UNA PARTIDA DE DOMINÓ

– ¡Mírala! No tiene vergüenza alguna -Su tono de voz rasposo, dio paso a una tos seca. Se llevó el puño a la boca y de su sotana inmaculada, extrajo un pachuelo blanco con bordados, con el que se limpió la nariz -. ¿Alguno tiene un pitillo?


– Francisco -Julian arrastraba las palabras, mientras miraba atento las fichas de dominó que había sobre el tapete, barajando sus posibilidades de colocar laguna de sus fichas. Sentía la mirada fija de sus compañeros de mesa, siempre apremiantes-. Déjala. Siempre la estás criticando. Luisi tiene el derecho de bailar con quien quiera. Y no, ninguno tenemos un pitillo.


– Es verdad Paco. Deja ya a la Luisi, que parece que la has cogido con ella -Marisa, con mano temblorosa, se llevó el vasito lleno de Marie Brizard a la boca. Bebió un trago pequeño, casi para humedecerse los cortados labios pintados de un rouge  que nunca la faltaba-. Ya ha enterrado a un marido y tiene derecho a bailar con quien le salga del coñ…


– ¡Marisa! -espetó con un liguero golpe en la mesa Don Francisco, el que había sido el párroco del barrio desde que todos tenían memoria, mientras se persignaba-. Esa lengua que parece que te la ha dado el diablo.


– Paco, que nos conocemos desde siempre. Ya sabes lo que opino de tu diablo y tú Dios.


Marisa puso una ficha, un seis con un uno, encima del tapete en cuanto Julián proclamó que pasaba, reclinándose sobre el respaldo acolchado de la silla, con el aire reposado que siempre le había caracterizado.


El párroco bufó, pasándose una arrugada mano, llena de manchas de la edad, como si se atusase un inexistente cabello.


– ¡Asco de sillas! -gruñó mientras se subía las gafas de fina montura metálica.


– Esto es cosa de los facciosos estós que nos gobiernan, Francisco -.Los tres miraron con cierto hastío al cuarto compañero de partida-. No me miréis así. Que es verdad. Recortes y recortes. Y esta residencia, cada vez es peor…


– Hombre Ignacio, peor, peor…

Marisa miro por encima de su hombro hacia el joven enfermero que andaba por la sala de la mano de uno de los residentes, para que esté caminasase un poco.

– Mira David, con él hemos ganado. Que cuerpo, casi revienta la camisola blanca con tanto músculo y mira que culito…


– ¡Marisa, por Dios!


– Ni por dios ni nada, Paco. Tiene un culito para morderlo.


– ¡Marisa! -miró a Julián  escandalizado-. ¿Que va a decir tu marido? Julián, di algo.


Julián se removió en la silla metálica de polipiel color negro, mirando en la misma dirección que estaba mirando si mujer con una sonrisa en la cara.


– Pues que el muchacho tiene un buen culo -dijo mientras comenzaba a reírse con una risa seca-. Ya me hubiera gustado a mí tener ese culo…


– Y lo tienes, guapo -Marisa agarró una de las manos de su marido y atrayéndole hacia ella, le besó -. Mejor que el de él. Pero lo tiene tan jovencito…


– Que tiene un bocado ese culito, Marisa.


– ¡Por favor!

Se incorporó Francisco de la mesa al llegar Luisi, que se atusaba su vestido largo de flores, mientras jugueteaba coqueta con los rizos azulados que le caían por detrás de las orejas, en las cuales lleva unos grandes aros de oro.

– Ya está bien de tanta indecencia. Que soy un hombre del señor.

– Anda, Paco. Del señor y de alguna señora…


– ¡Luisi! ¡Por favor!


– Déjate de tanto aspaviento, Paco -hablaba mientras bebía del vaso de Marisa, a quien la guiñó un ojo-. Que nos conocemos hace muchos años. Demasiados.


– Eres…eres -se dejó caer de nuevo en la silla-. Una deslenguada. Eso es lo que eres.


Luisi se rió con una carcajada clara y alegre, que contagió a los compañeros de mesa, excepto al sacerdote que miraba con los ojos entrecerrados.


– ¡Ay! Paco. Paco. Paco…


– ¿Que diría tu marido de verte así?


– ¿De verme como? -se apoyó en la mesa con sus manos llenas de anillos y pulseras-. ¿Alegre y con ganas de vivir? Pepe estaría encantado. Ya le conocíais, siempre de broma, siempre con sus chistes, siempre feliz. Hasta en la cama del hospital. ¿Os acordáis? Contando chistes. Laura le decía; «Papá, no seas ganso». Y él…-unas lágrimas asomaron a sus verdes ojos, resbalando entre los surcos de su piel-. Se puso a graznar.


