Espejos.
Grandes, pequeños, decorativos, para maquillarse en un tocador, de baño, de
medio cuerpo o de cuerpo entero como el que presidía el dormitorio.
Uno pesado y grande de grueso marco de madera color
marrón con reflejos rojizos, casi al igual que el resto de los muebles de
nuestro dormitorio.
Lo adquirimos en un anticuario, era el elemento
fundamental para nosotros. Teníamos espejos en cada estancia, una de las
paredes del pasillo estaba cubierta por uno grande horizontal. Incluso unos
años antes hasta instalamos uno en el techo encima de nuestra cama. Nos
encantaba mirarnos mientras hacíamos el amor. Era como mirar a otras personas,
incitábamos el morbo, la vena cotilla que todos poseemos, dando rienda suelta
al voyeurismo que anida en cada uno de nosotros, aumentando el deseo y con ello
un mayor placer físico.
Mucha gente coleccionaba póster de películas, muñecas de
porcelana, cromos, chapas, botellas de refrescos… Lo nuestro eran los espejos
Para la pared del dormitorio no queríamos algo típico y
vulgar. No un simple espejo “sin vida” que no dijese nada. Así que buscamos con
ahínco y empeño.
Un día, y tras haber consultado cientos de páginas por
Internet, nos topamos con la de un anticuario que nos llamó la atención. Y allí
estaba, como salido de nuestros deseos y materializado en ese catálogo virtual,
alzándose poderoso sobre los demás artículos ofertados.
Miré a Mamen, ella me devolvió la mirada. Sus ojos verdes
brillaban de entusiasmo, siempre tan expresivos, tan llenos de voz que no hacía
falta que hablase para decir lo que quería. Yo sentí lo mismo, ella lo vio en
mi rostro. Habíamos conectado con aquel elemento decorativo. Sentí una voz tenue,
una ligerísima sensación de aire acariciar mi piel mientras me susurraba al
oído que ese era el espejo.
Era ese el espejo deseado. No había más.
Buscamos y anotamos el teléfono del anticuario. En cuanto
descolgó y una voz aguda que no denotaba juventud, pronunció un amable saludo,
le dije que nos reservase aquel espejo.
– Un momento por favor –respondió la voz.
Mamen y yo nos miramos expectantes.
¡Maldita sea! ¿A que ya había sido adquirido? ¿A que ya
no lo tenía a la venta? ¿A que se había quemado, golpeado, dañado, hecho
añicos?
Parecía mentira, pero aquellos segundos de espera fueron
terriblemente largos, incluso agónicos. Cierta parte de mí se sintió ridículo
al sentirme tan desesperado por aquel objeto.
Otra vez sentí aquella suave caricia de aire en mi piel. Otra vez aquella
voz hablando; Es tuyo. Es de ella.
Aquella última palabra sonó como dicha con deseo soterrado.
Sacudí la cabeza para apartar aquellos pensamientos tan descabellados que
estaba sintiendo y notando.
Mamen mi miró con una sonrisa. Colocó su suave mano sobre la mía. Sentí más
calma. Un chasquido en el otro lado de la línea.
– Disculpe la espera –contestó con tranquilidad la voz. Estaba a punto de
interrumpirle para ver si había algún problema con el espejo. Pero no hizo
falta-. Necesito unos pocos datos y ya tendrá el espejo reservado.
Lancé un hondo suspiro de satisfacción que vació de mí toda la
incertidumbre que había acumulado.
Moví asintiendo la cabeza. Mamen esbozó una gran sonrisa y dejó de
juguetear con el pelo, cosa que hacía cada vez que estaba nerviosa. Sentí el
fuerte y cariñoso apretón de su mano sobre la mía. Me dio un sonoro y húmedo
beso en mi barbada mejilla.
Fijamos al fin el día, que sería el siguiente debido a la impaciencia que
se había apoderado de nosotros, que íbamos a ir a recogerlo.
Tras colgar el auricular vintage en su base, nos sentimos pletóricos y nos
abrazamos dando vueltas como locos por el salón. Por fin el dormitorio, no. La
casa, estaría completa. Durante unos breves instantes supe que habíamos perdido
el juicio por un simple espejo.
Fuimos así, abrazados, hasta el dormitorio. Lo observamos juntos, como si
nuestros cuerpos fueran uno solo, Mamen agarrada a mi cuello y yo sosteniendo
su pequeño cuerpo entre mis brazos.
Sentimos, al menos yo sentí, que algo estaba a punto de romperse. Fue una
extraña sensación. Una punzada de alarma. No sabía lo que se avecinaba.
Descolgamos el espejo simple y funcional que teníamos. Aquel hueco vacío de
la pared, estaría cubierto de nuevo al día siguiente por un hermoso, robusto y
“Vivo” espejo antiguo.
Al descolgar aquel trozo de cristal, la habitación quedó desnuda.
Estuve unos minutos con el cristal en volandas sin saber muy bien que hacer
con él.
– Tíralo a la basura. Pero no lo rompas, déjalo al lado
de los cubos por si alguien lo quiere –me dijo Mamen.
Así que lo bajé a la calle y lo pose suavemente, casi con cariño y cierta
culpabilidad al dejarlo allí, contra uno de los laterales grises del contenedor
de basuras.
Permanecí durante unos instantes frente al que había sido nuestro espejo.
Vi mi reflejo en él. Recordé las veces en que habíamos fijado nuestras miradas
llenas de deseo en aquella superficie mientras reflejaba nuestros cuerpos
desnudos y sudorosos. Las veces en las que nos habíamos mirado para ver si tal
o cual camisa, chaqueta, pantalón nos sentaban bien. Cuántas veces me había
mesado la barba y Mamen se había atusado el pelo frente a él.
Sentí nuevamente una punzada en el pecho. No sabía el qué, pero algo dentro
de mí me indicaba que algo no iba a ir bien.
Estuve allí unos pocos segundos más, como honrándole homenaje a un difunto,
en parte aquel objeto, aquel espejo simplón, ya había muerto para nosotros. Me
dí la vuelta y volví a subir a casa.
Mamen estaba en el recibidor apoyada en la pared. En su rostro una sonrisa
insinuante. Su cuerpo cubierto por un escaso conjunto de lencería de color
rojo. Alargó una mano que yo cogí, me atrajo suavemente hacia ella y me sumergí
entre sus brazos sintiendo el ardor que manaba de su cuerpo.
Un beso de urgencia. Una caricia deseosa. Unos instantes de miradas
suplicantes para después abandonarnos a la pasión. Hicimos el amor como
salvajes, dominados por un ardor y una pasión desaforados.
Caímos exhaustos en la cama desecha tras nuestro asalto. Me hundí en la
profundidad de su mirada sintiéndome renacer en el calor de aquel verde que
brillaba por la pasión.
Sonreí de felicidad. Una sensación maravillosa me embargaba. Amaba a
aquella mujer con la que había compartido tantas cosas y más las que íbamos a
compartir.
Al menos aquello pensaba.
Yo la miraba desde la altura que me daba el tener la cabeza reposada en el
brazo apoyado sobre la almohada. El pelo oscuro y ondulado de ella caía como
una cascada desordenada sobre su hombro desnudo y la almohada.
Se acercó a mí. La bese. Me devolvió el beso. Volví a sentir la necesidad
arder en mi interior. Mi cuerpo reaccionó encendiéndose. Busqué sus manos, ella
las mías y volvimos a sumergirnos en nuestros cuerpos sedientos de aquellas
sensaciones de placer indómito.
3
La tienda del anticuario, era tal y como me imaginaba
este tipo de negocios. Una vieja tienda enclavada en el corazón del Madrid más
antiguo, a un paso de la Gran Vía. Una callejuela estrecha que apestaba a
orines, de edificios altos con viejas y pequeñas terrazas de hierro forjado,
que no dejaban que los rayos del sol llegarán al suelo, sumiendo la estrechez
entre los edificios en algo cuasi claustrofóbico de suelos sucios y paredes de
ladrillos viejos llenos de grafitis.
Parecía mentira que a unos pocos metros estuviera la concurrida y famosa
Gran Vía con sus emblemáticos edificios que albergaban teatros, cines y
comercios que siempre estaban llenos de turistas ansiosos de perderse en
aquella cosmopolita arteria de la capital.
Parecía que allí, en aquel lóbrego y claustrofóbico lugar, se hubiese
traspasado una puerta entre dos mundos distintos.
