LÁGRIMAS RISUEÑAS.

No.

Nunca.

Nunca llores de pena,
solamente de alegría.

Regocijándote en las lágrimas
que cubren tu cara,
tus ropas,
tu almohada.

Que no todas las lágrimas son amargas.

Pero todas las lágrimas
sí son saladas,
como las plácidas olas del mar
con las que sueñas,
como esos recuerdos
con los que te deleitas.

Lágrimas por un primer beso
que siempre, aunque nervioso,
siempre sabe a gloria.

Lágrimas por mirarte,
de alegría y dicha,
a mi lado despertarte.

Lágrimas saladas.

Lágrimas risueñas.

AYER, NO ES HOY.

El ayer
no es hoy.

El hoy
no es el ayer.

Desnudémonos el alma,
la piel, el pensamiento
con las ropas
con las que antaño nos tapábamos.

El ayer
no es hoy,
ni mañana.

El ayer
no volverá,
aunque nos propongamos
revivirlo como en el pasado
nos lo bebimos.

El hoy
no tiene del ayer
más que recuerdo,
algunos amargos,
la mayoría algodones de azúcar
para nuestro ser.

Todo lo que comienza
ha de terminar.

Todo lo que termina,
se ha de sustituir por algo
que ha de empezar.

El ayer
no es hoy.

El hoy
es la puerta al mañana.

📸Ridderhof (PIXABAY)

AMANTES


Este es mi aporte al reto #MismoInicioDiferenteFinal

“La luna brillaba esplendorosa en aquella noche invernal. Los dos se miraron, preguntándose qué hacer ante el panorama que se les presentaba. Frente a ellos, la ciudad entera, pero no tenían más ojos que para sus ojos. Aquella noche era para ellos.

– Y ahora ¿qué?
– Ahora… -sonreía mientras se comenzaba a desabrochar los botones de su camisa.
– ¿Pero qué haces? -exclamó Rubén mientras intentaba sujetar sus manos.

Ella, sin apartar su mirada de la de él, le besó tímidamente los labios mientras apartaba sus temblorosas manos de las suyas mientras seguía desabrochándose otro botón, haciendo que la tela se descorriese, como un telón, dejando a la vista pequeños retazos del escenario de su piel.

– Aurora -le temblaba la voz.
– ¿No me digas que no lo deseas?
– Claro que lo deseo -dijo mientras observaba aquella blanca piel que resplandecía bajo la luz de la luna-. Pero…
– Pero nada, Rubén.

Las frías manos de Aurora iban descendiendo por su pecho hasta llegar hasta el borde del grueso jersey de lana, perdiéndose en el interior, sintiendo el ardor de la piel de Rubén.

Él se estremeció al sentir el frío contacto de aquella mano en su pecho.

– ¿Estás segura? -preguntó mientras sentía los labios de Aurora sobre los suyos.

Ella le sonreía mientras con su lengua acariciaba los carnosos labios del hombre.

– He dejado atrás todo -dijo mientras miraba a la luna, mientras sus manos comenzaban a introducirse por la cintura del pantalón vaquero de Rubén-. Familia, hogar… Todo por este momento. Todo por estar contigo.

Rubén se removió dentro del grueso saco de dormir en el que se encontraban. Llevando su mano por detrás de la plateada melena de Aurora, la acercó hasta él fundiendo sus labios mientras sus lenguas se enredaban en un frenético baile.

Rubén acabó arrancando los últimos botones de la camisa de la chica mientras descendía, mediante pequeños y suaves besos, por su cuello mientras descendía saboreando su nívea piel (a noche, a naturaleza, a agua fluyendo. A todo eso le sabía), perdiéndose en el nacimiento de sus pequeños pechos que subían y bajan al ritmo de su entrecortada respiración. Su boca, su lengua, su pasión que ascendía como lava ardiente desde el interior del pantalón donde la mano de Aurora no dejaba de masajear, con ligeros movimientos, su duro miembro, se llenaron de uno de los erectos y sonrosados pezones.

Aurora gimió al sentir aquellos labios que tantas veces había deseado.

Temblaba ligeramente mientras sentía las pequeñas manos de Rubén acariciando su cuerpo, desciendo por su vientre, perdiéndose por sus caderas mientras la iba levantando la plisada falda. Dedos que de forma experta fueron recorriendo el interior de sus muslos, ante cuyo contacto se fueron abriendo suavemente.

Aurora lanzó un sonoro jadeo al sentir los dedos de Rubén acariciándola, explorándola, llevándola la éxtasis mientras su clítoris vibraba ante el contacto de sus dedos.

Apartó la mano del duro miembro del chico, que seguía con la boca en su pecho. Desabrochó con urgencia los botones liberando su duro miembro.
Y en la estrechez del saco de dormir, Rubén ayudó a Aurora a subirse sobre él a horcajadas, sintiendo el calor y la humedad que manaba de la suavidad de su sexo mientras se introducía lentamente en ella.

