismo- ¡Es imposible!” Caí de rodillas en aquel suelo, aquella superficie de oscuridad total. Sentí las lágrimas inundar mis ojos y caer en torrentes desesperados por mi rostro.

“Soy libre”. Seguía repitiendo la voz, pero ya no solo en mí cabeza, sino que envolvía el pesado silencio que me rodeaba.

Me levanté de un salto y con toda la furia que pude acumular, me abalancé sobre aquella ventana que estaba suspendida en medio del vacío. Cargué movido por la desesperación, el odio, pero sobre todo por el miedo.

Choqué con violencia sobre la ventana.

Un crujido.

El cristal, pues sabía que aquella ventana era el cristal del espejo, se había quebrado. Saldría de allí. Saldría de la pesadilla.

Instantes de furor y alegría que duró hasta que sentí un dolor lacerante descender desde el hombro con el que me había impactado contra el cristal.

Una siniestra risa inundó el silencio.

“Inútil intento Alex –alcé la vista, pues estaba arrodillado en el suelo caído sobre la fría superficie del cristal, agarrándome el hombro. Sentía un dolor ardiente y palpitante-. Todos y cada uno de los intentos de salir de allí te serán estériles. Inútiles. Vanos esfuerzos que te generarán ansiedad. Y dolor, sobre todo dolor Alex –Moví ligeramente mis dedos sobre el hombro y me quedé espantado al notar como, lo que suponía que era el hueso del hombro, sobresalía llamativamente por entre la piel-. Tu hombro se recuperará en breve. Nada perdura allí más que el dolor. Siempre dolor- y cómo si aquellas palabras hubiesen sido una orden, noté como mi hombro comenzaba a encajarse en su sitio. Un inmenso dolor se apoderó de mi brazo agarrotándomelo. Mil brasas ardientes que hurgaban en mi interior. Un grito ensordecedor salió de mi garganta. Resbalé por el espejo hasta caer al suelo sintiendo las brasas dentro de mi hombro. Lloré allí tirado -. Pobre Alex. No hay escapatoria posible. Llorar las lágrimas de la desesperación solamente será un consuelo breve. Volverás a levantarte, te lo aseguro. Y serás más consciente de la Nada en la que estás. No hay tiempo ni espacio allí”.

– ¿Dónde… dónde estoy? –conseguí decir entre hipidos con la voz carente de emoción.

“Más allá de toda comprensión. Estás dentro y fuera de éste y de mil mundos. ¿Eres religioso Alex? No contestes, no importa si lo eres o no, pero sí sabrás que todo cielo, donde estoy yo, tiene su contrario…-no quería escuchar más. No quería escuchar, pensando que si no lo decía no pasaría. Me tapé los oídos mientras me ovillaba como protegiéndome contra golpes invisibles. El hombro me ardía. El dolor persistía-. El infierno. Ese infierno en el que tú te encuentras Alex”.

Grité como un niño asustado. Desesperación. Dolor. Angustia. Miedo. Ante todo un miedo visceral y profundo.

“¡No puede ser! –exclamaba con la voz rota de gritar-. Esto es un sueño. Una pesadilla ¡Mamen, despiértame! ¡Despierta!” Aquél último llamamiento se lo hacía a mí cordura.

Una carcajada cargada de desprecio retumbó en el vacío.

“¡Patético Alex! Eres completamente patético. Aún piensas que es un sueño. Durante eones he estado ahí encerrado. He pasado por todos los estados de ánimo que te puedas imaginar Alex”.

– ¡Quiero…Quiero morir! –Grité mientras me ovillaba más.

“¿¡Morir!? ¡Jamás! La muerte no será la salida. La muerte no tiene potestad allí. La parca se ha olvidado de ti, al igual que se olvidó de mí”.

El silencio se llenó de aquella risa fría y siniestra. Grité llevado por la desesperación. Mi cuerpo se convulsionaba por los hipidos del llanto.

Ovillado en el suelo, la cara cubierta por mi brazo sano, un lacerante y persistente dolor en el hombro, mi voz quedó rota. El grito se convirtió en un grave ronquido. Mi garganta se quedó sin voz.

Lloraba, al menos me quedaban lágrimas que derramar.

Sin mirar, supe que aquel ser, mi reflejo, mi otro yo, se había alejado del espejo. Noté, algo así me lo indicaba, cómo se metía en la cama y colocaba su brazo, el que debería ser el mío, amorosamente sobre la desnuda cadera de Mamen.

Me revolví en el suelo.

“¡No!” grité con un gruñido, pues en aquello se había convertido mi voz. Me incorporé con toda la velocidad posible. No podía permitir aquello.

“¡Mamen! –gruñía trastabillando mi entras intentaba recuperar la verticalidad- ¡Mamen!” El nombre de mi mujer resonaba en el silencio al igual que en una cueva. Pero no estaba en una cueva. El sonido no rebotaba sobre pared alguna. Mi voz convertida en un gruñido era clara y llenaba aquel inmenso vacío.

Aquel ser me miraba desde la cama, tumbado con su brazo mancillando el cuerpo de ella. Aquellos ojos oscuros, mis ojos, los cuales había mirado mil veces a través del reflejo de un cristal, me miraban con regocijo y placer.

Comencé a golpear el cristal con lo puños gruñendo como un animal enjaulado.

“¡Déjala! ¡Maldito ser! ¡Déjala! ¡Hazme a mí lo que quieras! No… no la toques –un estremecimiento. Un hipido. Mi gruñido perdía fuerza. Notaba nuevamente las lágrimas asomando a mis ojos- ¡Mamen!”. Volví a caer de rodillas. Mis piernas no me sostenían. Mi visión quedó nublada por las lágrimas. Aunque no dejaba de golpear el cristal, cada vez mis golpes eran más débiles. Cada movimiento me costaba un esfuerzo inmenso.

Una pesadez cayó sobre mí. Todas mis fuerzas me abandonaron y me derrumbé en el suelo. Cada miembro de mi cuerpo parecía pesar una tonelada. Me quedé allí tumbado, inmóvil, paralizado por aquella pesadez que me asfixiaba. Pues hasta respirar me costaba.

Quería dormir. Era increíble que me sintiera así, pero lo único que deseaba era dormir. Me olvidé de dónde estaba, de qué había pasado, del impostor que se hacía pasar por mí, hasta me olvide de Mamen, no sin antes musitar su nombre mientras cerraba los ojos.

Tac, tac, tac, tac.

Unos golpes. Mi cuerpo era una piedra que reposaba en el suelo.

Tac, tac, tac, tac.

Otra vez los golpes. No quería levantarme. Estaba cansado. “Un poco más, mamá. Solo un poquito más – Musitaba con la voz pastosa-. Hoy no hay clase”.

¿Mamá? Allí no estaba mamá. Allí no había nadie. Allí estaba solo, hasta la razón, lo sabía, me había abandonado.

Tac, tac, tac, tac.

Nueva sucesión de golpes. Realmente no quería levantarme. No estaba cómodo, pero me dolería todo el cuerpo y así, con los ojos cerrados no sentía nada.

No quería abrir los ojos. No quería saber dónde estaba. Quería seguir dominado por el inconsciente, que al consciente le diesen por culo. La consciencia solamente traía dolor, pesar, incertidumbre. Quitaba la inocencia y barría los sueños. Quería soñar. Quería ser Morfeo y vivir en el reino de su dominio. Que despertase, que fuese consciente quien quisiera. A mí que me dejasen allí tumbado, como en medio de un estanque, flotando

sin saber, ni sentir nada. Al menos sin sentir por el momento, pues saber sabía que nada era real.

Miedo que con sus ondas concéntricas perturbaron la paz de mi estanque. Olas concéntricas provocadas por aquellos golpes constantes, como si fuese una piedra cayendo sobre la cristalina superficie.

La piedra fue una voz que inundaba todo el silencio.

La pesadez que sentía se fue diluyendo. No tenía energías, pero ya podía mover los miembros agarrotados de mi cuerpo. Con la consciencia llegó el dolor de mi hombro, de los puños con los que había golpeado, de mi garganta que se había quedado sin voz, de mis ojos inflamados de tanto llorar. Pero ante todo, el dolor de saber que estaba “Allí” fuera donde fuese aquel lugar.

“¿Alex? –mi voz, la de aquel impostor, llenaba el pesado silencio-. Si no hubiera estado yo ahí, supondría que estás muerto. Pero no puedes morir. Lo sé bien –un silencio-. Bueno, en realidad no lo sé, nunca he intentado morir. Siempre he anhelado vivir. Salir de esa prisión en la que me encerraron. Pero como ya te he dije, la muerte se ha olvidado de ti. ¡Celébralo! Eres inmortal Alex ¿no?”. Una risa fría

Seguí en el suelo con los ojos cerrados. Sabía que la oscuridad seguía allí. Mi cuerpo era una masa dolorida, gritaba porque no me moviera. Y no tenía ganas de moverme.

“¿Alex? –otra vez la voz- ¡Venga levántate! ¿Vas a pasar así la eternidad? Tienes todo el tiempo del mundo –tono cínico, se notaba que disfrutaba con lo que veía, pues Alex sabía que el impostor le veía-. Bueno, tiempo sí que tienes, pero no hay mucho lugar al que ir. La oscuridad es infinita, lo sé bien, he caminado mucho por ella y nunca he llegado a ningún lado”.

El silencio se llenó con el sonido amortiguado de una silla que se arrastraba por un suelo de tarima.

Me incorporé, intenté al menos hacerlo, pero simplemente conseguí sentarme despatarrado en el suelo. Mi rostro, no me hacía a la idea de que aquél no fuera mi rostro, me miraba con la insolencia brillando en sus ojos, que pude ver que no eran los míos. Su color sí lo era, pero la mirada… Eso no. Era profunda, despectiva, lejana, reflejaba dolor, odio, pesar. Reflejaba todo lo peor de la condición humana.

Me mal sostenía bajo el escrutinio de aquellos ojos. Mi cuerpo era un constante infierno de dolor.

“Que mal aspecto Alex ¿Te duele? –el impostor estaba sentado frente al espejo en una silla de respaldo alto que debería de estar en el salón-. El dolor nunca desaparece. Te acabas acostumbrando. Siempre os acostumbráis a todo”.

– ¡Déjame! –me sorprendió el tono grave de la voz que salió de mi garganta. Pinchazos. Me llevé la mano al cuello y haciendo algo de presión para evitar el dolor hablé- ¿Qué quieres de mí?