Miré a Mamen. Sonreía embelesada por la dejadez de aquel lugar. Admiraba
aquella decadencia, según ella esa lobreguez era la verdadera alma escondida de
la ciudades, por ello adoraba aquellos aires de abandono en el cual cualquier
persona podía conectar con su más auténtico ser, pues era el reflejo atávico de
lo que eran las personas.
Sonrió al ver mi gesto adusto ante lo que veíamos. Yo era la antítesis de
aquel lugar. Nunca había logrado conectar con aquel pensamiento filosófico
sobre el alma de las ciudades, ni nada de todo aquello. Yo era más práctico,
menos filosófico. Me sentía cómodo en espacios amplios, iluminados, limpios y
ordenados. No necesitaba conectar con nada en absoluto.
Me sentí defraudado cuando nos encontramos frente a la tienda.
Una fachada paneleada de madera con desconchones de la pintura verde, si es
que aquél era el color, los cuales ocupaban más espacio que la propia pintura.
Un gran escaparate, enmarcado entre aquellos paneles, que apenas dejaba
entrever lo que había tras él.
Mamen me agarró con ternura pero con fuerza de la mano y me llevó hasta la
puerta entreabierta de la tienda,
Al cruzar el umbral me esperaba el sonido de la puerta chocando con uno de
aquellos avisadores sonoros que colgaban en muchos lugares, pero me sentí
sorprendido porque no fuera así. Ante nosotros un maremágnum de objetos y
muebles llenos de polvo cobró vida. Decenas, cientos de objetos sucios se
apilaban en decenas de estanterías de baldas combadas por el peso. Sentí cierto
miedo de que aquello acabase cediendo y todo lo que descansaba en aquellas
baldas, nos sepultara.
Miré con muchas dudas a Mamen, que se había soltado mi
mano y campaba entre aquellos muebles y pilas de objetos cubiertos de una
espesa capa de polvo, el cual flotaba libremente en el aire.
Yo estaba estático de espaldas a la puerta, atónito ante lo que estaba
viendo. La página Web no reflejaba para nada la realidad de aquel lugar.
Desorden, suciedad, caos… Me era imposible imaginar que allí estaba nuestro
espejo.
– ¡Hola! –dijo un hombre que apareció tras lo que parecía una antigua barra
de bar-. ¿Han visto algo que les guste? Hay tantos objetos cargados de historia
entre estas paredes…
– Ni que decir lo de los objetos –creí haber musitado aquellas palabras,
pero la mirada profunda de aviso que me clavó Mamen me indicó lo contrario.
La obesa cara de sapo del anticuario, ojos saltones y juntos, boca grande…
no expresó gesto alguno de molestia ante mi “musitado” comentario. Todo lo
contrario, sonrió ensanchando aun más sus carrillos, lo que le confirió más
aspecto de sapo.
– ¡Buenos días! –contestó Mamen mientras se acercaba al mostrador-barra de
bar-. Somos Mamen Vilarrubia y Alejandro Leal…
– Pedro Muñoz –le interrumpió el anticuario mientras le tendía una mano
gorda y artrítica a Mamen. Sonrió dejando unos grandes dientes a la vista-.
Discúlpeme la interrupción, pero no hace falta tanto formalismo. Mamen y
Alejandro, con eso basta. Con tanto formalismo lo único que se consigue es
demorar los asuntos.
Mamen le sonrió abiertamente y estrechó la mano gorda y artrítica que el
tal Pedro le tendía.
– Me gusta –dijo ella. Yo seguía en segundo plano, unos pasos más atrás, mi
disgusto ante aquel lugar y las formas del anticuario sería patente en mi
rostro, así que esperaba que la penumbra que reinaba en el lugar me ocultase-.
Veníamos a buscar un espejo…
– ¡El Espejo! -exclamó el anticuario volviendo a cortar a Mamen, que me
miró con cara de asombro ante la mala educación que mostraba el tipo con cara
de sapo-. Discúlpenme de nuevo…
– No sé si tengo tantas disculpas en el bolsillo –contesté en voz alta y tono
molesto.
– Sí, sí. Lo lamentó. Pero es que no es un espejo –parecía que el
anticuario estaba más en un escenario de teatro actuando que hablando con unos
clientes-, es algo más.
Nos miramos un poco incrédulos ante lo que estábamos viviendo allí. No parecía
real. Aquello parecía sacado de alguna mala película o algo.
El anticuario se perdió tras el mostrador desapareciendo
literalmente tras una columna de alabastro que sostenía un busto de bronce
cubierto completamente de polvo.
– Esto es de locos amor –dije en un susurro junto a Mamen-. Vámonos, que
este tío me da mala espina. De verdad.
Ella se volvió hacia mí y me agarró la mano con suavidad, como siempre
hacía cuándo me ponía nervioso. Sonrió y aquello, al igual que cualquier
anestésico, me hizo sentirme más relajado.
– No te preocupes cielo –habló con su habitual tono sosegado-. Es un
vendedor y actúa como tal. Nos quiere vender no solo el espejo sino algo más,
ya verás.
– ¿Un vendedor normal? A mí no me apetece comprar aquí nada. En serio.
– ¿No te apetece comprar el espejo? ¿Nuestro espejo? Ese que en cuanto
lleguemos a casa lo vamos a colgar –bajó el tono y revistió su voz de
sensualidad-, y tendremos que probarlo.
Besó con suma delicadeza y sensualidad mis labios. Sentí un estremecimiento
de excitación recorrer mi espalda. Deseé agarrarla y hacerla el amor allí
mismo, encima de aquella barra de bar. Pero el traqueteo de unas viejas ruedas
sobre el entarimado del suelo, me sacó de aquel momento de arrebato.
Al cabo de unos segundos, el anticuario apareció trayendo consigo lo que
supuse nuestro espejo cubierto de una vieja y descolorida tela, como no,
cubierta de polvo. El sonido del traqueteo, se debía a la carretilla que usaba
para transportar nuestra nueva adquisición.
– ¡Aquí está! –dijo mientras que teatralmente tiraba de la sábana que
cubría el espejo, removiendo todo el polvo acumulado en la tela, sumiéndonos en
una nube de denso polvo que entró por nuestras gargantas y que nos provocó un
incontenible ataque de tos.
El anticuario miraba embelesado al espejo, sin percatarse, o sin querer
percatarse de lo que su teatral gesto había provocado.
Deseaba marcharme de allí y dejar aquel infecto y desagradable lugar.
Olvidarme de aquellos minutos y de aquel peculiar vendedor. Pero al alzar la
vista al disiparse la densa nube de polvo, me quedé como hipnotizado ante el
espejo.
Busqué inconscientemente la mano de Mamen. Ella que también miraba
fijamente hacia el objeto, se encontró con mi mano y la asió con fuerza.
Aquello era más de lo que habíamos previsto. Era más de lo que hubiéramos
soñado.
Era un espejo reluciente que parecía casi recién salido de la fábrica de
pulido, el cual reflejaba con nitidez los tímidos rayos de sol que penetraban
por el mugriento ventanal,
haciendo que apareciesen destellos de mil colores, el
cual estaba encajado dentro de una ancha moldura de madera de color marrón con
tonos rojizos, cubierto de finos y bellos trazos arabescos cincelados a lo
largo y ancho del grueso y pesado marco
Era un espejo que imponía respeto, que emanaba una fuerza extraña. Aquella
misma fuerza que nos atrapó a través de la pantalla del ordenador. Allí, frente
al él, aquella fuerza nos había obnubilado los sentidos.
Esbozamos, tanto Mamen como yo, una sonrisa nerviosa. Noté la mirada del
anticuario clavada en nosotros y eso nos sacó de aquel estado de embeleso
frente a la visión del espejo.
– Les dije que era algo más que un simple espejo – sus ojos irradiaban
placer y su sonrisa de sapo se extendía hasta límites imposibles en su rostro-.
Este espejo tiene magia. Una magia especial. Una magia antigua. Una magia
envolvente…
Un destello en su mirada que no supe interpretar me hizo sentir incómodo.
Su mirada ya no se dirigía al espejo, sino que miraba con avidez a Mamen. Pero
no sentí celos, ni me sentí molesto ante aquel descaro, pero sí sentí un
escalofrío recorrer mi columna vertebral. Una extraña sensación de miedo que no
entendía se apoderó de mí.
Fue una extraña sensación que duró milésimas de segundos. El tiempo en el
que el anticuario fijaba su mirada en mí.
– ¿A que nota la magia? –me dijo sonriendo. Yo no pude más que asentir-.
