Movió su farol tres veces y lentamente apareció la goleta. La niebla la fue dibujando mientras se iba acercando. Se dibujó una sonrisa en su rostro. Por fín había logrado lo que se había propuesto. Tras tanto tiempo y tantos sacrificios, podría observar al afamado Capitán Tory. Había crecido con sus aventuras, a través de los libretos que narraban sus aventuras y desventuras. Diempre soñó con enrolarse en aquella goleta: Sueños de Libertad. El farol colgaba de sus temblorosas manos. La luz de aquella roja llama comenzaba a extinguirse. «¡No! Ahora no te apagues maldito candíl. He pagado mucho. Demasiado para que alumbraras. No, no te apagues». Se decía mientras miraba nervioso la proa de la goleta que iba tomando forma y la cada vez más exigua llama roja de aquel farol. – Aguanta un poco más. Solamente un poco. Susurro con voz plañidera mientras la llama cada vez era más minúscula. Miraba con desesperación hacia la niebla. Solamente debía de aguantar la llama hasta que el barco hubiese salido del todo. Ya veía el trinquete y las velas de cuchillo tan negras como la noche que cubría la ciudad. La llama moría a cada instante. Su desesperación era cada vez mayor. Tan cerca y tan lejos. Ya comenzaba a oír, un murmullo entre los ruidos etílicos de las tabernas del puerto, los acordes de la fantasmal canción que el Capitán Tory cantaba desde la proa. Un poco más. Rogaba un poco más de tiempo. Un poco más, nada más y se embarcaría en El Sueños de Libertad para salir de aquella maldita ciudad de plomizos cielos debido a la perpetua niebla y a las nubes de humo procedentes de las cientos de fábricas en las que se veía obligado a trabajar por un miserable sueldo, que no le daba casi ni para comer. Soñaba con vivir las aventuras, que había leído de niño, junto al Capitán y toda su tripulación. Navegar no solamente por los siete mares, sino más allá de ellos, de este mundo. El Negro Océano. Así se llamaba o eso recordaba de aquellas historias de penique. El mar que separa el mundo de los vivos del de los muertos. Ahí es donde por motivos de una maldición, vaga El Sueños de Libertad con el Capitán Tory buscando la redención… Él ansiaba enrolarse en aquella goleta. Navegar por aquel oscuro lugar. Aquél Londres no era su sitio. Él pertenecía a aquel lugar que describían aquellos libritos que guardaba en los bolsillos. Tanto esfuerzo. Tanto sacrificio. Hambre. En la habitación compartida con Joe «el mudo» y Harvey Smith, soñaba con alejarse de todo y de todos. De sus burlas por no ir a las tabernas con ellos y quedarse leyendo a la escasa luz de una vela. De sus golpes, vejaciones. Cuantas lágrimas no había derramado. Y ahora, tras tanto esfuerzo para conseguir pagar el precio exigido, la roja luz del farol se iba. La goleta iba ganando terreno a la perpetua niebla de la ciudad. Musitaba una queda oración al dios que le quisiera escuchar. – No te apagues. No te apagues. No te… Se apagó y con ella la goleta quedó envuelta en la más espesa de las nieblas. Solamente quedaban los ruidos propios del puerto y algún gemido de un amor pagado. Cayó de rodillas en la carcomida madera con el farol en la mano, de la cual una gota de sangre medio seca resbaló hasta el suelo. Se quedó mirando la minúscula mancha de aquel combustible para el mágico farol. Combustible, sangre de una virgen, que le había costado más dinero de lo que se podía permitir. Pero cualquier precio era poco si podía cumplir sus sueños. Aquél mago le dijo que el farol tenía la propiedad de guiar entre las brumas del Negro Océano a la goleta del Capitán Tory. Él lo creyó. Tenía que creerlo. Lo había leído, no de joven cuando eran historias de aventuras y descubrimientos. Lo descubrió más tarde, cuando el Capitán Tory vendió su alma y su barco, en historias más oscuras, lejos del infantilismo de las anteriores. El Farol Guía le llamaban. Era un farol maldito y únicamente prendía con sangre, pero no cualquiera. Una sangre pura, sin mácula. La sangre de un niño o niña vírgenes. El precio pactado fue exagerado pero al final, quedándose sin comer muchas veces, pequeños hurtos y vendiendo incluso su virtud, ya robada por sus compañeros de habitación, había conseguido pagar lo estipulado. Y ahora estaba ahí, tan cerca de haber embarcado, con el farol en la mano y la desesperación en el cuerpo. Una ira creciente iba apoderándose de él. Quería estrellar el farol contra el suelo, partirlo en mil pedazos y que cada uno de ellos se volviesen las monedas que le había costado. Pero era imposible. Aún, con la ira inundándole, supo que no podía. Se levantó lentamente ayudándose con las manos, cualquiera que le viera pensaría que era un borracho que se había caído y se estaba irguiendo agarrado a su botella, él a su farol. Avanzó por entre los edificios del puerto tambaleándose por la ira y decepción. Anduvo sin fijarse por dónde iba y con quién se cruzaba, hasta que se dió de bruces con una joven meretriz. – Por unos chelines te entrego mi amor -dijo mientras se levantaba la falda mostrándole su velludo y sucio sexo. La decepción y la ira bullía en su interior. Se sentía engañado. Estafado. Un pobré desgraciado al cual la vida no hacía más que darle reveses. Deseaba ser él el castigador y no el castigado. No vio los encantos de la mujer. No vió ni siquiera a la mujer, solamente sintió su mano sobre su brazo y la ira se desató con un fuerte empujón que lanzó a la joven al suelo encharcado. – ¡Una virgen! -la espetó a gritos- ¿Eres una virgen? La joven, lejos de sentir miedo ante los arrebatos de otro borracho que no sabía lo que buscaba en aquellas frías noches, se alzó más la falda, sintiendo el frío y la humedad en las nalgas. – Por unas monedas soy lo que quieras que sea. Una virgen de lo más pura que puedas encontrarte si es lo que deseas. No escuchó nada y siguió con su paso tambaleante. – ¡Eh! -dijo la joven levantándose del suelo con el cuerpo y la ropa empapados-. Mira como me has dejado. Tendrás que recompensarme, que de esta forma ya doy la noche por perdida. Él no escuchaba nada. Ningún sonido del exterior. Solamente escuchaba sus lamentos y frustraciones interiores. No escuchó los pasos apresurados de ella tras él. Casi ni noto su húmeda mano en el hombro. – No te hagas el sordo… Se volvió rápidamente y asiéndola por el brazo la gritó a escasos centímetros de su cara. – ¡Virgen! ¡Una virgen! La estaba haciendo daño. La joven se asustó. Aquel tipo borracho no estaba bien. Un enfermo. Un loco. Sintió algo parecido al miedo, pero llevaba mucho