Ambos gimieron al sentirse unidos. Labios sobre labios. Miradas. Manos entrelazadas. Movimientos impetuosos. Más jadeos.

– Te deseo… -musitaba Rubén entrecortadamente.
– Te deseo… – musitaba Aurora en un resuello.

Se acercaban al clímax. Aurora tensó la espalda, Rubén tensionó sus piernas mientras sus manos sujetaban las blancas caderas de ella. Se movían más rápido, más resuellos, más jadeos, más húmedos besos que enmudecían las voces de placer de sus gargantas.

Un espasmo. Dos. Tres. Un profundo gemido que llegó hasta la luna, la cual observaba curiosa a los amantes.
– Ahora hija -suspiró la Luna-. Ya eres lo que más deseabas. Humana.

Ambos durmieron entre sus brazos, sabiendo que aquello no era más que el principio de una vida que tanto habían anhelado.
Pues él siempre la había escrito poemas en la noche. Ella, siendo una estrella, siempre deseo los besos que prometían aquellos versos.




LA ÚLTIMA CARTA

(Está es mi participación en el reto #MismoInicioDiferenteFinal)

Abrí los ojos en el momento en el que la alarma sonó: las 8:00 a.m. del viernes 14 de febrero. Quise cerrarlos y volver dormir para siempre, pero el timbre de la casa a sonaba; de esa casa que me quedaba tan grande desde la a muerte de Dany, hacía ya ocho meses. En la puerta esperaba un repartidor con un gran ramo de mis flores preferidas, con una tarjeta firmada por Dany y que decía…
«Buenos días mi reina. ¿Cómo estás? Seguro que sorprendida he intentando racionalizar esto. Siempre intentando racionalizarlo todo. ¿Y que te tengo dicho? Que dejes las cosas pasar. Que no busques tantas explicaciones…»
Sonia comenzó a llorar, emborronado tras lágrimas las letras. Le parecía mentira leer aquellas palabras de Dany, escritas con su pulcra caligrafía ligeramente inclinada, que denotaba el caro colegio dónde se había formado.
También sonrió, una sonrisa abierta y sincera. Esa que hacía meses, ocho desde la muerte de Dany, que nunca sacaba a relucir.
Se enjuagó las lágrimas con el dorso de la mano y fue a colocar el bello ramo en un jarrón con agua, colocándolo en aquel lugar donde siempre ponía las flores frescas, junto a la ventana.
Se demoró unos segundos en colocar cada flor. La nota seguía. Estaba deseosa de seguir leyendo, pero a la vez temía terminar. Sentía, desde que vio aquella tarjeta, que al finalizarla sería como volverlo a perder. Se sintió flaquear. Sabía era una tontería, pero aquellas letras eran como volverle a escuchar.
Se sentó en aquel sillón que Dany denominó su lugar, ese espacio solamente reservado para ella. Acarició la piel y le pareció sentirle junto a ella.
Otra vez las lágrimas. Se sentía tonta.
Cogió, con manos temblorosas, la nota y comenzó a leerla.
«Espero que las flores te gusten. ¡Claro que te van a gustar! Son tus preferidas. O al menos espero que el recado que dejé se haya cumplido.
Supongo que las pondrás, si no lo has hecho ya, en ese santuario floral junto a la ventana. Su rinconcito de luz. No habrán cambiado tus costumbres en ocho meses. Ni en mil vidas cambiarán, ya lo sabemos.
Ocho meses han pasado desde que la enfermedad nos ha alejado. Pero no es momento de penas ni recuerdos, es 14 de Febrero. La magia del amor…
Que mal me suena todo esto. Ya sabes mi aversión hacia tanto empalagoseo.
Pero sé que esta fecha para tí es algo especial. Nunca entendí, ni entenderé, que le veías. Pero poco me importaba. Te encontrabas tan feliz.
Ahora, mi amada Sonia, ya es hora de partir. De dejar de velar tus noches. De acariciar tu cara mientras duermes. Es hora de continuar tu vida y que la rehagas. Que sea feliz. Que me recuerdes en un lugar profundo de tu mente y busques sitio para nuevos amores con los que disfrutar de este día.
Mira las flores. ¿Las ves? Cuando caiga el último pétalo, como en los cuentos de hadas, será el momento de comenzar un nuevo cuento.
Y ahora amor te he dejar, aunque estaré ahí, junto a tí hasta lo del pétalo. Así que deja de llorar y sonríe. Ilumina el mundo con tu luz. Y sé feliz que siempre es lo que he querido para tí.
Además el tío este que está aquí no deja de tirar de mí. ¡Que pesado!»
Sonia no podía parar de llorar. Aunque intento hacer lo que él decía, pero la sonrisa no era capaz de vencer el llanto.
De pronto sintió aquella calidez, tan familiar, en su mano y como está iba recorriendo su brazo y cuello hasta llegar hasta su boca, tirando suavemente de sus músculos faciales, intentando dibujar una sonrisa. Ella se dejó como siempre lo hacía cuando Dany repetía aquel gesto.
Sonrió de veras y noto una cálida ráfaga de viento en sus labios. Era un etéreo beso de su amor que realmente estaba allí con ella…