Aquí no vendemos objetos simples. Aquí hay historias. Decenas de ellas. Cada
objeto, mueble o trasto que aquí descansan, si pudieran hablar, podrían contarles
miles de historias. De amor, de risa, de tragedias. Cada objeto, cada mueble,
está impregnado de vivencias. Eso les hace diferentes. Aquí conviven la
modernidad con el clasicismo y la antigüedad en armonía. Eso es lo que nos hace
distintos de otros anticuarios y otras tiendas más selectas, más limpias y
ordenadas cuyos objetos están relucientes y en perfecta colocación. Allí se les
roba el alma, su historia… su magia.
El tono de voz del anticuario, que antes me había parecido agudo y que
desentonaba completamente con el aspecto del hombre, se había convertido en un
tono meloso, dulce. No hablaba, declamaba subiendo y bajando el tono,
envolviéndonos en su relato. Parecía que el aire era más denso, que estaba
cargado de una extraña carga eléctrica que me erizaba el vello del brazo.
Haciendo convincente lo que decía.
Si en aquél momento me hubiese dicho que me llevara la columna de alabastro
con el busto de bronce, me hubiera parecido lo más sensato del mundo.
Mamen me miró con una gran sonrisa de; Te dije que era un
vendedor. Y llevaba toda la razón.
– ¿Que les parece el espejo? –su voz volvió al tono agudo de antes. El aire
se descargó de aquella electricidad. Me pareció que la luz entraba a raudales
por el mugriento escaparate cubriendo nuevamente la estancia de partículas de
polvo en suspensión-. No es lo mismo verlo a través del ordenador ¿a que no?
– No –contestó Mamen-. Es lo que buscábamos. Es más de lo que buscábamos.
Tiene fuerza, una presencia arrebatadora. Tiene lo que llamamos alma.
– Sí, es cierto –contestó el anticuario que apoyó las manos artríticas
sobre la barra-. Es un objeto que impone. Que luciría a la perfección en el
salón del trono de cualquier palacio…
– Sí, sí claro, pero no es para un palacio, sino para nuestra casa. Para
nuestro dormitorio –interrumpí al vendedor que comenzaba de nuevo a divagar.
– Es cierto –dijo Mamen colocando una mano sobre el mostrador-barra de
bar-, es para el dormitorio. Es demasiado imponente, demasiado… No sé.
Demasiado palaciego para el lugar que va a ocupar en nuestra casa.
Me quedé atónito ante las palabras de Mamen. Ella se había, nos habíamos,
enamorado del espejo, no hacía falta nada más que mirarnos. ¿Y ahora decía que
era demasiado imponente?
El anticuario perdió parte de su exagerada sonrisa de sapo. Miró
dubitativamente a Mamen, después al espejo y por último a mí.
– Es un objeto digno de un palacio, sí. Pero para un dormitorio también
está bien, sobre todo para el dormitorio de una pareja de jóvenes príncipes.
Mamen prorrumpió en una sonora carcajada ante aquella frase del anticuario,
el cual también comenzó a reír y ambas risas me contagiaron a mí también.
– ¿No tiene una frase mejor? –dijo Mamen en un momento en que había
conseguido calmar la risa, para momentos después volver a reír.
En aquellos instantes tan cómicos dirigí mi mirada al espejo que reposaba
sobre la carretilla en la que el anticuario lo había traído, de a saber dios
dónde. Y volví a sentir una extraña sensación en mi interior y una voz, mi propia
voz, en la cabeza que me decía; Llévame a casa. Soy tuyo. Soy vuestro.
Tras un rato más de regateo con el anticuario, Mamen
cerró el precio del espejo un poco más bajo de lo que tenía establecido en el
catálogo, pero el anticuario en vez de sentirse ofendido o algo por el estilo
sonrió amablemente.
– Este espejo se merece alguien como ustedes.
Con aquellas últimas palabras nos despedimos del vendedor, que nos prestó
la carretilla para transportar el espejo al coche.
Aquella tarde y tras muchos esfuerzos debido al gran peso del espejo, éste
ya descansaba en su lugar.
Aquella noche, tal y como había prometido Mamen, estrenamos el espejo.
Mamen dormía placidamente. Yo medio recostado de lado, la observaba. Me
encantaba verla dormir. Era una mujer preciosa a la que amaba más que a nada en
el mundo. Pero aquella noche había sido extraña. Era una sensación que me
incomodaba, que me hacía mirar hacia los lados. Era la primera vez que sentía
algo así.
Momentos antes, mientras nuestros cuerpos se fundían uno con el otro y
nuestras miradas deseosas se encontraban en el reflejo del espejo, sentí como
si hubiera alguien observándonos. Unos ojos de mirada viciosa que nos vigilaba.
Habitualmente, aquel morbo de vernos, de sentirnos espiados por nosotros mismos
como si fuésemos chiquillos haciendo algo prohibido, me excitaba más. Pero
aquel día me sentí espiado y vigilado, no por mí ni por Mamen, sino por algo.
El éxtasis llegó, pero no me sentí igual de saciado cómo tantas veces. Ella no
lo dijo, pero veía en sus ojos que ella tampoco se había sentido satisfecha.
Aquella sensación nos había… ¿acobardado? ¿Enfriado? ¿Amilanado? No lo sabía.
Me incorpore en la cama. Sentía aquella mirada. Pero no había nadie. Miré
vigilante la oscuridad, Esperaba encontrarme con alguna sombra más negra que la
oscuridad del dormitorio. Pero no había sombra, ni espectro, ni aparición, ni
ningún ente sobrenatural existente o salido de mi imaginación. Ante aquellos
pensamientos, estaba tranquilo. Los espíritus de los muertos no me daban miedo,
temía más a los vivos.
Sabía que era imposible, pero sentía unos ojos fijos en mí, en nosotros.
Noté como los pelos de la nuca se erizaban. No era una sensación mental, era
física. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo.
Volví a mirar a Mamen, la escasa luz que entraba por los agujeros de la
persiana, me permitió ver los ojos cerrados de ella. Su respiración era
armónica y acompasada, lo que delataba que realmente estaba dormida y no estaba
gastándome ninguna broma.
Un golpe.
Me giré inmediatamente intentando averiguar cual era el
lugar en el que se había originado aquel sonido.
Respiraba agitadamente y sentía como mi corazón palpitaba desbocado en mi
pecho. Un estremecimiento mayor.
Me levanté inquieto de la cama. Sentía aquella mirada posada en mí. La
sensación física de ser observado no me dejaba creer que aquello era un sueño.
Otro golpe.
Esta vez no fue un golpe seco. Sentí, cosa extraña, una ligera vibración.
Como si frente a un lago viese como se formaban ondas alrededor de una piedra
que rompía la tranquilidad de las aguas. Sentí aquellas ondas concéntricas
alejarse de la zona de impacto.
Me sobresalte al sentir una voz, mi propia voz, en el interior de la
cabeza.
“Alex ayúdame por favor. Ayúdame Alex”. Me llevé las manos a la cabeza como
si con aquel gesto se borrara que había escuchado aquello, aquel pensamiento
que no había pensado.
Miré alrededor. Solo oscuridad ligeramente rota por la luz que penetraba de
la calle. Muebles que eran sombras oscuras que se recortaban en la oscuridad de
la habitación.
Era mi voz. La misma que escuchaba cuando rumiaba algún pensamiento. Era yo
quién me estaba llamando.
Mamen seguía dormida ajena a todo aquel demencial asunto.
“Alex ayúdame”. Mi voz sonó más fuerte en el interior de la cabeza. Comencé
a dar vueltas sin sentido a los pies de la cama.
Solamente esperaba que Mamen no se despertara y me viese en aquel estado de
histeria.
Una, dos, tres vueltas. Nada. Y nada pasaba. Tampoco sabía que es lo que tenía
que pasar. No sabía siquiera si estaba esperando que pasase algo.
Seguía notando la mirada fija en mí. Cada vez más intensa. El vello de la
nuca y de los brazos permanecían erizados como púas.
La voz, mi propia voz, seguía resonando en mi mente. Ecos diseminados en
los tumultuosos pensamientos que me agitaban. Pero un eco constante, al fin y
al cabo, que se empecinaba en seguir a flote.
En mi devenir nervioso y errático por la habitación un destello llamó mi
atención. Un momento, una milésima de segundo. Pero lo había visto. Estaba
seguro de que había visto un destello. Me detuve. Me llevé las manos a la cara
y me froté la barba en un gesto nervioso.
