- Estate tranquilo hijo -susurraba a mi oído mientras pegaba su cuerpo a mí espalda acariciando mi joven cuerpo-. Si tú te portas bien conmigo, yo me portaré bien contigo…
Desperté sobresaltado. Intenté alejar aquellas imágenes frotándome con vigor los ojos.
¿Dónde estaba?
Aquella habitación apenas iluminada, no era la habitación de gran ventanal de la escuela parroquial. No. Ya no estaba allí. Aquello era mi pasado.
Miré en derredor y sentí la tranquilidad que la luz quitamiedos me transmitía. Estaba en mi pequeño estudio alquilado. Un minúsculo espacio donde todo estaba compactado. No me hacía falta más. Un sillón cama en el que apenas dormía. Un baño con una pequeña ducha para poder asearme. Una pequeña cocina de pocos muebles y espacio justo para la placa de inducción y el frigorífico. Una mesa de salón, en la que me había quedado traspuesto un breve período.
Las hojas las tenía dispersas por la mesa y el suelo. Me dolía el cuello de la mala posición.
Me desperecé para estirar mis doloridos músculos. A veces, como aquella noche, las cicatrices que poblaban mi espalda se estiraban con punzadas de dolor.
Sentía un agradable adormecimiento y la boca pastosa. Era una sensación que conocía a la perfección. Pero no era posible ¿O sí?
Frente a mí había una botella de burbon a la cual le quedaba menos de un dedo de líquido.
Apoyé la cabeza sobre el brazo. ¿Cuándo y dónde compré yo la botella? Soy ex alcohólico, por lo tanto… Nada, no les quiero engañar. Me he dicho mil veces que en estas hojas voy a ser sincero. Lo más sincero que he sido nunca, pues estoy cansado que mi silencio, al igual que el de muchos, haya permitido que aquel depravado siguiera impartiendo clases. Un silencio cómplice.
Un silencio cargado de miedo y de indiferencia.
«Pórtate bien conmigo y yo me portaré bien contigo». Así nos tenía controlados. Teníamos que portarnos bien y él, bueno, se portaría bien no solamente con nosotros, sino con nuestras familias. Y, ahora en la distancia de los años, yo me tuve que portar muy bien, pues gracias a su mediación, mi madre encontró un trabajo que la permitió vivir de una forma sencilla, pero que no la hacía falta nada.
Y la perspectiva que da la vida me hizo ver que eso también lo pudo hacer el padre Marcos para recaudar más. Pues mi madre, que se convirtió de forma fanática a la religión, entregaba al «cepillo» una buena parte de sus ganancias, mientras que otra pequeña parte la servía para sufragar sus gastos. Y nada para mí, su hijo.
Aquella intercesión por partes del padre Marcos, tan benéfica para mi madre, a mí me alejo de ella. Hasta el punto de que casi ni nos veíamos. Además nuestros encuentros, además de esporádicos, eran muy fríos.
Ella era medio libre o todo lo libre que lo podía ser una mujer en aquellos años. Yo, en cambio, era una carga para que ella viviese con la comodidad que anhelaba.
Siempre he dicho que aquella institución anexa a la parroquia, no era un internado, era el lugar dónde vivían los hijos de la desesperanza, la miseria, el miedo y en mi caso, el hijo que les vino grande a sus padres.
No suelo temer a la oscuridad (parte2)
El padre Marcos era un hombre de apariencia campechana. Así se mostraba a todo el mundo.
Amable, siempre con una gran sonrisa. Dispuesto a ayudar a todo aquel que lo necesitase.
Era una persona muy querida y respetada, no solamente en nuestro barrio, sino en toda la ciudad.
Era habitual ver en su pequeña iglesia, todos los domingos, a miembros influyentes del ayuntamiento y al mismísimo alcalde. Y no solo del espectro municipal. Cuando yo oficiaba como monaguillo, también vi, y más tarde sentía en mis carnes, alguna vez a miembros del Senado.