tiempo en la calle y ya no temía a casi nada. De forma suave, se llevó una mano hacia la espalda, allí tenía un bolsillo oculto, dónde aparte del dinero ganado, guardaba algo más. La joven no apartaba la mirada de aquellos ojos opacos que no transmitían nada más que frialdad. Sintió la calidez del marfil de la empuñadura de su cuchillo en la mano. Lo extrajo en un rápido movimiento intentándolo colocar en el cuello de aquel beodo. Pero fue más rápido de lo que ella podía suponer, pues él no estaba embriagado de alcohol, sino por la ira y la furia. Con un movimiento más rápido y ágil que el de ella, consiguió quitarle el cuchillo. Ahora el marfil de la empuñadura estaba cálido y húmedo. Vio en ese cuchillo su oportunidad de descargar su ira contra el mundo que representaba aquella joven. Vengarse de todo mal que había vivido. Desquitarse del mago que le había engañado al asegurarle que aquella sangre sería suficiente. Le temblaba la mano con la que sujetaba el cuchillo, el farol había caído al suelo y rodaba ligeramente con sonido metálico. Él no veía a la joven con pánico en la mirada y en la voz. – ¡No! ! Déjeme! No me haga nada… No escuchaba los gritos de terror y ayuda que prefería la joven. Solamente veía el rostro viejo y descarnado del mago, el rostro sonrojado por el alcohol de Joe «el mudo», la cara picada de viruela de Harvey Smith y sus carcajadas. La mano le temblaba pero el cuchillo penetró en la carne de todos ellos sin problemas. Seguía temblando con la segunda y tercera puñalada. Luego dejo de temblar y el cuchillo salía y entraba automáticamente, mientras la sangre le empapaba las manos, los brazos, la cara. No había más sonido que el de la hoja cortando tela, piel, carne y tendones. Descargó su ira contra aquel cuerpo que cayó al suelo en medio de un charco de oscura sangre. Sangre que en forma de canalillos, llegaron hasta el candil que seguía rodando lentamente en el sucio suelo. Él estaba sentado, agotado y con el brazo dolorido, en un trozo seco del suelo, cuando sintió renacer un brillo rojo. – ¡No puede ser cierto! -musitó para sí mirando la luz que empezaba a brotar del farol. Se levantó lo más rápido que pudo y agarrando el farol corrió sin preocuparse del cuerpo tendido de la joven, sin darse cuenta de los borrachos que dormían en el suelo, sin notar algún que otro empujón que dio y recibió, de la parroquía que deambulaba por la zona del puerto. Solamente corría movido por la desesperación. La llama, aunque brillase roja, era tenue. Sería suficiente, pero no sabía por cuánto duraría encendida. Llegó al muelle y movió por tres veces, tal y como le había indicado aquél mago, el farol. Fueron movimientos rápidos y seguros. Anteriormente fueron dubitativos, pero ahora sabía que funcionaba. Al realizar los movimientos pertinentes, dejó el farol en el suelo y se quedó agachado recuperando el resuello tras la frenética carrera. La luz roja seguía prendida. Pasaron varios segundos que se le hicieron largos como horas. Pensó que no servía, que El Sueños de Libertad no acudiría a su llamada. Que la luz del farol era insuficiente. «Una virgen o mil. Tendría que haber sido una virgen…» El sonido del crujir de maderas le cortó todo pensamiento. Alzó la mirada y vio como la niebla, al igual que la vez anterior, iba liberando la goleta que él esperaba. Se sujetó fuertemente de las maderas y levantó el farol lo más alto que pudo para que el Capitán Tory lo viese y supiese que estaba allí. Sonrió sinceramente desde hacía mucho tiempo. Casi se le había olvidado aquella sensación. Esperó escuchar la fantasmal canción, ahora el puerto estaba en silencio. Los últimos rezagados ya dormían su sueño etílico donde buena mente pudiesen. Las prostitutas se habían retirado a zonas del interior de la ciudad. Las tabernas ya habían cerrado. Solo él quedaba en aquel muelle destartalado del Támesis. Esperó. Pero la canción no la escuchaba. La niebla no había liberado más que el mascarón de proa. Ya no se retiraba. La goleta se había quedado varada entre los dos mundos. Miró el farol y con horror descubrió que la llama apenas iluminaba sus dedos. Miró alrededor. No había nadie. Sin pensar, dejó la lámpara en el maderamen húmedo y corrió. Necesitaba sangre. Ese era el combustible que la lámpara anhelaba. Sangre y como no era de virgen necesitaba más cantidad. Y sabía que aún el cuerpo de la chica tendría suficiente, eso esperaba, hasta que la goleta hubiese emergido de la niebla que la atrapaba. Sintió pánico, no por que le descubrieran, no había nadie. Pero no recordaba donde estaba el cuerpo de la prostituta. Se detuvo y busco con ansiedad entre las callejas de los edificios del puerto. Pasaban los minutos y con ellos aumentaba su desesperación. ¿Seguiría brillando el farol? ¿La niebla habría liberado ya la goleta? Sabía que toda respuesta era negativa. Necesitaba encontrar aquel cuerpo abandonado en un charco de sangre. Pasaban los minutos y los callejones se iban acabando. La noche transitaba lenta pero inexorable hasta el el alba. El tiempo pasaba y comenzaba ya a escasear. Jack quería gritar, pero no tenía tiempo para ello. Entró en otro callejón más oscuro que la noche. Tropezó cayendo de bruces encima de un charco frío y denso. Golpeó con ira al motivo de su caída. Sonrió, completamente empapado, al notar que lo que había golpeado no había sido ningún palo o barra de madera tirados, sino una pierna a medio cubrir por una falda. Se levantó apoyándose en aquella pierna y con dificultad, vislumbró el rostro contraído por la muerte de la prostituta. La levantó en brazos y así salió de la oscuridad del callejón a los claroscuros de más callejones y edificios. Se descubrió cubierto, no sólo de agua, también de la espesa y tibia sangre de la chica. Se asustó por un instante. – ¿Y si ya no tienes sangre? -musitó mirando el blanco rostro, colgando de su brazo, de la mujer-. ¡No! Tienes que tener más. ¡Debes de tener más! Y corrió, esta vez completamente consciente de hacia dónde iba. El cuerpo sin vida de la joven era enteco, más hueso y piel que carne, pero aún así para él que no era muy corpulento, le costaba trabajo avanzar. Tardó más de lo deseado en llegar. La última y moribunda luz del farol se apagó. Jack, por segunda vez, pudo ver cómo la niebla volvía a engullir lo poco del casco de la goleta que se había liberado. Lanzó el cuerpo al suelo y arrodillándose él, cogió el farol y con las manos llenas de sangre lo frotó. Una débil llama roja, como la sangre que hacía de combustible, comenzó