“¡Tranquilízate Alex!” Me dije yo mismo. Esta vez sí
había sido mi voz consciente que quedó mitigada por la misma llamada de ayuda,
“Ayúdame Alex. Ayúdame”.
¿Quién me pedía ayuda? ¿Era yo de forma inconsciente quién me pedía ayuda?
¿Ayuda, para qué?
“Estás soñando tío. Fijo que esto es un puto sueño y vas a despertar con el
sonido del despertador”. Quería creerlo. Necesitaba creerlo, pero sabía que lo
que estaba experimentando era algo muy real y no un sueño.
No sabía cuanto tiempo llevaba allí dando vueltas, pero parecían que habían
pasado horas.
Miré a Mamen que se había movido ocupando el espacio que yo había dejado
libre al levantarme. Descansaba despreocupada ajena a aquel brote
esquizofrénico que estaba padeciendo. Mejor así, no se preocuparía. Ya bastante
preocupado estaba yo.
Quería gritar. Liberar tensión. Pero no podía, alarmaría a Mamen, no quería
que se preocupase.
Durante una fracción de segundo apareció. Esta vez sí lo había visto
claramente. Un destello de luz clara. Lo había visto y no era producto de
ningún reflejo de la calle. Un destello claro que provenía del espejo.
Me acerqué a él en un par de zancadas. Pude discernir en la oscuridad mi
silueta reflejada en la superficie de cristal. Allí había visto el destello.
“Ayúdame Alex. Ayúdame”
La voz sonó como un grito desesperado en mi cabeza. Sentí el impulso de
acercarme más al espejo. El destello volvió a aparecer a escasos centímetros de
mi cara, la cual estaba casi pegada al cristal. Sentí mi propio aliento al
impactar contra aquella superficie.
“¡Ayúdame!” Esta vez la voz era un grito agónico.
Un golpe.
Dí un respingo hacia atrás en el cual casi pierdo el equilibrio. Mi
respiración era agitada. El corazón palpitaba desbocado en el pecho.
El golpe provenía del espejo, pero no de mi lado del espejo. Era ilógico,
tras él solamente estaba la pared y tras ésta la calle, y allí era imposible
que hubiera nadie golpeando la pared.
Vi mi silueta. Al menos lo que debería de ser mi silueta en un mundo
normal. La vi moverse mientras yo seguía a medio metro del espejo quieto. Mi
contorno reflejado comenzó a moverse. En cambio yo estaba paralizado ante lo
que estaba viendo.
El destello volvió a fulgir proveniente del rostro de mi
silueta. Y no fue uno solo, fueron dos brillos de luz blanca.
“Ayúdame Alex a salir”.
Aquella silueta, la mía, me habló. Aquella voz, supe de repente que era la
de la figura del espejo. Mi propio reflejo, mi propia voz. Pidiéndome ayuda.
La silueta llegó hasta el cristal. No había duda, si en algún momento la
tuve, era yo. Mi propio reflejo, que no me reflejaba a mí, el que tendía una
mano hacia delante y la posaba en el cristal.
A pesar de la oscuridad pude ver claramente sus ojos, mis ojos, clamando
por una ayuda que no llegaba.
Increíblemente el reflejo miraba hacia atrás, al reflejo del armario que
estaba a mi espalda, pero yo sabía que la silueta no veía lo mismo que yo. Giró
rápidamente la cabeza. Una mancha oscura que se distinguía perfectamente en la
oscuridad reinante. Una mirada de terror.
“¡Ayúdame! ¡Sácame de aquí! ¡Ya vienen!”
Sentí terror. Ahora era yo el reflejo de la silueta. Sentía su miedo. No
sabía hacia qué había de temer, pero sentía todo el terror que irradiaba su
mirada suplicante, todo el terror que su gesto congestionado mostraba.
Quería ayudar. En mí despertó la urgencia de ayudarle. Me estaba ayudando a
mí mismo. Era yo quién me pedía ayuda. Era absurdo aquello, pero necesitaba
ayudarme. Ayudar al yo del espejo, del otro lado. Pues supe que había un “otro
lado” más allá del cristal.
“¡Ya vienen!”
Aquel llamamiento con voz ahogada resonaba en mi mente una y otra vez.
“¡Ya vienen!” ¿Quién o qué venía que producía tanto temor? ¿Cómo ayudar?
Él, mi yo del “otro lado” me pedía ayuda, pero no podía hacer nada. Un cristal,
un espejo en realidad, nos separaba.
Quizá algo más nos separaba. La realidad era aquella separación. La
realidad que habría de imponerse en algún momento. Aquello era una locura, algo
que no era posible que estuviera sucediendo. Mi voz, la de verdad, aquella con
la que rumiaba pensamientos y deseos en mi mente, me hablaba. Me gritaba
imponiéndose durante instantes al continuo llamamiento de mi reflejo.
“¡ALEJATE DE AQUÍ! ¡TÚMBATE Y OLVIDA TODO ESTO!” Clamaba a gritos en mi
mente.
“¡Ayúdame Alex! ¡Tiende tu mano!” La voz de mi reflejo se
imponía sin necesidad de gritar. Era monótona, ahogada, cargada de pavor.
Borraba de mi mente cualquier injerencia. Me urgía con la cadencia. Me sentía
como hipnotizado. Sentía la necesidad de tender mi brazo, tocar y sentir el
contacto de aquella otra mano posada en el cristal.
“¡Dame la mano Alex! ¡Ayúdame!”
Sin saber lo que estaba haciendo, fui alzando el brazo.
“¡Tu mano! ¡Ayúdame! ¡Rápido! ¡Ya vienen!”
Cada palabra en mi mente la seguía una mirada hacia atrás. Luego terror en
sus ojos y urgencia en las palabras.
Parecía que el brazo me pesara toneladas. Cada movimiento que hacía, era
más lento y pesado que el anterior. Parecía que hubiera una fuerza que no
quisiera que ayudara a mi reflejo, que me ayudara.
Aquel pensamiento se hizo el dueño de mi mente. Dejé de pensar en nada más.
Si ayudaba a mi reflejo, me estaba ayudando yo. Pero en aquel instante no sabía
el por qué necesitaba ayuda. Solamente, tenía el convencimiento más absoluto de
que necesitaba ayuda, yo era el único que podía proporcionársela. El único que
podía proporcionármela.
Unos centímetros más. Casi estaba.
“¡La mano Alex! ¡Necesito tu mano! ¡Ayúdame! ¡Ya vienen!” Miradas
aterrorizadas hacia atrás. Mirada suplicante que se clavaba en la mía. Voz
anhelante de recibir una ayuda. Voz que recriminaba que estaba tardando en
llegar.
Estaba tan sumido en la voz que me instaba cada vez más urgentemente. En
aquella voz que inundaba cada rincón de mi mente, que no me percaté de otros
sonidos que se habían producido.
Unos segundos más. Mi brazo estaba totalmente extendido. Escasos
centímetros separaban la palma que se apretaba en el cristal de la mía. Sentí
una corriente eléctrica, una unión que deseaba ser consumada.
– ¿Alex? –Una voz adormilada con aire de extrañeza-. ¿Qué haces?
Volví ligeramente la cabeza y vi que Mamen se había despertado
incorporándose ligeramente en la cama, la sábana cayó suavemente dejando sus
pechos desnudos al aire. Pero yo estaba más centrado en ayudar a mi reflejo que
en admirar su desnudez.
– Ayudo –me estremecí al escuchar mi propia voz. Pesada, flemática. Pronunciaba
como si tuviera la lengua hinchada. Me costaba hablar. Parecía la voz de un
heroinómano en
pleno “colocón”. También me sentí irritado por aquella
interrupción -. Déjame ayudar. Necesita ayuda. Duérmete.
Como un autómata volví mi atención al espejo.
– ¿Có… Cómo? Alex ¿te encuentras bien? –no la miré pero sabía por sus pasos
en la tarima, que se estaba acercando a mí-. ¿Qué te pasa?
Sentí su aliento en mi cara y el tacto calido de su mano en mi hombro
desnudo. Unos segundos de vacilación.
¿Qué estaba haciendo yo frente al espejo? ¿Por qué esa urgencia de tocar el
cristal? Me sentía extrañamente mareado.
“¡Alex, la mano! ¡Ayúdame! ¡Rápido! ¡Vienen! ¡Vienen! ¡Ya están aquí!” La
voz, mi voz del reflejo me hizo olvidar la vacilación. Me hizo no sentir el
aliento ni el tacto de Mamen. Lo único que sentía era la urgencia, la necesidad
de ayudar.
