¿DE QUÉ ESTÁN HECHOS LOS SUEÑOS?

¿Y qué son los sueños?
¿De qué están compuestos?
¿Cual es la química que los
conforma?
¿Y la física que los amontona
con la fuerza de tracción suficiente
para que no se desmoronen?
Serán polvos de estrella,
de esas que iluminaron las
más lóbregas noches, las que
caen a la tierra, está u otra, siendo
recogidas entre alas que las unen y las
levantan.
Creando espacios para nosotros
reservados.
Espacios para almacenaje de lo
que quisimos y queremos.
¿De qué están hechos los sueños?
¿Cuáles son sus secretos?
¿Seremos capaz de desentrañarlos?
¿Querremos saberlo?
¿Estaremos preparados?
Preferiremos dejarlos en ese
lugar en el que almacenamos lo
que no queremos comprender
pero necesitamos.
Como esos besos, los primeros,
los de sabores amargos, pero a
la luz del recuerdo, se transforman
en dulces caramelos.
Como esa primera vez idealizada,
relegada al olvido por nefasta, pero
envestida en la fantasía de que
a nuestro alrededor revoloteaban
hadas y trompetas sonaban.
Al igual que ese amor veraniego idealizado, que dura lo que un beso
en un portal robado a mano armada
de ganas.
Ese adiós al pasado, tan bucólico,
en blanco y negro coloreado.
Pero sin ser más que un amargo
trago que su mal sabor se nos
ha indigestado.
Y desde entonces vamos buscando
un sustituto de aquellas eras pasadas
en realidades que no son más que vanas
ilusiones.
¿De qué están construidos los sueños?
De aviones de papel que
surcan libres los vientos.
De barcos de juguete que vamos
capitaneado entre corrientes
que buscan encallarnos.
De risas y rosas.
De espinas y lágrimas.
De colores claros de optimismo
y de oscuros con aroma a desesperanza.
De besos prohibidos.
De ganas de probar nuestros cuerpos.
De anhelos febriles.
De noches de ébano entre sábanas
de marfil.
De bailes junto a peces y aves.
De hogueras en la arena.
De versos recitados al hueco de
tu cuello.
Del recorrer de tu largo pelo
por mi desnudo pecho.
Del juguetear de tus manos
transportándome al cielo.
¿De qué están compuestos los sueños?
Ni lo sé, ni quiero saberlo.
Simplemente disfrutarlos.
Atesorarlos como el más valioso,
del recuerdo en el que se convertirá,  tesoro.

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TE PIDO PERDÓN

Te pido perdón
sin saber si estoy
arrepentido o no.
Te pido perdón por ese
calor que no he sabido,
que no he querido, entregarte,
ese que sí entregué a otras amantes.
A esas que simplemente
su cuerpo probé,
dejando para otro su ser.
Te pido perdón
por no saber por no
ver, por no ser el hombre
que debí contigo ser.
Demasiadas noches en
vela, lo sé, pasaste pensando
entre los brazos de que otra
mujer estaba enredado.
Te pido perdón
por haber sido una pesadilla,
pero en parte tú ya lo sabías.
Mi fondo oscuro late constante,
no se esconde, tu lo notaste.
Te pido perdón
por haberte mentido,
por haberme permitido
enamorarme.
Por no dejar que cumplieses
con tu promesa de salvarme.
Es imposible.
Mi alma está condenada
desde el mismo instante
de su creación.
Te pido perdón
por no ser más que un
obtuso que solamente
de tí obtuvo sin nada
entregarte.
Por ser causante de apagar
la luz de tu sol.
Te pido perdón
pues no más voy a entregarte.
Sigo siendo un miserable.
Yo lo sé,
tú lo sabes.
No he cambiado,
ni antes cambié,
ni ahora ni después.
Te pido perdón
por las mentiras que
te ofrecido para quitarte
los vestidos,
para hacer realidad tus
vicios y los míos.
Por no ser el ángel de alas
abiertas que esperabas que
fuera.
Te pido perdón.
Me pido perdón a esta
parte mía que por
tí late.
La parte que consintió
enamorarme.
La parte que grita al
ver la forma que tengo
de tratarte.
Esa luz que voy apagando
poco a poco, a cada instante.
Te pido perdón
marchándome al infierno
del olvido, de tu olvido.
Espero, sé, sabe esta parte
que está conmigo, que continuarás
tu camino.

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¿CÓMO RECONOCER?

¿Cómo reconocer que
tengo miedo cuando nos
han enseñado que el
miedo es cosa de niños
o del pasado?
Que al hacerte mayor y
haber madurado,
el miedo se ha de haber
marchado.
Y entonces en la cuenta
caigo de que temo la
soledad y él no saber
dónde mi camino está.
Y eso me hace temer defraudar
a todas las generaciones
pasadas que afrontaban la
vida con gallardía y valentía.
A aquellos a los que nunca
se les veía dudar.
Siempre hacia delante
avanzar.
Y no ser capaz, de usando una
vieja expresión, coger al toro
por los cuerpos y la vida capear.
Así que me paro en cada rincón,
en cada revuelta del camino,
en cada mirada o gesto de cariño
y deseo dejar de temer, ser capaz
de el vuelo alzar, volar hasta
perderme en la inmensidad, con
alas que no sean de cera.
Pero el sol de la duda,
las llamas del temor,
desmoronan mis alas,
con mi vuelo acaban.
Caigo sin remisión y siento
miedo.
Un temor atroz.

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¡APARTA TORMENTA!

¡Aparta tormenta!
Aparta y vete fuera de
está cabeza y está alma
¡Aparta tormenta!
Permite que llegue
la calma.
Permite que entre tus
cortinas de agua la vea
de espaldas.
Que su recuerdo grave
en mi retina, para no
olvidarla al igual que
no olvido el dolor de sus
espinas de rosa salvaje,
indomable.
Espero bajo tu aguacero,
este que cala mi cuerpo,
por el cual mi valor queda reducido
a un suspiro a causa de tus truenos,
que me mire de nuevo.
Observar los luceros que en
su  rostro van engarzados.
Achicado ante la lluvia,
desolado por la amargura.
¡Aparta tormenta!
Déjame verla.
Que no la diluyas bajo
tus líquidas agujas.
Que no se una a tus
charcos como tinta,
pues no tendré de nuevo
como escribirla.
¡Aparta tormenta!
Que llegue el día.
Que la luz difumine las
negras nubes de la desidia.
¡Aparta tormenta!
¡Ya basta!
Que la necesito para continuar
pues no hay camino,
ni vereda que seguir si ella
no está aquí.
¿Cómo pedir perdón si mi
grito no es más que un rumor
en medio del rugido de tu
viento?
¡Aparta maldita tormenta!
Necesito verla.
Saber que no ha sido etérea.
Pero sé que ha sido real,
la piel  llevo lacerada,
el alma atormentada,
pero aún así, aguardo
que vuelva su mirada
y se encuentre con mi
suplicante mirada.