“¿De ti? Ya lo tengo. Quería salir y me ayudaste. Bueno, hicimos un cambio. Yo salgo, tú entras. Además Mamen es una compañera excelente -¡Mamen! La recordé de golpe. Sentí lágrimas invadir mis ojos. Intenté levantarme, pero fue un intento lamentable, quedándome de rodillas y mal sosteniéndome apoyado en el espejo- Que más voy a pedir –su rostro de barba cuidada sonrió con sadismo-. Es una amante excelente, mejor de las que tuve nunca. Apasionada, entregada, sumisa cuando ha de serlo, dominadora… ¡Um! Solo de pensarlo…”

Un aullido de furia hizo arder mis cuerdas vocales. No había dolor, solamente odio, furia, con aquellas emociones comencé a golpear el cristal con los puños cerrados, sentía como los dedos, las falanges, los nudillos se iban haciendo añicos con cada golpe. Y con cada golpe en el cristal la piel se abría, se rajaba la carne y la sangre manaba por los puños cerrados, cubriendo de marcas chorreantes aquel espacio suspendido en la nada que era el cristal del espejo.

No sé cuanto tiempo aguante el dolor, pero cuándo hizo acto de presencia, caí al suelo entre convulsiones. No había manera de mitigar el dolor de los huesos rotos, de la piel y la carne quebradas. No había modo de mitigar el dolor por estar allí. Pero más que nada el dolor de saber que aquel impostor había mancillado el cuerpo de mi esposa.

“Que temperamento Alex. Que furia. Para nada, ya lo ves. Tú sigues allí y yo aquí. Tú con tus dolores y yo disfrutando de Mamen durante todas estas semanas –alcé ligeramente la cabeza. ¿Semanas? ¿Había oído bien?-. ¡OH! –dijo llevándose una mano a la boca fingiendo sorpresa- ¿No te había dicho que el tiempo es distinto “Allí”? Sí Alex, el tiempo es variable. Algunas veces un minuto puede parecer años, luego sin embargo, un año puede resultar un minuto. Te acostumbraras –se levantó de la silla dándome la espalda y alzándola se volvió hacia mí-, o no. Ahora Alex te voy a dejar, para que tus huesos y heridas se recuperen y te vayas habituando a sobrellevar el dolor, que además, Mamen me ha llamado y me ha dicho que quiere que quedemos para comer. Que tiene algo que contarme”.

Se dio la vuelta y desapareció de mi vista. Agaché la cabeza y hundiéndola entre los brazos, lloré.

Cuándo las lágrimas se secaron y de mis ojos ya no manaba nada, alcé de nuevo la cabeza. Manchas de sangre con chorretes oscurecidos por el paso del tiempo, flotaban frente a mí de forma siniestra.

Mis manos eran masas deformes de huesos a medio juntar y trozos de piel y carne que seguían abiertas. El dolor se había apaciguado, al menos no me dolían tanto.

Parecía que comenzaba a habituarme al dolor constante. Del hombro simplemente notaba un ligero pinchazo. Me incorpore de una forma más estable apoyándome en la negrura, como si de una pared se tratase, en la que colgaba el cristal.

A los pies de la cama estaba sentada Mamen. Había cambiado.

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Dónde estaba el impostor?

Al mirarla bien lancé un grito de estupefacción. Sentí que mis ojos querían llenarse de lágrimas, pero ya no había ninguna, se habían secado desparramadas por el oscuro suelo de aquella prisión. Quería gritar. Pero no tenía voz.

Mamen estaba sentada en los pies de la cama con las manos sobre un abultado vientre, su rostro, habitualmente bien proporcionado, se encontraba un poco más redondeado. Su mirada brillaba de alegría.

Deseé sentir todo el dolor físico posible, para no sentir como se me desgarraba el alma, si aún me quedaba algo de ella.

Mamen se puso de pie y colocándose cara al espejo se miró, acariciando con calidez su abultado embarazo.

Grité sin voz. Un murmullo. Un ligero aire saliendo de mi garganta. Alcé las manos y las apoyé sobre el cristal.

“¡Mírame! –gritaba en silencio- ¡Mamen, soy yo! ¡Él es un impostor!”

¿Cómo podía haberme traicionado así? Aquel ser no era yo ¡No era yo!

Mi mente se inundó de imágenes de ellos envueltos entre las sábanas, Mamen jadeando bajo las embestidas suaves de las caderas del impostor. El frotar de labios sin aliento que ansiosos se buscaban. Desesperados de colmarse, de llegar al límite. Miradas de pasión reflejadas en el frío cristal. Vaivenes impacientes. Jadeos que se convertían en un grito azorado hasta alcanzar el clímax. Después sus cuerpos entrelazados sobre las sábanas, observándose en el espejo. “¿Cómo no pudiste darte cuenta? Él no soy yo Mamen. No… so… soy yo”. Un gemido escapó de mí.

Pero, y por mucho que me doliera, ella no me había traicionado. Él, aquel ser que había robado mi vida, estaba allí siendo yo.

Mamen miraba su reflejo con una inmensa alegría en los ojos, no a mí. Yo no era visible. No existía. Ella ya estaba conmigo, no me buscaría. Para ella yo estaba allí. No me había ido. No me habían robado al menos siete u ocho meses de nuestras vidas.

Se acercó con pasos decididos al espejo.

¿Me había visto? ¿Podía verme? Grité con la voz que pude reunir. Golpeé el cristal intentando llamar su atención.

Ella se acercaba y mientras una mano la tenía apoyada en su vientre, la otra la llevaba estirada hasta que tocó el marco.

La oscuridad se sacudió.

Mamen miraba el cristal. Supe que no solamente veía su reflejo. Miraba más allá, veía a través del cristal. Lo supe. Quería que así fuese. Lo deseaba.

La oscuridad, como si una válvula se hubiera abierto, se fue diluyendo. Escapando por aquel invisible agujero.

Mi esperanza, que comenzaba a renacer en mi maltrecho cuerpo, se apagó al escuchar la voz llenando la oscuridad que se iba haciendo más tenue.

“¿Sabes qué Alex? Me siento benévolo hoy -¿Cómo era posible? El impostor no estaba allí ¿cómo escuchaba la voz? Sentí un pánico indescriptible al ver que eran los labios de Mamen los que se movían. Sentí que la ira barría cualquier otro sentimiento que pudiese albergar. “¡Ella no! ¡No! ¡No! ¡No!”-. Mírame Alex ¡Estoy embarazado! Dame la enhorabuena ¿no? La primera vez en mi eterna vida que voy a dar vida a otro ser, en vez de quitársela que es lo mío –mientras el ser hablaba se acariciaba suavemente el abultado vientre-. Pero ¿sabes una cosa? No, creo que no voy a traer ninguna vida a este mundo. Menos una vida que yo haya engendrado –la ira iba fluyendo indómita por mi cuerpo. El dolor quedó relegado, el cansancio y el miedo se fundieron ante las llamas que recorrían mi cuerpo. Golpeé el cristal. Sentí que algo cedió ante mis puños. Una grieta. Ligera y apenas invisible, pero allí estaba-. ¡Huy! Alex, estás más cerca de salir. He sido bueno. Me aburría verte ahí tirado, entre convulsiones por el dolor. Eras aburrido. No hacías nada, solamente estar inconsciente, mientras yo me follaba a tu mujer. Que pena que no lo hayas visto. Me decía que he mejorado mucho en la cama, y la verdad es que viéndote ahí a ti, no me extraña. Eres aburrido. El peor de los inquilinos del espejo. No has luchado. Ni te has movido… Lloros y gritos. Gritos y lloros y alguna vez un golpe o dos. Nada más ¿Así querías salir de la negrura? ¿Te

rendiste antes de luchar? Normal que Mamen no te haya echado de menos. No vales nada. A veces, la gente que rodeaba a quien suplantaba, poseía, llámalo como quieras, sí notaban diferencias. Pero Mamen, al contrario, me decía que menudo cambio a mejor había dado –grité con la voz que pude acumular. Ira. Deseaba destruir. Romper, incluso matar. Golpeé de nuevo el cristal. Un crujido claro. La grieta se hizo más grande. Otro golpe. Esquirlas de cristal saltaron hacia el exterior. El impostor de Mamen dio un par de pasos hacia atrás-. Vamos Alex ¡Vamos! Te estoy regalando la libertad. Te entrego tu deseo de venganza ¡Venga ya! ¡Rompe el cristal! ¡Destruye nuestra prisión! Hazla trizas con tus débiles golpes Alex ¿no puedes? ¿te ayudo? –dijo mientras estrellaba su puño contra el espejo. Pequeños trozos de cristal se quedaron entre sus nudillos por los cuales comenzó a gotear sangre. Se miró la mano con una sonrisa en la cara-. Vaya, la preciosa mano de Mamen está cortada. Lo que va a dolerle”.

– ¡No! –grite con toda la fuerza de mi voz. Ya no había dolor en la garganta. No había nada más que la determinación de partir aquel cristal- ¡Déjala! ¡Sal de ella! ¡Déjala!

Gritaba mientras veía como el impostor volvía a golpear el cristal. Las heridas se abrieron más. Más sangre. Más cristales incrustados en aquellas dulces manos que anhelaba acariciar. El Impostor sonreía.

“¡Vamos Alex! ¡Vamos! ¿Necesitas más ayuda? Te dije que no quería dar vida ¿verdad? ¿Lo recuerdas? Verás como voy a lograrlo”.

Me sentí paralizado durante unos segundos, no comprendía de lo que hablaba el impostor. ¿Qué iba ha hacer?

Grité con todas mis fuerzas al ver que iba dando pasos hacia atrás ¡No podía ser! ¡No! ¡No! ¡Para! ¡Para!

El cuerpo de Mamen se abalanzó contra el espejo impactando frontalmente contra él. Tras el golpe cayó al suelo. Yo estaba paralizado por el horror.

El cristal se llenó de grietas tras el impacto.

El cuerpo de Mamen yacía entre pequeños trozos de cristal y sangre en el suelo.

Grite. Aullé movido por la furia. Golpeé y con cada impacto, los trozos de cristal que caían eran más grandes. Fisuras por las cuales sentía una ligera brisa, se abrieron por toda la superficie del espejo.

Mamen se levantó tambaleante.

Temblé de terror. Aquella no era Mamen. Mi mujer no. Era otra cosa. Un ser de pesadilla salido de lo imposible. Estaba plantado frente al espejo, con el pelo revuelto y apelmazado por la sangre que manaba de la frente. Trastabillaba frente a mí.

“¿Has visto Alex? He hecho más con este golpe, que tú con todos los que llevas. Te falta poco ¿eh? Y te preguntarás ¿por qué me libera y me ayuda? Me aburro mequetrefe. Me gusta veros sufrir. Me gusta haceros sufrir. Sois débiles. Frágiles. No sois nada”.