Marisa la agarró la mano con su mano de cortos dedos afectados por la artrosis, de uñas pintadas de un rojo potente.


– Tu marido, Luisi, era todo un camarada. Un hombre cabal y de honor. Un amigo, que nunca se rindió.
Ignacio levantó su tacita de café solo.


– Un brindis por un compañero de armas leal, que nunca dudo en combatir a los fascista…


Todos miraban a Ignacio con la resignación en la mirada, sabiendo que su enfermedad cada día iba a más y que poco podrían disfrutar ya de aquel buen, aunque socarrón y gruñón, hombre.


Nadie le secundó, pero eso a él le dio igual, viendo en su mente como todos alzaban sus copas y brindaban ruidosamente por el amigo Pepe.


Luisi se puso a su espalda, y quitándole la gorrilla que siempre llevaba, le dio un beso en la arrugada cabeza, mientras le abrazaba, sin saber si él sabía que le estaban abrazando. Pero se sorprendió al ver cómo la mano de Ignacio se posaba tiernamente sobre la suya.


– Sí, Ignacio, Pepe era un gran hombre…


– Que nunca hizo la guerra, Ignacio, al igual que tú -Francisco cortó a Luisi mientras agarraba una de las manos de Ignacio-. Eras un niño de cinco años, Nacho y José estaba naciendo, ¿verdad, Luisi?


– Mira que eres puñetero, cura cabrito -Luisi se puso la lado de Francisco-. ¿No le puedes dejar en sus ensoñaciones?


– No le voy a mentir, Luisi. Nacho es un amigo desde hace muchos años. Un rojo, ateo sí, pero un amigo que se ha desvivido por este barrio y por sus vecinos. Y por el respeto y el cariño que le tengo…


– ¡Mirad el cura! -exclamó Ignacio de de repente mientras ponía una de sus últimas fichas en el tapete- Ahora se ha vuelto invertido, el faccioso. Pero Paco , ¿que hubiera dicho la Angelines?


– Retiro todo lo que he dicho de tí, rojo.


El cura colocó la única pieza que le quedaba sin colocar.


– Y Angelines era una buena mujer que venía a limpiar a la casa y a la parroquia.


– Y te limpiaba el cepillín, Paco, que todo el mundo lo sabe.


El rostro rubicundo del sacerdote se tiñó de rojo, ante las palabras vivaraces de Luisi.


Marisa, Julián y hasta un recobrado Ignacio, rieron provocando un escándalo en la sala donde jugaban al dominó en aquella mañana del mes de Julio.


Hasta el propio sacerdote comenzó a reírse.


– Que sepáis que sois todos carne del infierno.


Todos rieron ante el comentario, como si les importase lo más mínimo dónde fueran a ir.


– Y he vuelto a ganar…
Rió, Francisco, con más fuerza agarrándose su prominente barriga, mientras los demás callaban.


– Maldito cura este.


– No pasa nada, Marisa -respondió con esa forma tan suya de alargar las palabras.


– El faccioso éste -respondió Ignacio dejando unas monedas de euro sobre la mesa.


Los otros jugadores le imitaron, mientras Francisco recogía las monedas y las guardaba en un monedero de ajada piel marrón.


– Mira, Paco -Luisi miraba hacia la puerta que se acababa de abrir-. Por ahí viene a buscarte el «chocolate».


Un joven y alto sacerdote negro, entró en la sala e iba saludando a todos los residentes que se encontraba al paso. Lucía un traje negro con el blanco alzacuellos y una enorme sonrisa en el rostro.


– El Padre Abdul es un hombre de Dios. Un buen hombre. No el «chocolate».


– Así le llaman en el barrio. Además dicen que sus misas son mejores que las que dabas tu.


– ¿Dicen, Marisa? ¡Ah, claro! Tú no vas a misa.


– ¡Ni voy a ir! Paco. Venga Julián que por ahí vienen los niños.


Julián se levantó y apretó cordimente la mano a sus amigos.


– Luisi, ¿te vienes a comer? Sabes que a los chicos no les importa.


– ¡No, Julián! -dijo mientras se alejaba de la mesa-. Dentro de un rato hay bailes de salón y a ver si finjo que me duele algo y David baila conmigo, así siento sus músculos.


Y con pícara sonrisa se alejó al lado contrario de la estancia.