– Me necesita –conseguí pronunciar a la vez que plantaba mi mano sobre el
reflejo de la mano de mi silueta en el cristal.
Nuestras manos se unieron. Sentí el cristal frío y luego la tibieza de la
piel de la mano que estaba unida a la mía. Era una sensación increíble. Una
corriente eléctrica me recorrió la punta de los dedos de la mano, pasando por
el brazo, bajando y subiendo por el pecho y espalda. No hubo fibra ni nervio
que no fuese recorrida por aquella descarga. Éramos uno. Mi reflejo, el cual
sonreía con aire de triunfo y alegría, y yo que seguía impávido ante el espejo.
Los arabescos que decoraban el marco, me pareció, que cobraron vida moviéndose
por el marco, cambiando su forma y su lugar. Al cabo de unos segundos, aquellas
marcas, que seguían siendo arabescos, habían cambiado completamente. Una
convulsión. Un temblor. Después el sonido de un crujido de cristal rajándose.
“¡SÍ! ¡SÍ! ¡SÍ!” Grité con la voz del reflejo. Era la voz de la victoria,
del triunfo. Lo había conseguido. Había ayudado a mi reflejo. Me sentía
eufórico… Hasta que sentí un tirón brusco que me llevó contra el cristal. Cerré
los ojos esperando el impacto contra la fría y dura superficie, pero el impacto
no llegó. Sentí como si me sumergiera en una pompa de jabón. La sensación de
caer sobre una base de plástico y quedar envuelto en ella para luego
traspasarla, quedando cubierto de aquella sustancia tan maleable que se adhería
a la piel.
Sentí vacío.
Caí de rodillas y me apoyé sobre las manos evitando golpearme la cara
contra el suelo.
Abrí los ojos.
¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? ¿Qué estaba pasando?
“¡Mamen!” Grité completamente desorientado. Me levanté.
Ante mí se abría la nada. Una oscuridad completa. Silencio.
¿Dónde estaba? Me repetía una y otra vez. Aquel lugar no era mi dormitorio.
Miraba con los ojos desencajados.
– ¿Alex? –la voz de Mamen me llego como salida de un altavoz lejano-. ¿Te
encuentras bien?
– ¡Mamen! –mi voz apenas era un murmullo.
La había oído. Pero ¿dónde estaba? Hacía unos segundos sentía el suave
tacto de su mano sobre mi hombro desnudo. Después recordé el tacto de mi mano
sobre el reflejo del espejo.
Sentí un estremecimiento de pánico.
– ¿Ma…Mamen? –oí mi voz tras de mí, igual de lejana y amortiguada que la de
Mamen- ¿Qué ha pasado?
Me giré rápidamente y me quedé paralizado ante lo que veía. Ante mí y cómo
a través de una ventana, veía a Mamen con su mano sobre el hombro desnudo de mí
mismo, pero aquel no era yo. Su mano se apoyaba en la nada, pues nada podía
haber. Su mano se marcaba perfectamente apretada contra algo. Me miraba con la
mirada perdida. Su rostro reflejaba consternación.
– Habrá sido una pesadilla –contestó ella dándole un beso en el hombro. Me
llevé la mano allí dónde se suponía que habría sentido sus labios, pero no
sentí nada – Venga Alex, vuelve a la cama.
Sí, eso era todo, una pesadilla. Ya se había acabado. Mamen, con su voz
pastosa por el sueño, había roto aquel sueño. Volvería a la cama como ella me
había indicado y toda aquella sensación de ubicuidad que se había apoderado de
mí desaparecería. Dentro de unas horas sonaría el despertador, me levantaría y
todo volvería a girar como debía de girar.
Dí un paso hacia delante. Mi imagen con la mano sobre aquel vacío,
continuaba allí, con la cabeza girada viendo como Mamen volvía a meterse bajo
las sábanas.
En unos instantes todo aquello desaparecería. Volvería a estar acostado. Se
me pasaría aquella sensación de que nada iba como debería de ir.
Otro paso. Un par más de ellos y me acostaría. Mi reflejo dejó de mirar a
Mamen y volvió su mirada a mí. Sonrió con una media sonrisa llena de maldad.
“Soy libre Alex. Gracias a ti, soy libre”. Era la voz de
mi reflejo en el espejo. Una comprensión inmediata me hizo caer de rodillas.
“¡Imposible!- Me gritaba yo mismo- ¡Es imposible!” Caí de rodillas en aquel
suelo, aquella superficie de oscuridad total. Sentí las lágrimas inundar mis
ojos y caer en torrentes desesperados por mi rostro.
“Soy libre”. Seguía repitiendo la voz, pero ya no solo en mí cabeza, sino
que envolvía el pesado silencio que me rodeaba.
Me levanté de un salto y con toda la furia que pude acumular, me abalancé
sobre aquella ventana que estaba suspendida en medio del vacío. Cargué movido
por la desesperación, el odio, pero sobre todo por el miedo.
Choqué con violencia sobre la ventana.
Un crujido.
El cristal, pues sabía que aquella ventana era el cristal del espejo, se
había quebrado. Saldría de allí. Saldría de la pesadilla.
Instantes de furor y alegría que duró hasta que sentí un dolor lacerante
descender desde el hombro con el que me había impactado contra el cristal.
Una siniestra risa inundó el silencio.
“Inútil intento Alex –alcé la vista, pues estaba arrodillado en el suelo
caído sobre la fría superficie del cristal, agarrándome el hombro. Sentía un
dolor ardiente y palpitante-. Todos y cada uno de los intentos de salir de allí
te serán estériles. Inútiles. Vanos esfuerzos que te generarán ansiedad. Y
dolor, sobre todo dolor Alex –Moví ligeramente mis dedos sobre el hombro y me
quedé espantado al notar como, lo que suponía que era el hueso del hombro,
sobresalía llamativamente por entre la piel-. Tu hombro se recuperará en breve.
Nada perdura allí más que el dolor. Siempre dolor- y cómo si aquellas palabras
hubiesen sido una orden, noté como mi hombro comenzaba a encajarse en su sitio.
Un inmenso dolor se apoderó de mi brazo agarrotándomelo. Mil brasas ardientes
que hurgaban en mi interior. Un grito ensordecedor salió de mi garganta.
Resbalé por el espejo hasta caer al suelo sintiendo las brasas dentro de mi
hombro. Lloré allí tirado -. Pobre Alex. No hay escapatoria posible. Llorar las
lágrimas de la desesperación solamente será un consuelo breve. Volverás a
levantarte, te lo aseguro. Y serás más consciente de la Nada en la que estás.
No hay tiempo ni espacio allí”.
– ¿Dónde… dónde estoy? –conseguí decir entre hipidos con la voz carente de
emoción.
“Más allá de toda comprensión. Estás dentro y fuera de
éste y de mil mundos. ¿Eres religioso Alex? No contestes, no importa si lo eres
o no, pero sí sabrás que todo cielo, donde estoy yo, tiene su contrario…-no
quería escuchar más. No quería escuchar, pensando que si no lo decía no
pasaría. Me tapé los oídos mientras me ovillaba como protegiéndome contra
golpes invisibles. El hombro me ardía. El dolor persistía-. El infierno. Ese
infierno en el que tú te encuentras Alex”.
Grité como un niño asustado. Desesperación. Dolor. Angustia. Miedo. Ante
todo un miedo visceral y profundo.
“¡No puede ser! –exclamaba con la voz rota de gritar-. Esto es un sueño.
Una pesadilla ¡Mamen, despiértame! ¡Despierta!” Aquél último llamamiento se lo
hacía a mí cordura.
Una carcajada cargada de desprecio retumbó en el vacío.
“¡Patético Alex! Eres completamente patético. Aún piensas que es un sueño.
Durante eones he estado ahí encerrado. He pasado por todos los estados de ánimo
que te puedas imaginar Alex”.
– ¡Quiero…Quiero morir! –Grité mientras me ovillaba más.
“¿¡Morir!? ¡Jamás! La muerte no será la salida. La muerte no tiene potestad
allí. La parca se ha olvidado de ti, al igual que se olvidó de mí”.
El silencio se llenó de aquella risa fría y siniestra. Grité llevado por la
desesperación. Mi cuerpo se convulsionaba por los hipidos del llanto.
Ovillado en el suelo, la cara cubierta por mi brazo sano, un lacerante y
persistente dolor en el hombro, mi voz quedó rota. El grito se convirtió en un
grave ronquido. Mi garganta se quedó sin voz.
