No me mires.
No lo hagas.
No me tortures con
lo que me promete
cada mirada.
No me mires.
No sé si me podré
resistir, más bien
volveré a caer.
Desde aquella vez,
tus manos, en mi último
pensamiento, son las que
recorren mi cuerpo.
Tus labios con sabor al
vino del deseo,
son los que beso cada
noche.
Tu cuerpo,
cada contoneo,
cada murmullo que
roban mis besos al
recorrer tu cuello, son
lo último que escucho
antes de sumirme en
sueños húmedos.
Delirio.
Error deseado.
Tu boca.
Tus manos.
Mi pecho desnudo
recorrido,
besado,
arañado.
Mi boca en tus labios,
tu cuello,
en la cima de tus pechos,
descendiendo al estrecho
secreto que despiertan
mis más profundos deseos.
Sumergido entre tus piernas.
Embebido de la grandeza
de la lascivia.
Mi lascivia.
Tu deseo mi mentón
humedeciendo.
Tu mirada.
No me mires.
No lo hagas.
Acabaré cediendo.
Lo deseo.
¡Mírame!
¡Mírame!
Húndeme entre las
cenizas en las que me
convierto, de las que
renazco en cada encuentro.
¿Cómo evitarlo?
No quiero.
Cargaré con mi pecado.
Cargaré con mi secreto.
Todo por probar de nuevo
tus besos.
El elixir de tu cuerpo.
Por tu boca recorriendo
mi cuerpo.
Por mi cuerpo enfermo de
pecado y lujuria, profanando
tu templo.
No puedo resistirme.
No me mires.
No lo hagas.
La oscuridad me embriaga.
No estás pero te siento.
Mis manos, imaginándote,
pretenden consuelo.
No lo hallan.
Me vacío.
Tu mirada.
Pensamientos encendidos.
Tu mirada.
Me difumino en la noche
en la que sueño pero no estoy
contigo.
Otra, que no eres tú, mi cama calienta,
pero fría mi alma se encuentra.
Ningún fuego, que no sea el
que tu pasión enciende, me
consuela.
No me mires.
No lo hagas.
No me hagas promesas
que se quedarán en nada.
Cautivo de tu mirada,
de cada palabra,
del roce del aire de cada gemido
que exclamas junto a mi oído.
No me mires.
No lo hagas.
Si lo haces, no sé
si las ganas podré
guardarme.
📸 PIXABAY