– No cambiará…


– Paco -las vocales se estiraban en la boca desdentada de Julián.


– Ya lo sé – el sacerdote ya se había levantado del asiento y movía la cabeza en gesto de negación al ver como el joven y nuevo párroco no hacía más que detenerse para hablar-. Voy a rescatar al muchacho, pues si le dejo nos tiramos aquí todo el día. Mira que le gusta hablar. Pasad buen día. Y mañana nos vemos.


Se alejó unos pasos, pero antes de dar más, se detuvo y buscó a una enfermera que andaba por allí.


Se acercó a ella y señalando hacia la mesa de dominó, habló con ella.


Al cabo de unos minutos se despidió de la mujer y se acercó hasta donde estaba, aún sentado y con la mirada perdida, Ignacio.


– Vamos, rojales. Que te vienes con el enemigo, anda. A ver si te evangelizo.

Ignacio se dejó levantar por el párroco y camino junto a él.


– Sus hijos…-negó con la cabeza-. Esas alimañas que solamente vendrán para cobrar la herencia.


Se persignó como pidiendo perdón por los pensamientos que le cruzaban por la mente.


– Otro día que le dejan sin venir a visitarle si quiera. ¡Padre Abdul! Ayúdeme hombre.


El joven sarcedote corrio en ayuda del anciano párroco, sujetando sin esfuerzo el entero cuerpo del anciano, a quién comenzó a hablar sin parar, aunque Ignacio no le escuchase.


La hija y el marido de Julián y Marisa llegaron ante ellos.


– ¡Qué! ¿Quién ha ganado? -pregunto el marido de la hija, sonriendo- No digáis nada, Don Francisco, como si lo viera.


– Algún día descubriré como hace trampas, pues las hace. ¿Verdad, Julian?


– Siempre ha sido un tramposo, aunque diga que no y que Dios está de su parte.


La hija rió mientras besaba a sus padres.


– Hoy papá, la paella la haces tú. Que sabes que a Alonso, aquí presente, solamente le gusta cuando es la tuya.


– Tiene buen gusto tu marido.

Iván Córdoba

@ikormar

📸 PIXABAY

EN BRAZOS DE LA DERROTA.

Me gustaría decir que estaba en un local concurrido en el Malecón de La Habana. O en algún local de moda, muy concurrido, en pleno Manhattan. O en Berlín.

Me gustaría decir que aquella banda de jazz sonaba armoniosa y acompasada.

Me gustaría decir que aquella joven, que estaba al piano, flaca y de pelo revuelto tenía una voz dulce y melodiosa. Que tocaba con destreza con sus largos y hermosos dedos, haciendo que todo el mundo que había en aquel local, disfrutaran mientras se olvidaban de sus miserias.

Me gustaría decir que mi aspecto era estudiadamente desaliñado, con un traje de lino de un color blanco roto o beige, que lucía un sombrero Ipanema de medio lado, mientras en mis dedos se consumía un cigarrillo, mientras una inmensa y aromática voluta de humo, se mezclaba con sus congéneres en frenético baile, inundando todo el local, tenuemente iluminado por las pequeñas lamparitas de cada una de las mesas.

Me gustaría decir que la camarera, altiva y altanera, de desbordante belleza y melena rubia ondulada en una tirante melena, se acerca a mi mesa, y depositandome una copa nueva, sobre un posavasos de color negro, deposita una servilleta, escrita con su delicada y apretada letra:

A la salida nos encontramos, guapo.

Tras esas seis palabras, un número de teléfono, por si no nos encontrábamos y nos perdíamos en el bullicio de una calle ricamente iluminada.

Me gustaría decir todas esas y más cosas.

Engañarme embriagado por los ensueños que producen el alcohol ingerido.

Me gustaría decir que en realidad es todo un ensueño, vestido con un rápido pantalón vaquero, y una cutre camiseta descolorida de los años ochenta, seguramente comprada en un mercadillo de quinta o sexta mano.

La música desacompasada hendía el aire, sus notas amorfas rasgando los tímpanos de los cuatro borrachos que allí confluimos.

La camarera transmuta en un tío de panza prominente que en su boca lucía pocos dientes. En su cabeza pocos rizos había, evitando una calva profunda.


Un chupito sucio cargado de tequila de garrafón, esperanzado de que no me diese un coma etílico al tomar sin moderación, ese alcohol más digno de cicatrizar heridas, que de ser una bebida.


La chica que estaba al piano, no distaba tanto del ensueño, más que en sus brazos se veían las marcas de las agujas con las que se metía su veneno.