El impostor volvió a alejarse del cristal. Se volvía a preparar para lanzarse contra el espejo. Quería gritar, pero mi voz no sería escuchada. Aquel cuerpo no era Mamen, era el impostor, no atendería mis súplicas. Pero aún así no iba a permitir que lastimase más aquel cuerpo. No podía.

Retrocedí unos pasos y cogiendo aire me lancé contra aquel fantasmal agujero que se abría en la nada.

Dolor. Cristales rasgando piel y carne, cortando y clavándose. Sangre fluyendo a través de los cortes. Aire libre, fresco. Un suelo de tarima lleno de grandes trozos de cristal. Más sangre.

– ¡Vaya! Por fin has pensado Alex. Enhorabuena.

La voz ya no resonaba en el espacio, sino que llegaba como siempre a través de mis oídos. Me puse en pie como pude. Me sujete a la cama para permanecer erguido.

– ¡Devuélveme a Mamen! –conseguí decir.

– ¿Devolvértela? –una carcajada- No Alex. Ella es mía. Y este ser que aún vive aquí dentro, también es mío para hacer lo que quiera con ellos.

La furia volvió a arder. Me abalancé sobre el impostor y caímos al suelo. Las uñas me arañaban la piel, golpes que impactaban en la sien y en la cara, pero no había dolor. Solo había odio y sed de venganza.

Entre forcejeos conseguí asir la garganta del impostor. Intentó zafarse, pero el cuerpo que poseía era débil contra mi complexión. Apretaba aquel cuello que había besado en decenas de ocasiones. Comencé a llorar por estar haciendo aquello, pero era necesario. Me libraría de él para liberarla a ella.

Gemidos ligeros escapaban de su garganta, se estaba asfixiando. Le estaba ahogando.

– ¡Devuélvemela! ¡Devuélvemela! –gritaba mientras apretaba más y más.

“¡Jamás! Es mía. Sois míos”. Una carcajada fría.

– Alex…Suelta…suéltame –Aquella voz. Aquella voz entrecortada falta de aire era la de ella. Mamen- Suelta.

“¡Suéltame! ¡Vamos cobarde! ¡Suéltame! Lloriqueo ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Vamos! ¡Suéltame!”

No era la voz de Mamen. Ella no estaba. Era un engaño. Era todo mentira. Era la voz de él. Quería huir. Robármela y seguir mancillando su cuerpo, su alma, su mente con sus mentiras. Quería que sufriera. No lo iba a permitir ¡No podía permitirlo!

“¿Esa es toda tu fuerza? –se mofaba- Normal que gozase más conmigo. Que pena que no la oyeras ¿No nos oías? Que lástima. Gritaba enloquecida. Eran sus mejores orgasmos. Y no era contigo con quién disfrutaba. No eran tus manos la que la llevaban a la locura”.

– Alex… -un voz convertida en un ronquido apagado-. Alex…Al…

Voces entremezcladas. Voces diferentes que querían cosas distintas. Voces. Una la escuchaba en mi mente, la otra por los oídos, pero ambas confluían en una mente que no escuchaba. No podía escuchar. Las palabras eran el arma con el que se defendía el impostor. No haría caso. Aquel ser buscaba confundirme.

– Mamen –musité entre dientes-. No eres tú. No lo eres.

Unos instantes. Un segundo más y su cuello se quebró bajo la presión de mis manos. La cabeza cayó fláccida al suelo. Las manos que apretaban mis muñecas cejaron de su presión y delicadamente se arrastraron hasta caer. El cuerpo que se debatía por un poco de oxígeno bajo el mío, quedó exánime tras el último aliento.

Todo había terminado.

Miré aquel rostro que tantas veces había observado maravillándome con su belleza y mis lágrimas cayeron sobre ella.

Había terminado. Ella volvería. Esperaba que volviese a abrir los ojos. Que mirase con incomprensión y preguntase que estaba pasando. No sabía que la iba a contar, pero estaría junto a ella. Estaríamos juntos y podríamos hablar. Pero ella no abría los ojos.

¿A dónde la abría llevado? ¿Estaría encerrada tras otro espejo? ¿Estaría atrapada en aquella oscuridad? Intenté levantarme. I

La buscaría. Golpearía cada espejo de la casa. Cada espejo de la ciudad. Tenía que encontrarla. No quería que pasara ni un minuto más encerrada en aquel vacío.

Me aupé hasta la cama y me quedé sentado en ella. No podía ponerme de pie. Tras la ira, cuándo sus llamas se apagaron, llegó todo el dolor, el cansancio repentino tras haber consumido todas mis energías en aquella explosión de violencia.

“Vaya, vaya, vaya…-No podía ser- ¿Ya está? ¿Así terminas? Que lástima, de veras. Me gustaba esta mujer”.

– ¡Calla! –grité mientras intentaba cubrirme los oídos con las manos- ¡Cállate! ¡Estás muerto! ¡Muerto!

“¿Muerto? –apretaba con fuerza, pero el sonido se originaba en el interior de mi mente. Algo no iba bien. Un “clic” de comprensión. Algo se encendió en mi interior. Terror. Incomprensión. Pánico- Soy inmortal Alex. Un ser como tú. Un insecto, no puede hacerme nada. Te dije que no iba a dar a luz. Un ser como yo no da vida. Las quita. No me escuchas. Nunca lo haces. Y ahora, mira lo que has hecho”.

Miré. Mamen yacía sobre un charco de sangre y cristales. Su mirada sin vida reflejaba miedo e incomprensión. Caí de rodillas a su lado. Agarré su mano exangüe y la llevé hasta mis labios.

“No va a volver Alex. Te la has llevado. Que pena. Te dije que el dolor no iba a desaparecer. No va a volver”.

– No va a volver –conseguí articular aquellas palabras antes de que un gemido se convirtiera en un grito de dolor- ¡No! ¡Mamen! ¡Mamen!

Caí sobre su cuerpo, levantándolo, acunándola en mi regazo. Mi cabeza se hundía en la curva de su cuello. Mis lágrimas humedecían su piel. Mi voz era un aullido de dolor, culpa, desesperación.

Una carcajada terrorífica, maliciosa, ensordecedora se impuso a mi lamento, a mi grito. A mi razón.

No sé que paso después de aquello, ni cuánto tiempo transcurrió. Solamente recuerdo una poderosas manos que me arrancaban del cuerpo sin vida de Mamen. Luego brumas de inconsciencia y lucidez demencial.

Un juicio en el que se dijo que había perdido el juicio en los últimos meses. Que Mamen me tenía miedo, que había pedido el divorcio, que me había ido hacía unas semanas. Una vecina había llamado a la policía alarmada por los gritos.

Yo no hablé. No dije nada. No estaba allí más que a ratos. El resto del tiempo estaba junto a Mamen, sosteniendo su cuerpo laxo, sin vida sobre mí. El impostor me hablaba, no le escuchaba. Se reía, disfrutaba de lo que estaba viendo.

“Esto es más divertido que verte en mi prisión”.

Me condenaron a una institución mental.

Y aquí estoy, más tiempo bajo los efectos de los narcóticos que lúcido Sabiendo que maté a la persona que más he querido nunca. Esperando la muerte.

He intentado acabar con mi vida, pero siempre lo han evitado.

El impostor, de vez en cuando, viene a torturarme con sus palabras.

“La muerte se ha olvidado de ti Alex. Estoy libre gracias a ti ¡Gracias a ti! ¡Libre!”

AL OTRO LADO

El rodillo cayó en la cubeta haciendo un sonido sordo. Alguna gotas de la poca pintura que quedaba en el fondo saltó cayendo sobre el papel marrón que cubría la tarima del suelo.

Marisa miró a Javier, descendía por los escalones de la escalera tras quitar los papeles con la que estaba recubierto el aparato aire acondicionado. Se abrazó a su cintura cuando llegó donde estaba ella. Se sonrieron.

Javier le acarició el pelirrojo cabello que ella llevaba recogido en una coleta alta, dejando su ovalado rostro al descubierto. Pensó que era raro que ella llevase así el cabello, pues siempre la melena le cubría gran parte de su cara. Disfrutó de sus grandes ojos de color verde que brillaban de alegría, de la blancura de su piel, las pecas que se entreveían sobre su pequeña nariz. Y sobre todo disfrutó mirando la viva sonrisa de sus pequeños labios en forma de corazón que iluminaba todo su rostro.

Ella comenzó a deslizar un dedo por la espalda sudada de él. Desde el cuello hasta la cintura y de allí descendiendo hasta la entrepierna.

Javier notó enseguida la erección. Marisa sonrió y se desprendió de la camiseta salpicada de pintura. Javier hundió su cara entre los pequeños pechos de Marisa y con el juego de su lengua consiguió que los oscuros pezones de ella se endurecieran.

Marisa lanzó un agudo suspiro de placer.

Las manos de él descendieron por el desnudo estomago de ella. Topó con la goma del viejo chándal de color rosa, pero aquello no impidió que introdujese la mano con una suave caricia hasta tocar la tela de su ropa interior. Con suaves movimientos y caricias notó la humedad de ella.

Se separaron. Los ojos de ambos brillaban de excitación. Se miraron durante unos segundos disfrutando cada uno de la visión del otro cubiertos por la luz crepuscular de primavera que bañaba la habitación.

Volvieron a acariciarse con lentos movimientos. Sus labios entreabiertos se encontraron y las lenguas penetraron en la boca del otro con fiereza.

Javier agarró a Marisa y la tumbó en el suelo cubierto de papel manchado de gotas de pintura, quitándole los pantalones y la ropa interior, mientras iba besándola desde el cuello hasta un lunar que tenía al lado del ombligo, después buscó con ansia su boca.

Marisa consiguió arrancarle los pantalones de negro algodón, liberando su miembro erecto que agarró y masajeó con delicadeza.

Javier gimió de placer.

Javier volvió a recorrer mediante pequeños y húmedos besos, los pechos y vientre de Marisa, hasta sumergir el rostro entre las piernas de ella besando con suavidad sus labios vaginales y estimulando el clítoris con movimientos suaves de la lengua.

Marisa acariciaba la espalda de su marido con una mano, mientras que con la otra sujetaba la cabeza de él contra su entrepierna. Sus jadeos fueron siendo más intensos. Javier comenzó a besar y jugar con la lengua más rápidamente.

Marisa lanzó un gemido ronco.