A PEQUEÑOS SORBOS

Tómame,
tal y como haces
con la noche en tu
copa.
A pequeños sorbos,
deleitándote con mi
sabor en tu boca.
Tómame.
Hazme tuyo a todas
horas.
Con una explosión
de sensaciones en tu
piel.
Embríagate del aroma
de la madrugada.
Recúbreme del rocío
de la mañana.
Tómame,
como al café fuerte
en tu vieja taza,
cogiéndome con las
dos manos,
apretando con ganas
sintiendo como mi piel
quema tus palmas.
Haz de mí el bocado
prohibido.
Tómame los suspiros,
los silencios, los gritos,
las alegría, las ausencias,
el delirio de estar entre
tus piernas.
Tómame.
Hazme tuyo una vez más.

TEMO.

He de reconocer
que soy un niño
atrapado en el cuerpo
de un hombre.
Que aún sueño,
que capitaneo mi
propio barco de papel.
Que río, pero más veces
lloró.
He de reconocer que
quiero partir y fundir
mi embarcación con
casco de ensoñación
en el cruel batir de
este mar de desolación.
Surcar aguas mil.
Vivir teniendo de frontera
un horizonte que me
muestre mil colores.
Desatar las cuerdas.
Romper las cadenas
con las que me amarro
a la cotidianidad en la
que estoy varado.
¿Cómo salir de esta zona
de confort que no es más
que un incómodo sillón?
¿Cómo redimirme con
mi niño interior?
Me da miedo reconocer
que temo a lo que no sé.
Temo que la soledad
se instale como una
inquilina a la que no
poder echar en mi
alma.

LUNANNA

Le gustaba mirar, mientras seguía entre las sábanas revueltas, como ella se iba poniendo las prendas de ropa que minutos antes se habían arrancado.
Ella sabía que a él le gustaba mirar. A ella también le gustaba que la mirase, por ello se recreaba en cada botón o pinza del liguero, del sujetador, de la falda, de la camisa. La hacía sentirse especial. Esa escrutadora mirada hacía que se sintiese una auténtica mujer, casi se sentía una amante más, no la profesional de lujo que realmente era. En aquellos momentos, cuando él la observaba con sus profundos ojos marrones, casi se olvidaba de sus demonios y temores. Pero solamente casi.