Y siempre que estos últimos venían a ver al buen padre, la tarde y noche acababan en las famosas «fiestas» privadas que organizaba el bueno del sacerdote.
«Fiestas» dónde a los favoritos del padre Marcos, nos entregaban a sus amigos para su uso y disfrute.
¡No! No quiero recordar. Pero me es imposible olvidar todo aquello.
Cada noche despierto atemorizado. Al ducharme noto las cicatrices en mi espalda. Cuando intento acercarme a alguna mujer…No sé que es eso. Hace años que desistí. No encontraba, no encuentro satisfacción alguna en una relación sexual. Lo aborrezco. No soy capaz de aceptar una caricia sin un sobresalto. Hasta el más ínfimo contacto casual, despierta en mí un pánico atroz.
Aquellos años en el infierno del internado, pues aquello era aquel lugar, un infierno, transtocaron mi vida. No solo eso, también mi mente.
Y nadie me escuchaba. Nadie nos escuchaba. Pues no sólo era yo el juguete del padre Marcos. Sí su favorito, como siempre me decía entre los jadeos de placer que le proporcionaba mis manos, al principio, luego mi boca…
Siento arcadas. Noto la bilis ascender por mi garganta. Vómito sobre la mesa sobre la que estoy escribiendo. Las hojas, estás no, las primeras, han quedado emborronadas por los restos de la cena.
Una copa. La necesito. Un lingotazo de alcohol que adormezca mi memoria.
¿¡Dónde coño he dejado la botella!?
Pero ya no hay botellas en esta habitación alquilada. Ya no puede haber alcohol a mi alcance.
Años en sesiones de Alcohólicos Anónimos me permitieron alejarme de aquello que me permitía olvidar a costa de mi propia vida. Y acabar con mi vida sería darle una satisfacción al muy hijo de la gran puta del padre Marcos, pues así ejercía él su control. Dominándonos en todos los aspectos. No sé lo iba a permitir.
Pero bien sé que la tentación es grande y mi fuerza escasa.
No suelo temer a la oscuridad.
No suelo temer a la oscuridad. No suelo, más bien no solía temerla. Pero desde hace años duermo con una luz quitamiedos encendida.
Sé que no me protege de nada. No es más que una luz. Cuasi insignificante. Pero, y aunque parezca mentira, me calma en esas noches en las que me despierto sobresaltado y gritando por las pesadillas que me persiguen.
Ojalá fuesen simplemente pesadillas creadas por el inconsciente, y no recuerdos vívidos de un pasado que intento, en balde, olvidar.
No me hace falta revivir las pesadillas para recordar continuamente esas manos recorriendo mi cuerpo de niño de ocho años. Las miradas de lujuria de aquel al que todos llamábamos padre. Su lengua sobre mi cara, mi cuello… No quiero recordar.
¡No! Grito una y otra vez. Pero esas imágenes. Esas sensaciones de asco, incomprensión, miedo, vergüenza. Me son imposibles de olvidar. Están grabadas en mí. No solamente en mis recuerdos, también en mi piel lacerada por aquel látigo con el que mortificaba mi cuerpo, para que mi espíritu encontrase la paz.
¿Padre? ¿Qué padre usaría el cuerpo de un niño de ocho años para satisfacer su lujuria? No sé bien que hace un padre. El mío nos abandonó a mi madre y a mí casi recién nacido.
Según dicen, mi madre casi enloqueció tras su marcha y se refugió en la religión. Esa de la que era practicante, pero no una gran devota. Al menos no lo era antes.
Tras la marcha de aquel al que aún llamo padre, incluso sin conocerle. Al que he rogado mil veces que me liberase de aquel infierno en el que viví gran parte de mi infancia. Ella recurrió a ruegos, oraciones, misas… Siempre sintiéndose la mártir. Siempre apoyando a la iglesia y a sus pastores. Siempre tan ciega y sorda ante mis llamadas de auxilio.
