NO QUIERO AMOR

No quiero amor,
de eso ya he tomado
demasiados sorbos
amargos.
Solamente te pido
pasión.
Pura.
Salvaje.
De esa en la que no
quedé ningún solo rincón
que no esté impregnado
de nuestro sudor,
del calor de nuestros cuerpos,
de la lascivia sin pudor.
Dame pasión pura.
Que tu lengua de fuego
queme mi piel.
Que todo mi cuerpo
quedé cubierto por
el elixir que mana de
cada poro de tí.
No quiero amor.
Solamente una promesa
que muera en un gemido,
en un lamento.

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GUARDIANA

Guardiana de besos,
de secretos,
de historias que son
o quizás quisieron serlo.
Guardiana de mis anhelos,
que vives en todos y cada
uno de mis sueños.
Guardiana de mil vidas
sentidas, a pesar
de no ser nunca vivídas.
Guardiana de una amor
infinito que sobre
cumbres nevadas va
jugando con la nieve
que entre los dedos
escapa.
Guardiana del oasis
en medio del desierto
que quema mi alma,
al cual me lanzo.
Sólo hay barro.
Ilusión que se desvanece.
Constante permanece.
La desilusión de amarte
y no tenerte.
Por eso te nombró
guardiana de mis sueños.
Para tenerte siempre
en cada noche.
Guardiana de besos
que dentro de mí
languidecen.
¿Cuántas almas mía
he de vender para poderte
tener?
¿Cuántas vidas perdidas
sobre la mesa habré de poner?

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CAZADORES FURTIVOS

Cazadores furtivos de besos
Locos que persiguen sueños.
Amantes ignorantes
de más sentimientos, que
en ciertos momentos
nos bullen dentro.
Cazadores furtivos de besos
en portales extraños,
en oscuras calles,
en minutos robados
que se vuelven inmortales.
Cazadores furtivos de besos,
de instantes,
de momentos,
que luego coleccionamos
para disfrutarlos en la
soledad del recuerdo.
Señales que quedan,
no solamente en la carne,
en el alma.
Momentos fugaces que
nunca venderemos a
los compradores de
vidas ajenas, de otros
recuerdos.
Cazadores furtivos de besos.
Locos que persiguen sueños.

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EMBRIAGADOS

Embriágate de mí.
Cólmate de esta locura.
Destierra de ti toda amargura.
Embriágate de mí,
que yo me embriagaré de tí.
Haz tuyos estos labios,
está lengua
estas manos.
Haz de mí tú anhelo,
que desaparezca en tu
deseo.
Haz conmigo lo que nunca
con otro te has atrevido.
Libera tu lívido,
que embeberé entre tus
piernas mis sentidos.
Cólmate de este cuerpo
que bajo tu cuerpo
tiembla.
Que la letanía de nuestras
voces en tormenta
se transformen.
Cae rendida entre mis
brazos y descansa arropada
por el arrullo de la madrugada
Que la luna nos cante
su nana.
Que el sol nos despierte
y nos levante con
fuerzas emergentes.
Embriágate de mí.
Que yo me embriagaré
de tí.

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NI UN DÍA SIN POESÍA

Me gustaría ser poeta
para poder dedicarte
mis letras.
Me gustaría encontrar
las palabras perfectas
para dibujarte en mil
almas, en mil cabezas.
Me gustaría dominar el
verbo para poder señalarte
lo que siento.
Me gustaría ser poeta
para perderme en la certeza
de las palabras con las
que estás hecha.
Me gustaría saber los
secretos de la palabra
para dedicarte una oda
que nunca olvidases.
Me gustaría recordarte,
sin anhelos,
sin ambages.
Me gustaría dibujarte
con trazos imborrables.
Me gustaría ser poeta
para poder decirte que
no habrá ni un día sin tu poesía.

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VIDAS ROBADAS

Jean caminaba a paso rápido sin destino. Las nuevas cerraduras le hacían casi imposible su trabajo. Y es que Jean era un ladrón de casas. Pensaba en sus opciones cuando de pronto la vio… Una puerta con las llaves puestas. Se detuvo y se giró buscando al dueño, pero no había ningún alma en la calle. Giró la llave y entró a una vivienda que parecía vacía .


Pero solamente lo parecía. Jean se quedó unos instantes en el rellano observando la oscuridad. Se fijó en que la luz se negaba a penetrar por los inmensos ventanales de la casa. Sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero no sé amilanó ante la oscuridad. ¿Por qué iba ha hacerlo? Él vivía en la oscuridad de un vida de delincuente.
Pensó, justo en esos momentos (los más inoportunos siempre), en la vida que le tendría que haber tocado en suerte. Buen estudiante. Exitoso con las mujeres. De ánimo inquieto y mente ágil. Pero los dados en aquella partida no habían caído de su lado. Y la cárcel había devorado sus mejores años.


