– ¡Mírala! No tiene vergüenza alguna -Su tono de voz rasposo, dio paso a una tos seca. Se llevó el puño a la boca y de su sotana inmaculada, extrajo un pachuelo blanco con bordados, con el que se limpió la nariz -. ¿Alguno tiene un pitillo?
– Francisco -Julian arrastraba las palabras, mientras miraba atento las fichas de dominó que había sobre el tapete, barajando sus posibilidades de colocar laguna de sus fichas. Sentía la mirada fija de sus compañeros de mesa, siempre apremiantes-. Déjala. Siempre la estás criticando. Luisi tiene el derecho de bailar con quien quiera. Y no, ninguno tenemos un pitillo.
– Es verdad Paco. Deja ya a la Luisi, que parece que la has cogido con ella -Marisa, con mano temblorosa, se llevó el vasito lleno de Marie Brizard a la boca. Bebió un trago pequeño, casi para humedecerse los cortados labios pintados de un rouge que nunca la faltaba-. Ya ha enterrado a un marido y tiene derecho a bailar con quien le salga del coñ…
– ¡Marisa! -espetó con un liguero golpe en la mesa Don Francisco, el que había sido el párroco del barrio desde que todos tenían memoria, mientras se persignaba-. Esa lengua que parece que te la ha dado el diablo.
– Paco, que nos conocemos desde siempre. Ya sabes lo que opino de tu diablo y tú Dios.
Marisa puso una ficha, un seis con un uno, encima del tapete en cuanto Julián proclamó que pasaba, reclinándose sobre el respaldo acolchado de la silla, con el aire reposado que siempre le había caracterizado.
El párroco bufó, pasándose una arrugada mano, llena de manchas de la edad, como si se atusase un inexistente cabello.
– ¡Asco de sillas! -gruñó mientras se subía las gafas de fina montura metálica.
– Esto es cosa de los facciosos estós que nos gobiernan, Francisco -.Los tres miraron con cierto hastío al cuarto compañero de partida-. No me miréis así. Que es verdad. Recortes y recortes. Y esta residencia, cada vez es peor…
– Hombre Ignacio, peor, peor…
Marisa miro por encima de su hombro hacia el joven enfermero que andaba por la sala de la mano de uno de los residentes, para que esté caminasase un poco.
– Mira David, con él hemos ganado. Que cuerpo, casi revienta la camisola blanca con tanto músculo y mira que culito…
– ¡Marisa, por Dios!
– Ni por dios ni nada, Paco. Tiene un culito para morderlo.
– ¡Marisa! -miró a Julián escandalizado-. ¿Que va a decir tu marido? Julián, di algo.
Julián se removió en la silla metálica de polipiel color negro, mirando en la misma dirección que estaba mirando si mujer con una sonrisa en la cara.
– Pues que el muchacho tiene un buen culo -dijo mientras comenzaba a reírse con una risa seca-. Ya me hubiera gustado a mí tener ese culo…
– Y lo tienes, guapo -Marisa agarró una de las manos de su marido y atrayéndole hacia ella, le besó -. Mejor que el de él. Pero lo tiene tan jovencito…
– Que tiene un bocado ese culito, Marisa.
– ¡Por favor!
Se incorporó Francisco de la mesa al llegar Luisi, que se atusaba su vestido largo de flores, mientras jugueteaba coqueta con los rizos azulados que le caían por detrás de las orejas, en las cuales lleva unos grandes aros de oro.
– Ya está bien de tanta indecencia. Que soy un hombre del señor.
– Anda, Paco. Del señor y de alguna señora…
– ¡Luisi! ¡Por favor!
– Déjate de tanto aspaviento, Paco -hablaba mientras bebía del vaso de Marisa, a quien la guiñó un ojo-. Que nos conocemos hace muchos años. Demasiados.
– Eres…eres -se dejó caer de nuevo en la silla-. Una deslenguada. Eso es lo que eres.
Luisi se rió con una carcajada clara y alegre, que contagió a los compañeros de mesa, excepto al sacerdote que miraba con los ojos entrecerrados.
– ¡Ay! Paco. Paco. Paco…
– ¿Que diría tu marido de verte así?
– ¿De verme como? -se apoyó en la mesa con sus manos llenas de anillos y pulseras-. ¿Alegre y con ganas de vivir? Pepe estaría encantado. Ya le conocíais, siempre de broma, siempre con sus chistes, siempre feliz. Hasta en la cama del hospital. ¿Os acordáis? Contando chistes. Laura le decía; «Papá, no seas ganso». Y él…-unas lágrimas asomaron a sus verdes ojos, resbalando entre los surcos de su piel-. Se puso a graznar.
Marisa la agarró la mano con su mano de cortos dedos afectados por la artrosis, de uñas pintadas de un rojo potente.
– Tu marido, Luisi, era todo un camarada. Un hombre cabal y de honor. Un amigo, que nunca se rindió.
Ignacio levantó su tacita de café solo.
– Un brindis por un compañero de armas leal, que nunca dudo en combatir a los fascista…
Todos miraban a Ignacio con la resignación en la mirada, sabiendo que su enfermedad cada día iba a más y que poco podrían disfrutar ya de aquel buen, aunque socarrón y gruñón, hombre.
Nadie le secundó, pero eso a él le dio igual, viendo en su mente como todos alzaban sus copas y brindaban ruidosamente por el amigo Pepe.
