UNA PARTIDA DE DOMINÓ

– ¡Mírala! No tiene vergüenza alguna -Su tono de voz rasposo, dio paso a una tos seca. Se llevó el puño a la boca y de su sotana inmaculada, extrajo un pachuelo blanco con bordados, con el que se limpió la nariz -. ¿Alguno tiene un pitillo?


– Francisco -Julian arrastraba las palabras, mientras miraba atento las fichas de dominó que había sobre el tapete, barajando sus posibilidades de colocar laguna de sus fichas. Sentía la mirada fija de sus compañeros de mesa, siempre apremiantes-. Déjala. Siempre la estás criticando. Luisi tiene el derecho de bailar con quien quiera. Y no, ninguno tenemos un pitillo.


– Es verdad Paco. Deja ya a la Luisi, que parece que la has cogido con ella -Marisa, con mano temblorosa, se llevó el vasito lleno de Marie Brizard a la boca. Bebió un trago pequeño, casi para humedecerse los cortados labios pintados de un rouge  que nunca la faltaba-. Ya ha enterrado a un marido y tiene derecho a bailar con quien le salga del coñ…


– ¡Marisa! -espetó con un liguero golpe en la mesa Don Francisco, el que había sido el párroco del barrio desde que todos tenían memoria, mientras se persignaba-. Esa lengua que parece que te la ha dado el diablo.


– Paco, que nos conocemos desde siempre. Ya sabes lo que opino de tu diablo y tú Dios.


Marisa puso una ficha, un seis con un uno, encima del tapete en cuanto Julián proclamó que pasaba, reclinándose sobre el respaldo acolchado de la silla, con el aire reposado que siempre le había caracterizado.


El párroco bufó, pasándose una arrugada mano, llena de manchas de la edad, como si se atusase un inexistente cabello.


– ¡Asco de sillas! -gruñó mientras se subía las gafas de fina montura metálica.


– Esto es cosa de los facciosos estós que nos gobiernan, Francisco -.Los tres miraron con cierto hastío al cuarto compañero de partida-. No me miréis así. Que es verdad. Recortes y recortes. Y esta residencia, cada vez es peor…


– Hombre Ignacio, peor, peor…

Marisa miro por encima de su hombro hacia el joven enfermero que andaba por la sala de la mano de uno de los residentes, para que esté caminasase un poco.

– Mira David, con él hemos ganado. Que cuerpo, casi revienta la camisola blanca con tanto músculo y mira que culito…


– ¡Marisa, por Dios!


– Ni por dios ni nada, Paco. Tiene un culito para morderlo.


– ¡Marisa! -miró a Julián  escandalizado-. ¿Que va a decir tu marido? Julián, di algo.


Julián se removió en la silla metálica de polipiel color negro, mirando en la misma dirección que estaba mirando si mujer con una sonrisa en la cara.


– Pues que el muchacho tiene un buen culo -dijo mientras comenzaba a reírse con una risa seca-. Ya me hubiera gustado a mí tener ese culo…


– Y lo tienes, guapo -Marisa agarró una de las manos de su marido y atrayéndole hacia ella, le besó -. Mejor que el de él. Pero lo tiene tan jovencito…


– Que tiene un bocado ese culito, Marisa.


– ¡Por favor!

Se incorporó Francisco de la mesa al llegar Luisi, que se atusaba su vestido largo de flores, mientras jugueteaba coqueta con los rizos azulados que le caían por detrás de las orejas, en las cuales lleva unos grandes aros de oro.

– Ya está bien de tanta indecencia. Que soy un hombre del señor.

– Anda, Paco. Del señor y de alguna señora…


– ¡Luisi! ¡Por favor!


– Déjate de tanto aspaviento, Paco -hablaba mientras bebía del vaso de Marisa, a quien la guiñó un ojo-. Que nos conocemos hace muchos años. Demasiados.


– Eres…eres -se dejó caer de nuevo en la silla-. Una deslenguada. Eso es lo que eres.


Luisi se rió con una carcajada clara y alegre, que contagió a los compañeros de mesa, excepto al sacerdote que miraba con los ojos entrecerrados.


– ¡Ay! Paco. Paco. Paco…


– ¿Que diría tu marido de verte así?


– ¿De verme como? -se apoyó en la mesa con sus manos llenas de anillos y pulseras-. ¿Alegre y con ganas de vivir? Pepe estaría encantado. Ya le conocíais, siempre de broma, siempre con sus chistes, siempre feliz. Hasta en la cama del hospital. ¿Os acordáis? Contando chistes. Laura le decía; «Papá, no seas ganso». Y él…-unas lágrimas asomaron a sus verdes ojos, resbalando entre los surcos de su piel-. Se puso a graznar.


Marisa la agarró la mano con su mano de cortos dedos afectados por la artrosis, de uñas pintadas de un rojo potente.


– Tu marido, Luisi, era todo un camarada. Un hombre cabal y de honor. Un amigo, que nunca se rindió.
Ignacio levantó su tacita de café solo.


– Un brindis por un compañero de armas leal, que nunca dudo en combatir a los fascista…


Todos miraban a Ignacio con la resignación en la mirada, sabiendo que su enfermedad cada día iba a más y que poco podrían disfrutar ya de aquel buen, aunque socarrón y gruñón, hombre.


Nadie le secundó, pero eso a él le dio igual, viendo en su mente como todos alzaban sus copas y brindaban ruidosamente por el amigo Pepe.


Luisi se puso a su espalda, y quitándole la gorrilla que siempre llevaba, le dio un beso en la arrugada cabeza, mientras le abrazaba, sin saber si él sabía que le estaban abrazando. Pero se sorprendió al ver cómo la mano de Ignacio se posaba tiernamente sobre la suya.


– Sí, Ignacio, Pepe era un gran hombre…


– Que nunca hizo la guerra, Ignacio, al igual que tú -Francisco cortó a Luisi mientras agarraba una de las manos de Ignacio-. Eras un niño de cinco años, Nacho y José estaba naciendo, ¿verdad, Luisi?


– Mira que eres puñetero, cura cabrito -Luisi se puso la lado de Francisco-. ¿No le puedes dejar en sus ensoñaciones?


– No le voy a mentir, Luisi. Nacho es un amigo desde hace muchos años. Un rojo, ateo sí, pero un amigo que se ha desvivido por este barrio y por sus vecinos. Y por el respeto y el cariño que le tengo…


– ¡Mirad el cura! -exclamó Ignacio de de repente mientras ponía una de sus últimas fichas en el tapete- Ahora se ha vuelto invertido, el faccioso. Pero Paco , ¿que hubiera dicho la Angelines?


– Retiro todo lo que he dicho de tí, rojo.


El cura colocó la única pieza que le quedaba sin colocar.


– Y Angelines era una buena mujer que venía a limpiar a la casa y a la parroquia.


– Y te limpiaba el cepillín, Paco, que todo el mundo lo sabe.


El rostro rubicundo del sacerdote se tiñó de rojo, ante las palabras vivaraces de Luisi.


Marisa, Julián y hasta un recobrado Ignacio, rieron provocando un escándalo en la sala donde jugaban al dominó en aquella mañana del mes de Julio.


Hasta el propio sacerdote comenzó a reírse.


– Que sepáis que sois todos carne del infierno.


Todos rieron ante el comentario, como si les importase lo más mínimo dónde fueran a ir.


– Y he vuelto a ganar…
Rió, Francisco, con más fuerza agarrándose su prominente barriga, mientras los demás callaban.


– Maldito cura este.


– No pasa nada, Marisa -respondió con esa forma tan suya de alargar las palabras.


– El faccioso éste -respondió Ignacio dejando unas monedas de euro sobre la mesa.


Los otros jugadores le imitaron, mientras Francisco recogía las monedas y las guardaba en un monedero de ajada piel marrón.


– Mira, Paco -Luisi miraba hacia la puerta que se acababa de abrir-. Por ahí viene a buscarte el «chocolate».


Un joven y alto sacerdote negro, entró en la sala e iba saludando a todos los residentes que se encontraba al paso. Lucía un traje negro con el blanco alzacuellos y una enorme sonrisa en el rostro.


– El Padre Abdul es un hombre de Dios. Un buen hombre. No el «chocolate».


– Así le llaman en el barrio. Además dicen que sus misas son mejores que las que dabas tu.


– ¿Dicen, Marisa? ¡Ah, claro! Tú no vas a misa.


– ¡Ni voy a ir! Paco. Venga Julián que por ahí vienen los niños.


Julián se levantó y apretó cordimente la mano a sus amigos.


– Luisi, ¿te vienes a comer? Sabes que a los chicos no les importa.


– ¡No, Julián! -dijo mientras se alejaba de la mesa-. Dentro de un rato hay bailes de salón y a ver si finjo que me duele algo y David baila conmigo, así siento sus músculos.


Y con pícara sonrisa se alejó al lado contrario de la estancia.


– No cambiará…


– Paco -las vocales se estiraban en la boca desdentada de Julián.


– Ya lo sé – el sacerdote ya se había levantado del asiento y movía la cabeza en gesto de negación al ver como el joven y nuevo párroco no hacía más que detenerse para hablar-. Voy a rescatar al muchacho, pues si le dejo nos tiramos aquí todo el día. Mira que le gusta hablar. Pasad buen día. Y mañana nos vemos.


Se alejó unos pasos, pero antes de dar más, se detuvo y buscó a una enfermera que andaba por allí.


Se acercó a ella y señalando hacia la mesa de dominó, habló con ella.


Al cabo de unos minutos se despidió de la mujer y se acercó hasta donde estaba, aún sentado y con la mirada perdida, Ignacio.


– Vamos, rojales. Que te vienes con el enemigo, anda. A ver si te evangelizo.

Ignacio se dejó levantar por el párroco y camino junto a él.


– Sus hijos…-negó con la cabeza-. Esas alimañas que solamente vendrán para cobrar la herencia.


Se persignó como pidiendo perdón por los pensamientos que le cruzaban por la mente.


– Otro día que le dejan sin venir a visitarle si quiera. ¡Padre Abdul! Ayúdeme hombre.


El joven sarcedote corrio en ayuda del anciano párroco, sujetando sin esfuerzo el entero cuerpo del anciano, a quién comenzó a hablar sin parar, aunque Ignacio no le escuchase.


La hija y el marido de Julián y Marisa llegaron ante ellos.


– ¡Qué! ¿Quién ha ganado? -pregunto el marido de la hija, sonriendo- No digáis nada, Don Francisco, como si lo viera.


– Algún día descubriré como hace trampas, pues las hace. ¿Verdad, Julian?


– Siempre ha sido un tramposo, aunque diga que no y que Dios está de su parte.


La hija rió mientras besaba a sus padres.


– Hoy papá, la paella la haces tú. Que sabes que a Alonso, aquí presente, solamente le gusta cuando es la tuya.


– Tiene buen gusto tu marido.

Iván Córdoba

@ikormar

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EN BRAZOS DE LA DERROTA.

Me gustaría decir que estaba en un local concurrido en el Malecón de La Habana. O en algún local de moda, muy concurrido, en pleno Manhattan. O en Berlín.

Me gustaría decir que aquella banda de jazz sonaba armoniosa y acompasada.

Me gustaría decir que aquella joven, que estaba al piano, flaca y de pelo revuelto tenía una voz dulce y melodiosa. Que tocaba con destreza con sus largos y hermosos dedos, haciendo que todo el mundo que había en aquel local, disfrutaran mientras se olvidaban de sus miserias.