Lloraba, al menos me quedaban lágrimas que derramar.
Sin mirar, supe que aquel ser, mi reflejo, mi otro yo, se había alejado del
espejo. Noté, algo así me lo indicaba, cómo se metía en la cama y colocaba su
brazo, el que debería ser el mío, amorosamente sobre la desnuda cadera de
Mamen.
Me revolví en el suelo.
“¡No!” grité con un gruñido, pues en aquello se había convertido mi voz. Me
incorporé con toda la velocidad posible. No podía permitir aquello.
“¡Mamen! –gruñía trastabillando mi entras intentaba recuperar la
verticalidad- ¡Mamen!” El nombre de mi mujer resonaba en el silencio al igual
que en una cueva. Pero no estaba en una cueva. El sonido no rebotaba sobre
pared alguna. Mi voz convertida en un gruñido era clara y llenaba aquel inmenso
vacío.
Aquel ser me miraba desde la cama, tumbado con su brazo
mancillando el cuerpo de ella. Aquellos ojos oscuros, mis ojos, los cuales
había mirado mil veces a través del reflejo de un cristal, me miraban con
regocijo y placer.
Comencé a golpear el cristal con lo puños gruñendo como un animal
enjaulado.
“¡Déjala! ¡Maldito ser! ¡Déjala! ¡Hazme a mí lo que quieras! No… no la
toques –un estremecimiento. Un hipido. Mi gruñido perdía fuerza. Notaba
nuevamente las lágrimas asomando a mis ojos- ¡Mamen!”. Volví a caer de
rodillas. Mis piernas no me sostenían. Mi visión quedó nublada por las
lágrimas. Aunque no dejaba de golpear el cristal, cada vez mis golpes eran más
débiles. Cada movimiento me costaba un esfuerzo inmenso.
Una pesadez cayó sobre mí. Todas mis fuerzas me abandonaron y me derrumbé
en el suelo. Cada miembro de mi cuerpo parecía pesar una tonelada. Me quedé
allí tumbado, inmóvil, paralizado por aquella pesadez que me asfixiaba. Pues
hasta respirar me costaba.
Quería dormir. Era increíble que me sintiera así, pero lo único que deseaba
era dormir. Me olvidé de dónde estaba, de qué había pasado, del impostor que se
hacía pasar por mí, hasta me olvide de Mamen, no sin antes musitar su nombre
mientras cerraba los ojos.
Tac, tac, tac, tac.
Unos golpes. Mi cuerpo era una piedra que reposaba en el suelo.
Tac, tac, tac, tac.
Otra vez los golpes. No quería levantarme. Estaba cansado. “Un poco más,
mamá. Solo un poquito más – Musitaba con la voz pastosa-. Hoy no hay clase”.
¿Mamá? Allí no estaba mamá. Allí no había nadie. Allí estaba solo, hasta la
razón, lo sabía, me había abandonado.
Tac, tac, tac, tac.
Nueva sucesión de golpes. Realmente no quería levantarme. No estaba cómodo,
pero me dolería todo el cuerpo y así, con los ojos cerrados no sentía nada.
No quería abrir los ojos. No quería saber dónde estaba. Quería seguir
dominado por el inconsciente, que al consciente le diesen por culo. La
consciencia solamente traía dolor, pesar, incertidumbre. Quitaba la inocencia y
barría los sueños. Quería soñar. Quería ser Morfeo y vivir en el reino de su
dominio. Que despertase, que fuese consciente quien quisiera. A mí que me
dejasen allí tumbado, como en medio de un estanque, flotando
sin saber, ni sentir nada. Al menos sin sentir por el
momento, pues saber sabía que nada era real.
Miedo que con sus ondas concéntricas perturbaron la paz de mi estanque.
Olas concéntricas provocadas por aquellos golpes constantes, como si fuese una
piedra cayendo sobre la cristalina superficie.
La piedra fue una voz que inundaba todo el silencio.
La pesadez que sentía se fue diluyendo. No tenía energías, pero ya podía
mover los miembros agarrotados de mi cuerpo. Con la consciencia llegó el dolor
de mi hombro, de los puños con los que había golpeado, de mi garganta que se
había quedado sin voz, de mis ojos inflamados de tanto llorar. Pero ante todo,
el dolor de saber que estaba “Allí” fuera donde fuese aquel lugar.
“¿Alex? –mi voz, la de aquel impostor, llenaba el pesado silencio-. Si no
hubiera estado yo ahí, supondría que estás muerto. Pero no puedes morir. Lo sé
bien –un silencio-. Bueno, en realidad no lo sé, nunca he intentado morir.
Siempre he anhelado vivir. Salir de esa prisión en la que me encerraron. Pero
como ya te he dije, la muerte se ha olvidado de ti. ¡Celébralo! Eres inmortal
Alex ¿no?”. Una risa fría
Seguí en el suelo con los ojos cerrados. Sabía que la oscuridad seguía
allí. Mi cuerpo era una masa dolorida, gritaba porque no me moviera. Y no tenía
ganas de moverme.
“¿Alex? –otra vez la voz- ¡Venga levántate! ¿Vas a pasar así la eternidad?
Tienes todo el tiempo del mundo –tono cínico, se notaba que disfrutaba con lo
que veía, pues Alex sabía que el impostor le veía-. Bueno, tiempo sí que tienes,
pero no hay mucho lugar al que ir. La oscuridad es infinita, lo sé bien, he
caminado mucho por ella y nunca he llegado a ningún lado”.
El silencio se llenó con el sonido amortiguado de una silla que se
arrastraba por un suelo de tarima.
Me incorporé, intenté al menos hacerlo, pero simplemente conseguí sentarme
despatarrado en el suelo. Mi rostro, no me hacía a la idea de que aquél no
fuera mi rostro, me miraba con la insolencia brillando en sus ojos, que pude
ver que no eran los míos. Su color sí lo era, pero la mirada… Eso no. Era
profunda, despectiva, lejana, reflejaba dolor, odio, pesar. Reflejaba todo lo
peor de la condición humana.
Me mal sostenía bajo el escrutinio de aquellos ojos. Mi cuerpo era un
constante infierno de dolor.
“Que mal aspecto Alex ¿Te duele? –el impostor estaba
sentado frente al espejo en una silla de respaldo alto que debería de estar en
el salón-. El dolor nunca desaparece. Te acabas acostumbrando. Siempre os
acostumbráis a todo”.
– ¡Déjame! –me sorprendió el tono grave de la voz que salió de mi garganta.
Pinchazos. Me llevé la mano al cuello y haciendo algo de presión para evitar el
dolor hablé- ¿Qué quieres de mí?
“¿De ti? Ya lo tengo. Quería salir y me ayudaste. Bueno, hicimos un cambio.
Yo salgo, tú entras. Además Mamen es una compañera excelente -¡Mamen! La
recordé de golpe. Sentí lágrimas invadir mis ojos. Intenté levantarme, pero fue
un intento lamentable, quedándome de rodillas y mal sosteniéndome apoyado en el
espejo- Que más voy a pedir –su rostro de barba cuidada sonrió con sadismo-. Es
una amante excelente, mejor de las que tuve nunca. Apasionada, entregada,
sumisa cuando ha de serlo, dominadora… ¡Um! Solo de pensarlo…”
Un aullido de furia hizo arder mis cuerdas vocales. No había dolor,
solamente odio, furia, con aquellas emociones comencé a golpear el cristal con
los puños cerrados, sentía como los dedos, las falanges, los nudillos se iban
haciendo añicos con cada golpe. Y con cada golpe en el cristal la piel se
abría, se rajaba la carne y la sangre manaba por los puños cerrados, cubriendo
de marcas chorreantes aquel espacio suspendido en la nada que era el cristal
del espejo.
No sé cuanto tiempo aguante el dolor, pero cuándo hizo acto de presencia,
caí al suelo entre convulsiones. No había manera de mitigar el dolor de los
huesos rotos, de la piel y la carne quebradas. No había modo de mitigar el
dolor por estar allí. Pero más que nada el dolor de saber que aquel impostor
había mancillado el cuerpo de mi esposa.
“Que temperamento Alex. Que furia. Para nada, ya lo ves. Tú sigues allí y
yo aquí. Tú con tus dolores y yo disfrutando de Mamen durante todas estas
semanas –alcé ligeramente la cabeza. ¿Semanas? ¿Había oído bien?-. ¡OH! –dijo
llevándose una mano a la boca fingiendo sorpresa- ¿No te había dicho que el
tiempo es distinto “Allí”? Sí Alex, el tiempo es variable. Algunas veces un
minuto puede parecer años, luego sin embargo, un año puede resultar un minuto.