Ella era incapaz de ver más allá de las cuentas de su rosario, desgastado de tantos usos, de madera.
Apenas la recuerdo. Apenas estuve con ella. Al poco de que mi padre nos abandonase, como si fuésemos un viejo equipaje que molestaba, mi madre me internó en la escuela de la iglesia de nuestro barrio. Allí estaría bien. Comería. Estudiaría. Entraría a formar parte de una comunidad de buenos valores cristianos y, sobre todo, católicos.
Podrán pensar que soy un desagradecido. Mi madre se vió sola en una época dura. Quería lo mejor para mí. Y entonces, lo mejor, era aquella escuela de la iglesia.
Sí, no les falta razón. Piénsenlo. No me importa. Ese pensamiento ha estado vivo en mi mente mucho, pero que mucho tiempo. Aún hoy día, tras muchos años, aún no he sido capaz de desterrarlo del todo.
Sí. Mi madre hizo lo que mejor consideraba, teniendo en cuenta que no teníamos familia alguna.
Ella estaba demasiado lejos de su casa y de los suyos. Nunca pensó en volver. Es más, siempre he pensado que nunca la dejaron volver. Sé que la relación que mantuvo con mi padre, con el que nunca se casó, rompió los puentes que la unían a los suyos. Por eso salió de su casa y se marcharon de la ciudad. Por la misma razón, la relación con su familia «política» tampoco era buena. Bueno, en realidad era una relación inexistente.
Ambos se vieron solos. Ambos se apoyaron el uno en el otro, o eso me han contado los que los conocieron jóvenes. Por ello mi madre se derrumbó al verle marchar.
Me han contado que le persiguió por toda la larga calle donde vivían, gritándole y lanzándole lo primero que encontraba. Una piedra, una pieza de fruta del puesto del señor Carlos. Cualquier cosa…
Todos se apiadaron de la pobre mujer abandonada y de su hijo de meses. Incluso el párroco que dirigía la escuela…
El padre Marcos.
Carta desde la trinchera
Hola mi amor.
No sé si te llegará estas palabras. No sé siquiera, si seguiré vivo cuando esta misiva llegue a tus manos. Pero he de decirte cuánto te quiero.
Decirte que tu recuerdo es lo que me mantiene cuerdo. Al menos todo lo cuerdo que puedo estar en estas trincheras de barro y hielo.
Hielo. Nieve. Frío. Un frío intenso que se ha alojado en mis huesos. Un frío que no se va por todas las prendas de abrigo y mantas que uno tenga, de las cuales también carecemos.
La única cosa que impide que me rinda, que el frío se lleve mi vida, como ya se ha llevado la vida de muchos de mis compañeros. Pues tememos más la noche y el dormir, que al enemigo. Sabemos que ellos al igual que nosotros, están sufriendo. Es un temor que podemos combatir con fusiles, ballonetas, puños, y piedras. Pero al enemigo que más tememos no le vemos hasta que ya reclama nuestra vida.
En estas trincheras, no solamente es el frío del invierno lo que nos congela, sino la presencia continúa de la parca. La cual vaga por estos infernales agujeros, reclamando para sí la vida de decenas de infortunados.
Rezo cada noche con no ser uno de ellos. Pero no rezo a Dios, ni al nuestro ni a ningún otro. Dios está lejos de aquí. Se ha olvidado de nosotros, si es que alguna vez le hubiésemos importado.
Perdona la blasfemia mi amor. Sé que eres una devota creyente. Yo también lo era, pero está maldita guerra arrasa con todo. Hasta con las creencias.
Rezo por volverte a ver. Te rezo a tí, que eres la luz que brilla en mi noche. El calor con el que combato el frío. El recuerdo de tu mano sobre la mía en esas tardes de primavera, mientras paseábamos por un parque. Nuestras miradas cómplices. Nuestras risas. Nuestras ganas de futuro.