Me gustaría decir que mi aspecto era estudiadamente desaliñado, con un traje de lino de un color blanco roto o beige, que lucía un sombrero Ipanema de medio lado, mientras en mis dedos se consumía un cigarrillo, mientras una inmensa y aromática voluta de humo, se mezclaba con sus congéneres en frenético baile, inundando todo el local, tenuemente iluminado por las pequeñas lamparitas de cada una de las mesas.

Me gustaría decir que la camarera, altiva y altanera, de desbordante belleza y melena rubia ondulada en una tirante melena, se acerca a mi mesa, y depositandome una copa nueva, sobre un posavasos de color negro, deposita una servilleta, escrita con su delicada y apretada letra:

A la salida nos encontramos, guapo.

Tras esas seis palabras, un número de teléfono, por si no nos encontrábamos y nos perdíamos en el bullicio de una calle ricamente iluminada.

Me gustaría decir todas esas y más cosas.

Engañarme embriagado por los ensueños que producen el alcohol ingerido.

Me gustaría decir que en realidad es todo un ensueño, vestido con un rápido pantalón vaquero, y una cutre camiseta descolorida de los años ochenta, seguramente comprada en un mercadillo de quinta o sexta mano.

La música desacompasada hendía el aire, sus notas amorfas rasgando los tímpanos de los cuatro borrachos que allí confluimos.

La camarera transmuta en un tío de panza prominente que en su boca lucía pocos dientes. En su cabeza pocos rizos había, evitando una calva profunda.


Un chupito sucio cargado de tequila de garrafón, esperanzado de que no me diese un coma etílico al tomar sin moderación, ese alcohol más digno de cicatrizar heridas, que de ser una bebida.


La chica que estaba al piano, no distaba tanto del ensueño, más que en sus brazos se veían las marcas de las agujas con las que se metía su veneno.

Un esqueleto andante con una piel arrugada y amoratada envolviéndola, una voz estridente y carraspera, sus largos dedos huesudos castigando las teclas de aquel piano, cuyas notas disonantes no sonaban a derechas.

Pero sí ponía alma, que no talento, en aquel Jazz de desgarrada letra, es lo único que ponía y transmitía la tristeza de esas mesalinas que en calles grises y lóbregas, a la sombra de las luces de la Gran Vía, malvivian y se vendían por una cajetilla de tabaco, o unos míseros euros que les permitiese su próxima dosis de «caballo».

Una cajetilla de tabaco de contrabando, descansaba arrugada a mi lado, tras cruzar el estrecho en cayucos siempre acechados por los de Aduanas.

Tabaco prensado en cartón y papel barato. Que me secaba la boca y me desangraba el ánimo.

Un antro como cualquier otro fuera del recorrido turístico habitual.
Una de las putas, de rostro bruscamente pintado con colorete de a euro el saco, pelo rizado de piojos cargado, y labios de botox de olvidado inyectado, de las que hablaba la canción, se sienta a mi lado.

Le dejo unos euros en billetes arrugados, junto a la cajetilla de tabaco.

Agarrándome de la mano, mientras atrapa el dinero, me lleva a los aseos.
Dos fulanos se están enculando encima de sucios lavabos.

Cerramos la puerta, mi necesidad aprieta. Mi pobre miembro bajo el pantalón tiembla.

Entramos en el otro aseo, el de hombres, desierto. El olor a orines y otros desechos se clavan en nuestro pecho, pero no nos detenemos.

La puta harapienta, con más años que mi propia madre, llena de papel higiénico los charcos de meado de los que están lleno el suelo.

Se arrodilla encima de ese papel que se tiñe de amarillo, sobre sus rollizas y artríticas rodillas.

Con sus dedos gordos como morcillas, desabrocha mi bragueta metiéndose toda mi polla entre sus labios caídos.

En tres rápidos movimientos, me corro en su boca, ella me grita y me escupe mi propia lefa en la cara. Me golpea con saña, pero no fuerzas la quedan ya a la desgraciada.

Mientras me cierro la bragueta, la quito de un empujón, cayendo sobre los astillados adoquines, en medio de un enorme charco de meado perlado de sangre de algún cirrótico que poco le faltaba para que palmase.

Salgo del baño, siento duro el ataque de la disonancia de las notas asesinas.
Me siento en mi desvencijada silla. Junto al chupito reposa un papel, que no es una servilleta con ninguna nota, los únicos números que aparecen es el precio elevado de mi consumición de alcohol de quemar.

La puta sale gritando como loca del baño, el camarero me mira mal encarado.

Se lo que viene, pero aún así me duele.

Grito a la puta que se calle, que ya se iba a ir cenada a su puta casa.

A mí se lanza, tropezándose con el tacón que se le acaba de partir, cayendo como una ballena varada en plena desierta playa.

Me río mientras el puño del camarero impacta en mi cara.

Caigo al suelo, una lluvia de patadas.

Todo me duele y no como reza la canción: » de ser tan guapo…»

No me defiendo, no por falta de fuerzas, sí de valor. Mejor me hago el muerto así acabamos antes.

Unos golpes después, noto como me meten la mano en el bolsillo del pantalón sacándome la cartera.


– ¿Con esto pretendías pagarme, cabrón?


Grita el camarero mientras me vuelve a golpear en unas cuantas ocasiones más.


En la sangre que fluye de mi nariz, pómulo y cejas, cae mi vaciada cartera.


Los dos billetes de cinco, mi agresor no los suelta.


Siento que me arrastran y en la calle me dejan.


– ¡Como te vea por aquí, tío mierda, te arranco la cabeza!


Amenaza en vano o falta de memoria por el exceso de heroína esnifada, pues esa misma escena se repite sino cada semana, sí cada mes.


Me deja en la calle olvidada, la puta me pisa con su zapato sin tacón la cara.


Y mientras se aleja cojeando, a una rana me recuerda, me rio ante aquella escena.


El suelo esta frío, pero no mojado. Cómoda cama que otras veces ya me ha cobijado.


La acera y el asfalto están secos que para eso estamos en verano.


Me arrastró hasta una esquina, me meto la mano en el otro bolsillo del pantalón, me han robado lo poco que tenía, pero me han dejado un cigarrillo arrugado y medio partido.


Sonrío.


Me duele la cara y el movimiento de mis labios me abre más la herida de la boca.


Me limpio la sangre con la sucia camiseta.


Una cerilla reposa en el fondo del billetero de la cartera, dónde un DNI caducado me mira acusándome por no haberlo cambiado.


Froto el fósforo sobre la áspera acera y me llevo la titilante llama a la punta del cigarro.


Una bocanada de veneno de cartón seco, baja por mi pecho.


Me gustaría decir que estoy en el malecón de la Habana, en Manhattan, en Berlín, pero estoy acurrucado entre los brazos de la derrota, a los sombras de la noche de Madrid…

Iván Córdoba

@ikormar

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FUTURO GRANDIOSO


Soñábamos con un futuro grandioso plagado de batallas ganadas. Héroes de leyenda cuyas gestas en tabernas y palacios eran recitadas por los mejores bardos que ha dado el tiempo.
Míranos ahora en este campo yermo. Huyendo con el rabo entre las piernas como los perros, para no ser pasto para los cuervos que se están dando tremendo festín con los muertos. Cuerpos de nuestros hermanos y compañeros.
Cientos, miles de muertos que acabarán siendo abono de este páramo baldío.
¿Dónde está la grandeza que nos prometieron? Esa que nosotros creímos ¿Dónde?
¿Recuerdas, hermano, lo que nos reímos? ¿Todo lo que bebimos? ¿Lo que follamos tan divertidos?
Estábamos llamados a ser héroes y así, ebrios de gloria, vinimos.
Que sordo estaba el destino que no escuchó esa llamada
Formamos codo con codo, escudo con escudo con nuestros hermanos de la falange.
Que ligera nos parecía al comienzo del día las sarissas cuyas picas brillaban bajo la luz del día, estrellas que titulaba frente al enemigo.
Que pesadas se volvieron cuando la carga no avanzaba. Cuando era el frente enemigo el que con más fuerza empujaba. Cuando cayeron los primeros escudos, el ímpetu no bastaba.
El sudor bañando nuestra cara. Los dientes rechinando bajo nuestras largas barbas. Los brazos en tensión con los músculos a punto de reventar. Las espadas desenvainadas, sangre que nos salpicaba. Gritos de furia gritos de muerte, metal que se rompe.
¡Huid! «Corred»
Todo es en vano, nuestros amigos, camaradas, hermanos en desbandada. Pocos aguantamos el tiempo suficiente para una huida segura buscarnos.
¿Dónde está la caballería por los flancos? ¿Otras falanges para ayudarnos?
Cuando el miedo llega enseñoreado, el valor huye acobardado.
Soñábamos con un futuro grandioso, ¿verdad, hermano? Ahora que caminamos entre los platos que engalanan el festín de los cuervos, solamente buscamos seguir hacia delante. Vivir otro rato.
¡Aguanta, hermano, aguanta! Que casi estamos llegando a ese lugar sin nombre en el que seremos olvidados. Nuestros nombres no serán loados, ni nuestras gestas recordadas.
¡Aguanta un poco más hermano!
Llega la noche, aunque el día apenas haya despuntado.
¿Dónde están los gritos de los moribundos? ¿Las voces lastimeras que claman una rápida muerte para aliviar su dolor? El olor a sudor, al miedo que alivia las tripas cagándonos encima, empujando más y más, sin desfallecer, no por una bandera ni una idea, simplemente para conservar la vida unas horas más. ¿Dónde están las canciones que hablan de todo ello?
Con la poca humanidad que aún conservo, hermano, he tenido que hendir el cuello de un compañero con la punta quebrada de su sarissa. Así he puesto fin a su dolor, he conseguido su silencio.
¿Recuerdas hermano los guiso de madre? Unas zanahorias, cebollas y patatas, algunos días, los menos, carne de cabrito o cordero, las demás, pescado del que traía padre del puerto.
¿Recuerdas que no queríamos ser pescadores como padre o abuelo? No, nosotros éramos guerreros. Los mejores de todo el pueblo, que armados con palos desafiábamos a todo aquél que se pusiera por medio. Vencíamos a todos, de la guerra éramos los dueños.
Reíamos mientras descansábamos recostados a la orilla del mar.
¿Recuerdas el día que vinieron los reclutadores, hermano?
Guerra no faltarían. Siempre al servicio de un rey, su hijo, el hijo de este que quería conquistar más que su antecesor. Ser más duro que el más duro, pero sin mancharse las manos, para eso ya estaba el ejército.
Aventuras dijimos. Fama pensamos. Una soldada que nos permitiría ayudar a la renta familiar, sin saber que esa soldada acabaría gastada en lo más infecto de la caravana de campaña, en putas, dados, alcohol.
¿Cómo hemos acabado aquí, hermano?
¿Cómo?
Todo final tiene un comienzo…

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#RetoDraJ

RENDEZ-VOUS AVEC LA MORT




Odiaba el 14 de febrero. No tenía ni pareja ni amigos, pero ahí estaba, una postal sin remitente del Puente de las Artes. París lucía tan lejano ahora. En el reverso con letra desconocida aparecían su nombre, dirección y solo un mensaje:
«Rendezvous. 30 de febrero».


No me gustaba aquel inicio para mi carta. En realidad no me gustaba ninguno de los inicios para aquella última carta, que por supuesto, nadie leería. Todo era demasiado impostado, demasiado falso, al igual que aquel retazo de vida en la que «vivía».


Pero pronto acabaría.