NO SUELO TEMER A LA OSCURIDAD (7)

Cuántas veces pensé en tomar el camino que habían tomado Raúl y Damián. Cuántas noches barajé la posibilidad de acabar con todo eso.
Pero el miedo era mayor.
¿Miedo? Ahora no sé a qué tenía miedo. Sí lo sé.
Miedo a cada día que pasaba en aquella institución.
Miedo a que el padre Marcos viniese cada noche a mí cuarto.
Miedo a fallar a una madre que me había fallado.
Miedo.
Era lo único que sentía.
El camino que tomaron mis compañeros casí que pasó desapercibido en la comunidad.
El padre Marcos, ya lo he dicho, era un hombre muy influyente dentro del régimen. Lo que sucedía dentro de los muros de sus dominios, eran asuntos de él. Nadie más tenía jurisdicción. Ni el mismo Obispo, el cual tampoco deseaba incomodar al todopoderoso padre, hacía nada.
Durante un tiempo pensé en si monseñor lo permitía o no sabía nada. Con el tiempo, llegué a entender que aunque lo supiese, no sabía nada.
En aquellos años el poco consuelo que encontré, me lo dio el padre Lorenzo. Un hombre de unos treinta y pocos años.
Era un buen hombre. Volcado en la educación de los jóvenes, con ideas bastante transgresoras para un cura de la época.
En la institución era de sobra conocido la animadversión que se tenían el padre Marcos y el padre Lorenzo.
Era evidente la tensión entre ellos.
¿Y qué hacía allí el padre Lorenzo en medio del reino del todopoderoso «pater»?
Los orígenes, el dinero, la reputación familiar, las buenas relaciones con el poder… Todo eso lo llevaba el padre Lorenzo en su apellido; Vechio. Un apellido que ostentaban tres cardenales y un par de obispos en Roma. La familia del padre eran miembros del Opus Del, el ala más conservadora de la iglesia. Sus tíos, como ya he dicho anteriormente, tres eran cardenales y dos obispos, otro de sus tíos, aunque no era sacerdote, tenía negocios con la banca vaticana y su padre era un terrateniente adinerado y amigo de gente muy influyente. A pesar de todo esto, como ya he dicho, el padre Lorenzo era un hombre amable, educado,  amante de la libertad y de la diversidad. Sus clases eran entretenidas y muy activas, lejos de la rectitud de otros profesores. Hablaba y hablaba como abstrayéndose de todos, pero siempre atento a comentarios y debates, lo cuales alentaba. Un librepensador más acorde con otras épocas menos oscuras.
Un buen hombre como he dicho.
Un buen hombre que no supo, o si lo supo alguna vez calló, tal y como todos callaban, lo que pasaba allí.
Sí sé que intentó hablar conmigo en más de una ocasión, pero siempre aparecía el padre Marcos a evitarlo de forma, más o menos, discreta.
Siempre notaba la mirada del padre Lorenzo a mi espalda.
Tuve que confiar más en él. A lo mejor me hubiese encontrado otra salida. A lo mejor.
Pero no lo hice y seguí allí mientras él se marchó a hacer carrera al Vaticano.
Sé que la hizo. Que hoy en día está en la lista de posibles sucesores del Papa.
Su familia, su saga entera, era poderosa. Rica.
También sé que ha luchado contra la pederastia con afán y ahinco, granjeándose muchos enemigos por airear muchos casos y entregar a la justicia laica a los sacerdotes.
Por eso dudo que supiese lo que en la institución pasaba.
Pero que selectiva es la memoria.
Ahora con ella nublada por tanto alcohol, comenzaba a recordar. ¿Por cuántos años he olvidado al padre Lorenzo?
¿Cuántos años hace que intentó olvidar pero no olvido?
Muchos.
Toda una vida.

¿Y qué dejo dejó tras de mí?

¿Y que dejó tras de mí?

Una carta en blanco

En la que me intento justificar.

Pero las palabras se van.

Se esfuman en un mar de

Blanco papel,

Blanco rumor que no quiere

Aparecer.

Quiero explicar lo que fui,

Lo que sé.

Pero no soy sabio,

No soy más que un

Recuerdo vago,

Casi olvidado.

Intentó explicar a los demás

Intentando explicarme a

Mí lo que he sido,

He vivido.

Lo que he encontrado,

Olvidado,

Lo que he ido dejando

Desechado a un lado

Sin saber

Que valor tenía

O podía tener.

Tan solo cargo

Con pecados,

Míos y de extraños.

Pesos que sopesan en la

Balanza en la que he

De pesar mi alma.

Pesos que me lastran,

Arrastran a una oscuridad

Sin esperanza.

¿Que dejó tras de mí

Sino una carta en blanco?