a brotar. Jack miraba alternativamente la niebla y el farol. Pero no se producía cambio alguno. La llama brillaba con más intensidad, pero la niebla no se disipaba. – Más sangre -dijo mirando a la llama-. ¡Maldita llama! Más sangre necesitas. Y agarrando la empuñadura del cuchillo que sobresalía del pecho de la prostituta, abrío en dos el torso, sumergiendo las manos en el interior del cuerpo. Poco a poco fue arrancándo los órganos y tirándolos al suelo junto al farol, mientras la sangre fluía y se perdía entre las tablas del muelle sin que él se diera cuenta. Jack fue cortando trozos de estómago, tripas, corazón…intentando alimentar la llama con ellos. Pero la llama no brillaba, por más que lo intentaba, con más intensidad. En su desesperación, asío con violencia el farol y lo introdujo en el cuerpo de la joven con un grito de frustración y rabia. -¡Eh! ¿Que está haciendo? Jack alzó la vista hacia la voz que gritaba en la distancia. Una figura de alto gorro se acercaba corriendo blandiendo una porra en su mano. Jack vio que era un bobbie que le había visto. No le podían atrapar. Estaba tan cerca. La llama roja brillaba con fuerza. «Maldita sea!» Se dijo mientras se levantaba sin soltar el farol y comenzaba a correr dirección al laberinto de edificios y calles de aquella zona. – ¡Alto! -gritó el polícia. Pero Jack continuó corriendo sin mirar atrás, esquivando todo obstáculo que hubiera en su camino. La furia ardía como llamas del infierno en su interior. Había estado tan, tan cerca. Pero ya sabía lo que tenía que hacer. Un silbato sonó tras él. El policía había descubierto el cuerpo destripado de la prostituta. En unos segundos otros silbatos llenaron el silencio de la noche. Jack corría ya sin resuello. Le ardía el pecho y comenzaba a sentir calambres en las piernas, pero no podía detenerse. No podía dejarse atrapar. Ahora no que estaba tan cerca de cumplir sus sueños. Cuando al fin detuvo su carrera, Jack cayó al suelo sin respiración y se quedó allí varios minutos para recuperarse. Y allí, completamente abatido, lloró toda la rabia y frustración que había sentido. Poco a poco la noche comenzaba a dar paso al día y los trabajadores de los primeros turnos, comenzaron a circular por las calles cabizbajos sin reparar en aquel tipo, seguramente borracho, que estaba durmiendo tras una noche larga de diversión gastándose lo poco que ganaba en el día. Jack poco a poco se fue recuperando. «¿Qué ha salido mal? ¿El qué?» Se preguntaba mientras se incorporaba y mirada al apagado farol. Intentó recordar cada detalle de la noche, pero una bruma cubría los recuerdos, excepto aquel de la llama brillando en el interior del cuerpo de la joven y que la goleta no había aparecido. «¡Maldito idiota Jack! ¡Maldito idiota estás hecho! Los movimientos del Farol Guía, no los hiciste imbécil. La llama brillaba pero no hubo movimiento alguno». Se golpeó con cierta violencia un lado de la cabeza al percatarse de lo que había salido mal. Anduvo con paso vacilante intentándose apartar de toda persona con la que pudiera cruzarse, ya que aunque pudiese pasar por un borracho, su ropa y su cara estaban cubiertas de sangre. Al fin llegó a a habitación compartida. Sus compañeros ya habían salido hacia su puesto en la fábrica. Él no tenía intención alguna de ir. Quería descansar y calmarse. Planear lo que iba a hacer por la noche. Por fin se enrolaría en El Sueños de Libertad. Se quitó la ropa y la metió en un caldero de agua hirviendo para quitar toda la mugre y la sangre. Mientras él se lavó en la sucia jofaina que compartían los tres hombres de la habitación. Al cabo de unos minutos, sacó la ropa casi limpia de sangre y la colgó para tenerla seca para la noche. Cuando al fin iba a meterse bajo las roídas mantas del fino jergón, la puerta de la habitación se abrió súbitamente. Jack se alarmó pensando que eran los policías que le habían visto y reconocido. Pero no eran bobbies, eran sus compañeros de habitación. – ¿Que hacéis aquí? -preguntó mostrando más valor del que sentía. – Huelga, eso es lo que pasa -respondió Harvey Smith-. Y como no tengo ganas de que las fuerzas de su majestad me partan la cabeza, hemos decidido venir y descansar. ¿Y tú? No has venido en toda la noche. ¿Qué? ¿Decidiste divertirte por una vez? – ¡Sí! Estuve con una mujer en el puerto. – ¿Una ramera del puerto? – ¡No! -respondió con sarcasmo-. Una dama de alta sociedad loca por probar la verga de un simple obrero. ¡Pues claro que una ramera! – Entonces cuéntanos lo que pasó en los muelles anoche -dijo mientras se sentaba a los pies del jergón y Joe «el mudo» se tumbaba, sin importarle nada, en su propio espacio. – ¿Lo que pasó? -dijo con fingida sorpresa- ¿Te lo he de describir? Pues le dí unas monedas, se levantó la falda, me bajé el pantalón… – ¡No me refiero a eso idiota! -dijo mientras le daba un bofetón, el cual le dejó la cara colorada-. La prostituta muerta. – ¿Que prostituta? -respondió mientras se masajeaba la zona de la cara que Harvey le había golpeado. – Una ramera ha aparecido muerta de una forma horrible. Dicen que sus intestinos estaban esparcidos por todo el muelle. Está toda la policía del distrito buscando al culpable. Uno de esos payasos vio al asesino, pero estaba tan gordo que no pudo correr suficiente para atraparle. Está toda la zona llena de polizontes con ganas de detener a alguien. – Pues no sabía nada. «¡Maldita sea!» Pensó. «Maldita fortuna. Intentaré está noche invocar el barco, pero no va a ser nada fácil. No puedo esperar más. Quiero irme. Quiero desaparecer. No puedo más». Intentó dormir, pero la ansiedad creciente, se lo impedía. Se quedó tumbado en el jergón viviendo una jornada de inusitada tranquilidad, escuchando los ronquidos de sus odiados compañeros. Hubiera preferido estar solo, pero sin los gritos de Harvey Smith y los golpes de Joe «el mudo», era lo más parecido a estar solo. Transcurrió el día con demasiada lentitud. A través de la escueta puerta escuchaba las vociferante huestes proletarias protestando por las cada vez peores condiciones laborales. Jack hubiera estado ahí sino fuera porque él ya no le importaba este mundo, ese mundo al que había pertenecido demasiado tiempo. Se removía inquieto esperando. Intentó distraerse con alguna de las historias, que aunque se las sabía de memoria, le hacían sumirse en un mundo distinto, tan alejado de aquellas miserables calles. Pero solo le producirían ansiedad. Más aún. El día, complaciéndose con su nerviosismo, decidió alargarse hasta el