Miré a través de la ventana de aquel piso en pleno barrio Latino de París. La noche empezaba a caer y una luna brillante, parcialmente cubierta por grises nubes, despuntaba ya en el cielo irradiando de una sobrenatural luz sobre calles plagadas de sombras que deambulaban errantes.
Aplasté el filtro del cigarrillo entre decenas de otros filtros que reposaban amontonados en aquel viejo cenicero de latón. Apuré de un trago el cognac que restaba en la ancha copa de balón.


Estaba cansado.


Volví la vista a la postal tirada sobre aquella mesita junto a la ventana.


«30 de febrero».


Una buena fecha, tan irreal como todo en aquel mundo que veía a través de un brumoso velo.


Hacía frío. Me arrebujé en el abrigo mientras el aire procedente del Sena, penetraba hasta mis huesos.


París lucía distante ahora, a pesar de estar caminando por ella. Su luz no era la misma. No. Ahora a mis ojos, todo aquel brillo de antaño se mostraba velado. Todo era diferente. Aquel mundo era diferente.


Sombras apretujadas unas con otras, celebrando el Día de San Valentín, se iban cruzando en mi camino. Otras permanecían etereamente apoyadas sobre los muros de piedra que daban a la Île de la Cité.


No presté la mínima atención. No tenía nada que mirar. No había secretos que las sombras guardasen para mí. Ya no. Hacía tiempo que las gárgolas pétreas que custodiaban Notre Damme, ya me los habían revelado.


De eso hacía mucho tiempo. Muchas vidas atrás. Era hora de acudir a una cita tantas veces pospuesta.


Encaré el Pont des Art desde la rivera derecha del río. Anduve por su plataforma de hierro y madera. Las barandillas ya no refulgían por el brillo de miles de candados. Ahora frías placas de cristal las protegían de los enamorados.


Una sombra en un banco de madera.
Sonreí. Había acudido pronto, o yo demasiado tarde.


Me senté junto a ella. Sentí su congelada sonrisa en mí. No la miré. No hacía falta.


– Llegas tarde.


– Siempre has tenido prisas -contesté mientras mi vista se fijó en el único candado que había en la barandilla-. ¿Es el nuestro?


– ¿Cuál si no? Nada más apropiado para este día.


– ¿El 30 de febrero? -dije con sorna.


– Da igual. Es la hora. Ya no se puede posponer.


– Rendez-vous avec la mort. Por fin descansaré entre tus brazos.


– ¿Me besas?

La miré. ¿Quién dijo que la muerte no es bella?

La besé y la luz volvió a resplandecer.

Está es mi aportación al reto #MismoInicioDiferenteFinal.

📸 DEPOSIPHOTOS


NO SUELO TEMER A LA OSCURIDAD (10)


Hace tiempo que no escribo. No sé exactamente cuanto, pero mucho.
No tengo fuerzas.
No tengo ganas.
Las lágrimas me nublan la vista.
Quiero beber.
¡Joder!
Aún no estoy preparado.
Todavía no.
Pensé que podría pero con cada palabra las ganas me inundan, como cuando el alcohol cae por mi garganta. Cómo se recrea en mi boca, en mi lengua como un beso.
El tacto de la botella o del vaso sobre mis labios.
¡No!
Ya no. He tocado fondo. ¿O no hay fondo y sí una eterna caída? El abismo es oscuro y frío.
Pensé…pensé que estaba preparado. Las manos me tiemblan. Apenas acierto con las teclas.
No puedo.
Ahora no.

📸 DEPOSITPHOTOS

EL CLUB (UNA HISTORIA DE DESEO) Sesión 1

Un cigarro languidecía entre mis labios. Un vaso de gruesa base con un par de dedos de un ambarino whisky de malta, reposaba en mi mano derecha. El fuego iluminándolo la noche de rojiza luz mientras que consumía, por décima noche consecutiva, la ciudad. En mi desnudez danzaban las sombras cuyo ritmo marcaban los incendios de las decenas de barricadas.
El exterior era un caos de manifestantes lanzando todo lo que podían hacia los policías que lentamente iban retrocediendo. Losetas, papeleras, sillas de las terrazas cercanas. Daban aquella batalla por perdida, pues los manifestantes no retrocedían, sino que se encaraban contra ellos buscando el cuerpo a cuerpo.
Observaba como algún agente caía en medio de la turba enfurecida, siendo pateado sin remisión. Ante esto, los agentes antidisturbios, prácticamente carentes de sus utensilios de defensa, encontraban valor para avanzar lo justo para recuperar el cuerpo del compañero caído. Luego volvían a retroceder buscando algún lugar en el que guarecerse de aquellos que les habían perdido el miedo.
En otro momento estaría sonriendo, sabiéndome uno de los causantes de tales disturbios. Jugando a un juego peligroso en el que los únicos ganadores seríamos nosotros.
En otro momento, quizás, me encontraría excitado ante aquella visión. Quizás, en otro momento, me estaría masturbando sin perder la sonrisa, es más, al correrme sobre el grueso cristal del ventanal, me carcajearía imaginando que mi esperma regaría la cabeza de todos aquellos anormales. Borregos que sin pensar, hacían lo que otros, nosotros, les decían.
Pero eso hubiera sido en otros instantes.
Una suave mano se posó, desde atrás, en mis trabajados pectorales. Uno de los dedos fue dibujando espirales por todo el pecho, libre de vello alguno, hasta llegar al pubis. La otra mano, de largos dedos y uñas pintadas en negro azulado, me asía mi flácido miembro.
Unos gruesos labios comenzaron a besarme el cuello, a cada pocos besos, un mordisco, que en otros momentos me hubieran encantado. La mano izquierda, masajeaba. Subía y bajaba. Sus dedos jugueteaban con suaves caricias sobre mí glande. Ella sabía lo que me gustaba.
La mano derecha, la que había ido dibujando espirales, fue moviéndose, siempre suavemente, por mis caderas hasta llegar a mis nalgas.
“¡Plas!”
Un azote. Cierro los ojos intentando encontrar el placer que aquello, en otro momento, me producía. Los dedos de aquella mano, bajaron hasta donde las nalgas se unían con las piernas, internándose en aquella zona tan placentera. Sentí sus uñas acercarse al orto, sentí un estremecimiento mientras aquel dedo acariciaba el perineo y jugueteaba con el escroto.
En otros momentos hubiera gemido, tendría el pene con una enorme erección y ya me habría dado la vuelta para follarme a aquella mujer que intentaba que volviese a sentir. Pero eso hubiera sido en otro momento.
Pero ella no desistía. Su mano izquierda seguía en su inútil masaje de mi pene. Los dedos de la mano derecha los llevó hasta mis labios, libres ya del extinto cigarro. Sabía lo que quería. Me los introduje en la boca y los chupe con deleite.
Sus dedos volvieron a descender por mi cuerpo, está vez con un reguero de mi propia saliva, hasta llegar a mis glúteos y penetrar entre ellos buscando entrar dentro. Abrí ligeramente las piernas, mientras notaba como, con suavidad, su dedo corazón se introducía por mi ano con un suave masaje. Emití un lastimero gemido, sintiendo pero sin sentir.
En otro momento, con el pene erecto, ya la tendría de rodillas follándola la boca. Eso hubiera sido en otro momento.
Me frustraba aquella situación. Me ponía histérico. La ira comenzaba a bullir desde mi estómago.
Miraba la calle desde lo alto del lujoso edificio, dónde se encontraba el ático en el que vivía, los manifestantes avanzando, la policía retrocediendo.
“¿Hasta cuando el gobierno soportará esto?” me preguntaba mientras sonreía y veía las sombras de las llamas revolotear sobre mi pecho desnudo.
Intenté concentrarse en los esfuerzos de ella por satisfacerme. Pero mi miembro seguía “muerto” a pesar de sus expertas manos.
Con brusquedad la hice colocarse frente a mí, empujando su cuerpo contra el ventanal.
Su negra melena la caía por los hombros. Ojos de un profundo tono verde fijos en los míos. La respiración agitada subiendo y bajando sus torneados pechos. Bajo la mirada por su suave estómago hasta llegar a las caderas, la cinta del negro liguero torneando su rasurado pubis, mostrándome sus encantos. Mis manos acarician el contorno de sus piernas, distrayéndose en el bordado de sus negras medias.
Ella me agarró el vaso de whisky. Bebió un ligero sorbo y dejó caer el ambarino líquido por su cuerpo, del cual bebí, queriendo estar sediento. Recorrí cada trocito de su piel. El cuello por el que descendí hasta sus pechos, en los que me entretuve entre besos y ligeros mordiscos, continué descendiendo. Tomando el sabor tostado y a madera del Whisky por su cuerpo. Lamiéndolo como si fuese un perro. Superé la tira del liguero perdiendo mi lengua dentro de su cuerpo, buscando que mi cuerpo reaccionase y endureciese mi miembro, el cual no había respondido a ninguno de los intentos de ella.
Mientras mi boca se impregnaba de su humedad, mis puños se crispaban por la inoperancia de mis músculos. Sus manos se aferraban a mi pelo, apretando más y más.
Sus piernas descansaban en mis hombros. Mi boca entre ellas, mi nariz aspirando su dulce aroma, mis manos a intervalos, aferradas a sus caderas y en forma de puño golpeando el ventanal.
Los gemidos de ella inundaban la sala ahogando el crepitar del fuego del exterior, el sonido de las sirenas, la batalla campal que se estaba librando ahí abajo. Apoyada contra el cristal, arqueaba la espalda y empujaba su sexo, aún más, sobre mi boca empapada y chorreante.
En un momento, entre movimientos convulsos, me clavó las uñas en el cuero cabelludo, mientras gritaba en el momento en que mi lengua desbocada la hacía llegar al orgasmo.
Así permanecimos unos segundos. Yo de rodillas con sus piernas en mis hombros y su espalda apoyada en el ventanal, mi cabeza reposando en el interior de sus muslos.
Luego, nos dejamos caer sobre el suave y cálido suelo de parquet. Ella se medio levantó apoyándose sobre un codo, mientras que con la otra mano no desistía en su intento de conseguirme una erección.

  • Mis chicas llevaban razón, Lorenzo -hablaba en tono bajo, con melodioso timbre de voz-. No me lo podía creer.
  • Sí, Gabi. Llevan razón. ¿Por eso has sido tú la que has venido?
  • En parte sí. Quería saber si los rumores eran ciertos. Y luego, quería estar contigo. Sabes que siempre has sido mi favorito.
    Me dijo mientras me besaba. No solamente los labios, sino que comenzó a besarme por todo el cuerpo hasta que sus labios se toparon con mi flácido e inútil miembro, que estaba ahí caído sin reacción alguna. Golpeé el suelo.
  • Déjalo Gabi -la dije mientras me apartaba de ella frustrado-. Es imposible.
  • ¿Cómo va a ser imposible? -dijo con extrañeza mientras intentaba, de nuevo, mediante una felación, conseguir mi erección.
    La sujete suavemente del mentón y la miré directamente a los ojos.
  • Me ha robado el deseo -dije mientras me levantaba y servía dos vasos de whisky-. Ya me lo advirtió; que tras ella, ninguna mujer ni hombre, volvería a conseguir que se me pusiera dura. Evidentemente no la creí.
    Gabriela se acercó a mí y tomando el vaso que la ofrecía, bebió un pequeño sorbo.
  • Tubo que ser alguien muy especial.
    Lancé un bufido.
  • Era única.