  • Me gusta observarte -dijo mientras se removía entre las sábanas, las cuales se deslizaron por su piernas, no por casualidad, dejando a la vista su incipiente erección.
  • Lo sé -sonrió ella con una sonrisa sincera y sensual, que dejaba entrever su lengua mientras recorría sus blancos dientes-. Y veo que estás dispuesto nuevamente.
  • Ya sabes cómo me pones -dijo mientras se subía pudorosamente la sábana cubriendo su desnudez-. Pero aunque quisiera otra sesión, hoy no puedo. Tengo esa dichosa cena en la que me van a entregar otro premio. Ahora por el proyecto de Dubái.
  • Lo dices como si fuera un fastidio ir a recoger un premio -habló mientras se medio sentaba a la orilla del colchón.
  • ¡Lo es! -agarró con delicadeza su muñeca y con la otra mano le apartaba un mechón de su pelo, colocándoselo detrás de la oreja y acariciaba aquel rostro, del que estaba enamorado-. Toda la noche rodeado de viejos carcas que lo saben todo y de aduladores que lo único que buscan es una foto.
  • Pues sí que suena mal. Sí. Personajes importantes. Platos de lujo. Champagne. Un premio importante. Algo muy duro.
    Andrés se rio mientras la atraía hacia él e intentaba besarla.
    Anna se dejó hacer y abrió sus labios buscando exprimir los de él. La encantaba que la besase. Sentir sus labios, su lengua. Se dejaba acunar entre sus manos que la trataban con delicadeza y ternura, no como un objeto por el que había pagado.
    Deseaba decirle que le volviese a quitar la ropa, que viese a la auténtica Anna, no al personaje con el que se ganaba la vida.
    Deseaba volver a costar se con él y que el amanecer les encontrase en la cama, pero no de ese ni de ningún otro hotel, en el de su casa o en la de él.
    Entre sus manos, entres sus brazos, anhelaba sentirse amada. Había pasado por la cama de muchos, pero por el corazón de ninguno.
    Se dejó hacer, sintiendo la calidez de su aliento con sabor a caramelos de menta a los que era adicto, la tranquilidad de sus carnosos labios de modelo, el cosquilleo en su piel que le provocaba su bien perfilada barba.
    Quería dejarse llevar.
  • Ya está -susurró mientras se apartaba de él con una sonrisa con la que disfrazaba sus ganas de más-. No quiero ser la culpable de que llegues tarde a tu premio.
  • Mi premio -dijo acodado de medio lado sobre la almohada-, sería que vinieras conmigo a esa cena.
    Anna, que acababa de calzarse sus elegantes “Manolo”, se volvió hacia él con la sorpresa en el rostro.
  • ¿Cómo dices?
  • Que vengas conmigo a la cena.
  • ¿Juntos?
  • Sí. Juntos. De la mano. Con grandes sonrisas, mientras que al resto de los hombres se les cae la baba y a sus esposas y amantes se mueren de envidia por tu belleza.
    Anna lanzó una sonora y limpia carcajada.
  • Sí, claro. Bajamos de nuestra calabaza tirada por bellos corceles andaluces.
  • Puedo conseguir una calesa si quieres…
  • Pero nada de perder un zapato ¿eh? Que luego no encuentro su pareja y me da coraje tirarlos a la basura.
  • Deja que sea tu príncipe azul.
  • Te dejas en el tintero que tu cenicienta, seguramente haya pasado por la cama de alguno de esos caballeros.
  • No me importa por la cama de quién hayas pasado. Esta noche, y mil noches más, serás mía y yo seré tuyo.
  • Que bonito sería…
  • ¡Podría serlo! -la interrumpió mientras se incorporaba y la agarraba suavemente de los brazos, sus ojos fijos en los de ella. Sus labios temblaban ligeramente. ¿Cómo decirla lo que sentía? -Deja que lo sea.
    Anna se quedó prendada de aquellos ojos, sintió la calidez de sus manos, deseó besar de verdad esos temblorosos labios. Quiso fantasear que aquello era cierto. Se quiso pellizcar para comprobar que no era un sueño. Pero ella tenía que protegerlo. No quería que nadie le hiciese daño. ¿Qué dirían de él al verle al lado de un escort? Todos ellos, seguramente, habrían pagado por estar con profesionales como ella, pero una cosa era una fiesta íntima y otra cosa ir de acompañante pública a un acto. Ninguno de ellos se habría atrevido a hacer algo igual. Así que tenía que ser fría. Por él. Por su reputación.
  • No, querido Andrés. No puedo -se apartó con mucha suavidad de sus manos mientras se levantaba de la cama-. Cenicienta ha de volver a casa.
  • Sé que no es usual -Andrés se levantó, buscando su ropa interior, de la cama y se acercó a ella-, pero ahora llamo a Gala y contrato otro servicio…
  • ¡Me ofendes! -Anna sintió que su globo, esa nube en la que se había montado, era pinchado de golpe por la realidad. Tenía que ser fuerte, ese era el momento-. Gala no pinta nada en todo esto. Se fía de mí. Soy la mejor de sus chicas. Yo me ocupo con quién quiero. No tienes que llamarla para hacer tu reserva…
  • ¡No! -la voz de Andrés se tiñó de vergüenza y estupor-. No quería decir eso. Anna…
  • ¿Anna? ¿Sigo siendo Anna para ti y no Luna como para el resto?
  • Eres Anna siempre. Y no he querido decir eso. Nunca he querido ofenderte. Para mí…
  • Para ti ¿qué?
  • Para mí eres especial -Andrés la había cogido de las manos. Tenía la mirada baja, algo poco usual en alguien tan pagado de sí mismo. No podía ser. Anna no quería que mostrase humanidad. No quería volver a ascender en aquel globo. No podía permitírselo-. No te veo como un objeto. Eres…
  • No sé qué piensas que soy, pero yo te voy a decir lo que tú eres; Un putero -dio gracias porque su voz no temblase en aquellos momentos. Tenía que ser fuerte-. Un simple putero como aquellos que van a un club o recogen chicas en la carretera. Eres igual, pero con dinero suficiente como para pagar el polvo a más de dos mil euros.
    Anna le miraba sintiendo como su alma se partía con cada palabra. Pero Andrés, que no perdió la mirada apesadumbrada, como si no se hubiera ofendido por sus palabras, la sonrió y llevó sus manos hacia los labios, besándolas.
  • SÍ Anna, soy un putero. Pero no sé de qué otro modo podría estar contigo, sino es pagando a Gala por que estés conmigo. Por eso te he dicho lo de llamarla. Para anular, si los tuvieras, más compromisos para poder liberarte de ellos y que vinieses conmigo. Sin más compromiso que tu compañía.
  • Nunca tengo más de un cliente por día Andrés. Y mucho menos si se trata de ti. Me dejas agotada.
    Le sonreía sin saber muy bien que decir. Andrés siempre la dejaba sin palabras. Cuanto deseó haber tenido otra vida para poder haberle dicho que sí a lo de la cena. Pero su vida había sido la que había sido.
    Su mente se llenó de recuerdos demasiado dolorosos.
    Todavía sintiendo la calidez de las manos de Andrés sujetando sus manos, se retrotrajo al día en que Luís, su hermano casi diez años mayor que ella, murió.
    Anna apenas recordaba ya a su hermano. Sí sabía que se querían, aunque siempre él la hiciera chinchar y acabaran discutiendo. Luís iba a resguardarse tras la falda de su madre, quién siempre la repetía que ella había sido un descuido, un error que no debía de haber ocurrido, por lo tanto siempre terciaba a favor de su favorito. Eso lo sabía él y por eso la incordiaba. Pero luego, en la soledad de su cuarto, la confesaba que estaba harto de estar allí, de las palabras de su madre, de la indiferencia de su padre a quién nunca le admiraba nada de lo que él hacía. De que estaba dispuesto a fugarse y a llevársela si ella quería. La abrazaba y la susurraba su perdón. Ella siempre le perdonaba.
    Su padre era un oficial del ejército de Tierra, orgulloso, severo, disciplinado. Ejercía de profesor de geopolítica en un escuela para oficiales del ejército. Pero con ella se desvivía. Anna era su favorita. Su ojito derecho, su debilidad tal y como le repetía mil y una vez su madre, a lo que él la sonreía y la besaba.
  • Una bendición es Anna. Un regalo inesperado. Una nueva oportunidad.
  • Unas gotas de esperma que no tenían que haberse quedado ahí -le decía ella con su habitual rictus de amargura -. Eso es lo que es.
    ¿Cuántas veces no se lo había dicho?
    Pero aún así, con el calor de su padre y, de vez en cuando, con la de su hermano, era feliz teniendo una infancia medio normal.
    Pero nada dura para siempre. Y su infancia terminó a los diez años. Luís, que hacía un par de años se había alistado en el ejército, buscando como siempre la aprobación, esa que nunca llegó, de su padre, fue destinado, junto a su unidad en pleno, a algún tipo de misión en el extranjero. Supuestamente aquella misión duraría unos seis meses. Luís contaba con veinte años, cuando unos meses después le dieron por desaparecido tras un accidente del vehículo en el que patrullaba una zona, que según su padre, era poco conflictiva.
    Una desaparición que meses después se convirtió en muerte oficial. Nunca se recuperó el cuerpo.
  • ¡Tú tienes la culpa! -increpaba a voces su madre, a gritos con la vena del cuello hinchada a punto de reventar, fuego en la mirada, salpicando de saliva el rostro de mi padre, mientras esté intentaba sujetar los brazos de esta para que le dejase de golpear. Lloraban los dos. Nunca había visto tan abatido a su padre-. ¡Nada era suficiente para ti! No como con tu favorita. A ella se lo consientes todo. ¡A ese error! ¡A esa abominación miserable!
    Anna lo escuchaba todo sin querer, sin comprender el porqué del odio que destilaban las palabras de su madre hacia ella. No comprendía. No quería escuchar. En su dormitorio se quedaba gran parte del día, con la cabeza bajo la almohada para amortiguar lo más posible los gritos de sus padres, mientras mojaba las sábanas con sus lágrimas.
    Así día tras día. Semana tras semana.
    El tiempo fue pasando pero nada cambiaba.
    Su madre siempre buscaba la confrontación con el padre. Vertiendo sobre él la hiel que llevaba dentro. Después se encerraba en el cuarto que había sido de Luís, el cual había convertido en un pequeño altar presidió por una de las fotos de él vestido de uniforme (tan guapo, tan joven, pensaba Anna), rodeado de velas a medio consumir, un viejo rosario de cuentas de madera deslustrada de tantas veces que la madre lo había usado, varios crucifijos, algunos sin Cristo crucificado, otros con él, y santos. Muchos santos. Siempre en penumbras el cuarto en el que ella, del tiempo que se pasaba de rodillas, había dejado un par de pequeñas manchas de sangre en la tarima. Cada día estaba más ausente. Cada día le dedicaba menos tiempo a ella y más a esa vocación que nunca había cosechado.
    Su padre se acercaba a Anna y la abrazaba.
  • Nada es culpa tuya, cielo. Tu no tienes la culpa de nada -le susurraba al oído mientras la humedecía el largo pelo castaño de lágrimas.
    Los días pasaban igual, hasta unos meses después, en los que la muerte volvía a golpear en aquella casa.
    Su padre, que hacía tiempo había perdido peso y las ojeras se habían intensificado en su rostro. El padre antes altivo y orgulloso, a quién le quedaba como un guante su uniforme verde, se iba consumiendo. Día tras día parecía más un espantapájaros dentro del traje, desgarbado, casi arrastrando los pies, tomando a escondidas pastillas tras cada discusión. Anna le abrazaba viéndole cada vez más alicaído, con menos fuerza, más mayor. Aquel hombre al que admiraba, quién la quería de verdad, había envejecido de golpe.
    Anna rogaba a algún dios, el de su madre o cualquier otro, que su padre siempre estuviera ahí con ella.
    Pero Dios no escuchó. Nunca escuchaba. O estaba sordo y ciego. O no existía.
    Su padre también la dejo. Un fulminante ataque al corazón tras, una más, discusión con la que había sido la mujer a la que amaba. Esa por la cual se había enfrentado a un a parte de su familia.
    Anna lloró más que nunca. Lloró más de lo que nadie fuese capaz de llorar. Ríos y mares. Torrenteras y cascadas de lágrimas humedecieron durante días y semana su rostro.
    La habían dejado sola. ¿Qué había hecho ella? ¿Por qué? Imploraba una y mil veces. Pero no hubo respuestas. Ni palabras motivadores. Ni brazos en los que llorar sintiendo el calor del cariño. Ya no había secretos susurrado en la oscuridad de la alcoba. No, al menos no los que ella anhelaba, sí hubo susurros de madrugada. Susurros que nunca olvidaría. Susurros que aún habitaban en sus pesadillas. Pero esos llegarían más tarde.
    En aquellos días que transcurrieron en soledad, su madre ni se dignaba a mirarla, Anna apenas salía de su dormitorio. Simplemente iba al colegio, ella sola, dónde sus profesores la decían que podía quedarse unos días en casa, pero antes prefería ir a clase que estar a solas todo el día con su madre. Si se podía decir que estaba con alguien.