Un esqueleto andante con una piel arrugada y amoratada envolviéndola, una voz estridente y carraspera, sus largos dedos huesudos castigando las teclas de aquel piano, cuyas notas disonantes no sonaban a derechas.

Pero sí ponía alma, que no talento, en aquel Jazz de desgarrada letra, es lo único que ponía y transmitía la tristeza de esas mesalinas que en calles grises y lóbregas, a la sombra de las luces de la Gran Vía, malvivian y se vendían por una cajetilla de tabaco, o unos míseros euros que les permitiese su próxima dosis de «caballo».

Una cajetilla de tabaco de contrabando, descansaba arrugada a mi lado, tras cruzar el estrecho en cayucos siempre acechados por los de Aduanas.

Tabaco prensado en cartón y papel barato. Que me secaba la boca y me desangraba el ánimo.

Un antro como cualquier otro fuera del recorrido turístico habitual.
Una de las putas, de rostro bruscamente pintado con colorete de a euro el saco, pelo rizado de piojos cargado, y labios de botox de olvidado inyectado, de las que hablaba la canción, se sienta a mi lado.

Le dejo unos euros en billetes arrugados, junto a la cajetilla de tabaco.

Agarrándome de la mano, mientras atrapa el dinero, me lleva a los aseos.
Dos fulanos se están enculando encima de sucios lavabos.

Cerramos la puerta, mi necesidad aprieta. Mi pobre miembro bajo el pantalón tiembla.

Entramos en el otro aseo, el de hombres, desierto. El olor a orines y otros desechos se clavan en nuestro pecho, pero no nos detenemos.

La puta harapienta, con más años que mi propia madre, llena de papel higiénico los charcos de meado de los que están lleno el suelo.

Se arrodilla encima de ese papel que se tiñe de amarillo, sobre sus rollizas y artríticas rodillas.

Con sus dedos gordos como morcillas, desabrocha mi bragueta metiéndose toda mi polla entre sus labios caídos.

En tres rápidos movimientos, me corro en su boca, ella me grita y me escupe mi propia lefa en la cara. Me golpea con saña, pero no fuerzas la quedan ya a la desgraciada.

Mientras me cierro la bragueta, la quito de un empujón, cayendo sobre los astillados adoquines, en medio de un enorme charco de meado perlado de sangre de algún cirrótico que poco le faltaba para que palmase.

Salgo del baño, siento duro el ataque de la disonancia de las notas asesinas.
Me siento en mi desvencijada silla. Junto al chupito reposa un papel, que no es una servilleta con ninguna nota, los únicos números que aparecen es el precio elevado de mi consumición de alcohol de quemar.

La puta sale gritando como loca del baño, el camarero me mira mal encarado.

Se lo que viene, pero aún así me duele.

Grito a la puta que se calle, que ya se iba a ir cenada a su puta casa.

A mí se lanza, tropezándose con el tacón que se le acaba de partir, cayendo como una ballena varada en plena desierta playa.

Me río mientras el puño del camarero impacta en mi cara.

Caigo al suelo, una lluvia de patadas.

Todo me duele y no como reza la canción: » de ser tan guapo…»

No me defiendo, no por falta de fuerzas, sí de valor. Mejor me hago el muerto así acabamos antes.

Unos golpes después, noto como me meten la mano en el bolsillo del pantalón sacándome la cartera.


– ¿Con esto pretendías pagarme, cabrón?


Grita el camarero mientras me vuelve a golpear en unas cuantas ocasiones más.


En la sangre que fluye de mi nariz, pómulo y cejas, cae mi vaciada cartera.


Los dos billetes de cinco, mi agresor no los suelta.


Siento que me arrastran y en la calle me dejan.


– ¡Como te vea por aquí, tío mierda, te arranco la cabeza!


Amenaza en vano o falta de memoria por el exceso de heroína esnifada, pues esa misma escena se repite sino cada semana, sí cada mes.


Me deja en la calle olvidada, la puta me pisa con su zapato sin tacón la cara.


Y mientras se aleja cojeando, a una rana me recuerda, me rio ante aquella escena.


El suelo esta frío, pero no mojado. Cómoda cama que otras veces ya me ha cobijado.


La acera y el asfalto están secos que para eso estamos en verano.


Me arrastró hasta una esquina, me meto la mano en el otro bolsillo del pantalón, me han robado lo poco que tenía, pero me han dejado un cigarrillo arrugado y medio partido.


Sonrío.


Me duele la cara y el movimiento de mis labios me abre más la herida de la boca.