Te acostumbraras –se levantó de la silla dándome la espalda y alzándola se
volvió hacia mí-, o no. Ahora Alex te voy a dejar, para que tus huesos y
heridas se recuperen y te vayas habituando a sobrellevar el dolor, que además,
Mamen me ha llamado y me ha dicho que quiere que quedemos para comer. Que tiene
algo que contarme”.
Se dio la vuelta y desapareció de mi vista. Agaché la
cabeza y hundiéndola entre los brazos, lloré.
Cuándo las lágrimas se secaron y de mis ojos ya no manaba nada, alcé de
nuevo la cabeza. Manchas de sangre con chorretes oscurecidos por el paso del
tiempo, flotaban frente a mí de forma siniestra.
Mis manos eran masas deformes de huesos a medio juntar y trozos de piel y
carne que seguían abiertas. El dolor se había apaciguado, al menos no me dolían
tanto.
Parecía que comenzaba a habituarme al dolor constante. Del hombro
simplemente notaba un ligero pinchazo. Me incorpore de una forma más estable
apoyándome en la negrura, como si de una pared se tratase, en la que colgaba el
cristal.
A los pies de la cama estaba sentada Mamen. Había cambiado.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Dónde estaba el impostor?
Al mirarla bien lancé un grito de estupefacción. Sentí que mis ojos querían
llenarse de lágrimas, pero ya no había ninguna, se habían secado desparramadas
por el oscuro suelo de aquella prisión. Quería gritar. Pero no tenía voz.
Mamen estaba sentada en los pies de la cama con las manos sobre un abultado
vientre, su rostro, habitualmente bien proporcionado, se encontraba un poco más
redondeado. Su mirada brillaba de alegría.
Deseé sentir todo el dolor físico posible, para no sentir como se me
desgarraba el alma, si aún me quedaba algo de ella.
Mamen se puso de pie y colocándose cara al espejo se miró, acariciando con
calidez su abultado embarazo.
Grité sin voz. Un murmullo. Un ligero aire saliendo de mi garganta. Alcé
las manos y las apoyé sobre el cristal.
“¡Mírame! –gritaba en silencio- ¡Mamen, soy yo! ¡Él es un impostor!”
¿Cómo podía haberme traicionado así? Aquel ser no era yo ¡No era yo!
Mi mente se inundó de imágenes de ellos envueltos entre las sábanas, Mamen
jadeando bajo las embestidas suaves de las caderas del impostor. El frotar de
labios sin aliento que ansiosos se buscaban. Desesperados de colmarse, de
llegar al límite. Miradas de pasión reflejadas en el frío cristal. Vaivenes
impacientes. Jadeos que se convertían en un grito azorado hasta alcanzar el
clímax. Después sus cuerpos entrelazados sobre las sábanas, observándose en el
espejo. “¿Cómo no pudiste darte cuenta? Él no soy yo Mamen. No… so… soy yo”. Un
gemido escapó de mí.
Pero, y por mucho que me doliera, ella no me había
traicionado. Él, aquel ser que había robado mi vida, estaba allí siendo yo.
Mamen miraba su reflejo con una inmensa alegría en los ojos, no a mí. Yo no
era visible. No existía. Ella ya estaba conmigo, no me buscaría. Para ella yo
estaba allí. No me había ido. No me habían robado al menos siete u ocho meses
de nuestras vidas.
Se acercó con pasos decididos al espejo.
¿Me había visto? ¿Podía verme? Grité con la voz que pude reunir. Golpeé el
cristal intentando llamar su atención.
Ella se acercaba y mientras una mano la tenía apoyada en su vientre, la
otra la llevaba estirada hasta que tocó el marco.
La oscuridad se sacudió.
Mamen miraba el cristal. Supe que no solamente veía su reflejo. Miraba más
allá, veía a través del cristal. Lo supe. Quería que así fuese. Lo deseaba.
La oscuridad, como si una válvula se hubiera abierto, se fue diluyendo.
Escapando por aquel invisible agujero.
Mi esperanza, que comenzaba a renacer en mi maltrecho cuerpo, se apagó al
escuchar la voz llenando la oscuridad que se iba haciendo más tenue.
“¿Sabes qué Alex? Me siento benévolo hoy -¿Cómo era posible? El impostor no
estaba allí ¿cómo escuchaba la voz? Sentí un pánico indescriptible al ver que
eran los labios de Mamen los que se movían. Sentí que la ira barría cualquier
otro sentimiento que pudiese albergar. “¡Ella no! ¡No! ¡No! ¡No!”-. Mírame Alex
¡Estoy embarazado! Dame la enhorabuena ¿no? La primera vez en mi eterna vida
que voy a dar vida a otro ser, en vez de quitársela que es lo mío –mientras el
ser hablaba se acariciaba suavemente el abultado vientre-. Pero ¿sabes una
cosa? No, creo que no voy a traer ninguna vida a este mundo. Menos una vida que
yo haya engendrado –la ira iba fluyendo indómita por mi cuerpo. El dolor quedó
relegado, el cansancio y el miedo se fundieron ante las llamas que recorrían mi
cuerpo. Golpeé el cristal. Sentí que algo cedió ante mis puños. Una grieta.
Ligera y apenas invisible, pero allí estaba-. ¡Huy! Alex, estás más cerca de
salir. He sido bueno. Me aburría verte ahí tirado, entre convulsiones por el
dolor. Eras aburrido. No hacías nada, solamente estar inconsciente, mientras yo
me follaba a tu mujer. Que pena que no lo hayas visto. Me decía que he mejorado
mucho en la cama, y la verdad es que viéndote ahí a ti, no me extraña. Eres
aburrido. El peor de los inquilinos del espejo. No has luchado. Ni te has
movido… Lloros y gritos. Gritos y lloros y alguna vez un golpe o dos. Nada más
¿Así querías salir de la negrura? ¿Te
rendiste antes de luchar? Normal que Mamen no te haya
echado de menos. No vales nada. A veces, la gente que rodeaba a quien
suplantaba, poseía, llámalo como quieras, sí notaban diferencias. Pero Mamen,
al contrario, me decía que menudo cambio a mejor había dado –grité con la voz
que pude acumular. Ira. Deseaba destruir. Romper, incluso matar. Golpeé de
nuevo el cristal. Un crujido claro. La grieta se hizo más grande. Otro golpe.
Esquirlas de cristal saltaron hacia el exterior. El impostor de Mamen dio un
par de pasos hacia atrás-. Vamos Alex ¡Vamos! Te estoy regalando la libertad.
Te entrego tu deseo de venganza ¡Venga ya! ¡Rompe el cristal! ¡Destruye nuestra
prisión! Hazla trizas con tus débiles golpes Alex ¿no puedes? ¿te ayudo? –dijo
mientras estrellaba su puño contra el espejo. Pequeños trozos de cristal se
quedaron entre sus nudillos por los cuales comenzó a gotear sangre. Se miró la
mano con una sonrisa en la cara-. Vaya, la preciosa mano de Mamen está cortada.
Lo que va a dolerle”.
– ¡No! –grite con toda la fuerza de mi voz. Ya no había dolor en la
garganta. No había nada más que la determinación de partir aquel cristal-
¡Déjala! ¡Sal de ella! ¡Déjala!
Gritaba mientras veía como el impostor volvía a golpear el cristal. Las
heridas se abrieron más. Más sangre. Más cristales incrustados en aquellas
dulces manos que anhelaba acariciar. El Impostor sonreía.
“¡Vamos Alex! ¡Vamos! ¿Necesitas más ayuda? Te dije que no quería dar vida
¿verdad? ¿Lo recuerdas? Verás como voy a lograrlo”.
Me sentí paralizado durante unos segundos, no comprendía de lo que hablaba
el impostor. ¿Qué iba ha hacer?
Grité con todas mis fuerzas al ver que iba dando pasos hacia atrás ¡No
podía ser! ¡No! ¡No! ¡Para! ¡Para!
El cuerpo de Mamen se abalanzó contra el espejo impactando frontalmente
contra él. Tras el golpe cayó al suelo. Yo estaba paralizado por el horror.
El cristal se llenó de grietas tras el impacto.
El cuerpo de Mamen yacía entre pequeños trozos de cristal y sangre en el
suelo.