Javier se apartó y buscó con ansia la boca entreabierta de ella. Fue un choque salvaje de lenguas deseosas de encontrarse, a la vez que el erecto miembro de él se introducía suavemente en el húmedo sexo de Marisa.

Fueron minutos de intensos jadeos. De miradas suplicantes. De sudor envolviendo su piel desnuda. De caricias y besos. Momentos de musitar palabras de amor, de deseo.

Los embates de él fueron incrementándose en intensidad al igual que los jadeos de placer de ambos.

Marisa atenazaba la espalda de Javier con sus piernas. Arañaba y mordía sus hombros mientras él aceleraba a punto de llegar al clímax.

Ella apretó su presa y él lanzó un agudo gemido de placer y de dolor. Los movimientos de Javier fueron más rápidos y más profundos. Ella lanzó un hondo gemido mientras arañaba la espalda de él al llegar al orgasmo. A la vez Javier lanzó un ahogado gemido mientras con una última embestida se descargaba en el interior de ella.

Continuaron en aquella posición, agotados, unos instantes. Se miraron a los ojos sonrieron y se quedaron tumbados el uno junto al otro, sintiendo como la brisa del final de aquella tarde de primavera comenzaba a secar el sudor de sus cuerpos desnudos.

Se sonreían el uno al otro. No les molestaba la dureza del suelo, ni que el papel marrón salpicado de pintura se les estuviera pegando a la espalda. Estaban allí, juntos y felices en aquella casa que tantos sacrificios les habían costado.

Continuaron tumbados en el suelo hasta que la noche dejó a oscuras la habitación. No tenían prisa. Nadie les iba a interrumpir. Aquella era su casa. No esperaban a nadie hasta el día siguiente en el que la casa se llenaría de amigos y familiares, al igual que habían estado días anteriores, para terminar de quitar los papeles que cubrían los suelos, limpiar y comenzar a colocar las cosas que se apiñaban en las cajas de cartón apiladas en el salón y en lo que se iba a convertir en un despacho con libros. En esas dos estancias ya terminadas se afinaban todas las pertenencias de sus seis años viviendo juntos de alquiler en alquiler.

Ahora ya estaban en su propia casa. Les parecía mentira pensarlo, pero allí estaban, tumbados en aquel suelo cubierto de áspero papel marrón de pintor, desnudos tras hacer el amor y sin ninguna prisa. En su propia casa. Ese era su sueño.

Volvieron a besarse y Javier que se levantó primero, ayudó a Marisa a incorporarse.

– Ahora una ducha. Pediremos algo de comer. Y después a dormir en el cómodo sillón –Javier hizo una mueca de resignación al decir lo del sillón. Pues era un viejo sillón regalo de su madre que lo habían rescatado de la casa de su abuela.

Había sido un regalo de emergencia hasta que les trajeran la cama que habían acordado, pero tras dos noches de dormir en él, a ambos les dolían la espalda.

– Casi preferiría dormir en el suelo –dijo Javier mientras encendía la luz del dormitorio.

– No seas tonto Javi. Es incomodo, no lo voy a negar. Pero mejor que nada…

– La nada es mejor. Tengo la espalda destrozada –dijo mientras se estiraba.

Marisa enfilaba el pasillo hacia el baño, mientras Javier observaba las dos tonalidades con la que habían pintado la habitación. Tres de las paredes lucían de una tonalidad crema suave, mientras que la otra pared, donde iría el cabecero de la cama, estaba pintada de un tono marrón chocolate también clarito. Para Javier que no era muy entendido en colores, era como el café con leche, pero le habían dicho Marisa, la hermana de él y el de la tienda de pinturas que era tono chocolate claro, y tono chocolate claro se quedó.

Sonrió ante el trabajo que habían realizado. Ninguno de ellos eran obreros, ni pintores, pero habían realizado la reforma del piso junto con amigos y familiares y había quedado muy orgulloso del resultado de sus esfuerzos.

Antes de salir del dormitorio y apagar la luz, Javier se fijó en la pared de color chocolate. Se quedó mirándola durante unos segundos con la cabeza ladeada hacia la derecha y con expresión de extrañeza.

– ¡Cariño! –gritó a Marisa que según el sonido del agua, ya estaba en la ducha.

Al ver que Marisa no le contestaba, Javier aún extrañado apagó la luz de la habitación y se acercó al baño.

El vapor de agua ya había envuelto el espacio. Javier se quedó mirando el sensual cuerpo de Marisa mientras se duchaba a través de la mampara de cristal. Notó como comenzaba a tener otra erección. Se acercó a la ducha y abriendo la mampara se metió dentro, notando como el agua caliente le mojaba el cabello y el cuerpo.

Ella sonrió al notar la erección de él y le miró con asombro. El alzó los hombros con cara de no entender. Ella le besó.

– Estás hoy travieso.

– Bueno, no te lo voy a negar. Pero en realidad he pensado que así ahorramos agua.

Ella lanzó una carcajada y le besó.

– Que ahorrador te has vuelto ¿no?

– En realidad…Bueno, no. Pero te he llamado y al ver que no contestabas he pensado que te podía haber pasado algo.

– Ya… Anda tontorrón, dime para que me habías llamado.

– Un pecho –soltó Javier mientras cogía el champú.

– ¿Cómo?

-Una teta, que he visto una teta.

– En realidad dos –dijo mientras se llevaba las manos a los senos.

– En la pared. Ha sido súper curioso.

– ¿En la pared? –dijo con cara de extrañeza.

– Sí. Habrá sido un juego de luces y sombras, pero ha sido curioso.

– Acabamos de hacer el amor y sigues viendo tetas. No tienes remedio –dijo con una sonrisa mientras le señalaba el miembro erecto.

El la besó. Ella le devolvió el beso y la pasión volvió a prender en ellos. Volvieron a hacer el amor allí en la ducha.

Javier se despertó en mitad de la noche. Aquel sillón donde estaban durmiendo le estaba destrozando, no solo la espalda, sino todo el cuerpo.

Cuándo su madre se lo ofreció, se sintió dichoso por la cantidad de recuerdos que atesoraba con aquel mueble de brazos anchos y piel marrón. Habían sido muchas las noches que había dormido en él cuando era niño y pasaba los días en la casa de la abuela.

En él había habido risas, sustos, desvelos y profundos sueños. Incluso algún que otro amor fugaz y secreto de juventud.

Pero tras los años, muchos eran los que ya habían visto, el colchón estaba lleno de bultos. Los viejos muelles, aparte de crujir, se le iban clavando en la espalda cada vez que se movía.

Se levantó quedándose sentado en una de las muchas cajas que había en el salón. Sonrió al ver como estaba pasando aquella noche en su casa. Sentado en una caja dura, en la cual estaba tentado, junto a otras cajas apiladas, tumbarse y dormir allí.

Algo llamó la atención de Javier. Marisa se arrebujó entre las sábanas y ocupó en forma diagonal toda la cama.

Javier miró a la puerta del salón. Era imposible, pero le había parecido ver una sombra. Se levantó de la caja donde estaba sentado y miró al corto pasillo en forma de “L” de la casa. Nada.

Evidentemente había sido una ilusión creada por las luces de las farolas que entraban por las ventanas abiertas.

Volvió a la cama empujando de forma suave el cuerpo de Marisa para hacerse un hueco en el que tumbarse.

Volvió a sentir como aquellos alambres de los viejos muelles volvían a clavársele en la espalda. Casi dio por perdida la noche sino fuera por lo cansado que estaba después de aquella jornada final de pintura. Cerró los ojos mientras intentaba una posición en la que los muelles del viejo colchón no le hicieran marcas en la piel.

Abrió los ojos nuevamente para comprobar que lo que había visto anteriormente, no había sido más que una mala jugada de su imaginación.

Volvió a cerrar los ojos buscando el sueño que había perdido. Pero estaba inquieto. Aquello que había visto, aquel juego de luces que había creado aquella sombra le inquietaba.

Daba vueltas y más vueltas intentando conciliar el sueño. Quería culpar el viejo colchón deformado de su incomodidad, pero sabía que se intentaba engañar él mismo.

Aquella visión le perturbaba. Sabía que cuando se levantasen y se lo contase a Marisa, ella se reiría de su inocente temor. Javier intentó reírse también, pero no podía.

Otra vuelta más a la que le siguió otra. Un bulto del viejo colchón, un muelle suelto que se le incrustaba insistentemente en la espalda. Miradas rápidas, continuas y evasivas hacia la puerta que daba al pasillo.

La noche y la vigilia, acentuaban todos los sonidos de la noche. El lejano aullido de un perro, el ladrido aún más lejano de otro can respondiendo al anterior. El rugir de motor de los pocos coches que habitaban las sonámbulas noches de la gran ciudad. Música que escapaba por las ventanas entreabiertas de los coches con la cual las sombras de la noche danzaban con las luces callejeras. El chirriar de la puerta metálica que daba acceso al patio común de la comunidad. También se oían voces, algunas más altas que otras. Gente discutiendo, hablando o riendo. Voces serenas, voces alcohólicas Y sobre todo, pasos. Cientos de ellos se apoderaban de la noche. Se oían claramente en las vacías aceras, en el vacío patio comunal, en las vacías escaleras de los vacíos rellanos. Y después venía el silencio. Un silencio preparado para ser roto nuevamente por los sonidos que se apoderaban de la noche.

Escuchaba el tic-tac del viejo reloj de péndulo que colgaba en una pared. Volvió a abrir los ojos. Dentro de él comenzó a crecer una extraña sensación que no sabía definir. Una sensación que no era miedo, pero se le parecía bastante. Era la única forma con la que Javier podía explicar lo que sentía. Aquella sensación que no dejaba de crecer, apretaba contra sus huesos, sus músculos, su piel. Y fue cuando en su ya incontable vistazo a la puerta del salón, se encontró nuevamente con la sombra que había visto anteriormente.

Sintió como un escalofrío recorría todo su cuerpo. En un acto completamente infantil, Javier agarró la sábana y se cubrió con ella hasta los ojos los cuales cerró fuertemente. Sabía que aquello no podía ser real. Deseaba que aquello no fuese real, así que había acudido a los recursos de la infancia que le habían parecido más efectivos para alejar de sí el temor.

Se sintió ridículo cubriéndose, como si de un escudo se tratase, con la sábana fuertemente agarrada. Se imaginó a Marisa viéndole en aquella postura. Metido marido se había buscado que se asustaba con una simple sombra.  

Abrió los ojos y para su consternación, la sombra seguía allí. Su primer impulso fue volver a cubrirse con la sábana, pero la vergüenza que sentía fue mayor y reprimió aquella necesidad infantil.