infinito. Estaba agotado. Exhausto tras una noche llena de emociones y carreras. Revivió el tacto de la empuñadura de nácar de cuchillo y la sensación, ligera, de resistencia de la carne mientras la hoja afilada clavaba y cortaba. Nunca había matado. Nunca pensó que mataría. Pero aquella sensación de clavar y clavar le resultó tan excitante, que notó una creciente erección. Y bajo los influjos de aquellas oleadas placenteras, comenzó a darse placer. Primero de forma suave, sosegada. Pero a medida que los recuerdos se aceleraban y rememoraba la velocidad con la que clavaba y cortaba el cuerpo de la joven, su excitación fue a más y sus movimientos eran más rápidos, frenéticos, violentos hasta que con una exhalación ahogada por la almohada, noto la tibieza de su esencia cubrir mano, manta y jergón. Se levantó desnudo y aún con su miembro enhiesto. Se acercó a la jofaina y se lavó las pegajosas manos y el cuerpo. Aún sentía aquellas oleadas de excitación. Tenía ganas de un segundo round, pero contuvo las ganas, como otras muchas veces y comenzó a vestirse con sus húmedas prendas. No le importaba, no era la primera vez y otras muchas anteriores, aquellas duras y acartonadas prendas se las había puesto en peores condiciones. Las voces de los huelguistas fueron sustituidas por cascos de caballo al galope de los agentes del orden, de los cuales Harvey Smith no quería recibir ninguna «caricia». Se sentó nuevamente en el jergón y hundiendo la cara entre las manos comenzó a soñar con El Sueños de Libertad, el Capitán Tory y las aventuras que viviría. Cuando quiso levantar la cabeza, habían pasado horas. Al final se había quedado dormido sentado. Le dolían las muñecas, el cuello, las piernas. Estaba solo en la habitación. Suponía que sus «amigos» habían salido a hacer ronda por las tabernas. Él también saldría pero tenía otros propósitos en mente. Sí, disfrutaría de una mujer, una ramera, pero obtendría placer de otra manera. Metiendo la mano bajo el flaco jergón, estrajo el cuchillo con su empuñadura de nácar y lo guardó sujeto al cinturón tapándolo con el chaleco y la chaqueta. Antes de salir cogió lo que se convertiría en su pasaje a otro mundo; El Negro Océano. Agarró el farol y salió a las húmedas y estrechas calles de edificios de madera y viejos ladrillos desgastados. Anduvo entre los charcos dejados por la reciente lluvia que habría caído en la ciudad mezclado con la sangre que habían derramado los agentes de la autoridad de aquellos trabajadores que aún, y sin nadie que les ayudase, permanecían en el suelo heridos y exhaustos. Caminó sin prisas observándolo todo, así se percató de que las calles más cercanas al puerto, aunque con bastante tránsito, había menos afluencia y los futuros borrachos, se contenían en sus algaradas callejeras. Jack no quería precipitarse aunque la ansiedad le desbordaba. Hacía improbos esfuerzos para calmar aquellas ganas que le impelían a olvidarse de todo cuidado y tomar la sangre y vísceras, que parecía que era mejor combustible para el farol, de cualquier ramera con la que se cruzase y en el muelle desgajado realizar los movimientos pertinentes de invocación con el farol. Esperaría y al emerger El Sueños de Libertad de la opresora niebla, embarcaría y cantaría junto al Capitán Tory soeces canciones de taberna. Sonrió ante aquella visión y apunto estuvo de dejarse llevar por sus instintos, pero la visión de varios bobbies patrullando juntos le hizo olvidar toda ansiedad. «No lo eches todo a perder Jack. Calma. Calma. Has esperado mucho. Un día más no supondrá nada. Calma». Y entonando para sí aquellas palabras, como si de una oraciones de tratase, se encaminó de nuevo rumbo a su cochambrosa habitación. Al entrar, supo de inmediato, que la paz de aquella tarde se había acabado. Joe «el mudo» le agarro del cuello haciéndole tirar el farol al suelo, que como estaba medio inclinado, fue rodando hasta chocar con su jergón. Jack se fijó en el rostro congestionado y sonrosado de Joe, que reflejaba que estaba borracho como una cuba y era entonces cuando más fuerte se mostraba. Y como bien sabía Jack, aquel gigante no hacía nada sin que Harvey Smith se lo ordenase, así que lo arrastró hacia dónde este estaba, sentado en una vieja y medio carcomida silla de madera junto a Ian mesa tan vieja y castigada como la silla, en la que descansaba una botella medio vacía de a saber que destilado barato. La habitación apestaba a alcohol malo, sudor, líbido desatada y el miedo de Jack, que sabía que sería el desahogo de aquellos dos. – ¡Mira quién ha venido Joe! -dijo apenas articulando alguna palabra entendible Harvey-. ¿Te has desfogado ya tú? Nosotros no hemos sido capaces. Todos los burdeles y tabernas están llenos de esos cerdos que aunque nunca hagan nada, tienen que dar la impresión que hacen algo. Y tras la muerte de aquella puta anoche…Nos han jodido la diversión -Al levantarse estuvo a punto de caerse al suelo, pero se sujetó contra la mesa y agarrando la botella, dió un profundo trago, tras la miró como si nunca la hubiese visto-. Está mierda quema la garganta, pero no Joe ni yo nos podemos permitir nada mejor. Jack estaba inmóvil bajo la sujeción de Joe. Harvey se acercaba tambaleante hasta él. Estiró la mano y le acarició el rostro. – ¡Hey Joe! Parece mentira que incluso con esta mal afeitada barba, tenga un rostro tan suave. ¿Verdad Joe que hemos jodido con putas con más barba que nuestro Jack? Siempre el mismo ritual, las mismas gracias, las mismas preguntas sin respuesta por parte de Joe. Hacía tiempo que Jack supo que resistirse solamente supondría recibir más golpes y dolor para solamente retrasar lo inevitable. Había intentado salir de allí. Buscar otro lugar, incluso llegó a vivir en la calle. Pero al final siempre regresaba a lo malo conocido. – Tiende la mano Jack -éste la tendió y Harvey depósito unas monedas en ella- ¡Vamos Joe! No seas agarrado -Joe también depositó unas monedas en su mano tendida-. Hoy serás nuestra ramera. Ya has cobrado, así que haz tu trabajo. Jack cerró los ojos y se dejó hacer. Joe le bajó la ropa y sin miramientos le colocó de rodillas. Sabía que aquel día el primero que le tomaría sería el grandullón con una pobre verga que apenas era capaz de ponerse dura. Cuando logró una mínima erección le penetró sin dilación. Jack no grito. Ya no. Aguantó las cuatro o cinco embestidas de Joe antes de notar como se corría dentro de él. «El mudo» se apartó, dejando su lugar a Harvey, que se intercambió con él al igual que hizo con la botella