Un día, varias semanas después del fallecimiento del padre. Varias semanas en las que su madre había guardado silencio y medio abandonado a su suerte, sí la hacía la comida, pero se la dejaba en un plato fría sin importarla si la comía o no. Muchas veces la escuchaba hablando por la casa, pero no con ella, no se atrevía a salir por si su madre pensaba que estaba fisgoneando y perdía los nervios. Pero aquel día sí salió.
Clara andaba haciendo círculos por el salón, hablando y gesticulando con un interlocutor que solamente veía y oía ella. Anna se quedó parada, en medio del pasillo, viendo aquella inquietante escena. Sintió un nudo en la garganta y sintió un frío intenso por todo el cuerpo. Se abrazó los brazos para ver si conseguía entrar en calor, pero no lo consiguió. No podía creer lo que veía…

  • ¡Tú! – Clara se giró de repente, con el dedo índice, tembloroso por la ira, extendido apuntando hacia Anna, la cual volvió a sentir aquel frío por todo el cuerpo y un temblor que la recorrió de los pies a la cabeza- ¡Maldita pequeña zorra!
    La voz de clara era fría. De tono glacial, controlado, aunque a veces se le escapaba algún temblor denotando la tensión que sentía. Eso era lo que más asustaba a Anna.
    No era una explosión incontrolada de palabras. No, aquello era pura frialdad. No había máscaras.
  • Tu eres la culpable de todo. Nunca tuvimos que tenerte. No estaba bien. Luís era feliz siendo hijo único. Tú le absorbiste el seso a mi esposo. Tú le transformaste en un mentecato. ¡Nunca debimos de tenerte! ¡Dios no quería que nacieras! ¿Sabes que estuve apunto de abortar? Pero los malditos médicos lo evitaron. Dios no quería que nacieras. No. Yo lo sabía. Eres una semilla del mal. Eres cizaña convertida en carne. Eres pecado. ¡Tú mataste a tu hermano! ¡Tu volviste a mi esposo contra su hijo! Tu tenías la culpa de que nada de lo que hiciese fuera suficiente.
    Anna temblaba ante aquellas palabras. Ante aquellos sentimientos con la que la estaban asaetando. Notaba como cada palabra le penetraba en el cuerpo como dagas, cortando y haciéndola sangrar. La debilidad se apoderó de sus piernas, que no la sostuvieron haciendo que cayera al suelo.
  • ¡Sí! Sí, pequeña zorra. Ahora arrástrate como la serpiente que eres -los ojos de Clara eran dos bolas saltonas surcadas de mil venas rojas. Su saliva se entremezclan con las lágrimas de se postrada hija-. Lengua sibilina con la que hechizaste la mente de mi esposo. Luís, mi bien hijo. Sufrió tanto por el desamor que tú causaste. Quería, como todo hijo, el reconocimiento de su padre. ¡Pero tú, pequeña zorra, lo impediste! Por eso se alistó al ejército…
    Clara se dejó caer de rodillas ante Anna, quién se estremeció al sentir los dedos en forma de garras de ella sujetar sus brazos, al notar el aliento de su madre tan cerca de la cara.
  • Tu fuiste la culpable de que le destinarán a una guerra en la que no debería haber estado si su padre hubiese intercedido. Pero no, el no iba a interceder. ¡Si hubieses sido tú abría removido cielo y tierra! Pero por mi hijo no. Él murió. ¡Mi hijo ha muerto, pequeña zorra! ¿Estás contenta? Solamente quedabas tú, un error. Un pecado. Mi castigo.
    Anna se estremeció al sentir el latigazo en el que se convirtió la huesuda mano de Clara. Sus ojos se llenaron de pequeñas luces parpadeantes. Intentó protegerse el rostro con sus bracitos, pero Clara era más fuerte y consiguió inmovilizárselos con una sola mano, mientras que con la otra volvía a darla un bofetón que la hizo rechinar los dientes.
  • Pero no. No estabas contenta. ¡El mal nunca está contento, pequeña zorra! ¡No! Hiciste que mi esposo se volviera contra mí. Hiciste que la convivencia fuese imposible. Convertiste esta casa en el infierno del que vienes. Pero no te bastaba ¿a que no? El mal nunca tiene suficiente. Le consumiste. Le amargaste hasta que su corazón no pudo más. ¡Tú, pequeña zorra, le mataste! Al igual que a mi hijo, te has llevado a mi marido. Ahora estamos solas, pequeña zorra, pero no creas que vas a poder conmigo. No, esta vez no. Sé de lo que eres capaz. Sé la clase de demonio que eres. Esta vez tendré ayuda. ¡Esta vez no triunfarás!
    Anna se quedó hecha un ovillo en un rincón del pasillo temblando de miedo, con la cara repleta de lágrimas envuelta entre sus brazos, que lucían moratones ocasionados por los dedos de Clara.
    Días después, al volver de clase Anna, se encontró a su madre sentada en el amplio sillón del salón. Estaba hablando en voz baja, pero en aquella ocasión sí había un interlocutor que la respondía.
    La joven cerró la puerta sin hacer ruido, y del mismo modo, recorrió el pasillo hasta su habitación, para así evitar algún ataque de furia a los que Clara la había acostumbrado. Cerró la puerta y se quedaría allí, como tantos días llevaba haciendo, con sus tareas del colegio, sin pedir ayuda a nadie si tenía algún problema o duda, ya lo averiguaría ella, escuchando música o simple y llanamente pensando mientras miraba al techo. Cualquier cosa menos hacer nada que importunase a aquella mujer, su madre, con la que convivía.
    Se sumergía en sueños en los que hablaba con su hermano y fantaseaban con fugarse lejos, montados en una escoba voladora, o en un tren con alas de paloma. Veía a su padre sonriente despidiéndose de ellos con la gorra en la que brillaban sus estrellas de capitán. O se lo imaginaba allí, en su cuarto, leyéndola cuentos de hadas, o novelas de amores imposible de Jane Austin, o simplemente sentado junto a su cama hablando del día a día, como podían hacer otras niñas de su edad.
    Pero eran sueños y los sueños se habían diluido en el aire, mejor dicho, habían sido sepultados bajo kilos de tierra.
    Una lágrima, otra más, comenzó a escapar de sus ojos. Se puso la almohada en la cara y apretó para parar la torrentera de lágrimas que se iban acuñando en sus lagrimales. No iba a llorar más. No quería darle el gusto a Clara, a nadie.
  • ¡Vamos! -la increpó la voz de Clara desde la puerta entreabierta-. Muévete. Hay alguien que quiere conocerte.
  • ¿Quién? -respondió con la voz amortiguada por la almohada mientras reunía todas las fuerzas en las palabras que iba a pronunciar-. ¿A quién te va ayudar contra mí?
    Anna no pudo ver la fría sonrisa de su madre.
  • ¡Vamos pequeña zorra!
    En el salón, la esperaba de pie con una copa, de un líquido de color ambarino, en la mano, un individuo de tez morena al igual que su pelo corto, el rostro anguloso cubierto de una suave barba de tres días, vestido de pies a cabeza con un traje oscuro, con el primer botón de cuello de la camisa abierto.
    El hombre le ofreció una sonrisa lobuna mientras la observaba con una frialdad que la traspasaba, desde sus ojos de color avellana.
  • Tu eres Anna. Siéntate.
    Esas fueron las primeras palabras que aquel individuo la dedicó. Luego vinieron otras que nunca olvidaría.
  • Mírala Padre Ramiro -dijo Clara al hombre, mientras le agarraba el mentón a Anna y la movía la cabeza de un lado a otro. La niña no se movía. La mirada del tal Padre Ramiro la dejaba paralizada-. Mira el pecado en su mirada. ¿Lo ves? Es el mal. Dios nunca quiso que naciera, pero el hombre siempre se inmiscuye en los designios del Señor.
  • No soy Padre Clara, sino más bien un simple pastor de un rebaño que busca su camino -la voz del autonombrado Pastor era melosa, de tono cautivador. Sus ojos clavados en Anna, mientras se pasaba la punta de la lengua por los labios, como si se tratase de un tic nervioso-. Tranquiliza tus miedos y dudas. Veo de lo que me has estado hablando. Ya no estás sola, amor.
  • ¿Qué puedo hacer querido Pastor?-Clara la soltó para abrazarse al pecho del hombre, que parecía que había tomado posesión del lugar de su padre.
    Anna sintió ganas de llorar. Poco le había durado el luto, ese que nunca llevó, por su padre.
    Aquella noche, Anna se despertó sobresaltada. Pensó que había soñado todo. Un mal sueño nada más. Luís vivía. Su padre estaba vivo. Su madre la quería y la sonreía. Todo había sido una pesadilla.
    Se levantó de la cama sin hacer ruido. No quería despertar a esa idílica familia que la había tocado.
    Salió de puntillas, intentando que las tablas del suelo no sonaran con sus pasos. Avanzó sin atender los tenues sonidos de la habitación de sus padres. Agarró el pomo de la puerta de su hermano, quería verle dormir tan despreocupado como siempre. Abrió lentamente.
    Un pequeño altar se alzaba sobre una tabla colocada encima de la cama. Sus grandes ojos la miraban desde la fotografía: “No estoy Anna. Me he ido sin ti. Lo siento”. Anna escuchó aquellas palabras en su cabeza, pero tan vívidas y con el tono de voz de su hermano, que durante unos segundos dudó. Pero aquella imagen de la habitación vacía, convertida en un eterno recordatorio de Luís, no era ninguna ensoñación.
    Quiso llorar. Quiso gritar. Quiso golpearlo todo, pero era una simple niña de diez, no, de casi once años. ¿Qué iba a hacer ella?
    Salió más despacio cerrando tras ella con un suave “click” la puerta. Allí se quedó apoyada en la oscuridad. Sintió, quiso sentir y eso lo volvió real en cierto sentido, los pasos de su padre. Su risa. Su voz. La voz de Luís. Sus piques. Sus bromas. Sus abrazos. Sus susurros relatando sus sueños de irse de allí. De escapar.
    Envidió en cierto modo a los dos. Su hermano y su padre eran libres. Habían escapado de aquella prisión dejándola sola a merced de una mujer que la despreciaba, que la culpaba de todo, a la cual no le importaría que estuviese muerta.