Me limpio la sangre con la sucia camiseta.


Una cerilla reposa en el fondo del billetero de la cartera, dónde un DNI caducado me mira acusándome por no haberlo cambiado.


Froto el fósforo sobre la áspera acera y me llevo la titilante llama a la punta del cigarro.


Una bocanada de veneno de cartón seco, baja por mi pecho.


Me gustaría decir que estoy en el malecón de la Habana, en Manhattan, en Berlín, pero estoy acurrucado entre los brazos de la derrota, a los sombras de la noche de Madrid…

Iván Córdoba

@ikormar

📸 PIXABAY

DIME

Dime de quién eres
recuerdo.
De quién llevas
el sabor en los labios.
De quién son las
noches que pasas a solas.
Dime quién es el dueño
de tus suspiros.
Por quién converges
con el silencio, con el olvido
como compañeros.
Dime quién es el dueño
de tus anhelos.
De tus suspiros.
Dime de quién eres
recuerdo, al igual que
él es recuerdo tuyo.

📸 Deposiphotos

FUTURO GRANDIOSO


Soñábamos con un futuro grandioso plagado de batallas ganadas. Héroes de leyenda cuyas gestas en tabernas y palacios eran recitadas por los mejores bardos que ha dado el tiempo.
Míranos ahora en este campo yermo. Huyendo con el rabo entre las piernas como los perros, para no ser pasto para los cuervos que se están dando tremendo festín con los muertos. Cuerpos de nuestros hermanos y compañeros.
Cientos, miles de muertos que acabarán siendo abono de este páramo baldío.
¿Dónde está la grandeza que nos prometieron? Esa que nosotros creímos ¿Dónde?
¿Recuerdas, hermano, lo que nos reímos? ¿Todo lo que bebimos? ¿Lo que follamos tan divertidos?
Estábamos llamados a ser héroes y así, ebrios de gloria, vinimos.
Que sordo estaba el destino que no escuchó esa llamada
Formamos codo con codo, escudo con escudo con nuestros hermanos de la falange.
Que ligera nos parecía al comienzo del día las sarissas cuyas picas brillaban bajo la luz del día, estrellas que titulaba frente al enemigo.
Que pesadas se volvieron cuando la carga no avanzaba. Cuando era el frente enemigo el que con más fuerza empujaba. Cuando cayeron los primeros escudos, el ímpetu no bastaba.
El sudor bañando nuestra cara. Los dientes rechinando bajo nuestras largas barbas. Los brazos en tensión con los músculos a punto de reventar. Las espadas desenvainadas, sangre que nos salpicaba. Gritos de furia gritos de muerte, metal que se rompe.
¡Huid! «Corred»
Todo es en vano, nuestros amigos, camaradas, hermanos en desbandada. Pocos aguantamos el tiempo suficiente para una huida segura buscarnos.
¿Dónde está la caballería por los flancos? ¿Otras falanges para ayudarnos?
Cuando el miedo llega enseñoreado, el valor huye acobardado.
Soñábamos con un futuro grandioso, ¿verdad, hermano? Ahora que caminamos entre los platos que engalanan el festín de los cuervos, solamente buscamos seguir hacia delante. Vivir otro rato.
¡Aguanta, hermano, aguanta! Que casi estamos llegando a ese lugar sin nombre en el que seremos olvidados. Nuestros nombres no serán loados, ni nuestras gestas recordadas.
¡Aguanta un poco más hermano!
Llega la noche, aunque el día apenas haya despuntado.
¿Dónde están los gritos de los moribundos? ¿Las voces lastimeras que claman una rápida muerte para aliviar su dolor? El olor a sudor, al miedo que alivia las tripas cagándonos encima, empujando más y más, sin desfallecer, no por una bandera ni una idea, simplemente para conservar la vida unas horas más. ¿Dónde están las canciones que hablan de todo ello?
Con la poca humanidad que aún conservo, hermano, he tenido que hendir el cuello de un compañero con la punta quebrada de su sarissa. Así he puesto fin a su dolor, he conseguido su silencio.
¿Recuerdas hermano los guiso de madre? Unas zanahorias, cebollas y patatas, algunos días, los menos, carne de cabrito o cordero, las demás, pescado del que traía padre del puerto.
¿Recuerdas que no queríamos ser pescadores como padre o abuelo? No, nosotros éramos guerreros. Los mejores de todo el pueblo, que armados con palos desafiábamos a todo aquél que se pusiera por medio. Vencíamos a todos, de la guerra éramos los dueños.
Reíamos mientras descansábamos recostados a la orilla del mar.
¿Recuerdas el día que vinieron los reclutadores, hermano?
Guerra no faltarían. Siempre al servicio de un rey, su hijo, el hijo de este que quería conquistar más que su antecesor. Ser más duro que el más duro, pero sin mancharse las manos, para eso ya estaba el ejército.
Aventuras dijimos. Fama pensamos. Una soldada que nos permitiría ayudar a la renta familiar, sin saber que esa soldada acabaría gastada en lo más infecto de la caravana de campaña, en putas, dados, alcohol.
¿Cómo hemos acabado aquí, hermano?
¿Cómo?
Todo final tiene un comienzo…

