Corría en medio de la oscuridad.
Sentía el aliento de aquello que me perseguía en mi nuca.
Notaba como aquella oscuridad, intentaba con sus dedos de negrura, alcanzarme. Llevarme hacia lo más profundo de ella. Devorarme.
Las manos del padre Marcos recorriéndome el cuerpo. Su aliento. Sus susurros. Sus golpes.
Corría por una carretera mil veces transitada, cruzándose una y otra vez con viejos desvíos, que volvían a desembocar en la misma a carretera. Había corrido por todas ellas.
Intentando huir siempre de la sombra que me acechaba. Cada día más cerca. Su aliento cálido, espeso, húmedo.
Mil carreteras y desvíos que confluían en el mismo. Señales, postes, carteles informativos todos me llevaban hacia el mismo destino. A tropezar y caer.
Y así me encontraba.
¿Cuántas veces me habré acordado de Raúl y Damián?
Pocas, casi ninguna. No voy a mentir. Como me he mentido siempre. Como llevo mintiendo tantos años.
Mentiras que me han tenido callado. Y mi silencio…
¿Cuantos niños, como yo, como Raúl y Damián, habrán pagado?
Caído. Derrotado. Asaltado por la culpa. Con el rostro anegado de lágrimas. Con la garganta seca, que pedía ser regada por el alcohol que ansiaba.
Ese inhibidor momentáneo de recuerdos y dolores pasados.
¿Había tocado fondo nuevamente?
Sí. Pero sabía que no iba a ser suficiente. El fondo que toco es un trozo de gasa que cese, y sigo cayendo.
¿Tendré ayuda en esta ocasión? Seguramente sí, pero no sé si reuniré el valor de volver a la asociación y en círculo levantarme y reconocer que he fracasado. Que he caído en los brazos de mi puto amante.
Y todo ello me golpea con la más fría de las certezas, cuando voy recobrando la conciencia.
Estoy tirado en medio de un charco de vómito, mío seguramente.
Unas mano suaves me intentan levantar.
Una voz dulce, que sé que conozco, pero que soy incapaz de reconocer, me habla, me llama, con tono preocupado.
– ¡Daniel! ¡Daniel!
Intento ayudar a levantarme. Es un intento lastimoso y patético. Pongo una mano en el vómito para auparme, pero resbalo y caigo.
– ¡Vamos Daniel! ¡Levántate!
¡Levántate y anda Lázaro! No sé porqué pero esas palabras inundan mi mente.
Luego pienso que les jodan a Lázaro y a quién le dice que se levante.
Una botella de bourbon, por favor. No era que fuera a levantarme con ella, pero el sabor del vómito que entraba por mi boca, sabría de otra forma.
– ¡Daniel! Por favor.
Daniel ya no hacía favores a nadie. Daniel quería quedarse allí ausente de todo. Daniel solamente anhelaba una botella en su mano y un buen lingotazo bajándole por la garganta.
Daniel sólo quería seguir el paso de Raúl y Damián. Pero Daniel, y él lo sabe. Yo lo sé. Es muy cobarde para ello.
A lo mejor si con un trozo de vidrio de la botella, que tanto ansío, vacía y rota…
– ¡Daniel! Estaba muy preocupada. No me has contestado. ¡Daniel, sal de dónde quieras que estés!
Paula. Es Paula la que intenta ayudarme. Paula que me llamó y no la contesté. Paula, la única que ha estado conmigo, que sigue estando, que siempre me ha dicho que siguiera mi camino. Que no me quedase en este sitio. Pero algo me lo impide. Una fuerza me tiene atado a este lugar.
Paula que ha venido. Pero, ¿cuando me llamó Paula? ¿Cuanto tiempo llevo aquí tirado? ¿Dónde es aquí?
Los dedos finos de ella me sujetan por el brazo, dando pequeños tirones intentando levantarme. Apoyo una mano temblorosa en el charco, la misma de antes que había fallado. Tiembla, siento que voy a caer. Paula es fuerte. Lo sé. Nadie más fuerte que ella, que incluso más rota que yo, se recompone a cada instante para ayudar a quien sea.
Tira de mí y yo, movido por su impulso, me levanto. Tambaleante pero sujeto por la fuerza de ella, me mantengo de pie.
El sol me ciega. Intentó hacer visera con la mano. Entrecierró los ojos, quiero hacerme una idea de dónde estoy.
Árboles, zonas verdes, bancos, un lago con una fuente de cinco chorros en el medio. La ciudad era pequeña. Reconozco el lugar; El parque del Centenario.
– ¿Que hago aquí?
Soy capaz de articular con una voz rasposa y lengua de trapo.
– ¿Que te pasa Daniel? -la voz de Paula es toda preocupación.
– Soy débil Paula. Soy débil…
Rompo a llorar dejándome caer en su hombro. Vuelvo a dejarme envolver por su abrazo. A sentir consuelo. A sentirme a salvo.
Ella, como otras muchas noche había hecho, me mecía entre sus brazos.
Me lleva a rastras hasta un banco cercano. Nos sentamos.
Ella me deja llorar por mucho tiempo.
La añoraba tanto. La necesitaba, la necesito tanto. Ella lo nota, lo sediento que estoy, pero no me deja. Se queda conmigo.
Somos invisibles a los ojos de quién pasa por allí. Si no lo somos, seremos la comidilla de los cotilleos y murmuraciones.
No nos importa.
– ¿Por qué has venido?
– No me contestaste a la llamada de hace un par de días, Daniel. Por mucho que he insistido, no contestabas, ni a los mensajes tampoco. Ni escribías. No llamabas.
– Lo siento. Lo siento de veras. No…no quería molestarte.
Me aparta con suavidad, como siempre me trata, con suavidad.
– Soy tu compañera Daniel. Siempre lo he sido. Siempre lo seré.
– Pero…yo…
– Nada Daniel. Nada.
Vuelvo a llorar sobre si hombro. Me acoge entre sus brazos y me aprieta fuerte. Noto su barbilla en mi cabeza.
– ¿Cuánto tiempo llevas aquí? -me pregunta.
Hace un rato que estamos sentados observando el parque. Sin decir nada. Simplemente sentados. Viendo el revolotear de los pájaros. Viendo como los caños de la fuente, que nunca han ido bien, se atascan y escupen agua de forma irregular. Viendo como el sol va cayendo tiñiendo el horizonte de tonos rojizos.
– No lo sé. Puede que dos días, estaba muy borracho. No recuerdo. Puede que desde tu llamada que no contesté.
– ¿Le has visto?
– Sí…-no hacía falta más.
– Venga Daniel. Es hora de irnos.
– ¿Irnos? ¿Dónde?
– Por ahora, necesitas un baño y tirar toda esa ropa. Luego comerás algo y vamos hablando.
– Paula.
– ¿Qué? – Me dijo mientras me cogía del brazo para ayudarme a andar.
– Gracias.
📸 DEPOSITPHOTOS