La memoria de Anna adulta, esa que está en la habitación de hotel con Andrés. Esa Anna que desea ir con él a su cena. Esa Anna que no puede decir que sí, que teme que todo sea un bonito sueño. Esa Anna que en la tranquilidad de su casa sueña con las manos de Andrés, con sus labios, con sus besos. Esa Anna/Luna que se lo imaginaba a él en la cara y cuerpo de los clientes que la solicitaban. Esa misma que siente sus manos en las manos que no son suyas…Es la mente de esa Anna adulta la que no recuerda que pasó después de salir del cuarto de su hermano casi quince años atrás. Ni como llegó a observar, por la puerta entreabierta de la habitación de sus padres, a su madre tumbada bajo el desnudo cuerpo del tal Pastor Ramiro, con las piernas enroscadas a su espalda, clavándole las uñas en la espalda con cada vaivén seco y rápido de él.
Es la mente de la Anna adulta la que quiere olvidar los ojos abiertos por la sorpresa de Clara al descubrirla tras la puerta, la mirada de satisfacción, las palabras que salían de su boca en un tenue susurro; “¿Te gusta mirar, pequeña zorra?”, mientras enroscan más fuerte las piernas entorno a la cintura de aquel Pastor que había llegado para tomar la casa y la cama de su padre.
Es la mente de la Anna adulta la que se estremece con los recuerdos que son sus pesadillas. Esos recuerdos que no la dejan disfrutar del momento. Esos recuerdos que la impiden tener una vida normal.