📸 PINTEREST

#RetoDraJ

RENDEZ-VOUS AVEC LA MORT




Odiaba el 14 de febrero. No tenía ni pareja ni amigos, pero ahí estaba, una postal sin remitente del Puente de las Artes. París lucía tan lejano ahora. En el reverso con letra desconocida aparecían su nombre, dirección y solo un mensaje:
«Rendezvous. 30 de febrero».


No me gustaba aquel inicio para mi carta. En realidad no me gustaba ninguno de los inicios para aquella última carta, que por supuesto, nadie leería. Todo era demasiado impostado, demasiado falso, al igual que aquel retazo de vida en la que «vivía».


Pero pronto acabaría.


Miré a través de la ventana de aquel piso en pleno barrio Latino de París. La noche empezaba a caer y una luna brillante, parcialmente cubierta por grises nubes, despuntaba ya en el cielo irradiando de una sobrenatural luz sobre calles plagadas de sombras que deambulaban errantes.
Aplasté el filtro del cigarrillo entre decenas de otros filtros que reposaban amontonados en aquel viejo cenicero de latón. Apuré de un trago el cognac que restaba en la ancha copa de balón.


Estaba cansado.


Volví la vista a la postal tirada sobre aquella mesita junto a la ventana.


«30 de febrero».


Una buena fecha, tan irreal como todo en aquel mundo que veía a través de un brumoso velo.


Hacía frío. Me arrebujé en el abrigo mientras el aire procedente del Sena, penetraba hasta mis huesos.


París lucía distante ahora, a pesar de estar caminando por ella. Su luz no era la misma. No. Ahora a mis ojos, todo aquel brillo de antaño se mostraba velado. Todo era diferente. Aquel mundo era diferente.


Sombras apretujadas unas con otras, celebrando el Día de San Valentín, se iban cruzando en mi camino. Otras permanecían etereamente apoyadas sobre los muros de piedra que daban a la Île de la Cité.


No presté la mínima atención. No tenía nada que mirar. No había secretos que las sombras guardasen para mí. Ya no. Hacía tiempo que las gárgolas pétreas que custodiaban Notre Damme, ya me los habían revelado.


De eso hacía mucho tiempo. Muchas vidas atrás. Era hora de acudir a una cita tantas veces pospuesta.


Encaré el Pont des Art desde la rivera derecha del río. Anduve por su plataforma de hierro y madera. Las barandillas ya no refulgían por el brillo de miles de candados. Ahora frías placas de cristal las protegían de los enamorados.


Una sombra en un banco de madera.
Sonreí. Había acudido pronto, o yo demasiado tarde.


Me senté junto a ella. Sentí su congelada sonrisa en mí. No la miré. No hacía falta.


– Llegas tarde.


– Siempre has tenido prisas -contesté mientras mi vista se fijó en el único candado que había en la barandilla-. ¿Es el nuestro?


– ¿Cuál si no? Nada más apropiado para este día.


– ¿El 30 de febrero? -dije con sorna.


– Da igual. Es la hora. Ya no se puede posponer.


– Rendez-vous avec la mort. Por fin descansaré entre tus brazos.


– ¿Me besas?

La miré. ¿Quién dijo que la muerte no es bella?

La besé y la luz volvió a resplandecer.

Está es mi aportación al reto #MismoInicioDiferenteFinal.

📸 DEPOSIPHOTOS


DE SER, QUIZÁS.