de licor. El espigado con cara picada, no tubo que animarse su fina y larga herramienta, ya iba excitado. Antes de penetrarle, se humedeció un saliva y le acarició suavemente las nalgas. La mente de Jack se fue. Salió de su cuerpo. Era una manera de no sufrir. Y en ese estado, sabías que a Harvey le gustaba más aquello que acostarse con una mujer. Sus acometidas eran lentas, para alargar más el momento, pero el momento llegó pronto. Sí Joe aguantaba cuatro o cinco embestidas, Harvey como mucho llegaba a diez. Después ambos se marcharon, seguramente a comprar otra botella de licor y sodomizar a algún desgraciado más, pues dinero apenas les llegaba para el alcohol. Pero en el estado ético en el que se encontraban, seguramente se cayeran dormidos en algún rincón. Se lavó en el sucio agua de la jofaina para acostarse después cubriéndose con la cochambrosa manta que, aunque él ya no lo notase, olía a sudor, esperma, lágrimas desesperadas y miedo. Y allí volvió a llorar por lo desgraciado que era. Y entre lágrimas, sollozos e hipidos se durmió soñando, como siempre en la mejor venganza contras sus «amigos» y el mundo que me había condenado a esa vida. Luego, siempre se trasladaba al timón de la goleta junto al piloto Sacraw, segundo de abordo del Capitán Tory. Compartían un pichel de fría y espumosa cerveza mientras cantaban y cantaban navegando por el Negro Océano. Al despertar se encontró con la gris realidad. Su momento llegaría en la noche, así que tendría que hacer su rutina habitual e ir a la fábrica junto a sus compañeros. Otro día que pasó con suma lentitud. Al llegar a la habitación compartir sabía que sería imposible ir al muelle. Tal y como dijo Harvey, la muerte de la prostituta había causado conmoción en los refinados señores de Londres y la policía tenía que hacer algo para dar cierta imagen. Los retratos que se habían difundido, bien podía haber sido él, Harvey Smith, Joe «el mudo», incluso el abab de Wetminster. Todo el puerto estaba plagado de polizontes con la única orden de detener a algún rufián de poca monta y endilgarle la muerte de la prostituta. Así que aquella noche se quedó en casa y tras ella, vinieron otras noches, que tuvo que quedarse allí sumido en la relectura de sus libritos. En una de esas noches, tras un día de contínuas protestas y muchas cargas policiales, a Harvey le confundieron con un líder sindical y le llevaron preso por unos pocos días. Así que Jack, que aunque ardía de deseos por dentro, nadie diría que sentía nada. Día tras día iba atrabajar, se compraba lo que podía para comer y seguir otro día más. Por las noches, cuando Joe estaba dormido, sacaba el cuchillo y lo acariciaba pensando en la próxima mujer que le serviría de combustible para el farol. Así estaba toda la noche, acariciando, observado e incluso oliendo la hoja. Aún creía notar los tonos dulces de la sangre mezclado con el jabón de la ropa y el barato perfume en el la zorra iba bañada. La ansiedad era cada vez mayor. Cada día era más pesado que el anterior. Jack comenzaba a pensar en olvidarse de la precaución y tomar lo que consideraba suyo. Comenzaba a juguetear con la idea de probar con otra sangre. Sabía ya que la virginidad no era aliciente para el funcionamiento del farol. A lo mejor no hacía falta ninguna prostituta para alimentar la llama. Éste solamente necesitaba su sacrificio de sangre. En aquellas largas jornadas, Jack había probado con su propia sangre. Sus brazos estaban marcados de marcas de cortes, desde los más pequeños hasta uno, que enajenado por la frustración, le recorría todo el brazo. Tenía que reconocer que la intervención de Joe, que apareció justo a tiempo, le había salvado la vida. Nunca hubiera imaginado la pericia, que da a la hora de coser heridas, las peleas de taberna. Joe dormía profundamente, podría ser él el sacrificio. Tendría mucha más sangre por su envergadura que la rameras del puerto. Además, le gustaría sentir la calidez de su sangre en las manos. En más de una ocasión se había levantado en plena noche dispuesto a ello. Pero siempre desistía. Un ruido de la calle, un movimiento brusco entre sueños, una sonora ventosidad. Tan cerca y tan lejos. Había pasado casi una semana desde que habían detenido a Harvey Smith cuando éste volvió a traspasar el umbral de la puerta. No dijo nada, pero no hacía falta para ver que estaba profundamente cabreado. – ¡Malditos hijos de puta! -gritó-. Una semana encerrado me han tenido los cabrones. Alguien les dijo que yo era un líder sindicalista. Un tal Simon Walter. Me gustaría a mí encontrarme con ese cabrón. Le iba a partir la cabeza a golpes. ¡Una semana! ¡Han tardado en creer mi historia, una semana! ¿Quién habrá sido? Jack, que no tenía ganas de escuchar los lloriqueos de nadie, bajó la mirada al librito que estaba leyendo y que pudo adquirir un el dinero que había recibido de su última violación. Notó un tenso silencio en la habitación y el deslizar furioso de una silla en el suelo. Instantes después un violento manotazo hizo que el libro cayese al suelo. – ¿Libro nuevo? -dijo mientras lo recogía del suelo- Que casualidad ¿Verdad Joe? Al poco de entregarme a los polizontes, va nuestro amigo y se compra un libro. ¿Cuánto hacía que no te comprabas un libro nuevo? – Lo pagué con el dinero que me disteis cuando utilizasteis mi cuerpo de desahogo. – ¿¡Cómo!? – grito Harvey escupiéndole en la cara mientras le agarraba de la camisa alzándolo de la cama- ¿Oyes ese Joe? ¿Lo oyes? Nos ha llamado enfermos. Invertidos. A nosotros… – No he dicho nada que no sea cierto. Jack no pudo acabar lo que iba a decir, el puñetazo de Joe impactó en su boca haciéndole caer al suelo. – ¿Eres amigo de ese Simón Walter? -gritaba Harve Smith mientras le pateaba sin control- ¿Querías ganarte su favor? ¡Maldito cabrón! Ya no hubo más palabras. Sí las hubo, Jack no escuchó nada más. Se intentaba proteger con los brazos y las piernas, pero los golpes de Harvey eran rápidos y furiosos. Sentía ganas de llorar. Lloró y sus lágrima llegaron a suelo junto a su sangre. No supo cuando acabó. Simplemente se levantó del suelo tambaleante. Escupió un salívazo de sangre al suelo y no pudo hacer nada más que desplomarse en el jergón y cerrar los ojos. El sueño haría que aquel dolor que le atenazaba, sino se le pasaba, lo motivaría. Durmió sin sueños. Con una sensación de pesadez que le hizo despertarse en varias ocasiones. Intenó levantarse pero fue incapaz. Su cuerpo apenas le respondía. Volvió a sumirse en un pesado e intranquilo sueño y