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EL ATAÚD

Despertó, sin saber cómo, dentro del oscuro ataúd. Todo era negrura. Ni una sola hebra de luz penetraba hacia el acolchado interior.
Apenas distinguía, recortado en la oscuridad, la forma de sus manos que empujaban la madera hacia arriba.
Pero esta no cedía.
«¿Que hago yo aquí?» Pensaba mientras hacía toda la fuerza posible para levantar, al menos mover, la pesada tapa
Golpeó, con los puños cerrados, intentando llamar la atención de quién estuviese fuera.
«Tiene que haber alguien fuera. Debo de estar fuera».
Pensaba para tranquilizarse.
Pero la tapa no se movía. Nadie respondía.
No veía nada. Intentaba moverse, pero el espacio era muy reducido y no podía.
Intentó levantar las piernas para hacer más presión. Fue imposible.
«¡Por favor! Que sea una broma pesada. ¡Por favor! ¡Por favor!».
Comenzó a notar como el sudor le bañaba la frente y resbalaba por su rostro.
Seguía presionando con las manos. Cambiaba y golpeaba con los puños.
La tapa no se movía. Nadie fuera respondía.
Intentó gritar, pero la voz de su garganta no salía. Le raspaba la tráquea. Sentía un agudo pinchazo en ella. Carraspeó para quitarse la molestia, pero lo único que consiguió fue sentir un cosquilleo subiendo hacia la boca.
«Estoy atrapado ¿Por qué?»
Su respiración era cada vez más acelerada. Comenzó a pensar que aquello no era una broma, ¿que era entonces?
Notaba como en el interior el aire se iba cargando. Como el oxígeno se consumía por el dióxido que exhalaba cada vez más rápidamente.
Se removía furioso. Empujaba. Golpeaba con los puños. Arañaba con las uñas el suave acolchado hasta que consiguió desgarrarlo, comenzando a arañar la madera.
Motas de serrín caían en su rostro junto pequeñas esquirlas de madera que eran arrancadas de la madera de la tapa.
El aire cada vez más pesado. Cada inspiración era un esfuerzo. Comenzaba a notar el peso de aquel aire aplastando sus pulmones. Le palpitaban. Le ardían el pecho.
Comenzó a ver destellos de mil colores. Sabía que aquello era debido a la falta de oxígeno.
Arañaba más fuerte. Intentó gritar cuando se arrancó una uña que cayó sobre él en una mezcla de sangre, piel y astillas, pero no podía gritar.
El cosquilleo que sentía en la garganta era más acuciante. Cada vez más intenso. Subiendo y subiendo.
Notaba pequeños pinchazos en el cuello.
Arañaba, ya sin resuello, sin sentir como le crujían los dedos al rompérselos intentando profundizar unos centímetros más en la madera.
«¿Cómo he acabado aquí?» Pensaba sintiéndose cada vez más débil. Notando un intenso cosquilleo en las manos, en los brazos. Como si mil hormigas estuvieran en plana carrera por ellos.
Cada movimiento era más pesado.
Intentaba arañar unos centímetros más.
El pecho le ardían con las llamas del infierno.
Las luces que veía cada vez eran más numerosas.
El cosquilleo de la garganta le llegó a la boca, notando en la lengua el contacto de finas patas avanzando.
Sintió asco al pensar que un bicho le había subido por la garganta. Una arcada.
«¿Un bicho? ¿Cómo?» Pero sus pensamientos cada vez, al igual que sus movimientos, eran más lentos. Más inconexos.
No desistía de avanzar y avanzar hasta que surjiera una mínima brecha por la que pudiera entrar algo de oxígeno.
No se daba cuenta, ya no, de que sus manos apenas acariciaban las cicatrices de la madera.
Lo último que sintió antes de exhalar un último suspiro, fue como una enorme cucaracha se abría paso por sus labios hacia el exterior de su cuerpo.
Nunca supo… Como nadie de su familia supo jamás de él.

Este texto es inspirado en el reto de #AsiloOscuro con la frase: «Despertó dentro del  oscuro ataúd».

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NO SUELO TEMER A LA OSCURIDAD (9)


Corría en medio de la oscuridad.
Sentía el aliento de aquello que me perseguía en mi nuca.
Notaba como aquella oscuridad, intentaba con sus dedos de negrura, alcanzarme. Llevarme hacia lo más profundo de ella. Devorarme.
Las manos del padre Marcos recorriéndome el cuerpo. Su aliento. Sus susurros. Sus golpes.
Corría por una carretera mil veces transitada, cruzándose una y otra vez con viejos desvíos, que volvían a desembocar en la misma a carretera. Había corrido por todas ellas.
Intentando huir siempre de la sombra que me acechaba. Cada día más cerca. Su aliento cálido, espeso, húmedo.
Mil carreteras y desvíos que confluían en el mismo. Señales, postes, carteles informativos todos me llevaban hacia el mismo destino. A tropezar y caer.
Y así me encontraba.
¿Cuántas veces me habré acordado de Raúl y Damián?
Pocas, casi ninguna. No voy a mentir. Como me he mentido siempre. Como llevo mintiendo tantos años.
Mentiras que me han tenido callado. Y mi silencio…
¿Cuantos niños, como yo, como Raúl y Damián, habrán pagado?
Caído. Derrotado. Asaltado por la culpa. Con el rostro anegado de lágrimas. Con la garganta seca, que pedía ser regada por el alcohol que ansiaba.
Ese inhibidor momentáneo de recuerdos y dolores pasados.
¿Había tocado fondo nuevamente?
Sí. Pero sabía que no iba a ser suficiente. El fondo que toco es un trozo de gasa que cese, y sigo cayendo.
¿Tendré ayuda en esta ocasión? Seguramente sí, pero no sé si reuniré el valor de volver a la asociación y en círculo levantarme y reconocer que he fracasado. Que he caído en los brazos de mi puto amante.
Y todo ello me golpea con la más fría de las certezas, cuando voy recobrando la conciencia.
Estoy tirado en medio de un charco de vómito, mío seguramente.
Unas mano suaves me intentan levantar.
Una voz dulce, que sé que conozco, pero que soy incapaz de reconocer, me habla, me llama, con tono preocupado.
– ¡Daniel! ¡Daniel!
Intento ayudar a levantarme. Es un intento lastimoso y patético. Pongo una mano en el vómito para auparme, pero resbalo y caigo.
– ¡Vamos Daniel! ¡Levántate!
¡Levántate y anda Lázaro! No sé porqué pero esas palabras inundan mi mente.
Luego pienso que les jodan a Lázaro y a quién le dice que se levante.
Una botella de bourbon, por favor. No era que fuera a levantarme con ella, pero el sabor del vómito que entraba por mi boca, sabría de otra forma.
– ¡Daniel! Por favor.
Daniel ya no hacía favores a nadie. Daniel quería quedarse allí ausente de todo. Daniel solamente anhelaba una botella en su mano y un buen lingotazo bajándole por la garganta.
Daniel sólo quería seguir el paso de Raúl y Damián. Pero Daniel, y él lo sabe. Yo lo sé. Es muy cobarde para ello.
A lo mejor si con un trozo de vidrio de la botella, que tanto ansío, vacía y rota…
– ¡Daniel! Estaba muy preocupada. No me has contestado. ¡Daniel, sal de dónde quieras que estés!
Paula. Es Paula la que intenta ayudarme. Paula que me llamó y no la contesté. Paula, la única que ha estado conmigo, que sigue estando, que siempre me ha dicho que siguiera mi camino. Que no me quedase en este sitio. Pero algo me lo impide. Una fuerza me tiene atado a este lugar.
Paula que ha venido. Pero, ¿cuando me llamó Paula? ¿Cuanto tiempo llevo aquí tirado? ¿Dónde es aquí?
Los dedos finos de ella me sujetan por el brazo, dando pequeños tirones intentando levantarme. Apoyo una mano temblorosa en el charco, la misma de antes que había fallado. Tiembla, siento que voy a caer. Paula es fuerte. Lo sé. Nadie más fuerte que ella, que incluso más rota que yo, se recompone a cada instante para ayudar a quien sea.
Tira de mí y yo, movido por su impulso, me levanto. Tambaleante pero sujeto por la fuerza de ella, me mantengo de pie.
El sol me ciega. Intentó hacer visera con la mano. Entrecierró los ojos, quiero hacerme una idea de dónde estoy.
Árboles, zonas verdes, bancos, un lago con una fuente de cinco chorros en el medio. La ciudad era pequeña. Reconozco el lugar; El parque del Centenario.
– ¿Que hago aquí?
Soy capaz de articular con una voz rasposa y lengua de trapo.
– ¿Que te pasa Daniel? -la voz de Paula es toda preocupación.
– Soy débil Paula. Soy débil…
Rompo a llorar dejándome caer en su hombro. Vuelvo a dejarme envolver por su abrazo. A sentir consuelo. A sentirme a salvo.
Ella, como otras muchas noche había hecho, me mecía entre sus brazos.
Me lleva a rastras hasta un banco cercano. Nos sentamos.
Ella me deja llorar por mucho tiempo.
La añoraba tanto. La necesitaba, la necesito tanto. Ella lo nota, lo sediento que estoy, pero no me deja. Se queda conmigo.
Somos invisibles a los ojos de quién pasa por allí. Si no lo somos, seremos la comidilla de los cotilleos y murmuraciones.
No nos importa.
– ¿Por qué has venido?
– No me contestaste a la llamada de hace un par de días, Daniel. Por mucho que he insistido, no contestabas, ni a los mensajes tampoco. Ni escribías. No llamabas.
– Lo siento. Lo siento de veras. No…no quería molestarte.
Me aparta con suavidad, como siempre me trata, con suavidad.
– Soy tu compañera Daniel. Siempre lo he sido. Siempre lo seré.
– Pero…yo…
– Nada Daniel. Nada.
Vuelvo a llorar sobre si hombro. Me acoge entre sus brazos y me aprieta fuerte. Noto su barbilla en mi cabeza.
– ¿Cuánto tiempo llevas aquí? -me pregunta.
Hace un rato que estamos sentados observando el parque. Sin decir nada. Simplemente sentados. Viendo el revolotear de los pájaros. Viendo como los caños de la fuente, que nunca han ido bien, se atascan y escupen agua de forma irregular. Viendo como el sol va cayendo tiñiendo el horizonte de tonos rojizos.
– No lo sé. Puede que dos días, estaba muy borracho. No recuerdo. Puede que desde tu llamada que no contesté.
– ¿Le has visto?
– Sí…-no hacía falta más.
– Venga Daniel. Es hora de irnos.
– ¿Irnos? ¿Dónde?
– Por ahora, necesitas un baño y tirar toda esa ropa. Luego comerás algo y vamos hablando.
– Paula.
– ¿Qué? – Me dijo mientras me cogía del brazo para ayudarme a andar.
– Gracias.

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LUNANNA

Le gustaba mirar, mientras seguía entre las sábanas revueltas, como ella se iba poniendo las prendas de ropa que minutos antes se habían arrancado.
Ella sabía que a él le gustaba mirar. A ella también le gustaba que la mirase, por ello se recreaba en cada botón o pinza del liguero, del sujetador, de la falda, de la camisa. La hacía sentirse especial. Esa escrutadora mirada hacía que se sintiese una auténtica mujer, casi se sentía una amante más, no la profesional de lujo que realmente era. En aquellos momentos, cuando él la observaba con sus profundos ojos marrones, casi se olvidaba de sus demonios y temores. Pero solamente casi.