  • Que me dices Anna -la voz implorante de Andrés, ajeno a todos aquellos recuerdos que volvieron a azotarla, le dio una pequeña tregua. Se dejó llevar por la calidez de sus manos que la habían vuelto a sujetar con suavidad-. ¿Anna? ¿Qué te pasa?
  • Nada. No me pasa nada -dijo medio recuperándose de todo lo que pasaba en su mente, ajena a lo que aún le deparaba.
  • ¿Segura? ¿Y esos ojos azules tan bellos que se han puesto vidriosos?
  • No me pasa nada, de veras.
  • No me lo creo. Algo está a punto de hacerte llorar. Perdona que no haya sabido expresarme. Que mis palabras te hayan llevado a pensar otra cosa…
  • No, no te preocupes -le interrumpió soltándose de la calidez de sus manos y dirigiéndose al mueble bar, dónde aún reposaba en una cubitera de plata una botella sin abrir de Moët con dos copas al lado. Descorchó la botella y sirvió una de las copas que se llevó a los labios-. No han sido tus palabras.
  • ¿Qué ha sido entonces? -dijo Andrés que ya había puestos sus boxer Gucci negros, mientras se servía en la otra copa-. Algo te pasa.
  • Nada. Déjalo. Tienes prisa y yo también.
  • ¿Prisa? -lució una sonrisa sarcástica-. Ninguna. El homenajeado soy yo. Que esperen. Antes estás tú. Tú ante todo Anna.
    Anna sintió como el estómago se le retorcía como una montaña rusa llena de loopings uno tras otro, enredándose hasta formar un nudo. Volvió a beber para alargar lo más posible el silencio. No tenía fuerzas para responder. No se atrevía a decir nada. Pues si hablaba en aquel instante, no podría controlar con la mente lo que el corazón la dictaba que dijese.
    Vació la copa y se sirvió otra bajo la atenta mirada de Andrés.
  • Pues si no te importa que esperen los del premio -Anna optó por el sarcasmo-. ¿Qué pasa? ¿No estás dispuesto a pagar por otro servicio? Más de tres horas y tienes precio especial.
    Andrés rio mientras le acariciaba el suave rostro con muy poco maquillaje, como siempre. No la hacía falta. No podía llegar tarde. Pero no le importaba. Cuándo le había propuesto que le acompañase iba en serio y que ella era lo primero, también lo era. Así que lanzaría todo el tiempo que tuviera. Sabía que algo la enturbiaba el pensamiento.
  • No quiero precio especial. No me importa pagar aunque no nos metamos en la cama. Solamente quiero estar contigo. Mirarte…
  • No te pongas tan sentimental -Anna se recortan continuamente que debía ser fuerte. Que aquel no era un hombre, simplemente un cliente que quería un polvo gratis. Solamente viéndolo así, podría evitar lanzarse a sus brazos-. Lo nuestro es mi trabajo. Lo sabes bien.
  • Ni sentimental ni nada. La verdad.
  • Claro y tú eres Richard Gere en el papel de Edward Lewis, y yo me transformo en la Vivian Ward de Julia Roberts. Y ahora aparecerá Roy Orbison con; “Oh, pretty woman”.
  • Nunca me ha gustado esa película. Creo que no la he visto.
    Una sonrisa para rebajar el ambiente. Un nuevo sorbo a sus copas de champán.
  • Esta bien. Tú ganas.
  • ¿Vienes a la cena? -dijo con tono sorprendido y feliz.
  • No. No puedo. He quedado…
  • ¿No me habías dicho que no tenías más trabajo?
  • He quedado con una agencia de mudanzas. Vienen hoy a vaciar el piso que había sido de mi…-sintió un pinchazo en la garganta al intentar pronunciar aquella palabra-. madre. Hace unas semanas que me informaron de que había fallecido y quiero tirar todo a la basura y vender el piso, pues quemarlo no puedo. A ver si se me va a ir y prendo el edificio entero.
  • Siento lo del fallecimiento de tu madre.
  • Serás el único. Yo no.
  • Duras palabras.
  • ¿Duras? No sabes nada de mí. No sabes nada de mi vida. Ves, te acuestas, con una mujer de veinticinco años recién licenciada en una doble licenciatura en derecho y administración de empresas, pero no sabes nada. El dinero que recibo por abrirme de piernas, pagan mi cuerpo, no mi mente. No os da derecho a juzgarme. No tenéis ni idea.
    Anna se quedó callada en el momento en el que se dio cuenta de las durezas de sus palabras. “Es un cliente, pequeña zorra, no es tu amigo. No es tu amante, ni tu novio. Un cliente que paga por follarte y pasárselo bien. No le interesan tus miserias. Por eso pagan lo que pagan. Bajarse la bragas, dejar que te la metan, moverte, gritar del placer que pretenden y hacerles sentir que son dioses en la cama, pequeña zorra, nada más”. Se reprendió.
    Se quedó mirando a los ojos profundos ojos marrones de Andrés que transmitían curiosidad. Como si lo que ella le contase, realmente le interesara. Deseó hablar de lo que nunca antes había hablado. Deseó escupir toda la bilis de sus pesadillas. Deseó que todo lo vivido fuera solamente una mentira. Una fabulación de una niña.
  • Siento haberte hablado así. Tu no eres como los demás.
  • Sí. En parte sí lo soy. Soy un putero, me lo has dicho antes, con otras no me interesan sus problemas. Pago y quiero compañía. Quiero follar, sin amor, sin besos, sin nada. Placer para mí y ya está. Quiero ser el mejor, que me lo diga. Que he sido el mejor polvo de su vida. Para eso pago. Eso es lo que quiere un putero. Soy un cabrón. Pero no contigo. Contigo quiero ser tu amante. Contigo quiero ser tu confidente. Tu compañero. En un minuto sé más de ti de lo que nunca me has dicho. Algo te carcome por dentro Anna. Lo veo en tus ojos llorosos. Lo oigo en tu voz quebrada. En tus palabras salidas del alma. No soy psicólogo, soy arquitecto y dueño de uno de los estudios más prestigiosos de europa, pero quiero escucharte. Quiero servirte de consuelo. Quiero que vuelques en mí todas tus miserias.
  • Son muchas miserias. Estoy plagada de sombras…
    Y sin darse cuenta comenzó a hablar de cuando tenía diez años. De la muerte de su padre. De Clara. Como un torrente las palabras salían por su boca, las lágrimas anegaban sus ojos. Ya la daba igual nada. Había desatado una tormenta de recuerdos y palabras sabiendo que no podría pararla hasta que llegase al final.
    Hablo de aquella noche en la que vio como su madre mantenía sexo con el pastor. Contó el miedo que sintió y la vergüenza ante aquella mirada de regocijo y odio que la dedicó.
    Habló de lo azorada que se sintió y como se fue corriendo hacia su habitación. Que se tumbó en la cama y lloró. Lloró porque sentía vergüenza por haberse quedado allí mirando. Sintió asco por lo que había visto y saber que su madre había caído en manos de otro hombre a los pocos meses de morir su padre. Anna era una niña de diez, casi once años, y no entendía que se olvidase tan rápidamente de aquel hombre bueno y generoso que no había hecho más que quererlos a todos, incluso a Luís. Pues él se lo había confesado. Que era tan duro con él porque quería lo mejor para su futuro. Que no lo había sabido hacer. Que no lo había sabido decir, pero que estaba muy orgulloso del hombre en el que se estaba convirtiendo. Lloraba ante ella, pues Clara le acusaba de todo y no le dejaba hablar. La pidió perdón por convertirla, con sus diez años, en su banco de lágrimas, por cargarla con tan pasada carga. No dejaba de implorar su perdón y el de su hijo muerto, mientras la dejaba en la habitación y él se marchaba.
    Habló de que aquella noche en la que Anna la niña de diez, casi once, años murió. Allí se quedó la inocencia que aún la restaba.
    Contó que el pastor Ramiro entro en su cuarto completamente desnudo acompañado de quién debía de protegerla.
    Habló de los susurros con los que le hablaba mientras se acercaba a su cama y la destacaba.