dejó pasar la noche. Lllegó la mañana, gris y lluviosa como tantas otras, pero aquel día iba a ser distinto. Lo sabía. Tendría que serlo. Ya no tenía más aguante para estar allí. – ¡Vamos Jack! – gritó Harvey Smith pateando el jergón en el cual se había quedado-. Otro día de trabajo en la fábrica. No nos seas holgazán. – ¡No! -dijo con apenas un susurro- Hoy no voy a ir al trabajo. – ¿Ves Joe? No le debimos de darle tanto. Ahora no quiere ir a trabajar. ¿Y que le decimos al capataz? – ¡Que le den por culo! – ¡He Joe! Al final se nos ha convertido en un valiente que se va a quedar en la calle, pero valiente. Pues si no puedes pagar tu parte de la habitación, te vas a la calle. ¿Verdad Joe? – ¡Sí! – hablaba arrastrando las palabras-. Harvey, si no puedo pagar me voy. » Y aunque tuviese todo el oro del banco de Inglaterra, también me iría malnacido». Así sin más palabras , Jack se quedó solo en su jergón. No podía moverse. Le ardían todos los músculos entumecidos por los golpes. Incluso le costaba respirar, seguramente tuviera alguna costilla rota. Pero le daba igual. Sabía que aquel dolor le daría fuerza para hacer lo que iba a hacer. Así que le daba igual que el puerto, aquella noche, estuviera o no estuviera vigilado. Iría cargado con la lámpara y el combustible para la llama de sangre. Tumbado dejó pasar el día. Dormitó en varias ocasiones. Las restantes horas las pasó soñando despierto y planeando cada uno de sus pasos. Intentó comer algo de queso mohoso y pan rancio que aún tenía, pero vomitó todo lo que había ingerido. La calle se llenó con el sonido metálico del silbato señalando la hora de salida. Harvey Smith y Joe «El mudo» pronto estarían allí. Cuando entraron en la habitación, se encontraron con Jack aún en la cama mirando hacia la pared. -¡Eh! Oficialmente estás despedido fracasado. Y sabes ya que si no pagas la próxima cuota, vas a la calle. Jack no respondió. – ¡Eh Joe! Vamos a comprar un par de botellas y a ver si conseguimos algo de pan y cebollas de algún tendero despistado. Jack suspiró ruidosamente cuando salieron de allí sus «amigos». Hizo intención de levantarse pero no pudo. No tenía muchas fuerzas y la que le quedaba la quería conservar además de poder recuperar alguna más. Así, tumbado sin hacer nada, dejó pasar las horas. Fueron largas, muy largas y con aquella lentitud iba creciendo su ansiedad. Al fin sus compañeros llegaron y no dirigieron la palabra a Jack. Incluso borrachos jugaron un par de partidas de dados en el suelo mientras consumían la última de las dos botellas que habían traído. Esperó pacientemente hasta que cayeron al suelo entre las botellas vacías y los dados. «Espera. No te precipites. Espera unos segundos más. Unos minutos más hasta que comiencen a roncar». No tardó en llegar aquel momento, en el cual Jack se dejó caer al suelo. Arrastrándose se situó tras Joe, sacó el cuchillo de debajo de la camisa y sin ningún tipo de duda o vacilación, cortó la garganta del tipo, que apenas emitió ningún sonido, pero sí pataleó durante unos instantes en los que Jack se apresuró a llegar hasta Harvey Smith, el cual comenzaba a abrir los ojos pudiéndo ver y sentir cómo la muerte le entraba por la boca medio abierta en forma de cuchillo cuya hoja le salió por la parte trasera del cuello. Gorgojeos de sangre. Jack estrajo el cuchillo manchado de sangre, trozos de carne, esquirlas de huesos y algún pelo, volviéndolo a clavar en el pecho, en la cara, en las piernas. Era tal el furor que le invadía, que clavaba sin mirar, como la noche que mato a la prostituta. Al final se detuvo, la cara picada de Harvey era irreconocible. Sin perder más tiempo cogió ambas botellas y abriendo el pecho de Joe, recogió toda la sangre que se iba derraman por el tronco del muerto. Llenó ambas botellas y cargándola junto al farol, dentro de un zurcido por quinta o sexta vez, saco de tela. Se lo cargo a la espalda y de modo renqueante, dolorido e inseguro salió rumbo a su destino. Caminaba con cuidado, para no llamar la atención y porque su cuerpo se lo impedía. Parecía que aquella noche la vigilancia era más relajada o que los estibadores que acababan de descargas las mercancías de los barcos que habían llegado durante el día, debían de descargarse ellos mismos de otras cargas en los burdeles tabernas de la zona portuaria, antes de embarcarse al amanecer a otro puerto y a otros amores fugaces. Por fin llegó al muelle. La niebla cubría el mar. Pronto esa misma niebla debía de escupir de entre sus fauces al Sueños de Libertad. Sacó el farol y lo alimentó con la sangre que reclamaba. La llama prendió y fue creciendo a medida que iba tragando sangre. Era un poco débil e inestable, pero esperaba que fuera suficiente para atraer a la goleta. Realizó los tres movimientos pertinentes y esperó. El frío le cortaba la cara y la humedad le entraba hasta los huesos. La llama alumbraba. Había realizado los movimientos y seguía esperando en el muelle inquieto. Miraba a todas partes, pero sobre todo a la niebla tan densa que parecía algodón. Esperó durante unos minutos sin ver nada. Pensaba ya que aquella sangre no iba a valer para invocar el barco. Un calor comenzaba a subirle desde el estómago hasta la cabeza. «Buscaré una ramera. La desangraré, la destriparé. Una, dos, tres. La que hagan falta. Hoy salgo de aquí, aunque sea de polizón en algún barco». Unas campanillas débiles. Las había oído..no se lo había imaginado. Alimentó de nuevo lámpara. La llama ardió más intensa. Poco a poco la goleta comenzó a emerger de la niebla. Poco a poco su sueño estaba más cerca. Cada poco echaba más combustible al farol. ya había consumido una botella y media cuando al fin la goleta ya emergió del todo de la niebla con sus tres palos orgullosos y sus velas negras. Allí, encaramado a la proa iba el Capitán Tory entonando su canción. Jack sentía un enorme alivio y felicidad. Dejó caer en farol que rodando se perdió en el puerto. Lloraba de felicidad. Tantos problemas. Tantos obstáculos. Tanto tiempo soñando aquel momento. Por fin había llegado. El Sueños de Libertad al llegar al muelle estendió su pasarela invitándole a subir. Él la había invocado. Había pagado mucho por estar allí. Ahora se convertiría en parte de su tripulación. Al tocar el puente del barco, la pasarela desapareció y la goleta comenzó a adentrarse en la niebla. Jack estupefacto escuchó: «Otro incautó más. La muerte será tu única salida de este Negro Océano. Tu condena será la eternidad vagando sin rumbo y sin puerto en el que atracar».