Pero está maldita guerra ha acabado con todo ello.
Ha acabado con todo lo que creíamos.
¿Recuerdas las veces que tú hermano y yo anhelabamos ser héroes? ¿Queríamos ir al campo del honor a defender heroicamente nuestra patria y a nuestro Rey?
Pero no hay nada heroico aquí. No hay un campo del honor. Sólo una tierra de nadie, que unos días nos pertenece a nosotros, y al día siguiente a los alemanes.
No hay gloria ni grandeza. No hay honor alguno.
Hemos visto demasiado para creer. Hombres valientes llorando y gritando el nombre de sus madres, hermanas o esposas, mientras se desangraban delante de nosotros.
Perdona mi dulce inocencia estás palabras. Pero ya casi he perdido toda esperanza de volverte a ver.
Siempre tuyo.
El farero
En medio de la tempestad, se alzaba orgulloso e inexpugnable el viejo faro.
Antigua atalaya que se erige sobre un pequeño montículo de roca desnuda y cortantes aristas, solitario frente a la inmensidad de un océano que lanzaba su furia, en forma de gigantescas y potentes olas, contra él.
En lo más alto del faro y agarrado a la antigua barandilla oxidada, el viejo farero observaba con una sonrisa grabada en el rostro.
– ¡Nunca vencerás! -gritaba al atronador sonido de la tormenta-. Nunca…
Se dío la vuelta y entró dentro del faro. Las olas, como si le hubieran escuchado, se hacían más grandes. Más potentes y con más dureza rompían contra la roca.
El viejo descendía cuidadosamente las viejas escaleras, que al igual que sus gastadas articulaciones, crujían a cada paso.
Se encaminó a su pequeña cocina y se sirvió, de una descascarillada tetera, una turbia infusión.
Agarró fuertemente la taza y sintió el calor quemándole las manos.
La agarró más fuerte y apretó la boca. El calor se extendió por su viejo y castigado cuerpo
-¡Ay! -se quejó mientras que arrastrando los pies, se encaminó a un sillón de funda verde con grandes cuadros amarillos. Se dejó caer en él- ¡Maldita humedad! Me cala hasta los huesos. Y los años. Sobre todo son los años.
Bebió de su amargo té y su mirada se fijó en un viejo marco redondo desde donde le miraba una mujer en toda la plenitud de la juventud.
– ¡Ay mi vieja! Cuanto te echo de menos. Te marchaste para no volver. Tu último y primer viaje -bebió de nuevo, si tiendo como el bebedizo le quemaba la garganta-. Cuanto sacrificaste por venir hasta aquí, al culo del mundo, para estar con este egoísta que no entendió que necesitabas otra vida. Lo siento tanto. Te lo dije tantas veces. Pero nunca hice nada para sacarte de aquí. Supimos…bueno, sabías que yo no tenía elección. Mi corazón era tuyo, mi vieja, pero mi alma pertenece a este faro.
Bebió nuevamente y sintió un escalofrío ascender por su espalda.
– Mi amor, hace demasiado frío aquí. Tu, con esa sonrisa tuya tan cálida, caldeabas no sólo nuestra cama y mi frío corazón, también el ambiente. ¿Ves? -dijo mientras señalaba con la mano que sujetaba la taza hacia el exterior-. ¿Oyes? Hasta el mar está furioso desde que te marchaste. Te lloraría toda la noche, viejita mía, pero ya no tengo más lágrimas. Con ellas regué todas las flores que crecen alrededor de tu lápida.
Se reclinó en el asiento agarrando nuevamente la taza con las dos manos. El calor era apenas perceptible. Cerró los ojos y tomó el último y más largo sorbo del té.
-¡Arg! Tan amargo como siempre. Cómo este sitio. Cómo está vida. Como yo.
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