Nunca he sido normal.
Nunca me lo he creído.
Un niño de brazos
vacíos y sueños vívidos.
Un niño que siempre
ha querido mirar a través
del arco iris un mundo
lleno de color.
Un niño que se aferra
a su mantita de la niñez,
a una noche en vela
plagada de sonrisas y
nervios, murmullos en
el cuarto fijando su
mirada lejos,
más allá del pasillo
oscuro por el que se
esperaba que llegasen
los sueños.
Mañanas de bostezos,
del sonido de la radio,
de leche blanca,
de mochilas pesadas,
de encarar el día con
esperanza sin miedo
a nada e ilusiones por
banda.
Un niño que navega entre
nubes de algodón, que se
hunde en cucuruchos de
hojas de periódicos,
entre pasillos de otros
niños que juegan divertidos
sin ser consciente si llueve
o hace frío.
De abrazos, que comenzaban
como un juego, terminando
en un beso rápido.
Miradas alegres.
Sonrojo en la cara,
corriendo a presumir
de la hazaña.
Un niño que crece
que a la edad adulta
nada cede.
Un niño que se aferra
A los hilos de una cometa
y que por el viento arrastrar
se deja, que siente el
viento en la cara y
sus lágrimas, no derramadas,
se congelan.
Que ríe sintiendo el cosquilleo
de las alas de las aves en
su vuelo, mientras rozan su
pecho.
Y bajo él, todo es pequeño.
Todo pasa raudo sin poder
detenerlo.

AMANTES


Este es mi aporte al reto #MismoInicioDiferenteFinal

“La luna brillaba esplendorosa en aquella noche invernal. Los dos se miraron, preguntándose qué hacer ante el panorama que se les presentaba. Frente a ellos, la ciudad entera, pero no tenían más ojos que para sus ojos. Aquella noche era para ellos.

– Y ahora ¿qué?
– Ahora… -sonreía mientras se comenzaba a desabrochar los botones de su camisa.
– ¿Pero qué haces? -exclamó Rubén mientras intentaba sujetar sus manos.

Ella, sin apartar su mirada de la de él, le besó tímidamente los labios mientras apartaba sus temblorosas manos de las suyas mientras seguía desabrochándose otro botón, haciendo que la tela se descorriese, como un telón, dejando a la vista pequeños retazos del escenario de su piel.

– Aurora -le temblaba la voz.
– ¿No me digas que no lo deseas?
– Claro que lo deseo -dijo mientras observaba aquella blanca piel que resplandecía bajo la luz de la luna-. Pero…
– Pero nada, Rubén.

Las frías manos de Aurora iban descendiendo por su pecho hasta llegar hasta el borde del grueso jersey de lana, perdiéndose en el interior, sintiendo el ardor de la piel de Rubén.

Él se estremeció al sentir el frío contacto de aquella mano en su pecho.

– ¿Estás segura? -preguntó mientras sentía los labios de Aurora sobre los suyos.

Ella le sonreía mientras con su lengua acariciaba los carnosos labios del hombre.

– He dejado atrás todo -dijo mientras miraba a la luna, mientras sus manos comenzaban a introducirse por la cintura del pantalón vaquero de Rubén-. Familia, hogar… Todo por este momento. Todo por estar contigo.

Rubén se removió dentro del grueso saco de dormir en el que se encontraban. Llevando su mano por detrás de la plateada melena de Aurora, la acercó hasta él fundiendo sus labios mientras sus lenguas se enredaban en un frenético baile.

Rubén acabó arrancando los últimos botones de la camisa de la chica mientras descendía, mediante pequeños y suaves besos, por su cuello mientras descendía saboreando su nívea piel (a noche, a naturaleza, a agua fluyendo. A todo eso le sabía), perdiéndose en el nacimiento de sus pequeños pechos que subían y bajan al ritmo de su entrecortada respiración. Su boca, su lengua, su pasión que ascendía como lava ardiente desde el interior del pantalón donde la mano de Aurora no dejaba de masajear, con ligeros movimientos, su duro miembro, se llenaron de uno de los erectos y sonrosados pezones.

Aurora gimió al sentir aquellos labios que tantas veces había deseado.

Temblaba ligeramente mientras sentía las pequeñas manos de Rubén acariciando su cuerpo, desciendo por su vientre, perdiéndose por sus caderas mientras la iba levantando la plisada falda. Dedos que de forma experta fueron recorriendo el interior de sus muslos, ante cuyo contacto se fueron abriendo suavemente.

Aurora lanzó un sonoro jadeo al sentir los dedos de Rubén acariciándola, explorándola, llevándola la éxtasis mientras su clítoris vibraba ante el contacto de sus dedos.

Apartó la mano del duro miembro del chico, que seguía con la boca en su pecho. Desabrochó con urgencia los botones liberando su duro miembro.
Y en la estrechez del saco de dormir, Rubén ayudó a Aurora a subirse sobre él a horcajadas, sintiendo el calor y la humedad que manaba de la suavidad de su sexo mientras se introducía lentamente en ella.