    De la sensación de sus rugosas manos recorriendo su cuerpo.
  • ¿Te gusta mirar? -su aliento era ácido. Anna temblaba bajo sus manos-. Sí, pequeña zorra, te gusta mirar. Ahora le toca a Clara mirar. Ahora me toca librarte del mal que te poseé. Ese mal con el que le robaste el sentido a tu padre. La tentación de esa vulva, que como Eva tentó a Adán, le ofreciste. La vulva poseída. Fruto del maligno.
    Habló de que mientras susurraba, su madre reía y la sujetaba de los brazos con la mirada carente de cualquier sentimiento, como poseída.
    De como la desvistieron dejándola completamente desnuda. Con su cuerpo de niña de diez, casi de once, años el cual comenzaba a desarrollarse.
    De como las manos de Ramiro se deleitaron con sus pequeños pechos. De los pellizcos y mordisco que la propinó en sus pequeños pezones que lo único que sentía era dolor y miedo.
    De como su madre la sujetaba mientras ella intentaba levantarse. De como, para silenciar sus gritos, le puso una almohada encima de la cara que la impedía respirar. De como apretaba y apretaba cada vez más.
  • ¿Esto le entregaste a tu padre? -susurraba Ramiro mientras descendía por su vientre-. ¿Le dijiste que te besase en la vulva? ¿Qué te tocase la vulva del pecado? ¿Qué introdujese los dedos al igual que Eva ofreció a Adán la manzana y este incauto mordió?
    A cada pregunta de Ramiro, él iba llevándola acabo. Anna gritaba, pero sus gritos chocaban contra la blanca a almohada y cada vez era menos el aire que entraba en sus pulmones, los cuales sentía arder, pero no era nada con lo que sentía al notar entre sus piernas la boca, la lengua, los dedos que la laceraban por dentro.
    Pataleaba y se removía. Pero Anna era una niña que estaba atrapada por dos adultos. Ramiro, estaba segura que fue él, la agarró por las piernas atándola para que dejase de patalear.
  • He venido a liberarte. He venido a ayudar a tu buena madre a llevarte por el buen camino. Que tu vulva pecaminosa, nunca vuelva a hechizar a nadie.
    Contó cómo Ramiro se subió encima de ella aplastándola contra el colchón. El dolor que sintió al ser penetrada sin compasión, mientras él gritaba alguna clase de salmodia en la que exhortaba al maligno a salir de su interior. Que su pene era la espada de Dios con la que apartar el mal.
    Contó entre hipidos como su madre gritaba y reía fuera de sí.
  • ¡Libérala Señor! ¡Haz que el buen pastor, tú guerrero, tú enviado, tú arcángel, concluya con éxito tú misión! -luego dejaba de hablar con ningún ser para centrarse en ella-. ¡Hija del mal! Nunca debiste haber nacido. ¡Nunca! Pequeña zorra, portadora de cizaña. Poseedora de una vulva con la que engatusaste a tu mismísimo padre. ¡Me robaste a mi marido! ¡Me robaste a mi hijo!
    De como después la emprendía a golpes contra la almohada, contra sus brazos desnudos.
    Contó sin poder detenerse a mirar a su interlocutor, que la escuchaba con los ojos abiertos y el horror pintado en su rostro, como notaba el sudor del pastor Ramiro caer por su piel. De como notó que eyacula a dentro de ella. De como se desplomó encima suya. De sus susurros al oído.
  • El señor ha entrado en ti. Pero hay mucho mal. Tu vulva pecaminosa es tentación a la que expulsar, como fueron expulsados Adán y Eva. La serpiente vive entre tus piernas.
    Contó de como la dejaron sola y desmadejado sobre una cama cubierta de su sangre y los fluidos corporales del pastor.
    De como noche tras noche la visitaban en su cuarto. Y no solamente era su vulva la que intentaban exorcizar. También fueron sus manos y su boca. De como Clara, pues se negó a llamarla madre, consintió que el pastor la llevase a lo que él llamaba “campamento” espiritual.
    Habló del sótano en los que la encerraba a ella con otros niños, supuestamente endemoniados, para que se exorcizaran frente a una cámara de vídeo.
    Habló de que con quince años escapó de aquel infierno y de cómo se ganó la vida.
    De la primera felación que le realizó a un capullo de diecisiete años en una fiesta y por la que le cobro unos pocos euros.
    Después vinieron otros que buscaban sexo. Ella necesitaba dinero para seguir huyendo. Su cuerpo ya estaba roto. Su alma, quién lo sabía. Quizás en aquella cama que había sido suya años atrás.
    Con el paso del tiempo descubrió que no sería una “cualquiera”, no. Ella quería más. Quería escapar. Quería un trabajo de verdad. Pero no estaban bien pagados, aunque terminó primaria con buenas calificaciones, y al instituto casi ni apareció. No tenía titulación alguna y los trabajos que encontraba apenas la dejaban tiempo para estudiar, pues estaba dispuesta a terminar e ir a la universidad.
    Contó lo sola que se sentía de un sitio a otro. Sin saber si pertenecía a algún lugar. Lo que tenía claro es que no iba a malgastar lo que le quedaba de vida, toda, con drogas ni en esquinas mal olientes con clientes borrachos, viejos y heroinómanos.
    Sin recordar bien como, encontró a una joven escort que trabajaba en un club, que la acogió y viendo que ella quería ganar dinero de aquella forma, la ayudo a cuidarse e ir al gimnasio. “Los hombres dispuestos a pagar un dineral por nosotras -decía a menudo-, quieren algo que no encuentran en sus casas. Quieren follar con mujeres esculturales, expertas en el arte del sexo y con cierta elegancia y estilo”.
    Lucía, que así se llamaba la joven, la ayudó en todo. La acogió bajo su protección y la dio todo su apoyo. Hizo de madre durante casi cinco años, en los que Anna, convertida ya en una profesional Luna, volvió a Madrid, dónde entró a formar parte de una de las más selectas agencias, la que dirigía Gala, con el objetivo nunca olvidado de entrar en la universidad.
    Así llegó a aquel momento en el cual lloraba desconsoladamente bajo la atenta mirada de Andrés.
    La luz del atardecer entraba oblicua entre las suaves cortinas de la amplia ventana del caro y céntrico hotel en el que se encontraban.
    Hubo varios minutos de silencio en lo que Andrés no dejó de sujetar sus manos, temblorosas, con mucha delicadeza. Le limpió las lágrimas con la palma de su mano y poniéndose en pié, de uno de los taburetes en los que estaban sentados, la envolvió entre sus brazos en una actitud de consuelo y de protección. Anna sintió como el pecho de él comenzaba a moverse la ritmo de sus lágrimas, las mismas que sentía humedeciéndola el cabello.
    Ella se apartó delicadamente de él, mientras se levantaba e intentaba desvestirse.
  • No, Anna. Ahora no -su voz estaba rota de dolor por todo lo que había pasado aquella mujer a la que amaba. A la que sacaría de aquel mundo y la colmaría de todo lo que no había tenido. Intentaría darle todo el amor del que había carecido-. No quiero esto para ti.
  • Ahora sí lo quiero para mí Andrés. Lo necesito. Necesito tu ternura. Tu delicadeza. Me prometí a mí misma no decir esto, pero tengo miedo Andrés de que esto se rompa como todo en mi vida. Solamente quiero que esto dure.
  • No hace falta que me des nada. Esto va a durar Anna. Te amo. Así sin más palabras. Te amaba antes y ahora te prometo que no te voy a dejar sola. ¿Dime dónde vivías? Compraré el inmueble y lo derribaré hasta sus cimientos.
  • ¡Ay, cielo! -Anna sonreía mientras le secaba sus lágrimas e iba quitándose su ropa-. Necesito sentirme una mujer de verdad. Lo hago por mí.
    Y entre lágrimas, se convirtieron en tiernos amantes, que se descubrían por primera vez.