  • Me gusta observarte -dijo mientras se removía entre las sábanas, las cuales se deslizaron por su piernas, no por casualidad, dejando a la vista su incipiente erección.
  • Lo sé -sonrió ella con una sonrisa sincera y sensual, que dejaba entrever su lengua mientras recorría sus blancos dientes-. Y veo que estás dispuesto nuevamente.
  • Ya sabes cómo me pones -dijo mientras se subía pudorosamente la sábana cubriendo su desnudez-. Pero aunque quisiera otra sesión, hoy no puedo. Tengo esa dichosa cena en la que me van a entregar otro premio. Ahora por el proyecto de Dubái.
  • Lo dices como si fuera un fastidio ir a recoger un premio -habló mientras se medio sentaba a la orilla del colchón.
  • ¡Lo es! -agarró con delicadeza su muñeca y con la otra mano le apartaba un mechón de su pelo, colocándoselo detrás de la oreja y acariciaba aquel rostro, del que estaba enamorado-. Toda la noche rodeado de viejos carcas que lo saben todo y de aduladores que lo único que buscan es una foto.
  • Pues sí que suena mal. Sí. Personajes importantes. Platos de lujo. Champagne. Un premio importante. Algo muy duro.
    Andrés se rio mientras la atraía hacia él e intentaba besarla.
    Anna se dejó hacer y abrió sus labios buscando exprimir los de él. La encantaba que la besase. Sentir sus labios, su lengua. Se dejaba acunar entre sus manos que la trataban con delicadeza y ternura, no como un objeto por el que había pagado.
    Deseaba decirle que le volviese a quitar la ropa, que viese a la auténtica Anna, no al personaje con el que se ganaba la vida.
    Deseaba volver a costar se con él y que el amanecer les encontrase en la cama, pero no de ese ni de ningún otro hotel, en el de su casa o en la de él.
    Entre sus manos, entres sus brazos, anhelaba sentirse amada. Había pasado por la cama de muchos, pero por el corazón de ninguno.
    Se dejó hacer, sintiendo la calidez de su aliento con sabor a caramelos de menta a los que era adicto, la tranquilidad de sus carnosos labios de modelo, el cosquilleo en su piel que le provocaba su bien perfilada barba.
    Quería dejarse llevar.
  • Ya está -susurró mientras se apartaba de él con una sonrisa con la que disfrazaba sus ganas de más-. No quiero ser la culpable de que llegues tarde a tu premio.
  • Mi premio -dijo acodado de medio lado sobre la almohada-, sería que vinieras conmigo a esa cena.
    Anna, que acababa de calzarse sus elegantes “Manolo”, se volvió hacia él con la sorpresa en el rostro.
  • ¿Cómo dices?
  • Que vengas conmigo a la cena.
  • ¿Juntos?
  • Sí. Juntos. De la mano. Con grandes sonrisas, mientras que al resto de los hombres se les cae la baba y a sus esposas y amantes se mueren de envidia por tu belleza.
    Anna lanzó una sonora y limpia carcajada.
  • Sí, claro. Bajamos de nuestra calabaza tirada por bellos corceles andaluces.
  • Puedo conseguir una calesa si quieres…
  • Pero nada de perder un zapato ¿eh? Que luego no encuentro su pareja y me da coraje tirarlos a la basura.
  • Deja que sea tu príncipe azul.
  • Te dejas en el tintero que tu cenicienta, seguramente haya pasado por la cama de alguno de esos caballeros.
  • No me importa por la cama de quién hayas pasado. Esta noche, y mil noches más, serás mía y yo seré tuyo.
  • Que bonito sería…
  • ¡Podría serlo! -la interrumpió mientras se incorporaba y la agarraba suavemente de los brazos, sus ojos fijos en los de ella. Sus labios temblaban ligeramente. ¿Cómo decirla lo que sentía? -Deja que lo sea.
    Anna se quedó prendada de aquellos ojos, sintió la calidez de sus manos, deseó besar de verdad esos temblorosos labios. Quiso fantasear que aquello era cierto. Se quiso pellizcar para comprobar que no era un sueño. Pero ella tenía que protegerlo. No quería que nadie le hiciese daño. ¿Qué dirían de él al verle al lado de un escort? Todos ellos, seguramente, habrían pagado por estar con profesionales como ella, pero una cosa era una fiesta íntima y otra cosa ir de acompañante pública a un acto. Ninguno de ellos se habría atrevido a hacer algo igual. Así que tenía que ser fría. Por él. Por su reputación.
  • No, querido Andrés. No puedo -se apartó con mucha suavidad de sus manos mientras se levantaba de la cama-. Cenicienta ha de volver a casa.
  • Sé que no es usual -Andrés se levantó, buscando su ropa interior, de la cama y se acercó a ella-, pero ahora llamo a Gala y contrato otro servicio…
  • ¡Me ofendes! -Anna sintió que su globo, esa nube en la que se había montado, era pinchado de golpe por la realidad. Tenía que ser fuerte, ese era el momento-. Gala no pinta nada en todo esto. Se fía de mí. Soy la mejor de sus chicas. Yo me ocupo con quién quiero. No tienes que llamarla para hacer tu reserva…
  • ¡No! -la voz de Andrés se tiñó de vergüenza y estupor-. No quería decir eso. Anna…
  • ¿Anna? ¿Sigo siendo Anna para ti y no Luna como para el resto?
  • Eres Anna siempre. Y no he querido decir eso. Nunca he querido ofenderte. Para mí…
  • Para ti ¿qué?
  • Para mí eres especial -Andrés la había cogido de las manos. Tenía la mirada baja, algo poco usual en alguien tan pagado de sí mismo. No podía ser. Anna no quería que mostrase humanidad. No quería volver a ascender en aquel globo. No podía permitírselo-. No te veo como un objeto. Eres…
  • No sé qué piensas que soy, pero yo te voy a decir lo que tú eres; Un putero -dio gracias porque su voz no temblase en aquellos momentos. Tenía que ser fuerte-. Un simple putero como aquellos que van a un club o recogen chicas en la carretera. Eres igual, pero con dinero suficiente como para pagar el polvo a más de dos mil euros.
    Anna le miraba sintiendo como su alma se partía con cada palabra. Pero Andrés, que no perdió la mirada apesadumbrada, como si no se hubiera ofendido por sus palabras, la sonrió y llevó sus manos hacia los labios, besándolas.
  • SÍ Anna, soy un putero. Pero no sé de qué otro modo podría estar contigo, sino es pagando a Gala por que estés conmigo. Por eso te he dicho lo de llamarla. Para anular, si los tuvieras, más compromisos para poder liberarte de ellos y que vinieses conmigo. Sin más compromiso que tu compañía.
  • Nunca tengo más de un cliente por día Andrés. Y mucho menos si se trata de ti. Me dejas agotada.
    Le sonreía sin saber muy bien que decir. Andrés siempre la dejaba sin palabras. Cuanto deseó haber tenido otra vida para poder haberle dicho que sí a lo de la cena. Pero su vida había sido la que había sido.
    Su mente se llenó de recuerdos demasiado dolorosos.
    Todavía sintiendo la calidez de las manos de Andrés sujetando sus manos, se retrotrajo al día en que Luís, su hermano casi diez años mayor que ella, murió.
    Anna apenas recordaba ya a su hermano. Sí sabía que se querían, aunque siempre él la hiciera chinchar y acabaran discutiendo. Luís iba a resguardarse tras la falda de su madre, quién siempre la repetía que ella había sido un descuido, un error que no debía de haber ocurrido, por lo tanto siempre terciaba a favor de su favorito. Eso lo sabía él y por eso la incordiaba. Pero luego, en la soledad de su cuarto, la confesaba que estaba harto de estar allí, de las palabras de su madre, de la indiferencia de su padre a quién nunca le admiraba nada de lo que él hacía. De que estaba dispuesto a fugarse y a llevársela si ella quería. La abrazaba y la susurraba su perdón. Ella siempre le perdonaba.
    Su padre era un oficial del ejército de Tierra, orgulloso, severo, disciplinado. Ejercía de profesor de geopolítica en un escuela para oficiales del ejército. Pero con ella se desvivía. Anna era su favorita. Su ojito derecho, su debilidad tal y como le repetía mil y una vez su madre, a lo que él la sonreía y la besaba.
  • Una bendición es Anna. Un regalo inesperado. Una nueva oportunidad.
  • Unas gotas de esperma que no tenían que haberse quedado ahí -le decía ella con su habitual rictus de amargura -. Eso es lo que es.
    ¿Cuántas veces no se lo había dicho?
    Pero aún así, con el calor de su padre y, de vez en cuando, con la de su hermano, era feliz teniendo una infancia medio normal.
    Pero nada dura para siempre. Y su infancia terminó a los diez años. Luís, que hacía un par de años se había alistado en el ejército, buscando como siempre la aprobación, esa que nunca llegó, de su padre, fue destinado, junto a su unidad en pleno, a algún tipo de misión en el extranjero. Supuestamente aquella misión duraría unos seis meses. Luís contaba con veinte años, cuando unos meses después le dieron por desaparecido tras un accidente del vehículo en el que patrullaba una zona, que según su padre, era poco conflictiva.
    Una desaparición que meses después se convirtió en muerte oficial. Nunca se recuperó el cuerpo.
  • ¡Tú tienes la culpa! -increpaba a voces su madre, a gritos con la vena del cuello hinchada a punto de reventar, fuego en la mirada, salpicando de saliva el rostro de mi padre, mientras esté intentaba sujetar los brazos de esta para que le dejase de golpear. Lloraban los dos. Nunca había visto tan abatido a su padre-. ¡Nada era suficiente para ti! No como con tu favorita. A ella se lo consientes todo. ¡A ese error! ¡A esa abominación miserable!
    Anna lo escuchaba todo sin querer, sin comprender el porqué del odio que destilaban las palabras de su madre hacia ella. No comprendía. No quería escuchar. En su dormitorio se quedaba gran parte del día, con la cabeza bajo la almohada para amortiguar lo más posible los gritos de sus padres, mientras mojaba las sábanas con sus lágrimas.
    Así día tras día. Semana tras semana.
    El tiempo fue pasando pero nada cambiaba.
    Su madre siempre buscaba la confrontación con el padre. Vertiendo sobre él la hiel que llevaba dentro. Después se encerraba en el cuarto que había sido de Luís, el cual había convertido en un pequeño altar presidió por una de las fotos de él vestido de uniforme (tan guapo, tan joven, pensaba Anna), rodeado de velas a medio consumir, un viejo rosario de cuentas de madera deslustrada de tantas veces que la madre lo había usado, varios crucifijos, algunos sin Cristo crucificado, otros con él, y santos. Muchos santos. Siempre en penumbras el cuarto en el que ella, del tiempo que se pasaba de rodillas, había dejado un par de pequeñas manchas de sangre en la tarima. Cada día estaba más ausente. Cada día le dedicaba menos tiempo a ella y más a esa vocación que nunca había cosechado.
    Su padre se acercaba a Anna y la abrazaba.
  • Nada es culpa tuya, cielo. Tu no tienes la culpa de nada -le susurraba al oído mientras la humedecía el largo pelo castaño de lágrimas.
    Los días pasaban igual, hasta unos meses después, en los que la muerte volvía a golpear en aquella casa.
    Su padre, que hacía tiempo había perdido peso y las ojeras se habían intensificado en su rostro. El padre antes altivo y orgulloso, a quién le quedaba como un guante su uniforme verde, se iba consumiendo. Día tras día parecía más un espantapájaros dentro del traje, desgarbado, casi arrastrando los pies, tomando a escondidas pastillas tras cada discusión. Anna le abrazaba viéndole cada vez más alicaído, con menos fuerza, más mayor. Aquel hombre al que admiraba, quién la quería de verdad, había envejecido de golpe.
    Anna rogaba a algún dios, el de su madre o cualquier otro, que su padre siempre estuviera ahí con ella.
    Pero Dios no escuchó. Nunca escuchaba. O estaba sordo y ciego. O no existía.
    Su padre también la dejo. Un fulminante ataque al corazón tras, una más, discusión con la que había sido la mujer a la que amaba. Esa por la cual se había enfrentado a un a parte de su familia.
    Anna lloró más que nunca. Lloró más de lo que nadie fuese capaz de llorar. Ríos y mares. Torrenteras y cascadas de lágrimas humedecieron durante días y semana su rostro.
    La habían dejado sola. ¿Qué había hecho ella? ¿Por qué? Imploraba una y mil veces. Pero no hubo respuestas. Ni palabras motivadores. Ni brazos en los que llorar sintiendo el calor del cariño. Ya no había secretos susurrado en la oscuridad de la alcoba. No, al menos no los que ella anhelaba, sí hubo susurros de madrugada. Susurros que nunca olvidaría. Susurros que aún habitaban en sus pesadillas. Pero esos llegarían más tarde.
    En aquellos días que transcurrieron en soledad, su madre ni se dignaba a mirarla, Anna apenas salía de su dormitorio. Simplemente iba al colegio, ella sola, dónde sus profesores la decían que podía quedarse unos días en casa, pero antes prefería ir a clase que estar a solas todo el día con su madre. Si se podía decir que estaba con alguien.