Miró la sombra. Allí estaba, más negra que la oscuridad que la rodeaba. Más oscura que la noche.

Buscando una explicación lógica para aquello que estaba viendo, se fijó en la tenue luz amarillenta del alumbrado de la calle que penetraba por la ventana abierta. Quería, deseaba, que aquella luminosidad se juntara con la oscuridad y así se formase aquella sombra. Pero la luminosidad no llegaba hasta la puerta. Entre la zona iluminada y la sombra había un espacio dominado por la oscuridad.

La sombra, ante la perplejidad de Javier, comenzó a avanzar hasta perderse en la oscuridad del pequeño pasillo en forma de “L”.

La sensación que había crecido dentro de Javier, le impelía a seguir la sombra. El miedo dio paso a la curiosidad y Javier se levantó sintiendo la calidez de la tarima en la desnudez de sus pies, buscaba una explicación a aquello.

Andaba con pasos cortos, cautelosos para no hacer ruido. Pero, pensó Javier, cuánto más sigiloso intentaba ser uno, más ruido hacía. Un crujido leve de la madera que el silencio ampliaba hasta convertirlo en estruendo, el chasquido de la rodilla, la respiración agitada por aquella sensación parecida al miedo que se había apoderado de él.

Se agarró al vano de la puerta y se asomó al pasillo. La sombra avanzaba despacio por el pasillo. Javier sintió como si la temperatura hubiera descendido drásticamente, en la oscuridad del pasillo incluso le pareció ver las volutas de vaho que exhalaba al respirar.

Siguió andando a oscuras por el pasillo. La negrura iba envolviendo todo como los vertidos de petróleo cubren las aguas. Comenzaba a ser densa, agobiante. Javier tenía la sensación de que si estiraba el brazo podría tocarla con la mano.

Quería usar la pared como guía para adentrase en aquella oscuridad, pero su parte racional del cerebro le indicaba que no le hacía falta, el pasillo era corto y sabía que no había nada por medio con el que pudiera lastimarse. Cruzó por enfrente de la cocina. Giró hacia la izquierda entrando en la zona de los dormitorios. Dejó tras de sí las puertas de uno de los aseos y de las otras dos habitaciones. La sombra se dirigía hacia la habitación que habían acabado de pintar aquella tarde. La misma en la que habían yacido desnudos después de hacer el amor.

El temor llegó a él como una losa que se desploma encima suya. Se quedó paralizado a la entrada de la habitación.

El papel marrón salpicado de pintura seca que cubría el suelo, flotaba como movido por ráfagas de aire, pero no había ninguna corriente de aire.

La sombra se hallaba en medio de la habitación, en el centro de aquel oleaje de papel marrón.

Javier se encontraba paralizado, sintiendo como el vello de su cuerpo se erizaba a causa del frío que reinaba en aquella estancia.

Quería huir. Salir corriendo. Gritar. Pero la sensación que había nacido en su interior le seguía impeliendo estar allí. Sentía la parálisis de su cuerpo como agujas clavándose en su piel.

La sombra se transformó en una figura ataviada de una larga túnica negra, de alta estatura, con brazos largos y extremadamente delgados. Por su espalda caía una larga melena de cabello negro y lacio.

Un resplandor, si podía llamársele así a una luz oscura y vaporosa, comenzó a manar de la pared de color chocolate consumiendo la luz que entraba por el ventanal, sustituyendo esa luz real por una completamente irreal de tonos grises.  

Ante los atónitos ojos de Javier, lo que antes era una pared pintada de tono marrón chocolate, se había convertido en cuatro brazos de negra y espesa oscuridad que giraban en una infinita espiral de la cual procedía un intenso zumbido, como el que generado por las aspas de un ventilador en su girar.

Javier estaba completamente inmóvil, intentaba mover los brazos para intentar resguardarse con ellos del frío y frotarse los brazos con las manos, pero no podía.

Estaba paralizado. Embobado. Inútil total ante lo que estaba pasando. Era un espectador pasivo de aquello tan irreal e increíble. Sus pensamientos volaban hasta el salón dónde Marisa seguiría dormida tranquilamente.

Se preguntaba constantemente el porqué de aquello. Intentaba buscar una explicación. Quería pensar que aquello era un sueño vívido, pero un sueño al fin y al cabo. Pero las sensaciones físicas que experimentaba desmoronaban que fuera así.

La figura de largo y negro cabello seguía estática frente a lo que había sido una pared y ahora era una negra espiral. Los papeles seguían generando olas a su alrededor. El resplandor grisáceo, como si de bruma se tratase, se iba expandiendo por el suelo hasta llegar hasta dónde estaba Javier, a la entrada del dormitorio, paralizado.

El contacto con aquella luminiscencia fue frío, con una sensación de cosquilleo que le subió por sus dedos desnudos, recorriendo sus pies y ascendiendo por sus piernas. Era una sensación incómoda. Un cosquilleo como de hormigas trepando por la piel desnuda de sus piernas.

El zumbido en la habitación fue en aumento. Los papeles marrones, ya no flotaban como olas en aquel mar de celulosa, si no que comenzaban a dirigirse hacia la espiral negra de la pared como si está fuera una aspiradora.

El zumbido iba en aumento. Poco a poco a poco aquel sonido se convertía en un estruendo. La succión era cada vez mayor.

La lacia melena de la figura, al igual que la túnica, comenzó a flotar hacia el centro de la espiral, dejando al descubierto los hombros huesudos que se marcaban a través de la tela.

Javier pudo agarrarse al vano de la puerta. Sentía aquella succión arrastrarle hacia la espiral.

No se movía, no había dado ningún paso. Pero notaba como centímetro a centímetro sus pies se iban arrastrando por la tarima de la habitación.

Intentó gritar. Deseaba gritar. Dejar que su voz, que se ahogaba en su garganta, saliera y pudiera despertar.

“Es un sueño. Sí, es un sueño. ¡Joder! Tiene que ser un sueño”. Pensaba desesperado porque fuera así.

El zumbido era un estruendo que impedía escuchar nada más. Secciones enteras de papel marrón junto a la cinta con la que se pegaban al suelo, eran arrancadas de su sitio y atraídas con violencia hasta la espiral que los engullía.

La atracción era mayor. Javier noto un intenso tirón hacia la espiral. Sintió un intenso dolor recorrerle la mano y el brazo, al asir con todas sus fuerzas el vano de la puerta.

La figura seguía inmóvil en el centro de la habitación.

Papeles marrones y sus adhesivos volaban desbocados por toda la habitación. El cristal del ventanal vibraba. Las puertas de los armarios empotrados se habían abierto por la atracción. Gotas de pintura aún fresca se desprendían de las paredes y volaban hacia el centro de la espiral que aumentaba su velocidad de giro. Los alógenos del techo estallaron en cientos de pequeñas esquirlas que no llegaban a caer al suelo.

Otro tirón.

Javier se agarró con más fuerza, pero no fue suficiente. Sus pies se volvieron a deslizar por la tarima. Ya había cruzado el marco de la puerta.

La figura, aquella sombra que le había hecho ir hasta allí, seguía estática.

La garganta le ardía de mantener allí el grito que pugnaba por escapar. El grito que le despertaría. El grito que alertaría a Marisa, que la despertaría y la haría de salir de allí.

Sentía sus dedos tensos y seguramente blancos por la presión. Aquel acto reflejo de agarrarse al vano de la puerta, había sido el único movimiento que había podido realizar.

Tirón.

Arrastre. 

Tirón. Gemido de impotencia y dolor.

Tenía el brazo estirado tras de él. Su cuerpo había sido arrastrado hacia el interior del dormitorio, mientras su brazo con su mano, seguían haciendo fuerzas para no soltar aquel asidero al que estaba sujeto.

Le ardían los músculos del brazo estirados de forma dolorosa. Deseaba soltarse. El dolor le gritaba que soltase el vano de la puerta. Pero temía lo que podía pasar si se soltaba aquel enganche.

¿Qué era aquella espiral? ¿Hacia dónde le llevaría? ”No puede ser cierto. No puede…”

Otro tirón y notó como el músculo tenso se rompía. Un latigazo de dolor le recorrió todo el cuerpo. Sus ojos se anegaron de lágrimas producidas por el dolor, la impotencia y el miedo. Su corazón latía desbocado en el pecho.

Abrió la boca dispuesto a gritar por el intenso dolor que notaba en el brazo, pero aquel grito se convirtió en un ahogado gemido que quedó enmudecido por el zumbido que lo inundaba todo.

La cabeza le daba vueltas. Sentía un intenso frío. La mirada vidriosa debido a las lágrimas. Su brazo izquierdo que colgaba flácido con los músculos rotos junto a su pierna.

Tirón.

Libre de todo agarre, Javier notó como si le hubieran arrastrado cincuenta metros, pero no fueron más que unos pocos centímetros. Casi estaba junto a la figura en el centro de la habitación, de la cual manaba una fragancia suave y delicada.

La figura comenzó a girar la cabeza. Javier intentó dar un paso hacia atrás, pero seguía inmóvil. Intentó alzar el brazo derecho, pero lo tenía inmovilizado contra el pecho. El izquierdo le ardían todos los músculos y el dolor le impedía moverlo.

Al principio, el rostro de la figura quedo cubierto por la larga melena que flotaba hacia la espiral, solo se entreveía una palidez mortecina y se insinuaba una pronunciada curvatura de los labios.

La figura comenzó a girarse. Javier se fijo en el pronunciado escote en pico de la túnica que dejaba al descubierto un torso descarnado con los huesos del esternón y el inicio de la caja torácica al descubierto.

El zumbido cesó y con él toda succión. Los papeles, que aún quedaban cayeron pesadamente al suelo. Se hizo la calma en todo aquel caos.

La larga melena cayó suavemente sobre sus esqueléticos hombros, dejando a la vista un rostro femenino de finas facciones, piel tersa, delicada como el de una muñeca de porcelana. Tenía unos labios generosos y sensuales de un rojo carmesí intenso. Eran labios para besar y ser besados. Javier sintió un estremecimiento ante aquel pensamiento tan fuera de lugar. También pensó que aquel rostro podía resultar muy atractivo, hasta que se fijó en los ojos. Dos grandes agujeros negros vacíos. Cuencas cadavéricas de un negro insondable. Un negro que consumía toda la luz y toda la vida.

Javier intentó, nuevamente, gritar. Pero solamente abrió la boca. Intentó salir corriendo, pero fue un intento, como anteriormente, inútil.

Los sensuales labios se curvaron en una sonrisa. Una sonrisa que no reflejaba su rostro. Javier no podía apartar la mirada de aquellos oscuros agujeros de los que manaba aquella negrura más densa que la propia noche.