Así le digo a mi pequeño cada vez que camina mirando al suelo.
¡Mira al frente! No tengas miedo. La mirada alta, que nada ni que nadie te haga bajarla.
Me mira y sé que aunque me escucha, aún no comprende lo que le digo.
Espero que lo entienda . Que siempre alce la mirada por encima de miedos y temores.
No soy un hombre sabio. Pero los años, ya más de cuarenta a mis espaldas, me han hecho ver muchas cosas y padecer muchas más.
Le intento enseñar, aunque aún no comprenda, que no hay nada como su libertad que es igual a la de los demás. Que nada le haga renunciar a sus sueños.
La vista al frente o al cielo, nunca al suelo. Orgulloso de las decisiones, sean para bien o para mal. Pero suyas serán
La vista al frente o al cielo. Orgulloso de quién es. Sin temor ni desasosiego. Sin dudar si es malo o bueno.
La vista al frente o al cielo. Pues ahí está el límite a alcanzar.
Lucha. Constancia. Tenacidad. Nunca dar la partida por perdida. Nunca ser un jugador habitual. Croupier que reparta las cartas trucadas. Las buenas para él, las demás que se pongan en circulación.
La mirada al frente. Que no se fije en los errores de sus padres. Que no me ponga como espejo en el que reflejarse. Que no sea como yo. Un soñador que ha perdido en la vida y solamente le queda seguir arrastrando su mochila.
Que no se fije en sus padres que se dejaron hundir ante el peso de la vida. Perdiendo ilusiones y proposiciones.
La mirada al frente. No por mí, yo ya he vivido. Mejor o peor, pero mi camino ya está labrado. Por tí mi pequeño. Hazlo por tí y por tus sueños
No te dejes arrebatar la inocencia. No te dejes pisar.
A veces pienso. Solamente a veces lo hago. He aprendido que si eso es algo habitual, acabó con un calentón descomunal.
De cabeza, no vayamos a mal interpretar.
Y a veces quiero no pensar pero los pensamientos, cuales piratas, me asaltan, me abordan, deshilachando mi memoria y me cuelan goles por doquier.
Y ahí se quedan sin aportar nada positivo. Todo negativo, como dijo un entrenador de fútbol.
Y esos son pensamientos tóxicos, lo sé. Los reconozco pero nada puedo hacer contra ellos. Me dejan exhausto. Agotado. Me impiden luchar contra ellos.
A veces soy capaz de vencerlos. Solamente a veces. Y creo. Bueno, en realidad quiero creer que creo, que inventó. Que uniendo letras creo palabras y con ellas un texto, un verso.
A veces me discuto que eso sea cierto. La más de las veces es así. Mi falta de autoestima me lo hace ver de ese modo.
Muchas veces me pregunto de dónde viene esa sensación de desamparo, de desasosiego.
A veces busco un culpable ajeno a mí. ¿A veces? ¡No! Siempre. Soy ciego o quiero serlo para no verlo. Pero en mis momentos de paz y frialdad, soy consciente de que no hay nadie con más culpabilidad que yo en como me encuentro.
Mis decisiones han sido mías. O eso quiero creer. O me he dejado llevar sin querer o queriendo
Dejando que se me comandas la merienda de la destino de mi vida.
A veces pienso que un psicólogo con mis sesiones se pondría contento.
A veces pienso que pienso demasiado que he dejarme llevar, salir de mi zona de confort. Pero se está tan confortable.
Y para eso hace falta valor, no una escuela de calor. Un valor del que carezco. Romper con todo hasta conmigo mismo.
Morir, de forma metafórica eso sí, renacer como a e fénix de sus cenizas.
A veces siento que no sé si estoy o me voy.
A veces, las más de ellas, no sé lo que quiero. Ni lo que me llena ni vacía.
Ahora y A VECES, escribo palabras que vacían mi alma. Eso que habita dentro de nosotros y que tanto pesa. Bueno, en realidad según se dice, tan solo veintiún gramos.
No es momento de llamar a Paula. Ahora no, aunque no descarto hacerlo. Ahora no me atrevo. Abriría un grifo, de sentimientos, que prefiero mantener, por ahora, cerrado. Muchas veces me siento atrapado por el pasado. Lo estoy en cierto modo. Lo que viví. Lo que sufrí durante años siempre pesa en mi conciencia. Sé que no he sido el único «favorito» del padre Marcos. Seguro que hubo otros antes y también después. Otros que debieron de vivir aquel terror con el que vivía yo. Dentro de aquellos pasillos, todos giraban, girábamos la cabeza ante lo que sucedía. Nadie preguntaba por los llantos que por la noche poblaban el silencio de aquellos corredores. A nadie le parecía raro, y si se lo parecía no decían nada, que el padre Marcos pasase la noche en la habitación de algunos jovenes. Ni siquiera entre nosotros, los que éramos sus víctimas, no hablábamos de nada. Mi mente se llena del recuerdo de Raúl y Damián, unos chicos de mi edad. En aquel entonces tendríamos unos once o doce años. Hacía tiempo que no me acordaba de aquellos sucesos. Al igual que yo, ellos eran del grupo que siempre nos llevaban a las «fiestas» del padre. Eramos, junto a otros niños y jóvenes, el uso y disfrute de los invitados. Muchas veces, en medio de violaciones grupales, eramos incapaces ni de mirarnos. Sólo el suelo veíamos. Lágrimas de humillación. Apartábamos nuestras miradas, nos sentíamos, me sentía, avergonzado de hacer lo que me obligaban a hacer. Una noche, de esas que tenía visita del padre a mí habitación, y al final tenía que abandonar con la espalda maltrecha, el silencio pesaba en los pasillos. No había llantos, ni ruido alguno, hasta que el silencio se vio roto por el sonido de pasos acelerados. Algunos sacerdotes de la escuela corrían nerviosos y angustiados por los pasillos. Uno de ellos, un buen hombre, el padre Lorenzo se paró junto a mí. -¿Qué haces fuera de la cama Daniel? -dijo mientras me ponía una mano en la espalda y yo hacía un gesto de dolor, que no le pasó inadvertido-. Vuelve a tu habitación y descansa. Se quedó con la mirada fija en la mía unos segundos. Luego, borrando la sonrisa de su rostro, se alejó de mí hacia el final del pasillo, lugar donde se encontraban los cuartos de Raúl y Damián. Me quedé mirando curioso al grupo de profesores que se arremolinaban ante la puerta abierta de uno de los cuartos, en todos ellos, a pesar de la distancia, pude ver pavor e incredulidad. Una mano se posó en mi hombro. Me estremecí. Reconocería aquellas manos, que tanto habían recorrido mi cuerpo, sin lugar a dudas.
Vuelve a tu cuarto -me dijo el padre Marcos con voz preocupada-. No te importa lo que suceda. Es cosa de profesores.