Un día, varias semanas después del fallecimiento del padre. Varias semanas en las que su madre había guardado silencio y medio abandonado a su suerte, sí la hacía la comida, pero se la dejaba en un plato fría sin importarla si la comía o no. Muchas veces la escuchaba hablando por la casa, pero no con ella, no se atrevía a salir por si su madre pensaba que estaba fisgoneando y perdía los nervios. Pero aquel día sí salió.
Clara andaba haciendo círculos por el salón, hablando y gesticulando con un interlocutor que solamente veía y oía ella. Anna se quedó parada, en medio del pasillo, viendo aquella inquietante escena. Sintió un nudo en la garganta y sintió un frío intenso por todo el cuerpo. Se abrazó los brazos para ver si conseguía entrar en calor, pero no lo consiguió. No podía creer lo que veía…

  • ¡Tú! – Clara se giró de repente, con el dedo índice, tembloroso por la ira, extendido apuntando hacia Anna, la cual volvió a sentir aquel frío por todo el cuerpo y un temblor que la recorrió de los pies a la cabeza- ¡Maldita pequeña zorra!
    La voz de clara era fría. De tono glacial, controlado, aunque a veces se le escapaba algún temblor denotando la tensión que sentía. Eso era lo que más asustaba a Anna.
    No era una explosión incontrolada de palabras. No, aquello era pura frialdad. No había máscaras.
  • Tu eres la culpable de todo. Nunca tuvimos que tenerte. No estaba bien. Luís era feliz siendo hijo único. Tú le absorbiste el seso a mi esposo. Tú le transformaste en un mentecato. ¡Nunca debimos de tenerte! ¡Dios no quería que nacieras! ¿Sabes que estuve apunto de abortar? Pero los malditos médicos lo evitaron. Dios no quería que nacieras. No. Yo lo sabía. Eres una semilla del mal. Eres cizaña convertida en carne. Eres pecado. ¡Tú mataste a tu hermano! ¡Tu volviste a mi esposo contra su hijo! Tu tenías la culpa de que nada de lo que hiciese fuera suficiente.
    Anna temblaba ante aquellas palabras. Ante aquellos sentimientos con la que la estaban asaetando. Notaba como cada palabra le penetraba en el cuerpo como dagas, cortando y haciéndola sangrar. La debilidad se apoderó de sus piernas, que no la sostuvieron haciendo que cayera al suelo.
  • ¡Sí! Sí, pequeña zorra. Ahora arrástrate como la serpiente que eres -los ojos de Clara eran dos bolas saltonas surcadas de mil venas rojas. Su saliva se entremezclan con las lágrimas de se postrada hija-. Lengua sibilina con la que hechizaste la mente de mi esposo. Luís, mi bien hijo. Sufrió tanto por el desamor que tú causaste. Quería, como todo hijo, el reconocimiento de su padre. ¡Pero tú, pequeña zorra, lo impediste! Por eso se alistó al ejército…
    Clara se dejó caer de rodillas ante Anna, quién se estremeció al sentir los dedos en forma de garras de ella sujetar sus brazos, al notar el aliento de su madre tan cerca de la cara.
  • Tu fuiste la culpable de que le destinarán a una guerra en la que no debería haber estado si su padre hubiese intercedido. Pero no, el no iba a interceder. ¡Si hubieses sido tú abría removido cielo y tierra! Pero por mi hijo no. Él murió. ¡Mi hijo ha muerto, pequeña zorra! ¿Estás contenta? Solamente quedabas tú, un error. Un pecado. Mi castigo.
    Anna se estremeció al sentir el latigazo en el que se convirtió la huesuda mano de Clara. Sus ojos se llenaron de pequeñas luces parpadeantes. Intentó protegerse el rostro con sus bracitos, pero Clara era más fuerte y consiguió inmovilizárselos con una sola mano, mientras que con la otra volvía a darla un bofetón que la hizo rechinar los dientes.
  • Pero no. No estabas contenta. ¡El mal nunca está contento, pequeña zorra! ¡No! Hiciste que mi esposo se volviera contra mí. Hiciste que la convivencia fuese imposible. Convertiste esta casa en el infierno del que vienes. Pero no te bastaba ¿a que no? El mal nunca tiene suficiente. Le consumiste. Le amargaste hasta que su corazón no pudo más. ¡Tú, pequeña zorra, le mataste! Al igual que a mi hijo, te has llevado a mi marido. Ahora estamos solas, pequeña zorra, pero no creas que vas a poder conmigo. No, esta vez no. Sé de lo que eres capaz. Sé la clase de demonio que eres. Esta vez tendré ayuda. ¡Esta vez no triunfarás!
    Anna se quedó hecha un ovillo en un rincón del pasillo temblando de miedo, con la cara repleta de lágrimas envuelta entre sus brazos, que lucían moratones ocasionados por los dedos de Clara.
    Días después, al volver de clase Anna, se encontró a su madre sentada en el amplio sillón del salón. Estaba hablando en voz baja, pero en aquella ocasión sí había un interlocutor que la respondía.
    La joven cerró la puerta sin hacer ruido, y del mismo modo, recorrió el pasillo hasta su habitación, para así evitar algún ataque de furia a los que Clara la había acostumbrado. Cerró la puerta y se quedaría allí, como tantos días llevaba haciendo, con sus tareas del colegio, sin pedir ayuda a nadie si tenía algún problema o duda, ya lo averiguaría ella, escuchando música o simple y llanamente pensando mientras miraba al techo. Cualquier cosa menos hacer nada que importunase a aquella mujer, su madre, con la que convivía.
    Se sumergía en sueños en los que hablaba con su hermano y fantaseaban con fugarse lejos, montados en una escoba voladora, o en un tren con alas de paloma. Veía a su padre sonriente despidiéndose de ellos con la gorra en la que brillaban sus estrellas de capitán. O se lo imaginaba allí, en su cuarto, leyéndola cuentos de hadas, o novelas de amores imposible de Jane Austin, o simplemente sentado junto a su cama hablando del día a día, como podían hacer otras niñas de su edad.
    Pero eran sueños y los sueños se habían diluido en el aire, mejor dicho, habían sido sepultados bajo kilos de tierra.
    Una lágrima, otra más, comenzó a escapar de sus ojos. Se puso la almohada en la cara y apretó para parar la torrentera de lágrimas que se iban acuñando en sus lagrimales. No iba a llorar más. No quería darle el gusto a Clara, a nadie.
  • ¡Vamos! -la increpó la voz de Clara desde la puerta entreabierta-. Muévete. Hay alguien que quiere conocerte.
  • ¿Quién? -respondió con la voz amortiguada por la almohada mientras reunía todas las fuerzas en las palabras que iba a pronunciar-. ¿A quién te va ayudar contra mí?
    Anna no pudo ver la fría sonrisa de su madre.
  • ¡Vamos pequeña zorra!
    En el salón, la esperaba de pie con una copa, de un líquido de color ambarino, en la mano, un individuo de tez morena al igual que su pelo corto, el rostro anguloso cubierto de una suave barba de tres días, vestido de pies a cabeza con un traje oscuro, con el primer botón de cuello de la camisa abierto.
    El hombre le ofreció una sonrisa lobuna mientras la observaba con una frialdad que la traspasaba, desde sus ojos de color avellana.
  • Tu eres Anna. Siéntate.
    Esas fueron las primeras palabras que aquel individuo la dedicó. Luego vinieron otras que nunca olvidaría.
  • Mírala Padre Ramiro -dijo Clara al hombre, mientras le agarraba el mentón a Anna y la movía la cabeza de un lado a otro. La niña no se movía. La mirada del tal Padre Ramiro la dejaba paralizada-. Mira el pecado en su mirada. ¿Lo ves? Es el mal. Dios nunca quiso que naciera, pero el hombre siempre se inmiscuye en los designios del Señor.
  • No soy Padre Clara, sino más bien un simple pastor de un rebaño que busca su camino -la voz del autonombrado Pastor era melosa, de tono cautivador. Sus ojos clavados en Anna, mientras se pasaba la punta de la lengua por los labios, como si se tratase de un tic nervioso-. Tranquiliza tus miedos y dudas. Veo de lo que me has estado hablando. Ya no estás sola, amor.
  • ¿Qué puedo hacer querido Pastor?-Clara la soltó para abrazarse al pecho del hombre, que parecía que había tomado posesión del lugar de su padre.
    Anna sintió ganas de llorar. Poco le había durado el luto, ese que nunca llevó, por su padre.
    Aquella noche, Anna se despertó sobresaltada. Pensó que había soñado todo. Un mal sueño nada más. Luís vivía. Su padre estaba vivo. Su madre la quería y la sonreía. Todo había sido una pesadilla.
    Se levantó de la cama sin hacer ruido. No quería despertar a esa idílica familia que la había tocado.
    Salió de puntillas, intentando que las tablas del suelo no sonaran con sus pasos. Avanzó sin atender los tenues sonidos de la habitación de sus padres. Agarró el pomo de la puerta de su hermano, quería verle dormir tan despreocupado como siempre. Abrió lentamente.
    Un pequeño altar se alzaba sobre una tabla colocada encima de la cama. Sus grandes ojos la miraban desde la fotografía: “No estoy Anna. Me he ido sin ti. Lo siento”. Anna escuchó aquellas palabras en su cabeza, pero tan vívidas y con el tono de voz de su hermano, que durante unos segundos dudó. Pero aquella imagen de la habitación vacía, convertida en un eterno recordatorio de Luís, no era ninguna ensoñación.
    Quiso llorar. Quiso gritar. Quiso golpearlo todo, pero era una simple niña de diez, no, de casi once años. ¿Qué iba a hacer ella?
    Salió más despacio cerrando tras ella con un suave “click” la puerta. Allí se quedó apoyada en la oscuridad. Sintió, quiso sentir y eso lo volvió real en cierto sentido, los pasos de su padre. Su risa. Su voz. La voz de Luís. Sus piques. Sus bromas. Sus abrazos. Sus susurros relatando sus sueños de irse de allí. De escapar.
    Envidió en cierto modo a los dos. Su hermano y su padre eran libres. Habían escapado de aquella prisión dejándola sola a merced de una mujer que la despreciaba, que la culpaba de todo, a la cual no le importaría que estuviese muerta.