Después comenzó el caos.

El zumbido tronó en la habitación, haciendo sentir a Javier un dolor agudo en los oídos. Intentó cubrírselos con las manos, pero seguían ajenas a las órdenes de su cerebro.

Los cristales del ventanal estallaron hechos trozos, los pocos papeles que continuaban pegados al suelo, fueron arrancados violentamente, al igual que las puertas de los armarios salieron de sus goznes atraídas por la fuerza de la espiral que giraba a un ritmo frenético.

La figura entreabrió la boca dejando al descubierto unos largos colmillos recubiertos de una costra amarilla.

Javier desesperado por el miedo que sentía, intentó gritar y salir de allí. No fue capaz de moverse, pero la voz, esta vez sí, salió en un profundo y agudo grito.

Javier gritó y gritó hasta que la garganta comenzó a darle pinchazos y su voz ya no era más que un ronco gruñido.

El zumbido era ensordecedor.

La figura estiró un brazo hacia Javier. Esté intentó moverse, y como anteriormente había pasado con la voz, sus músculos sí reaccionaron a la orden, pero solamente dio un paso antes de tropezarse y caer debido al impulso impetuosos que se había dado.

En el suelo comenzó a arrastrarse con la ayuda de su brazo derecho, pues el izquierdo le era imposible moverlo. Intentaba llegar hasta la puerta y salir de allí, pues algo dentro de él le indicaba que si salía de aquella habitación estaría a salvo.

Le dolían todos los músculos, pero no podía detenerse. Un escaso metro le separaba de salir de allí. Un solo metro para terminar aquella pesadilla. Un metro que parecían kilómetros.

“Un poco más. ¡Vamos, joder! Un poco más”. Se animaba mentalmente entre la bruma del miedo y el agotamiento.

Unos segundos más. Unos cuantos centímetros más y ya tocaría la salida. Unos instantes…

Frío.

Un frío intenso. Helador.

Un agudo dolor que le ascendía por la pierna.

Un frío tan intenso que quemaba.

Ya no avanzaba.

Un tirón en la zona de la pierna que le ardía por el intenso frío.

No quería mirar atrás. Solamente quería salir de allí. Intentó seguir avanzando, pero no podía. Sentía como tiraban de él hacia el centro de la habitación. No solamente hasta el centro, hasta la espiral.

Gritó. En ese grito iba toda la frustración, el pavor, las ganas de salir de allí. En aquel sonido había depositado toda su fuerza, toda su convicción de salir de aquella habitación.

Notó otro tirón. Unos centímetros más de separación.

Intentaba gritar, pero ya no tenía voz. Le dolía la garganta.   

Dedos descarnados. Huesos recubiertos de una fina pátina de piel helada se cerraban alrededor de su tobillo. Dedos que le quemaban la piel de frío.

Intentaba agarrarse a algún asidero. No había ninguno. El suelo de la habitación estaba vacío.  Intentaba con desesperación arrastrarse hasta la salida. Pero aquella figura, sabía que era ella, tiraba de él hacia la espiral.

Clavó las uñas en la tarima, pero fue inútil.

– ¡No! – Gritó.

Su voz quedó ahogada por el zumbido.

Un centímetro más hacia la espiral. Un centímetro más lejos de la salida.

Giró la cabeza. Solo vio la espalda de la figura encaminándose con él agarrado del tobillo hacia la negra espiral de la pared.

Intentó asirse a alguna imperfección en la colocación de las tablas, pero no las había. Seguía siendo arrastrado hacia la pared.

Ya no le quedaba voz. Un resuello escapó de sus labios. Sabía que iba a morir. O al menos ambicionaba que fuera la muerte lo que le esperaba.

Notó un tacto denso, acuoso, graso envolviéndole el pie, algo que le recordó a la sensación que le producía introducir las manos en parafina líquida. Era una sensación suave, casi como una caricia.

Volvió la cabeza. Ya no veía la figura, pero aún notaba su helador tacto alrededor del tobillo. Había sido succionada por la espiral. La espiral lo ocupaba todo. El zumbido era ya una música constante y envolvente.

Era el final. Así iba a terminar todo. Consumido por una espiral imposible de negros brazos que giraba en la pared de la casa que habían comprado Marisa y él. 

Aquel era el final menos esperado que jamás hubiera imaginado. Moriría absorbido por una pared.

Dejó de intentar salir de allí. Estaba ya cansado. Se rindió, entregándose lánguidamente al final. Su cuerpo seguía hundiéndose en aquella sustancia acuosa que le iba envolviendo.

Definitivamente iba a morir. Lo sabía. Ya no le dolía nada. Su mente se había relajado. No sentía miedo. No sentía nada. Iba a morir. Dejaría allí sola a Marisa. ¿Sabría algún día lo que le había sucedido? Seguramente pensase que se había agobiado y huido. Nadie en su sano juicio pensaría que habría sido absorbido por una pared.

Unas lágrimas brotaron de sus ojos. Apenas sentía nada por debajo de la cintura. Unos segundos más. Unos instantes para que todo acabara.

Sin palabras, sin voz, musitó una plegaria. La única que se sabía, era el poso restante de los años en los que la materia de religión formaba parte de los planes educativos. En vida jamás había sido religioso. Nunca había buscado el consuelo en ningún ser divino. “Al final todos acabamos creyendo en algo” pensó sintiendo como su consciencia se iba diluyendo en la negrura del final.

Lo último que vio, o le pareció ver, fue a Marisa presenciar su final desde la puerta de la habitación.

Intentó decir algo, pero ya no sentía la boca ni la garganta. Se hundió completamente en la pared.

Marisa seguía apoyada en el vano de la puerta mientras veía como los ojos de Javier reparaban en ella. Supo que quiso decir algo, pero ya no podía. Ya no tenía cuerpo. Finalmente Javier fue consumido completamente por la espiral.

Ella entró en la habitación. El zumbido se acalló al igual que la succión que generaba la espiral. Parecía como si alguien hubiese pulsado el botón de apagado de una aspiradora.

El silencio se hizo en el dormitorio. Un par de papeles, que habían seguido sujetos por el adhesivo al suelo, cayeron pesadamente. Aparte de eso, nada más cayó al suelo pues todo había sido succionado.

Cerró las puertas del armario con delicadeza, como si fueran a romperse. Se volvió hacia la pared, dónde aún continuaba girando la espiral.

Sabía que simplemente serían unos segundos más. El resplandor grisáceo iba retrayéndose a donde pertenecía, a la espiral, al mundo que se abría tras ella.

Se quedó esperando en el centro del dormitorio con los brazos cruzados sobre el pecho para mantener algo de calor. El frío era intenso.

Una figura emergía de la espiral. Se fue haciendo más grande a medida que se iba acercando.

Marisa sonrió. Se frotó los brazos. No se acostumbraba a aquel frío.

La figura de vacías y negras cuencas salió de la espiral acercándose a ella mientras sus sensuales labios se curvaban en una fría sonrisa. Estiró sus lánguidos brazos hacia Marisa. Ésta estiró los suyos hasta notar el frío tacto de sus entecos dedos apenas recubiertos por una fina y blanca piel.

Permanecieron con las manos agarradas unos segundos. Marisa sonrió más abiertamente. Sintió un calor embriagador a pesar del frío tacto de la figura.

Se acercaron sin soltarse las manos. La presencia sonrió dejando a la vista sus largos colmillos recubiertos de costra amarilla.

Marisa acercó su rostro al de la figura tanto que sus labios se unieron en un largo beso. Marisa se sintió llena por primera vez en mucho tiempo. Sintió un calor recorriéndola todo el cuerpo. Se sentía bien. No quería que aquel momento acabase, pero sabía que había llegado su final.

Ambos rostros se separaron. La figura acarició el rostro de Marisa que agarró con fuerza la cadavérica mano sumergiendo su cara en ella. Se separaron. Les costaba soltarse las manos.

La figura era reclamada por la espiral. Su tiempo se estaba acabando.

Marisa la siguió hasta llegar a la pared. La figura se sumergió en ella. Se detuvo, se giró y volvió a sonreír. Era el final.

– Nos vemos pronto –dijo Marisa mientras se alejaba unos pasos de la pared.

– Sí –contestó la figura mientras se perdía en la espiral que se iba empequeñeciendo hasta desaparecer, dejando la pared otra vez de color chocolate claro.

Los primeros rayos de sol que entraban por el ventanal del balcón, pugnaban con hacerse con el control de las sombras de la habitación.

Marisa se acercó y abriendo una de las puertas salió al pequeño balcón. Sintiendo el aire frío del amanecer sonrió. Estaba llena, saciada otra vez. Sintió pesar por la separación.

Sonrió más abiertamente luciendo dos largos colmillos cubiertos por una costra amarilla.

La volvería a ver.

OBLÍGAME

Oblígame a amarte
Sin límites.
Oblígame a conocer tus más
Oscuros deseos.
Oblígame a ser tu devoto
Más obediente.
Oblígame pues yo
Te obligaré a saciar
La sed que me arrebata
La cordura
A ser mi locura
A aplacar con tus besos
Y tus flujos
El calor que consume
Mi cuerpo.
A apagar las llamas que
Arden en mis entrañas.
Oblígame a recordarte
Anhelante y
Encendido.
Oblígame pues yo
Te obligaré a llevarme
A lo más recóndito del laberinto
Del placer ignoto.
Oblígame a ser un sueño
Y me convertiré
Entre caricias
Besos y
Pasión
En tu desvelo
Oblígame a obligarte
A doblegarnos entre
El cielo y la cama
A llevarnos
A ser todo
Para cuándo estamos
Separados, no ser
Nada.
Oblígame a amarte.

Acuérdate de mí

Acuérdate de mí
No me prives del
Aire con tu olvido.
No permitas que el
Silencio acalle
Mis gritos.
No hagas que
Me quedé sediento
En este desierto
De la vida sin tí.
Acuérdate de mí
Que la oscuridad
No me envuelva con
Su manto
Ese que borra todo
Mi rastro
Acuérdate…

De mí, de nosotros
De promesas y
Sueños rotos.
Acuérdate de lo que
Fuimos y de todo
Lo que perdimos.
Acuérdate para no
Volver a apostar
Por el caballo
Perdedor.
Acuérdate de mí.
Permíteme vivir
En el recuerdo
Aunque sea en
Silencio.
Acuérdate de mí

CAFÉ CON UN EXTRAÑO

(Relato basado en idea original de @MaruBV13)

Entré a aquel café distraída y con un paso rápido. Un hombre de cabello blanco que sostenía un café en una mano y un croissant en la otra, se detuvo para darme el paso.