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BAILE PROHIBIDO

Y ajena a todo,
te contoneas al ritmo
que como olas rompen
en tus pies.
Baile prohibido.
Te miro y caigo
bajo el influjo
de tu hechizo.
Siento tu mano
en mi mano marcando
el lugar al que hemos
de girar.
Tu mano pérdida en
mi cintura dirigiendo
el tempo del movimiento
con soltura.
Noto tu aliento.
El calor de la emoción
manando de tu cuerpo.
Tus ojos brillando
a la luz del fuego.
Ajenos a las miradas
reprobadoras que se
clavan en nuestras espaldas.
Cuchicheos malintencionados
que de nuestro baile hablan.
Pero danzamos bajo
la luz de la Luna.
Somos uno meciéndonos
arrullados por las notas
de esa música que con
su magia nos aprisiona,
mirada contra mirada,
cuerpo contra cuerpo,
deseando en mi
fuero interno,
nuestros labios en
un beso.
Mi rodilla entre tus
piernas.
Moviendo embelesados
las caderas.
El ritmo nos embriaga.
La calma de la noche
se difumina.
El fuego recorre nuestros
cuerpos.
El sudor del anhelo
recorre mi pecho.
Tu falda revolotea al viento.
Tengo miedo de ser
consumido por el fuego
del deseo.
Y ajenos a todos,
bailamos el baile prohibido.

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CAMINO DE REGRESO

La luna me indica el
camino de regreso.
Me canta que es mi
destino.
Me impulsa para horadar
los obstáculos de esos
caminos que nadie antes
se habían atrevido a caminar.
El futuro está más allá.
Tras la próxima colina.
Tras la próxima ciudad.
Tras el próximo bosque.
Mucho más allá.
Los sueños no tienen
raíces con las que enraizar
en un único lugar.
Están dotados de alas
para poder volar.
Desean ponerse difícil
al quererlos alcanzar.
Nunca es suficiente camino
el que hemos recorrido.
Ni suficientes comas
las que hemos subido.
Ni esos besos dados,
ni los recibidos.
Ni los abrazos,
ni los cariños.
Nunca es suficiente.
Siempre se hace
camino.
Siempre al frente.
Nunca me rindo.
La luna me indica el
camino de regreso
a ese lugar al que deseo.
Un hogar nuevo alzado
sobre un trazado viejo.
Me canta que es mi
destino.
Lanzó un suspiro.
Me alzo.
Estiro los brazos.
Salto y a la luna
me abrazo.
Y así me quedo,
colgando de mi sueño
anhelado.
Abrazar la luna,
embelesarme en su blancura.
Enamorarme de su hermosura.

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