La memoria de Anna adulta, esa que está en la habitación de hotel con Andrés. Esa Anna que desea ir con él a su cena. Esa Anna que no puede decir que sí, que teme que todo sea un bonito sueño. Esa Anna que en la tranquilidad de su casa sueña con las manos de Andrés, con sus labios, con sus besos. Esa Anna/Luna que se lo imaginaba a él en la cara y cuerpo de los clientes que la solicitaban. Esa misma que siente sus manos en las manos que no son suyas…Es la mente de esa Anna adulta la que no recuerda que pasó después de salir del cuarto de su hermano casi quince años atrás. Ni como llegó a observar, por la puerta entreabierta de la habitación de sus padres, a su madre tumbada bajo el desnudo cuerpo del tal Pastor Ramiro, con las piernas enroscadas a su espalda, clavándole las uñas en la espalda con cada vaivén seco y rápido de él.
Es la mente de la Anna adulta la que quiere olvidar los ojos abiertos por la sorpresa de Clara al descubrirla tras la puerta, la mirada de satisfacción, las palabras que salían de su boca en un tenue susurro; “¿Te gusta mirar, pequeña zorra?”, mientras enroscan más fuerte las piernas entorno a la cintura de aquel Pastor que había llegado para tomar la casa y la cama de su padre.
Es la mente de la Anna adulta la que se estremece con los recuerdos que son sus pesadillas. Esos recuerdos que no la dejan disfrutar del momento. Esos recuerdos que la impiden tener una vida normal.

  • Que me dices Anna -la voz implorante de Andrés, ajeno a todos aquellos recuerdos que volvieron a azotarla, le dio una pequeña tregua. Se dejó llevar por la calidez de sus manos que la habían vuelto a sujetar con suavidad-. ¿Anna? ¿Qué te pasa?
  • Nada. No me pasa nada -dijo medio recuperándose de todo lo que pasaba en su mente, ajena a lo que aún le deparaba.
  • ¿Segura? ¿Y esos ojos azules tan bellos que se han puesto vidriosos?
  • No me pasa nada, de veras.
  • No me lo creo. Algo está a punto de hacerte llorar. Perdona que no haya sabido expresarme. Que mis palabras te hayan llevado a pensar otra cosa…
  • No, no te preocupes -le interrumpió soltándose de la calidez de sus manos y dirigiéndose al mueble bar, dónde aún reposaba en una cubitera de plata una botella sin abrir de Moët con dos copas al lado. Descorchó la botella y sirvió una de las copas que se llevó a los labios-. No han sido tus palabras.
  • ¿Qué ha sido entonces? -dijo Andrés que ya había puestos sus boxer Gucci negros, mientras se servía en la otra copa-. Algo te pasa.
  • Nada. Déjalo. Tienes prisa y yo también.
  • ¿Prisa? -lució una sonrisa sarcástica-. Ninguna. El homenajeado soy yo. Que esperen. Antes estás tú. Tú ante todo Anna.
    Anna sintió como el estómago se le retorcía como una montaña rusa llena de loopings uno tras otro, enredándose hasta formar un nudo. Volvió a beber para alargar lo más posible el silencio. No tenía fuerzas para responder. No se atrevía a decir nada. Pues si hablaba en aquel instante, no podría controlar con la mente lo que el corazón la dictaba que dijese.
    Vació la copa y se sirvió otra bajo la atenta mirada de Andrés.
  • Pues si no te importa que esperen los del premio -Anna optó por el sarcasmo-. ¿Qué pasa? ¿No estás dispuesto a pagar por otro servicio? Más de tres horas y tienes precio especial.
    Andrés rio mientras le acariciaba el suave rostro con muy poco maquillaje, como siempre. No la hacía falta. No podía llegar tarde. Pero no le importaba. Cuándo le había propuesto que le acompañase iba en serio y que ella era lo primero, también lo era. Así que lanzaría todo el tiempo que tuviera. Sabía que algo la enturbiaba el pensamiento.
  • No quiero precio especial. No me importa pagar aunque no nos metamos en la cama. Solamente quiero estar contigo. Mirarte…
  • No te pongas tan sentimental -Anna se recortan continuamente que debía ser fuerte. Que aquel no era un hombre, simplemente un cliente que quería un polvo gratis. Solamente viéndolo así, podría evitar lanzarse a sus brazos-. Lo nuestro es mi trabajo. Lo sabes bien.
  • Ni sentimental ni nada. La verdad.
  • Claro y tú eres Richard Gere en el papel de Edward Lewis, y yo me transformo en la Vivian Ward de Julia Roberts. Y ahora aparecerá Roy Orbison con; “Oh, pretty woman”.
  • Nunca me ha gustado esa película. Creo que no la he visto.
    Una sonrisa para rebajar el ambiente. Un nuevo sorbo a sus copas de champán.
  • Esta bien. Tú ganas.
  • ¿Vienes a la cena? -dijo con tono sorprendido y feliz.
  • No. No puedo. He quedado…
  • ¿No me habías dicho que no tenías más trabajo?
  • He quedado con una agencia de mudanzas. Vienen hoy a vaciar el piso que había sido de mi…-sintió un pinchazo en la garganta al intentar pronunciar aquella palabra-. madre. Hace unas semanas que me informaron de que había fallecido y quiero tirar todo a la basura y vender el piso, pues quemarlo no puedo. A ver si se me va a ir y prendo el edificio entero.
  • Siento lo del fallecimiento de tu madre.
  • Serás el único. Yo no.
  • Duras palabras.
  • ¿Duras? No sabes nada de mí. No sabes nada de mi vida. Ves, te acuestas, con una mujer de veinticinco años recién licenciada en una doble licenciatura en derecho y administración de empresas, pero no sabes nada. El dinero que recibo por abrirme de piernas, pagan mi cuerpo, no mi mente. No os da derecho a juzgarme. No tenéis ni idea.
    Anna se quedó callada en el momento en el que se dio cuenta de las durezas de sus palabras. “Es un cliente, pequeña zorra, no es tu amigo. No es tu amante, ni tu novio. Un cliente que paga por follarte y pasárselo bien. No le interesan tus miserias. Por eso pagan lo que pagan. Bajarse la bragas, dejar que te la metan, moverte, gritar del placer que pretenden y hacerles sentir que son dioses en la cama, pequeña zorra, nada más”. Se reprendió.
    Se quedó mirando a los ojos profundos ojos marrones de Andrés que transmitían curiosidad. Como si lo que ella le contase, realmente le interesara. Deseó hablar de lo que nunca antes había hablado. Deseó escupir toda la bilis de sus pesadillas. Deseó que todo lo vivido fuera solamente una mentira. Una fabulación de una niña.
  • Siento haberte hablado así. Tu no eres como los demás.
  • Sí. En parte sí lo soy. Soy un putero, me lo has dicho antes, con otras no me interesan sus problemas. Pago y quiero compañía. Quiero follar, sin amor, sin besos, sin nada. Placer para mí y ya está. Quiero ser el mejor, que me lo diga. Que he sido el mejor polvo de su vida. Para eso pago. Eso es lo que quiere un putero. Soy un cabrón. Pero no contigo. Contigo quiero ser tu amante. Contigo quiero ser tu confidente. Tu compañero. En un minuto sé más de ti de lo que nunca me has dicho. Algo te carcome por dentro Anna. Lo veo en tus ojos llorosos. Lo oigo en tu voz quebrada. En tus palabras salidas del alma. No soy psicólogo, soy arquitecto y dueño de uno de los estudios más prestigiosos de europa, pero quiero escucharte. Quiero servirte de consuelo. Quiero que vuelques en mí todas tus miserias.
  • Son muchas miserias. Estoy plagada de sombras…
    Y sin darse cuenta comenzó a hablar de cuando tenía diez años. De la muerte de su padre. De Clara. Como un torrente las palabras salían por su boca, las lágrimas anegaban sus ojos. Ya la daba igual nada. Había desatado una tormenta de recuerdos y palabras sabiendo que no podría pararla hasta que llegase al final.
    Hablo de aquella noche en la que vio como su madre mantenía sexo con el pastor. Contó el miedo que sintió y la vergüenza ante aquella mirada de regocijo y odio que la dedicó.
    Habló de lo azorada que se sintió y como se fue corriendo hacia su habitación. Que se tumbó en la cama y lloró. Lloró porque sentía vergüenza por haberse quedado allí mirando. Sintió asco por lo que había visto y saber que su madre había caído en manos de otro hombre a los pocos meses de morir su padre. Anna era una niña de diez, casi once años, y no entendía que se olvidase tan rápidamente de aquel hombre bueno y generoso que no había hecho más que quererlos a todos, incluso a Luís. Pues él se lo había confesado. Que era tan duro con él porque quería lo mejor para su futuro. Que no lo había sabido hacer. Que no lo había sabido decir, pero que estaba muy orgulloso del hombre en el que se estaba convirtiendo. Lloraba ante ella, pues Clara le acusaba de todo y no le dejaba hablar. La pidió perdón por convertirla, con sus diez años, en su banco de lágrimas, por cargarla con tan pasada carga. No dejaba de implorar su perdón y el de su hijo muerto, mientras la dejaba en la habitación y él se marchaba.
    Habló de que aquella noche en la que Anna la niña de diez, casi once, años murió. Allí se quedó la inocencia que aún la restaba.
    Contó que el pastor Ramiro entro en su cuarto completamente desnudo acompañado de quién debía de protegerla.
    Habló de los susurros con los que le hablaba mientras se acercaba a su cama y la destacaba.
    De la sensación de sus rugosas manos recorriendo su cuerpo.
  • ¿Te gusta mirar? -su aliento era ácido. Anna temblaba bajo sus manos-. Sí, pequeña zorra, te gusta mirar. Ahora le toca a Clara mirar. Ahora me toca librarte del mal que te poseé. Ese mal con el que le robaste el sentido a tu padre. La tentación de esa vulva, que como Eva tentó a Adán, le ofreciste. La vulva poseída. Fruto del maligno.
    Habló de que mientras susurraba, su madre reía y la sujetaba de los brazos con la mirada carente de cualquier sentimiento, como poseída.
    De como la desvistieron dejándola completamente desnuda. Con su cuerpo de niña de diez, casi de once, años el cual comenzaba a desarrollarse.
    De como las manos de Ramiro se deleitaron con sus pequeños pechos. De los pellizcos y mordisco que la propinó en sus pequeños pezones que lo único que sentía era dolor y miedo.
    De como su madre la sujetaba mientras ella intentaba levantarse. De como, para silenciar sus gritos, le puso una almohada encima de la cara que la impedía respirar. De como apretaba y apretaba cada vez más.
  • ¿Esto le entregaste a tu padre? -susurraba Ramiro mientras descendía por su vientre-. ¿Le dijiste que te besase en la vulva? ¿Qué te tocase la vulva del pecado? ¿Qué introdujese los dedos al igual que Eva ofreció a Adán la manzana y este incauto mordió?
    A cada pregunta de Ramiro, él iba llevándola acabo. Anna gritaba, pero sus gritos chocaban contra la blanca a almohada y cada vez era menos el aire que entraba en sus pulmones, los cuales sentía arder, pero no era nada con lo que sentía al notar entre sus piernas la boca, la lengua, los dedos que la laceraban por dentro.
    Pataleaba y se removía. Pero Anna era una niña que estaba atrapada por dos adultos. Ramiro, estaba segura que fue él, la agarró por las piernas atándola para que dejase de patalear.
  • He venido a liberarte. He venido a ayudar a tu buena madre a llevarte por el buen camino. Que tu vulva pecaminosa, nunca vuelva a hechizar a nadie.
    Contó cómo Ramiro se subió encima de ella aplastándola contra el colchón. El dolor que sintió al ser penetrada sin compasión, mientras él gritaba alguna clase de salmodia en la que exhortaba al maligno a salir de su interior. Que su pene era la espada de Dios con la que apartar el mal.
    Contó entre hipidos como su madre gritaba y reía fuera de sí.
  • ¡Libérala Señor! ¡Haz que el buen pastor, tú guerrero, tú enviado, tú arcángel, concluya con éxito tú misión! -luego dejaba de hablar con ningún ser para centrarse en ella-. ¡Hija del mal! Nunca debiste haber nacido. ¡Nunca! Pequeña zorra, portadora de cizaña. Poseedora de una vulva con la que engatusaste a tu mismísimo padre. ¡Me robaste a mi marido! ¡Me robaste a mi hijo!
    De como después la emprendía a golpes contra la almohada, contra sus brazos desnudos.
    Contó sin poder detenerse a mirar a su interlocutor, que la escuchaba con los ojos abiertos y el horror pintado en su rostro, como notaba el sudor del pastor Ramiro caer por su piel. De como notó que eyacula a dentro de ella. De como se desplomó encima suya. De sus susurros al oído.
  • El señor ha entrado en ti. Pero hay mucho mal. Tu vulva pecaminosa es tentación a la que expulsar, como fueron expulsados Adán y Eva. La serpiente vive entre tus piernas.
    Contó de como la dejaron sola y desmadejado sobre una cama cubierta de su sangre y los fluidos corporales del pastor.
    De como noche tras noche la visitaban en su cuarto. Y no solamente era su vulva la que intentaban exorcizar. También fueron sus manos y su boca. De como Clara, pues se negó a llamarla madre, consintió que el pastor la llevase a lo que él llamaba “campamento” espiritual.
    Habló del sótano en los que la encerraba a ella con otros niños, supuestamente endemoniados, para que se exorcizaran frente a una cámara de vídeo.
    Habló de que con quince años escapó de aquel infierno y de cómo se ganó la vida.
    De la primera felación que le realizó a un capullo de diecisiete años en una fiesta y por la que le cobro unos pocos euros.
    Después vinieron otros que buscaban sexo. Ella necesitaba dinero para seguir huyendo. Su cuerpo ya estaba roto. Su alma, quién lo sabía. Quizás en aquella cama que había sido suya años atrás.
    Con el paso del tiempo descubrió que no sería una “cualquiera”, no. Ella quería más. Quería escapar. Quería un trabajo de verdad. Pero no estaban bien pagados, aunque terminó primaria con buenas calificaciones, y al instituto casi ni apareció. No tenía titulación alguna y los trabajos que encontraba apenas la dejaban tiempo para estudiar, pues estaba dispuesta a terminar e ir a la universidad.
    Contó lo sola que se sentía de un sitio a otro. Sin saber si pertenecía a algún lugar. Lo que tenía claro es que no iba a malgastar lo que le quedaba de vida, toda, con drogas ni en esquinas mal olientes con clientes borrachos, viejos y heroinómanos.
    Sin recordar bien como, encontró a una joven escort que trabajaba en un club, que la acogió y viendo que ella quería ganar dinero de aquella forma, la ayudo a cuidarse e ir al gimnasio. “Los hombres dispuestos a pagar un dineral por nosotras -decía a menudo-, quieren algo que no encuentran en sus casas. Quieren follar con mujeres esculturales, expertas en el arte del sexo y con cierta elegancia y estilo”.
    Lucía, que así se llamaba la joven, la ayudó en todo. La acogió bajo su protección y la dio todo su apoyo. Hizo de madre durante casi cinco años, en los que Anna, convertida ya en una profesional Luna, volvió a Madrid, dónde entró a formar parte de una de las más selectas agencias, la que dirigía Gala, con el objetivo nunca olvidado de entrar en la universidad.
    Así llegó a aquel momento en el cual lloraba desconsoladamente bajo la atenta mirada de Andrés.
    La luz del atardecer entraba oblicua entre las suaves cortinas de la amplia ventana del caro y céntrico hotel en el que se encontraban.
    Hubo varios minutos de silencio en lo que Andrés no dejó de sujetar sus manos, temblorosas, con mucha delicadeza. Le limpió las lágrimas con la palma de su mano y poniéndose en pié, de uno de los taburetes en los que estaban sentados, la envolvió entre sus brazos en una actitud de consuelo y de protección. Anna sintió como el pecho de él comenzaba a moverse la ritmo de sus lágrimas, las mismas que sentía humedeciéndola el cabello.
    Ella se apartó delicadamente de él, mientras se levantaba e intentaba desvestirse.
  • No, Anna. Ahora no -su voz estaba rota de dolor por todo lo que había pasado aquella mujer a la que amaba. A la que sacaría de aquel mundo y la colmaría de todo lo que no había tenido. Intentaría darle todo el amor del que había carecido-. No quiero esto para ti.
  • Ahora sí lo quiero para mí Andrés. Lo necesito. Necesito tu ternura. Tu delicadeza. Me prometí a mí misma no decir esto, pero tengo miedo Andrés de que esto se rompa como todo en mi vida. Solamente quiero que esto dure.
  • No hace falta que me des nada. Esto va a durar Anna. Te amo. Así sin más palabras. Te amaba antes y ahora te prometo que no te voy a dejar sola. ¿Dime dónde vivías? Compraré el inmueble y lo derribaré hasta sus cimientos.
  • ¡Ay, cielo! -Anna sonreía mientras le secaba sus lágrimas e iba quitándose su ropa-. Necesito sentirme una mujer de verdad. Lo hago por mí.
    Y entre lágrimas, se convirtieron en tiernos amantes, que se descubrían por primera vez.