Ahora, bueno, no se iba a mentir, ya desde hacía tiempo, se ganaba bien la vida con ese negocio que aprendió en el módulo dos de una ya extinta prisión de Madrid. “El Rufo” le enseñó todo lo que debía de saber sobre cerraduras y sistemas de vigilancia. Él le enseñó, más bien se vio forzado, a hacerle más llevaderas las noches.


Jean sacudió la cabeza. No quería recordar. No era ni el momento ni el lugar en el que se dejase asaltar por los viejos fantasmas que no le dejaban dormir. Miró al exterior tan solitario como antes, avanzó con cautela. No era habitual encontrarse unas llaves puestas, olvidadas, de ninguna puerta.


Un único paso, crujido de madera demasiado reseca, una oscuridad demasiado espesa que parecía fluir como si de petróleo se tratase.


Jean se quedó paralizado. Parecía que las piernas pesaban demasiado para dar un solo paso más. Volvió a sentir el escalofrío en la espalda y una corriente eléctrica por todo el cuerpo.

No, no le interesaba aquella casa.

Daba igual que aquel día se fuese de vacío. No sería la primera vez y no pasaba nada. Nunca pasaba nada. Pero aquella casa no era para él. Y se dio cuenta de que era demasiado tarde. Él sí era para la casa.


No entendía de dónde le venía aquella comprensión, pero la puerta que había cruzado, ya se había cerrado. ¿La había cerrado él? No, no recordaba haberlo hecho.


Un nuevo crujido del suelo, pero él no se había movido. Tenía todos los músculos en tensión y los sentidos atentos. ¿Atentos a qué?
El sonido procedía del piso de arriba. Pero las viviendas de aquella zona eran de una única planta. No podía ser.


“Imaginaciones” pensó Jean.


Otro crujido, seguido del crujir de madera, le hizo dar un salto hacia delante y caer de rodillas mientras veía como las paredes se iban desencajado de su lugar conformando unos brazos de madera que buscaban en la oscuridad.¿Qué está pasando? -musitó en un susurro atónito ante lo que estaba viendo.Aquella casa buscaba una víctima y ya había decidido cuál sería.Jean se puso en pie sintiendo varios dolorosos pinchazos en las piernas y sintiendo como aquellas manos de madera se lo impedían, agarrando la tela vaquera de las perneras del pantalón. Lanzó un grito que acompañó con un tirón que consiguió rasgar el la tela, que quedó colgando en jirones entre las garras de madera de aquellos brazos que iban creciendo a base de ir desmenuzando las paredes.

– ¿Que está pasando? -musitó en un susurro.

Jean saltó hacia delante y comenzó a correr sin querer mirar hacia atrás.

Todo se llenó del estruendo de madera, cristales y ladrillos, los cuales se iban transformando en un ser compuesto de escombros el cual estaba hambriento.


El ladrón corrió sintiendo como el suelo se iba inclinando, haciendo más arduo su huida. Las piernas le ardían. Las garras, a parte de tela, también habían rasgado piel y carne. Notaba como la cálida sangre escapaba y con ella parte de su energía.


La casa entera latía al ritmo de un enorme corazón desbocado.


Jean miró hacia atrás viendo con horror como todo se había transformado en un ser imposible de largos brazos que buscaban desesperados, mientras que lo que antes era la puerta por la que había entrado, se había convertido en una boca plagada de afilados dientes que antes habían sido tablones de madera del suelo.


Jean no perdió el tiempo ni en gritar ni en intentar asimilar todo aquello. Siempre se había considerado un hombre pragmático. Tenía que correr. Tenía que huir. Tenía que salir de allí, entonces sería el momento de gritar, llorar, reflexionar, incluso de dar gracias a cualquier dios en los que nunca había creído. Ahora solamente estaba él y nadie más.


Comenzó a subir unas escaleras, que no debían de estar allí. Pero nada de lo que estaba pasando debería de pasar. Las escaleras se estremecían y Jean se iba tropezando cayendo cada pocos pasos. Sentía un aliento cálido tras él.


No quería, no podía mirar hacia atrás. Se concentró en seguir, en avanzar sin prestar atención al dolor, al miedo. Un paso tras otro. Un escalón más. Un paso más hacia ¿la salida? ¿Qué salida?


Un retumbo que se transformó en una voz.

Su nombre.

Le llamaba.

Le hablaba de un hogar. De la seguridad. De su lugar.