Luisi se puso a su espalda, y quitándole la gorrilla que siempre llevaba, le dio un beso en la arrugada cabeza, mientras le abrazaba, sin saber si él sabía que le estaban abrazando. Pero se sorprendió al ver cómo la mano de Ignacio se posaba tiernamente sobre la suya.
– Sí, Ignacio, Pepe era un gran hombre…
– Que nunca hizo la guerra, Ignacio, al igual que tú -Francisco cortó a Luisi mientras agarraba una de las manos de Ignacio-. Eras un niño de cinco años, Nacho y José estaba naciendo, ¿verdad, Luisi?
– Mira que eres puñetero, cura cabrito -Luisi se puso la lado de Francisco-. ¿No le puedes dejar en sus ensoñaciones?
– No le voy a mentir, Luisi. Nacho es un amigo desde hace muchos años. Un rojo, ateo sí, pero un amigo que se ha desvivido por este barrio y por sus vecinos. Y por el respeto y el cariño que le tengo…
– ¡Mirad el cura! -exclamó Ignacio de de repente mientras ponía una de sus últimas fichas en el tapete- Ahora se ha vuelto invertido, el faccioso. Pero Paco , ¿que hubiera dicho la Angelines?
– Retiro todo lo que he dicho de tí, rojo.
El cura colocó la única pieza que le quedaba sin colocar.
– Y Angelines era una buena mujer que venía a limpiar a la casa y a la parroquia.
– Y te limpiaba el cepillín, Paco, que todo el mundo lo sabe.
El rostro rubicundo del sacerdote se tiñó de rojo, ante las palabras vivaraces de Luisi.
Marisa, Julián y hasta un recobrado Ignacio, rieron provocando un escándalo en la sala donde jugaban al dominó en aquella mañana del mes de Julio.
Hasta el propio sacerdote comenzó a reírse.
– Que sepáis que sois todos carne del infierno.
Todos rieron ante el comentario, como si les importase lo más mínimo dónde fueran a ir.
– Y he vuelto a ganar…
Rió, Francisco, con más fuerza agarrándose su prominente barriga, mientras los demás callaban.
– Maldito cura este.
– No pasa nada, Marisa -respondió con esa forma tan suya de alargar las palabras.
– El faccioso éste -respondió Ignacio dejando unas monedas de euro sobre la mesa.
Los otros jugadores le imitaron, mientras Francisco recogía las monedas y las guardaba en un monedero de ajada piel marrón.
– Mira, Paco -Luisi miraba hacia la puerta que se acababa de abrir-. Por ahí viene a buscarte el «chocolate».
Un joven y alto sacerdote negro, entró en la sala e iba saludando a todos los residentes que se encontraba al paso. Lucía un traje negro con el blanco alzacuellos y una enorme sonrisa en el rostro.
– El Padre Abdul es un hombre de Dios. Un buen hombre. No el «chocolate».
– Así le llaman en el barrio. Además dicen que sus misas son mejores que las que dabas tu.
– ¿Dicen, Marisa? ¡Ah, claro! Tú no vas a misa.
– ¡Ni voy a ir! Paco. Venga Julián que por ahí vienen los niños.
Julián se levantó y apretó cordimente la mano a sus amigos.
– Luisi, ¿te vienes a comer? Sabes que a los chicos no les importa.
– ¡No, Julián! -dijo mientras se alejaba de la mesa-. Dentro de un rato hay bailes de salón y a ver si finjo que me duele algo y David baila conmigo, así siento sus músculos.
Y con pícara sonrisa se alejó al lado contrario de la estancia.
– No cambiará…
– Paco -las vocales se estiraban en la boca desdentada de Julián.
– Ya lo sé – el sacerdote ya se había levantado del asiento y movía la cabeza en gesto de negación al ver como el joven y nuevo párroco no hacía más que detenerse para hablar-. Voy a rescatar al muchacho, pues si le dejo nos tiramos aquí todo el día. Mira que le gusta hablar. Pasad buen día. Y mañana nos vemos.
Se alejó unos pasos, pero antes de dar más, se detuvo y buscó a una enfermera que andaba por allí.
Se acercó a ella y señalando hacia la mesa de dominó, habló con ella.
Al cabo de unos minutos se despidió de la mujer y se acercó hasta donde estaba, aún sentado y con la mirada perdida, Ignacio.
– Vamos, rojales. Que te vienes con el enemigo, anda. A ver si te evangelizo.
Ignacio se dejó levantar por el párroco y camino junto a él.
– Sus hijos…-negó con la cabeza-. Esas alimañas que solamente vendrán para cobrar la herencia.
Se persignó como pidiendo perdón por los pensamientos que le cruzaban por la mente.
– Otro día que le dejan sin venir a visitarle si quiera. ¡Padre Abdul! Ayúdeme hombre.
El joven sarcedote corrio en ayuda del anciano párroco, sujetando sin esfuerzo el entero cuerpo del anciano, a quién comenzó a hablar sin parar, aunque Ignacio no le escuchase.
La hija y el marido de Julián y Marisa llegaron ante ellos.
– ¡Qué! ¿Quién ha ganado? -pregunto el marido de la hija, sonriendo- No digáis nada, Don Francisco, como si lo viera.
– Algún día descubriré como hace trampas, pues las hace. ¿Verdad, Julian?
– Siempre ha sido un tramposo, aunque diga que no y que Dios está de su parte.
La hija rió mientras besaba a sus padres.
– Hoy papá, la paella la haces tú. Que sabes que a Alonso, aquí presente, solamente le gusta cuando es la tuya.
– Tiene buen gusto tu marido.
Iván Córdoba
📸 PIXABAY