Pero yo no…
Corto mi réplica, con la que iba a explicar que yo no estaba allí para «cotillear», con un sonoro bofetón. Y con la cara dolorida por el golpe volví a mí habitación, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda.
Si aquel cuarto hubiese tenido ventana, la habría abierto para que entrase el aire fresco y refrescará el ambiente asfixiante de aquella estancia.
Aunque yo dormía solo en la habitación, estaba preparada para tres o cuatro personas más. A parte de un mueble de estudio y unas cajoneras para guardar la ropa, había también, un par de literas.
Quité las sábanas tirándolas al suelo. No podía soportar el olor aderido a ellas, el del padre Marcos, el del miedo, la vergüenza.
Golpeé con los puños el colchón y lloré rogando a ese Dios o a otro cualquiera que me sacase de allí.
Siento la tentación de llamarla. Pero no quiero molestarla otra vez. Paula fue mi ángel guardián en mi terapia de alcohólicos anónimos. Ella era otra desgraciada como yo, de infancia difícil que cayó en el alcohol en plena adolescencia. Conectamos en cuanto nos conocimos y fuimos la muleta del uno para el otro. Pasamos toda la rehabilitación juntos y después seguimos juntos mucho más tiempo. Paula era mi confidente, amiga, apoyo…era más que cualquier cosa. Junto a ella me olvidé de muchas cosas. En las noches en las que las pesadillas me despertaban gritando, ella venía a mi cama y acababa durmiendo mecido entre sus brazos. Sin miedos. Sin asustarme su contacto. Eramos la pareja, a ojos de todo el mundo, perfecta. Eramos más que un matrimonio. Pero entre nosotros nunca hubo más que una amistad muy especial. Nos entendíamos. Eramos iguales, lo supimos durante la terapia, y lo tuvimos presente siempre. Por ello no nos enamoramos. Eramos incapaces. Muchos traumas nos lo impedían. Ella conocía todos mis secretos. Todos mis miedos. A nadie, exceptuando a ella, le abrí mi alma. Mientras que ella nunca me abrió la suya del todo. Me mostró lo que quiso que viera. Nada más que pequeños fragmentos de una infancia de malos tratos. Y nunca. Nunca jamás me reveló nada más. Pero, al igual que yo, rehusaba cualquier contacto y la ponía extremadamente nerviosa que la tocasen. Solamente me permitía a mí abrazarla para calmar sus pesadillas y sus miedos. Estuvimos muchos años juntos, pero la vida, miserable como es, nos separó. Nos llevó lejos el uno del otro. A ella le ofrecieron una estupenda oportunidad laboral en una farmacéutica y no pudo decir que no. Yo, que tenía, sigo mantenimiento, un buen puesto de trabajo en una empresa de análisis financieros, no podía marcharme y tampoco me vi con fuerzas para seguirla. Seguimos en contacto. Nos llamamos varias veces por semana. Vernos es más difícil, pero lo intentamos. Sabemos que nos necesitamos para calmar nuestra necesidad de estar con alguien. Seguimos siendo confidente el uno del otro. La llamé hace unos días, cuando han vuelto con fuerza las pesadillas. La razón, que vi al Padre Marcos por la calle. Mayor. Muy mayor y debilitado. Le acompañaba un joven sacerdote que le llevaba agarrado por el brazo. Él no me vió o si lo hizo no me reconoció. Pero yo sí le reconocí. Sus ojos, a primera vista amables, pero fijándose bien, se podía ver una frialdad que helaba la sangre, eran los mismos. Su sonrisa cálida pero a la vez despiadada. Y sobre todo su olor. Ese que se quedó impregnado en mis cosas nasales y en mi piel, que por mucho que me frotase, no era capaz de eliminar. No. No quería molestarla. Sobrellevaré, como siempre, mi ansiedad. No quiero que se preocupe más de lo que ya está. Hoy en un mensaje de móvil me preguntaba que qué tal estaba. Se notaba preocupada. No quería contarla que acababa de caer en los brazos de la botella de bourbon, que yacía a mis pies ya bien exprimida. Ya, si acaso, se lo contaría en la próxima llamada…
Me siento sucio. Me siento culpable. Mi silencio, ese que he guardado incluso a mis más íntimos amigos, si es que alguna vez he llegado a tenerlos, me hace cómplice de las andanzas del padre Marcos. Durante años he estado callado. Al igual que lo estuve en mis años de escuela. Un silencio que pesa en la mochila de la vida. ¿Y si hubiese hablado de lo que allí sucedía? Pues en la escuela parroquial no era yo la única víctima. Eramos varios a los que nos visitaba el buen» pater». La botella de burbon sigue frente a mí. Con ese resto de alcohol que me llama. Ignoro la llamada. Ya he bebido bastante. Sé que ahora, tras las palabras anteriores, se preguntarán: ¿Por qué ahora tras tantos años? Pues porque ahora, aunque nunca se habían ido, regresaron las pesadillas y las noches en vela, esperando que viniese el padre Marcos a «visitarme» ó llevarme a alguna de sus fiestas privadas. Me atuso nervioso el ya revuelto cabello. Estoy cansado. Muy cansado. Quiero dormir con el sueño denso, pesado, sin sueños que me facilitaba las patillas para dormir. Sobre todo quiero olvidar y ser feliz. Pues en mi alma hay un agujero negro que engulle cualquier atisbo de alegría. Intento colocar las páginas que ya he escrito. Me siento en mi pequeño sillón. Intento relajarme. La botella llama a mi mente. Hago improbos esfuerzos por no caer, otra vez más, en la tentación. -¡Tu, hijo del averno! – gritaba mientras blandía el látigo frente a mí- Tu eres mi tentación. Dios todo poderoso te ha puesto en mi camino para demostrar la fragilidad y debilidad de sus hijos. ¡Tu! -silencio, después el restallar del látigo impactando en mi espalda. Luego silencio. Mi joven cuerpo temblaba de dolor. Con cada golpe una descarga eléctrica pulsaba cada uno de mis nervios Entre latigazo y latigazo, en esos momentos de contener las lágrimas. El nudo en el estómago esperando de nuevo el golpe. El temblor de manos, que intentaba disimular apoyándolos en el suelo. Volvía a escuchar el restallar del látigo, un golpe seco. Iba a gritar, pero esta vez había sido la espalda del padre Marcos la destinataria del golpe. Luego, yo le curaba sus heridas, mientras que él llorando rezaba y pedía perdón por la debilidad de la carne. Luego, curaba mi joven espalda…Y volvía a poseerme por detrás mientras yo aguantaba el llanto y soportaba su violación. Luego, una vez satisfecho su apetito carnal, se recostaba junto a mí y me pedía que pudiese perdón a Dios por ser tan deseable. Luego me pedía que me vistiese y saliese de mi propio cuarto para que pudiera ir a la capilla a purgar mi alma pecadora.