Jean, agotado por el esfuerzo, por el temor y por la pérdida de sangre, se detuvo. Miró hacia arriba. Mas escalones de madera seguían subiendo hasta perderse.


Los dados habían vuelto a caer en su contra.


Se dejó llevar.


La casa se estremeció al volver a la normalidad. En su oscura pared había un nuevo cuadro, el retrato de Jean, entre mil retratos más.

Relato para mí participación para el reto de Twitter #MismoInicioDiferenteFinal de @MaruBV13

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MI PECADO

¿Que he de creer?
Me enseñaron.
Me adiestraron para
pensar que está bien,
que está mal.
¿Pero a ojos de quién?
¿Dónde está ese Dios?
¿Ese ser?
Me obligaron a creer.
Me enseñaron a obedecer,
a no pensar,
a balar siendo en el
rebaño uno más.
Pero no quiero pensar
como me dijeron.
No quiero sentir como
me inculcaron a base de
miedo.
No quiero seguir a ningún
pastor que se crea a nadie
superior.
¡No!
Me has hecho dudar.
Por ello te estoy agradecido ya.
Me ha obligado a mirar.
A intentar discernir lo que
está bien, lo que está mal.
Y tú, a pesar de lo que
me inculcaron, estás bien
para mi alma tan necesitada
de un aire fresco,
de un canto a la esperanza.
Me haces estremecer con
tus prohibidas miradas.
Un roce, así de pasada.
Un beso lanzado al aire
que buscan tus labios
escondidos para que
no lo robe nadie.
Me haces sentir bien.
Eso basta para dejar
de creer la farsa de «esto
está mal, no debe ser».
He dejado de creer.
He dejado de balar.
Ahora me miran sin
comprender, sin ganas
de asimilar.
Sin pensar.
Sin dudar.
Sin cuestionar.
¿De dónde viene la
lección?
¿Quienes son ellos
más que este corazón
que late al ritmo que
impone una canción con
letra de amor y música de
pasión?
¿Quién me va hacer creer
a mí otra vez que lo que siento
no está bien?
Eres mi pecado, lo sé.
Lo sabes bien.
Pero nos da igual,
agarrados de las manos,
juntando a la vista de todos
nuestros labios.
¿Que está bien o qué está
mal?
A nosotros, todo eso, nos
ha de dar igual.

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QUÉDATE AL AMANECER

Que no se acabe la a noche

que al amanecer no desaparezca

este derroche de pasión.

Que llegue la noche

y te conviertas en ese ser

que hagas arder cielo y tierra,

sábanas y piel.

Que no se acabe la noche.

Si se acaba, quédate.

Hagamos de este amanecer

un nuevo atardecer en el

que te pueda tener.

Poséeme una vez más.

Que la mañana no llegue

jamás.

Al amanecer,

quédate.

Dibuja a fuego de besos

tu pasión en mi piel.

Que no se acabe la noche.

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VERBO SIN CONJUGAR

No tengo más puertas
que abrir.
Las llaves ya las perdí.
El corredor continúa con
miles de puertas cerradas.
Mi grito inunda el silencio,
se ahoga en el eco de mi
voz incapaz de encontrar
el verbo que he de conjugar.
Amar.
No me sale nada.
Un gruñido brota de mi
garganta.
La voz rebota en ese
pasillo sin fin.
Rebusco en bolsillos
de aire buscando el
arcoiris de llavero.
Busco más llaves, mil
puertas por abrir tengo,
pero ninguna hallo.
Corro gritando.
No hay salida de este
lugar de soledad y desengaño
en el que yo mismo
me he encerrado.
Grito ente estas paredes
con la ilusión de que me escuches y llegues.
Me liberes de esta prisión.
Este es el precio a pagar
por ser decepción.

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EL MIEDO VENCIÓ.

Soy un guerrero derrotado
aunque todas las batallas
haya ganado.
La espada, esa que tanta
sangre ha derramado, descansa
entre mis manos,
escapando cansada de todas
las vidas sesgadas.
De rodillas me hallo.
Cansado.
Vencido.
Amargado.
El tiempo ha pasado.
La gloria, soñada, ya ha
pasado.
Ahora solamente queda.
noches en vela cargadas
de fantasmas.
Las almas en pena,
que por mis delitos
me condenan.
Esperaba la hora en la
que la Madre me reclamase.
Pero ya no tengo fuerzas.
Me siento débil.
Mi espada sanguinaria
reclama su paga.
Mi sangre bañará su hoja.
Cantaré a la muerte.
Me recibirá como a un
héroe.
¡Ven Muerte, ven!
Ya escucho su canción.
Mi tiempo se acabó.
Mis hazañas se han
convertido en canción.
Todo patrañas.
El miedo venció.

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