Ambos gimieron al sentirse unidos. Labios sobre labios. Miradas. Manos entrelazadas. Movimientos impetuosos. Más jadeos.

– Te deseo… -musitaba Rubén entrecortadamente.
– Te deseo… – musitaba Aurora en un resuello.

Se acercaban al clímax. Aurora tensó la espalda, Rubén tensionó sus piernas mientras sus manos sujetaban las blancas caderas de ella. Se movían más rápido, más resuellos, más jadeos, más húmedos besos que enmudecían las voces de placer de sus gargantas.

Un espasmo. Dos. Tres. Un profundo gemido que llegó hasta la luna, la cual observaba curiosa a los amantes.
– Ahora hija -suspiró la Luna-. Ya eres lo que más deseabas. Humana.

Ambos durmieron entre sus brazos, sabiendo que aquello no era más que el principio de una vida que tanto habían anhelado.
Pues él siempre la había escrito poemas en la noche. Ella, siendo una estrella, siempre deseo los besos que prometían aquellos versos.




DE NOSTALGIA, UNA CARTA, UN AMOR DE INFANCIA.

Y hoy la nostalgia
llega, vestida de
escarcha de la noche,
con sabor a las fiestas.
Olor a leña ardiendo
en viejas chimeneas,
alejando la inclemencia
de las noches en vela.
Y con ella me invaden
recuerdos que conviven
con el olvido.
Esos que latentes
descansan dormidos.
Esos que adolecen de
prisas y subterfugios.
Esos puros vistos a través
de los ojos de un niño,
del alma de un pequeño
que aún no había
aprendido a surcar las
turbulentas aguas de los
adultos.
Recuerdos de un primer
amor.
De unas líneas en una carta
que nunca supe si la llegó.
Una carta abriendo
el corazón.
Un recuerdo del rostro
infantil de una niña que
me encandilan cuando
ante toda la clase, sola
frente a la pizarra, recitaba
a Espronceda como yo
podía recitar a la primera
la alineación de mi equipo
de fútbol.
La luz del sol que penetraba
por el ventanal, junto al
profesor, solamente centrado
en ella.
Recuerdos de infancia,
de sueños que se desgajan.
Una carta.
Siempre por carta.
Como mejor he sabido
expresarme para decirla
lo mi corazón late.
Aquella carta, en el último
día, la que de otras manos
recibiría…
Pues ni en el último momento,
tuve el valor de confesarla
cuales eran los sentimientos.
Que aquella carta que debía
de recibir de mis manos temblorosas,
que a otras manos mensajeras entregué, no era una broma.
Pero ahora la melancolía
se apodera de mis horas,
de esta alcoba.

📸 PIXABAY

LA HOGUERA

¿Estás dispuesta a encender
la llama de mi hoguera?
Si estás dispuesta,
ven.
Aquí está la mecha.
Las consecuencias, ser devorada
por el fuego de la impaciencia.
¿Estás dispuesta a prender
la llama de mi hoguera?
No habrá marcha atrás,
ni dudas, ni otra oportunidad.
La ropa arderá,
tu desnudez me atraerá.
Besaré tu piel,
mi fuego la llagará,
conocerás un placer
que ningún otro
será igual.
No soy un juego.
Conmigo no intentes jugar,
tenemos un pacto,
mi enciendes, has de llegar
hasta el final.
No habrá mesías tintas,
solamente habrá vencedores
en esta agonía de besos,
deseo y lujuria indómita.
¿Estás dispuesta a prender
las llamas que palpitan en
mi piel?
Te tomaré.
Te arrodillaré.
Te poseeré.
Mía, solamente mía
te haré.
¿Estás dispuesta a encender
la llama de mi hoguera?
Si es así,
ven a mí.
Que este demonio
solamente te desea a ti.

📸 PIXABAY

AL DESTIERRO DEL SILENCIO.

Marcho hacia el destierro
de los silencios,
a la falta de ese esperado
beso,
a los de las miradas enamoradas
que ya no me caldearán
el alma.
Huyendo de esos amores sin marca,
los comprado a precios
de ganga.
Marcho a las tierras sin nombre,
a las que no tiene árbol
con marcas de corazones.
A las tierras baldías,
a esos páramos sin poesía.
Marcho hacia el destierro
de un mundo sin tus besos,
de las primeras veces,
de los errores permanentes.
Marcho rumbo a un no
tan desconocido mundo.
A la isla desierta
en la que es imposible
levantar cabeza.

📸 PIXABAY