Le sonreí en señal de agradecimiento. Él me sonrió mientras se perdía entre mesas y gente, hacia una mesa casi oculta en una esquina. Me fijé en como, mientras tomaba asiento y colocaba con cuidado el croissant en la mesa, sorbía el aromático café de forma tranquila y entrecerrando los ojos, se perdía entre los efluvios del aroma a tostado de un buen café.
Ese era el motivo por el que acudía a aquel local, la calidad del brebaje al que me hice adicta en mi periodo de universitaria. El café, y porque no reconocerlo, saber que aquel extraño estaría allí. Su sonrisa de medio lado, su olor a colonia cara, su porte seguro y su mirada luminosa me cautivaba. Me sentía como una quinceañera. Sí, me sentía atraída por él, pero no sólo en el aspecto de lo físico. Era una atracción que escapaba de aquel concepto de un «polvo y para casa». Era algo más. Era mucho más. Ni siquiera era una atracción física, que bien podría sentirla, pues el desconocido era de porte atlético y una belleza, que a pesar de los años, aún era arrolladora. Era algo más. Algo que nacía en lo más hondo de mi alma. Era algo atávico.
Sonreí mientras tomaba asiento ya con mi café en la mano, pensando lo estúpida que resultaban aquellas cavilaciones mías.
Tomé un sorbo de la maravillosa bebida. Temperatura ideal. Sabor a tostado.
Estuve un rato abstraída mirando a través de la ventana. El bullicioso fluir de gente tan ajena a todo, sumergidos en sus móviles, tablets y demás cachivaches tecnológicos.
Al cabo de unos segundos noté una sensación eléctrica en la nuca. Me giré y pude ver como el extraño me observaba desde su alejada mesa mientras no dejaba de garabatear en un cuadernillo de tapas de piel bastante ajadas.
Me sonrió mientras alzaba la taza en señal de brindis. Le devolví el gesto, y como no, la sonrisa.
Volvió a sumergirse en su cuaderno y en lo que en él estuviera escribiendo.
Me imaginé una letra pulcra, recta y apretada, pero no agobiante. Una letra que se dejaba leer. Unas letras que hablarían del ayer. De un amor, o varios, ya olvidados.
Sonreí. Aquel día tenía ganas de sonreír aunque fuese para quitarme el hastío que se había apoderado de mí .
Bueno, no sé si llamarlo hastío, decepción, hartura…ya no tenía adjetivos suficientes.
El imbécil de Jhon acababa de suspender nuestro compromiso vía mensajería instantánea.
No era algo que no me esperase. No el medio. Eso era una cutrez. Sí la ruptura. Hacía tiempo que navegábamos por mares distintos y ninguno quería subirse a la barca del otro.
Pero aún así y todo, me sentía mal. No culpable. No era culpable de nada, pero ¡Joder! ¿No tenía la consideración suficiente para él de decírmelo a la cara?
Busqué la mirada del extraño. Sentía que tenía más en común con él que con el resto de mis ex parejas, incluso con más de un «amigo de confianza».
Pero el extraño seguía sumido en su cuaderno.
Un pensamiento extraño se me pasó por la cabeza. Quería levantarme y acercarme hacia él. Sentarme a su lado. Acariciarle el rostro. Hablar un rato, de temas profundos o meras banalidades. Después entregarme entre sus brazos. Que me enseñase lo que supiera y yo le enseñaría lo que sé.
Alzó la mirada del cuaderno y al descubrirme mirándole, me sonroje como si él hubiera podido leer mi mente. Aparté la vista inmediatamente y bebí de mí café.
Estuve un rato abstraída. O lo intente, intentando hacerme la invisible.
Otro extraño pensamiento me asaltó de improvisto. Un pensamiento que trajo a la mente un recuerdo que yacía sepultado en lo más hondo de la memoria, en esa zona del cerebro donde reina el olvido. Pero cuando el olvido quiere devolver el recuerdo, es imposible detenerlo.
Así llegó. Imparable y tan pesado que me dolía.
Un pensamiento había sido el detonante de aquella invasión. «¡Anda niña! Que puede ser tu padre». Tu padre. Mi padre.
Ese era el recuerdo, que se sumaba a otros que se fueron enlazando con él, no sólo para acabar de estar el día, sino toda la semana.
Recordé, de la difusa forma en la que recordaba aquellos años, el beso que me plantó en mi rostro de niña de cuatro años
Sus manos aferrando mi cara y su mirada clavada en la mía. Una sombra. Un borrón, más que una imagen.
Luego otro beso en la frente y unas palabras; «Siempre estaré contigo». Pero nunca volvió a estarlo. Nunca volví a ver a mi padre.
Aquel recuerdo, he de reconocerlo, no sé si era sincero o un retoque articulado por mi cerebro. Un arreglo para mitigar el golpe del abandono. Y con su marcha, mi niñez se marchó por la misma puerta que tras su espalda cerró el que hasta entonces había sido mi padre.
Mi madre se sumió en su vida, olvidándose de lo que dejó la otra que desdeñó al olvido. Una familia de la que se alejó, una hija, que aunque estaba con ella, jamás volvió a tratar de la forma con la que una madre trata a una hija. Tiempo. Años de soledad. Años en los que me hacía preguntas que no tenían respuestas. Años en los que tuve que curtir mi carácter a base de adversidades y saber tirar hacia delante, pues quedarse atrás sería desaparecer en la vorágine de la vida.
Eso mismo le pasó a mi madre. Se dejó arrastrar cansada de correr tras los sueños y esperanzas que cambiaba constantemente. Se quedó atrás y la vida la embistió sumiéndola en el recuerdo. En el ayer.
Las ganas de reír que me habían invadido, se comenzaban a evaporar entre los efluvios de dolorosos recuerdos. De noches de llanto preguntándome el porqué de la marcha de mi padre. Preguntando al silencio si era yo la culpable. Si había culpable siquiera.
Aprendí que la única culpable de los malos momentos, es la vida. Nadie más. Es ella la croupier que reparte las cartas en la partida. Es ella quien marca esas carta. Quién cuenta para adivinar la jugada que tiene preparada.
Sentí que se me comenzaba a hacer un nudo en la garganta y una lágrima pugnaba por recorrer mi mejilla.
Bebí, con violencia, un trago de café para ver si el amargo sabor desanudaba aquello que amenazaba con convertirse en un llanto.
No sé si fue el café o notar la cercanía del extraño que se había llegado a mí mesa. Me sonrió con una sonrisa que parecía labrada en su rostro. Bajo su mirada, me sentí una chiquilla y me relajé sintiendo que toda angustia de mí se escapaba. Le sonreí sin ninguna intención, con una sonrisa pérdida y apagada.
Lo siguiente que hizo me transtocó del todo. Dejando su cuaderno frente a mí, colocó si mano sobre mi hombro y me dió un suave apretón como para reconfortante. Luego me plantó un suave beso en la cabeza para luego dirigirse a la salida, dejándome completamente inmovilizada por la sorpresa. Pero aquel gesto, aparte de inesperado, me transmitió paz. Una calma que hacía años que no experimentaba.
Me quedé mirándolo, a través de la ventana, como se alejaba del local. Se detuvo entre una multitud que esperaba a poder cruzar por un semáforo. Cuando la gente comenzó a avanzar, él los siguió y en medio del paso se giró hacia mí. Nuestras miradas se encontraron y permanecieron así hasta que vi como comenzaba a disiparse en el aire, como si fuera un montoncito de arena que era arrastrado por el aire.
Me quedé estupefacta. No podía creer lo que acababa de ver. ¡Era imposible!
Volví la mirada buscándolo en su mesa, aquella alejada en el rincón, por si había sido todo, aunque sabía que no, producto de mi imaginación.
La mesa estaba vacía. No me sorprendí. Sabía, aunque me negaba a creerlo, que lo que había visto era cierto.
Me levanté de la mesa, dejando todas mis pertenencias en ella, en busca de respuestas. Me acerqué a la barra, dónde Adrián, el camarero que siempre hacia aquel turno, estaba preparando un par de cafés