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VIDAS ROBADAS

Jean caminaba a paso rápido sin destino. Las nuevas cerraduras le hacían casi imposible su trabajo. Y es que Jean era un ladrón de casas. Pensaba en sus opciones cuando de pronto la vio… Una puerta con las llaves puestas. Se detuvo y se giró buscando al dueño, pero no había ningún alma en la calle. Giró la llave y entró a una vivienda que parecía vacía .


Pero solamente lo parecía. Jean se quedó unos instantes en el rellano observando la oscuridad. Se fijó en que la luz se negaba a penetrar por los inmensos ventanales de la casa. Sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero no sé amilanó ante la oscuridad. ¿Por qué iba ha hacerlo? Él vivía en la oscuridad de un vida de delincuente.
Pensó, justo en esos momentos (los más inoportunos siempre), en la vida que le tendría que haber tocado en suerte. Buen estudiante. Exitoso con las mujeres. De ánimo inquieto y mente ágil. Pero los dados en aquella partida no habían caído de su lado. Y la cárcel había devorado sus mejores años.


Ahora, bueno, no se iba a mentir, ya desde hacía tiempo, se ganaba bien la vida con ese negocio que aprendió en el módulo dos de una ya extinta prisión de Madrid. “El Rufo” le enseñó todo lo que debía de saber sobre cerraduras y sistemas de vigilancia. Él le enseñó, más bien se vio forzado, a hacerle más llevaderas las noches.


Jean sacudió la cabeza. No quería recordar. No era ni el momento ni el lugar en el que se dejase asaltar por los viejos fantasmas que no le dejaban dormir. Miró al exterior tan solitario como antes, avanzó con cautela. No era habitual encontrarse unas llaves puestas, olvidadas, de ninguna puerta.


Un único paso, crujido de madera demasiado reseca, una oscuridad demasiado espesa que parecía fluir como si de petróleo se tratase.


Jean se quedó paralizado. Parecía que las piernas pesaban demasiado para dar un solo paso más. Volvió a sentir el escalofrío en la espalda y una corriente eléctrica por todo el cuerpo.

No, no le interesaba aquella casa.

Daba igual que aquel día se fuese de vacío. No sería la primera vez y no pasaba nada. Nunca pasaba nada. Pero aquella casa no era para él. Y se dio cuenta de que era demasiado tarde. Él sí era para la casa.


No entendía de dónde le venía aquella comprensión, pero la puerta que había cruzado, ya se había cerrado. ¿La había cerrado él? No, no recordaba haberlo hecho.


Un nuevo crujido del suelo, pero él no se había movido. Tenía todos los músculos en tensión y los sentidos atentos. ¿Atentos a qué?
El sonido procedía del piso de arriba. Pero las viviendas de aquella zona eran de una única planta. No podía ser.


“Imaginaciones” pensó Jean.


Otro crujido, seguido del crujir de madera, le hizo dar un salto hacia delante y caer de rodillas mientras veía como las paredes se iban desencajado de su lugar conformando unos brazos de madera que buscaban en la oscuridad.¿Qué está pasando? -musitó en un susurro atónito ante lo que estaba viendo.Aquella casa buscaba una víctima y ya había decidido cuál sería.Jean se puso en pie sintiendo varios dolorosos pinchazos en las piernas y sintiendo como aquellas manos de madera se lo impedían, agarrando la tela vaquera de las perneras del pantalón. Lanzó un grito que acompañó con un tirón que consiguió rasgar el la tela, que quedó colgando en jirones entre las garras de madera de aquellos brazos que iban creciendo a base de ir desmenuzando las paredes.

– ¿Que está pasando? -musitó en un susurro.

Jean saltó hacia delante y comenzó a correr sin querer mirar hacia atrás.

Todo se llenó del estruendo de madera, cristales y ladrillos, los cuales se iban transformando en un ser compuesto de escombros el cual estaba hambriento.


El ladrón corrió sintiendo como el suelo se iba inclinando, haciendo más arduo su huida. Las piernas le ardían. Las garras, a parte de tela, también habían rasgado piel y carne. Notaba como la cálida sangre escapaba y con ella parte de su energía.


La casa entera latía al ritmo de un enorme corazón desbocado.


Jean miró hacia atrás viendo con horror como todo se había transformado en un ser imposible de largos brazos que buscaban desesperados, mientras que lo que antes era la puerta por la que había entrado, se había convertido en una boca plagada de afilados dientes que antes habían sido tablones de madera del suelo.


Jean no perdió el tiempo ni en gritar ni en intentar asimilar todo aquello. Siempre se había considerado un hombre pragmático. Tenía que correr. Tenía que huir. Tenía que salir de allí, entonces sería el momento de gritar, llorar, reflexionar, incluso de dar gracias a cualquier dios en los que nunca había creído. Ahora solamente estaba él y nadie más.


Comenzó a subir unas escaleras, que no debían de estar allí. Pero nada de lo que estaba pasando debería de pasar. Las escaleras se estremecían y Jean se iba tropezando cayendo cada pocos pasos. Sentía un aliento cálido tras él.


No quería, no podía mirar hacia atrás. Se concentró en seguir, en avanzar sin prestar atención al dolor, al miedo. Un paso tras otro. Un escalón más. Un paso más hacia ¿la salida? ¿Qué salida?


Un retumbo que se transformó en una voz.

Su nombre.

Le llamaba.

Le hablaba de un hogar. De la seguridad. De su lugar.


Jean, agotado por el esfuerzo, por el temor y por la pérdida de sangre, se detuvo. Miró hacia arriba. Mas escalones de madera seguían subiendo hasta perderse.


Los dados habían vuelto a caer en su contra.


Se dejó llevar.


La casa se estremeció al volver a la normalidad. En su oscura pared había un nuevo cuadro, el retrato de Jean, entre mil retratos más.

Relato para mí participación para el reto de Twitter #MismoInicioDiferenteFinal de @MaruBV13

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