Grite. Aullé movido por la furia. Golpeé y con cada impacto, los trozos de cristal
que caían eran más grandes. Fisuras por las cuales sentía una ligera brisa, se
abrieron por toda la superficie del espejo.
Mamen se levantó tambaleante.
Temblé de terror. Aquella no era Mamen. Mi mujer no. Era otra cosa. Un ser
de pesadilla salido de lo imposible. Estaba plantado frente al espejo, con el
pelo revuelto y apelmazado por la sangre que manaba de la frente. Trastabillaba
frente a mí.
“¿Has visto Alex? He hecho más con este golpe, que tú con
todos los que llevas. Te falta poco ¿eh? Y te preguntarás ¿por qué me libera y
me ayuda? Me aburro mequetrefe. Me gusta veros sufrir. Me gusta haceros sufrir.
Sois débiles. Frágiles. No sois nada”.
El impostor volvió a alejarse del cristal. Se volvía a preparar para
lanzarse contra el espejo. Quería gritar, pero mi voz no sería escuchada. Aquel
cuerpo no era Mamen, era el impostor, no atendería mis súplicas. Pero aún así
no iba a permitir que lastimase más aquel cuerpo. No podía.
Retrocedí unos pasos y cogiendo aire me lancé contra aquel fantasmal
agujero que se abría en la nada.
Dolor. Cristales rasgando piel y carne, cortando y clavándose. Sangre
fluyendo a través de los cortes. Aire libre, fresco. Un suelo de tarima lleno
de grandes trozos de cristal. Más sangre.
– ¡Vaya! Por fin has pensado Alex. Enhorabuena.
La voz ya no resonaba en el espacio, sino que llegaba como siempre a través
de mis oídos. Me puse en pie como pude. Me sujete a la cama para permanecer
erguido.
– ¡Devuélveme a Mamen! –conseguí decir.
– ¿Devolvértela? –una carcajada- No Alex. Ella es mía. Y este ser que aún
vive aquí dentro, también es mío para hacer lo que quiera con ellos.
La furia volvió a arder. Me abalancé sobre el impostor y caímos al suelo.
Las uñas me arañaban la piel, golpes que impactaban en la sien y en la cara,
pero no había dolor. Solo había odio y sed de venganza.
Entre forcejeos conseguí asir la garganta del impostor. Intentó zafarse,
pero el cuerpo que poseía era débil contra mi complexión. Apretaba aquel cuello
que había besado en decenas de ocasiones. Comencé a llorar por estar haciendo
aquello, pero era necesario. Me libraría de él para liberarla a ella.
Gemidos ligeros escapaban de su garganta, se estaba asfixiando. Le estaba
ahogando.
– ¡Devuélvemela! ¡Devuélvemela! –gritaba mientras apretaba más y más.
“¡Jamás! Es mía. Sois míos”. Una carcajada fría.
– Alex…Suelta…suéltame –Aquella voz. Aquella voz entrecortada falta de aire
era la de ella. Mamen- Suelta.
“¡Suéltame! ¡Vamos cobarde! ¡Suéltame! Lloriqueo ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Vamos!
¡Suéltame!”
No era la voz de Mamen. Ella no estaba. Era un engaño.
Era todo mentira. Era la voz de él. Quería huir. Robármela y seguir mancillando
su cuerpo, su alma, su mente con sus mentiras. Quería que sufriera. No lo iba a
permitir ¡No podía permitirlo!
“¿Esa es toda tu fuerza? –se mofaba- Normal que gozase más conmigo. Que
pena que no la oyeras ¿No nos oías? Que lástima. Gritaba enloquecida. Eran sus
mejores orgasmos. Y no era contigo con quién disfrutaba. No eran tus manos la
que la llevaban a la locura”.
– Alex… -un voz convertida en un ronquido apagado-. Alex…Al…
Voces entremezcladas. Voces diferentes que querían cosas distintas. Voces.
Una la escuchaba en mi mente, la otra por los oídos, pero ambas confluían en
una mente que no escuchaba. No podía escuchar. Las palabras eran el arma con el
que se defendía el impostor. No haría caso. Aquel ser buscaba confundirme.
– Mamen –musité entre dientes-. No eres tú. No lo eres.
Unos instantes. Un segundo más y su cuello se quebró bajo la presión de mis
manos. La cabeza cayó fláccida al suelo. Las manos que apretaban mis muñecas
cejaron de su presión y delicadamente se arrastraron hasta caer. El cuerpo que
se debatía por un poco de oxígeno bajo el mío, quedó exánime tras el último
aliento.
Todo había terminado.
Miré aquel rostro que tantas veces había observado maravillándome con su
belleza y mis lágrimas cayeron sobre ella.
Había terminado. Ella volvería. Esperaba que volviese a abrir los ojos. Que
mirase con incomprensión y preguntase que estaba pasando. No sabía que la iba a
contar, pero estaría junto a ella. Estaríamos juntos y podríamos hablar. Pero
ella no abría los ojos.
¿A dónde la abría llevado? ¿Estaría encerrada tras otro espejo? ¿Estaría
atrapada en aquella oscuridad? Intenté levantarme. I
La buscaría. Golpearía cada espejo de la casa. Cada espejo de la ciudad.
Tenía que encontrarla. No quería que pasara ni un minuto más encerrada en aquel
vacío.
Me aupé hasta la cama y me quedé sentado en ella. No podía ponerme de pie.
Tras la ira, cuándo sus llamas se apagaron, llegó todo el dolor, el cansancio
repentino tras haber consumido todas mis energías en aquella explosión de
violencia.
“Vaya, vaya, vaya…-No podía ser- ¿Ya está? ¿Así terminas? Que lástima, de
veras. Me gustaba esta mujer”.
– ¡Calla! –grité mientras intentaba cubrirme los oídos con las manos- ¡Cállate!
¡Estás muerto! ¡Muerto!
“¿Muerto? –apretaba con fuerza, pero el sonido se
originaba en el interior de mi mente. Algo no iba bien. Un “clic” de
comprensión. Algo se encendió en mi interior. Terror. Incomprensión. Pánico-
Soy inmortal Alex. Un ser como tú. Un insecto, no puede hacerme nada. Te dije
que no iba a dar a luz. Un ser como yo no da vida. Las quita. No me escuchas.
Nunca lo haces. Y ahora, mira lo que has hecho”.
Miré. Mamen yacía sobre un charco de sangre y cristales. Su mirada sin vida
reflejaba miedo e incomprensión. Caí de rodillas a su lado. Agarré su mano
exangüe y la llevé hasta mis labios.
“No va a volver Alex. Te la has llevado. Que pena. Te dije que el dolor no
iba a desaparecer. No va a volver”.
– No va a volver –conseguí articular aquellas palabras antes de que un
gemido se convirtiera en un grito de dolor- ¡No! ¡Mamen! ¡Mamen!
Caí sobre su cuerpo, levantándolo, acunándola en mi regazo. Mi cabeza se
hundía en la curva de su cuello. Mis lágrimas humedecían su piel. Mi voz era un
aullido de dolor, culpa, desesperación.
Una carcajada terrorífica, maliciosa, ensordecedora se impuso a mi lamento,
a mi grito. A mi razón.
No sé que paso después de aquello, ni cuánto tiempo transcurrió. Solamente
recuerdo una poderosas manos que me arrancaban del cuerpo sin vida de Mamen.
Luego brumas de inconsciencia y lucidez demencial.
Un juicio en el que se dijo que había perdido el juicio en los últimos
meses. Que Mamen me tenía miedo, que había pedido el divorcio, que me había ido
hacía unas semanas. Una vecina había llamado a la policía alarmada por los
gritos.
Yo no hablé. No dije nada. No estaba allí más que a ratos. El resto del
tiempo estaba junto a Mamen, sosteniendo su cuerpo laxo, sin vida sobre mí. El
impostor me hablaba, no le escuchaba. Se reía, disfrutaba de lo que estaba
viendo.
“Esto es más divertido que verte en mi prisión”.
Me condenaron a una institución mental.
Y aquí estoy, más tiempo bajo los efectos de los narcóticos que lúcido
Sabiendo que maté a la persona que más he querido nunca. Esperando la muerte.
He intentado acabar con mi vida, pero siempre lo han evitado.
El impostor, de vez en cuando, viene a torturarme con sus palabras.
“La muerte se ha olvidado de ti
Alex. Estoy libre gracias a ti ¡Gracias a ti! ¡Libre!”