  • Adrián, perdona…
  • ¿Otro café solo de tueste especial Ángela? -Me preguntó sin dejarme terminar lo que iba a decirle.
  • ¡No! -Elevé sin querer un poco el tono de voz. El chico se mostró sorprendido- Perdona Adrián. Disculpa. Una sola pregunta.
  • ¡Dispara! -Dijo mientras me apuntaba con el dedo indice-. Además, no has de disculparte. Los camareros somos como psicólogos. Estamos para que los clientes paguen sus frustraciones con nosotros.
    Lancé un suspiro de resignación ante aquel irónico comentario del joven, el cual era cierto que me merecía.
  • El hombre de cabello cano de aquella mesa del fondo…
  • Ahí no hay nadie -dijo mientras miraba hacia la vacía mesa.
  • Ya lo sé Adrián. El hombre que cada día se sienta ahí. Todos los días café y croissant.
    Hubo unos segundos de silencio mientras el joven hacía memoria.
  • ¡No sé! En esa mesa hace tiempo que no se sienta nadie. La silla está rota.
    «¿En esa mesa hace tiempo que no se sienta nadie?» ¿Pero a qué estaba jugando el imbécil éste?
  • ¡No me jodes Adrián! -recalqué mis palabras con un golpe en la barra-. El tío bueno que viene todos los días. Alto, de cabello cano, bien parecido, educado…
  • Lo siento Ángela, pero en esa mesa, como ya te he dicho, no se sienta nadie desde hace mucho tiempo. Además -me dijo mientras se daba la vuelta y comenzaba a preparar los pedidos de dos jóvenes habituales del local-. No me suena de nada un tío así. Y Ángela, aquí hay tartas, pasteles, pastas. No croissant.
    Me quedé paralizaba por aquel comentario. Miré la oferta en la carta y Adrián, como es lógico, llevaba razón.
    Me sentía aturdida. Como si aquello que estaba viviendo y había visto fuesen parte de un mal sueño.
    Me senté a mí mesa y apoyé la cabeza sobre las manos.
    ¿Que estaba pasando?
    ¿Que había visto?
    Mil preguntas azotaban mi cabeza.
    Le vi desvanecerse en el aire mientras me miraba y sonreía.
    Siempre su sonrisa.
    Al levantar la cabeza, me topé con el cuaderno de tapas de piel negra.
    ¡Era cierto! Esa era la prueba. El cuaderno que me dejó antes de marcharse. Me llevé la mano al hombro, aquel en el que me había agarrado con suavidad y después a la cabeza, a la zona donde me había besado. Luego me llevé la mano a la nariz, aunque no hacía falta, para percibir el aroma característico de su cara colonia.
    Todo había sido verdad. Lo sabía. Lo notaba en mi interior. Y sin saber el cómo ni el porqué, también sabía que se había desvanecido en el aire.
    Sin más dilación, y como queriendo encontrar respuestas en él, abrí el cuadernillo.
    Pasé páginas sin mirar nada más que las páginas llenas e una letra pulcra y junta, tal y como me había imaginado. Al final del todo, en el anverso de la última página, había un par de llaves pegadas con celofán.
    Fui pasando páginas una y otra vez durante más de media hora.
    Otro café, que me había servido Adrián, reposaba a mi lado, mientras me encontraba absorta viendo aquellas páginas.
    Eran cartas a alguien. Cada página o cada dos páginas era una distinta, para un mismo destinatario.
    «Hola mi querida Ángela. ¿Sabes que te llamas así por la madre de tu abuela? Tu madre quería mucho a mi abuela y por eso decidimos ponerte su nombre. Se llevaba mejor con ella, que con su suegra. Aunque aquello no era difícil. Tu abuela tenía un carácter…
    Mi querida niña, cuántas cosas te he dicho en las cartas que conforman, no sólo este cuaderno, sino todas las cartas que te he escrito durante la vida. Una cada día. Sin falta.
    Cuántas horas empleadas en redactar palabras que no ibas a leer, aunque fueras tú la destinataria de ellas.
    No sé cómo ni cuándo. Pero sí te aseguro que te las entregaré. Será la única paz que mi alma encuentre, cuando esté cuaderno y todos los demás, estén en tus manos. Todo mi legado, además de la casa, cuya llave está en la última página junto a la dirección que has de ir, es para tí.
    Poco en esta vida hay de lo que esté orgulloso. Y ese «poco» eres tú.
    Te pido PERDÓN, así en mayúsculas. Perdón por no haber estado a tu lado. No al menos de forma abierta. Pues ten por seguro que siempre he estado ahí, viéndote crecer. Tan cerca y tan lejos a la vez.
    Ese primer novio (Álvaro, he tenido que mirar el nombre en una de las cartas que te escribí hace años) que se perdió con la adolescencia. Las lágrimas que derramaste en tu habitación por demasiados desplantes: el primero el mío. El resto, los de tu madre.
    Estuve por volver y llevarte conmigo. Pero no soy un buen hombre y un peor padre. No te iba a castigar estando a mi lado.
    Poco a poco te fuiste creando una maravillosa personalidad de luchadora que no se rinde nunca. Los golpes de la vida, en vez de romperte, te han hecho más fuerte.
    Ojalá yo hubiera tenido alguna vez tu fuerza.
    Te pido PERDÓN Ángela.
    Sé que no lo vas a hacer. Yo no lo haría. Demasiados pecados lastran mi alma. No merezco tu perdón.
    La vida se va a cobrar con mi vida, mis maldades y fechorías. La mayor, alejarme de tí. Dejarte al devenir del viento.
    Te voy dejando mi amada Ángela. Mi niña. Mi adorada hija. Son cientos de cartas las que te imploro que leas. No intento buscar redención. No la hay.
    Solamente lee e intenta entenderme. En ellas te hablo de todo. Hasta del «yo» que ni yo mismo conozco.
    No sé cuántas son exactamente. Pero sí sé que esta es la última.
    Esputo sangre en la cama de este hospital. El cáncer de páncreas ha vencido y mi cuerpo va saliendo por mí boca. Quieren ponerme morfina para que pase los últimos momentos sin dolor. Me he negado. Quiero ser consciente de mis últimos momentos.
    Me merezco todo el dolor.
    No lo notas. Pero me faltan las fuerzas y el bolígrafo se me ha caído ya varias veces.
    LO SIENTO MI NIÑA. LO SIENTO.
    TE QUIE…»

Cerré el cuaderno de golpe. Mis ojos estaban anegados de lágrimas.
Mi padre. Aquél hombre al que veía, era mi padre.
No sabía que sentía en aquellos instantes.
Pero sí me prometí leerme todas y cada una de las cartas.
Algo había calado en mi alma. Y aunque dolida, como siempre había estado. Me notaba completa. Pues durante años, toda mi vida, sabía que había una zona en negro que no era capaz de llenar.
Miré hacia la calle. Al lugar dónde vi a mi padre (fantasma. Ilusión. Bilocación…) esfumarse en el aire, justo cuando acababa de encontrarle.
Me levanté de la mesa y salí a la calle con rumbo a la dirección marcada.
Tenía muchos hilos que unir.
Después, esa ya sería otra historia.

Sobre el texto @MaruBV13 hace las siguientes consideraciones:— Título del texto.
— Intro de @MaruBV13 indicada en cursiva.
— El caballero parece dibujar o escribir en una libreta.
— Enlace a su entrada: https://conjurandoletras.com/2019/07/07/cafe-con-un-extrano/

Otros relatos de este magnífico reto que se formó de la nada, aquí👇

https://aliciaadam.com/2019/07/07/cafe-con-un-extrano-relato-corto/https://gibranhd.blog/2019/07/09/cafe-con-un-extrano/https://www.relatosvirtuales.com

Frente a la pared

Cada vez que pasó frente a este lugar, recuerdo. Aunque no quiera pues son imágenes que se han de olvidar.
Un amanecer nos sacaron a empellones de los barracones que servían de celdas comunales. Hombres, mujeres. A los niños, nos dejaron como espectadores de lo que estaba a punto de acontecer, detrás de una fría alambrada que cortaba los dedos. Lo sé bien. Aún llevo en las manos sus marcas en forma de profundas cicatrices, tan profundas que se solapan con las del alma. Heridas que nadie, y menos un niño, habría de tener. Pero las tuve y las tengo.
Los soldados que nos sacaron de los barracones, separaron después a hombres y mujeres. Les hicieron dar vueltas por el patio mientras les hacían las zancadillas y se mofaban de ellos cuando se caían. Alguno de los prisioneros intentó rebelarse, pero era inútil. No había rebelión posible, hombres, mujeres, ancianos, ancianas, niños y niñas, eramos cadáveres andantes. Simples trozos de piel cubriendo nuestros huesos. Los que intentaron negarse, murieron allí mismo, con la cabeza abierta a base de culatazos propinados por los soldados.
Al cabo de un rato de más humillaciones, todas realizadas delante de nosotros, que no sabíamos el porqué de aquella actitud hacia nuestros padres y madres. En mi caso mi madre, que como siempre, tenía una sonrisa presta para mí y una luz en sus ojos cuando nuestras miradas se cruzaban. Grité con toda la fuerza de los pulmones de un niño de pocos años: «¡Mamá!»
Ella se giró y aquella sonrisa me tranquilizó.

Que inocencia cuando era niño.

Volví a gritar, esta vez en forma de protesta, cuando la ví caer a causa de un golpe de uno de los soldados, el cual le golpeó el costado con su dura bota de cuero. No dejé de gritar hasta que el mismo soldado, a través de la alambrada, me hizo callar con un seco y doloroso culatazo en la boca, dejándome dolorido y ensangrentado, con el regusto de mi sangre y el sabor de la sangre de otros que impregnaban aquel trozo de madera.
Hubo más gritos y un pequeño revuelo que quedó sofocado, cuando un imponente oficial salió al patio.

Se hizo el silencio. No hizo falta ni una sola palabra. Simplemente la presencia del oficial imponía respeto. Los soldados se cuadraron y fueron ocupando sus posiciones. Unos formaron un pelotón frente a un muro blanco con decenas de rojas manchas. Otros fueron colocando en fila a los condenados. A los que no se podían mantener de pie, les hacían sujetarse a otro de los prisioneros. Así dejaron a mi madre, agarrada a otras dos mujeres, las cuales estaban agarradas a otros hombres. Fue en la primera fila que se formó frente al muro en el que ahora me encontraba.

No puedo evitar que se me haga un nudo en la garganta. Cierro los ojos y veo con nitidez la brillante luz de la mirada de mi madre. Su altivez frente a los soldados.
-¡Preparados! -gritó el oficial
La sonrisa iluminando se blanco rostro.
-¡Apunten! -volvió a ordenar.
Hubo algunos llantos, gritos quedos, desesperación en las caras de casi todos. En cambio,mi madre, ahora en la distancia se que fingió entereza y fuerza para transmitírsela a su pequeño, a mí. Musitó en silencio: «Se libre. Vive hijo. Vive» leí en sus lábios. Una lágrima cayó por su rostro.
Grité su nombre mientras me aferraba a la alambrada, pero mi voz quedó ahogada por la explosión escupida por diez fusiles. Todo quedó en silencio. Un único eco de los disparos que se perdió en la fría mañana. Olor a pólvora.
El oficial gritó nuevas órdenes, ya no le entendí. Una nueva remesa de hombres y mujeres agarrados de las manos frente a la pared blanca con nuevas y más rojas marcas. A algunos niños nos sacaron de allí de vuelta a los barracones. Me aferré con fuerza al pecho enteco de una anciana que me abrazó. Lloré hasta dormirme. Lloré todas las lágrimas de mí. En el pecho de la anciana se quedaron todas mis lágrimas. Todas hasta que hoy brotó de mis viejos ojos unas nuevas.
El delito de mi madre fue amar con todo el alma y el corazón. Fue ser madre sin que hubiera un padre. Fue ser libre en un momento en el que eso estaba prohibido.
Hoy, en ese muro está grabado el nombre de mi madre. El de cientos de madres, padres, abuelos, abuelas, hijos e hijas…
Hoy en esa misma placa gravo las últimas palabras de mi madre. Esas que han marcado mi vida. Esas que me han traído hasta donde estoy. Las palabras que nadie fue capaz de hacer olvidar.
¡Se libre. Vive hijo. Vive!
Una manita me agarra fuerte mi arrugada mano: ¿Por qué lloras abuelo?

DÉJAME

Déjame asomarme al

balcón de tu escote,

perderme entre los secretos

de tu cuerpo.

Déjame liberar el fuego

de mi alama.

Saciar mi sed.

Déjame amarte sin

reproches.

Sin límites esta noche y

mil más.

Amarte sin límites.

Fundirm en tu piel.

Sin temor,

solamente pasión.

Sin dudas,

sin rubor.

Déjate hacer,

llegar a los límites

del placer.

Embriágame.

Emborráchate de mí.

Hazme perder la razón,

el sentido ya lo tengo

perdido.

Déjame hacer.

Sé mi sueño convertido

en realidad.