Amanece. Lo noto a través de mis ojos cerrados. La luminosidad del sol penetra a través de mis párpados, que como telones tras la función, permanecen bajados.
Me hago el remolón. Nunca me ha gustado levantarme de un salto, no fuera a verme alguien y pensara que he despertado de algún sueño desagradable. O peor, que me levanto lleno de energía y con ganas de hacer lo mío y lo del observador.
Me desperezo tranquilamente en la cama sintiendo la suavidad de las sábanas y el peso de la vieja manta.
Aunque ya estemos a mediados de Marzo aún las noches refrescan aunque la primavera apriete con fuerza durante el día.
Abro suavemente los ojos, y sí, me encuentro con los rayos de sol que me saludan a través de la ventana iluminando toda mi blanca habitación.
Me quedo en esa paz unos instantes. estiro el brazo buscando la calidez de la piel de aquella chica que conocí en la noche y con la cual me había sumergido en la pasión.
No la encuentro. Miró extrañado hacia el lado vacío de la cama para comprobar que no está. Me incorporo apoyado en un brazo e intento ver si está en el aseo. Pero la puerta, la única en mi pequeño apartamento, está abierta.
Me doy cuenta del silencio. Pesado.
No se escucha nada. Ni un paso. Ni un solo golpe. Ni siquiera el trino de los pájaros. Incluso el sonido del tráfico es inaudible.
-¿Hola? -gritó desde la cama.
Gritaría el nombre de la chica, pero no me acuerdo de él. Ni siquiera sé si llegó a decírmelo.
Hay un momento en el que dudo que lo que recuerdo de la noche no sea más que un vívido sueño. Pero aún noto en mi piel el dulzón perfume de su cuerpo y las huellas de sus uñas en mi espalda me escuecen.
Me levanto dejando mi desnudez a la vista del sol que entra por la ventana. Así me preparo café y un par de tostadas, sentándome en un viejo taburete disfrutando del desayuno sin pensar mucho más en nada.
La chica se habría marchado y ya. Y el silencio, era fin de semana y apenas habría tráfico en las calles.
La música llena el apartamento. Algo de rock de los ochenta me despeja y me carga de energía.
Me ducho y me pongo lo primero que encuentro tirado en los sillones, me calzo unas deportivas y salgo a dar un paseo.
Al salir, observo que el pasillo está inusualmente oscuro y sin movimiento. Me da la sensación de ser el único vecino de allí.
Me siento raro. No es habitual aquel silencio. No se escucha la retransmisión de la misa de la señora encarna, mi vecina medio sorda de enfrente. Ni las voces de los gemelos, un par de chiquillos que padecen una sobredosis de azúcar continua.
Camino con una extraña sensación. No me cruzo con nadie. La soledad de aquel pasillo comienza a ser agobiante. Noto la soledad sobre mi espalda haciendo que mis pasos sean más pausados.
Me giro de repente esperando encontrarme con alguien. Pero no hay nadie.
Me fijo en algo en lo que no había reparado hasta ese instante. Todas las puertas están abiertas. Me detengo delante de una de ellas. Creo recordar que Sara, una joven universitaria, es la vecina en aquel momento. Me acerco a la puerta e introduzco con precaución la cabeza, no fuese a ser que me encontrase con alguna indecente escena. Sonrío ante aquel pensamiento.
Pero no encuentro nada. Y cuando digo nada, es eso. Nada. El apartamento, tan diáfano como el mío, está solo. Completamente solo, aunque hay en la encimera a una taza que parece ser de café aún humeante.
– ¿Sara? -digo mientras penetro en la sala muy despacio.
Compruebo si estuviese en el aseo, que la igual que en mi caso, es la única habitación que tiene puerta, pero ésta está abierta y solitario.
– ¿Sara? -insisto en decir su nombre, o creo que es su nombre, un poco más alto mientras me acerco a la taza humeante.
Miró hacia todos lados esperando encontrarme con la mirada escrutadora de la joven y su posterior, y más que probable grito de «¿¡Que haces aquí!?», pero no hay ni mirada ni grito, ni nada pues la inquilina no está ahí.
La taza está aún caliente. Me quedo así, con la taza a en las manos, unos segundos pensando en dónde podría estar. Era imprudente dejar la puerta completamente abierta, aunque fuésemos una comunidad de vecinos decentes, uno no debía de fiarse nunca.
No sé porqué me fijé en la cama. Las sábanas estaban completamente desechas y la casa en perfecto orden. Eso llamó mi atención, no el orden cosa que en mi hogar no había, sino dónde estaría el pijama, camisón, camisola o con lo que la joven quisiera dormir. Por allí no estaba.
Era un pensamiento extraño, lo sé, pero me quedé con él mientras salía al pasillo silencioso nuevamente.
Miro alrededor. Sí, todas las puertas abiertas. Entró, ya con menos miramientos en la siguiente casa.
– ¿Hola? -no digo nombres ya que no sé ni a quién pertenece aquel lugar.
El piso no es un apartamento como el mío, ni como el de la joven universitaria. Éste tiene un pequeño recibidor, dónde me encuentro, que desemboca en un amplio salón con balcón a la calle principal. Camino hasta él.
– ¿Hola? -repito nuevamente mientras voy abriendo puerta tras puerta. Cocina. Aseos. Dormitorios-. ¿Hay alguien aquí?
Pero solamente el eco de mi propia voz me contesta.
Comienzo a sentirme inquieto. Un cosquilleo extraño recorre mis piernas.
Salgo del vacío piso, al vacío pasillo comunitario.
Entró en otro piso gritando lo mismo. Preguntando si hay alguien, pero nadie me responde. Podría pensar que es un broma pesada, pero mi relación con la vecindad no pasa de ser cordial, así que descartó lo de la broma pesada y ese momento de que en algún instante saldrían todos gritando; «¡Sorpresa!» mientras me tendían alguna copa con cava, champán o cualquier otra cosa.
Ni un sonido. Simplemente silencio.
Me giro hacia las escaleras e intento caminar más deprisa. Necesito salir de allí. Necesito respirar aire fresco, no ese oxígeno que siento viciado, como si hubiese penetrado en un lugar cerrado y sin ventilar.
Sin ser del todo consciente comienzo a correr por todo el pasillo bajando las viejas escaleras de madera de tres en tres, estando apunto, en un par de ocasiones, de caer rodando por sendos tropezones. Pero no me detengo. El silencio y la soledad pesan demasiado.
Veo ya la puerta metálica verde del portal y como, el sol que penetra por los cristales, iluminan el solitario hall.
Como si fuese un atleta en medio de una carrera, agarro el pomo de la puerta abriéndola de golpe, cruzándola como si se tratara de la línea de meta.
Noto en mi rostro una ráfaga de templado viento y salgo a la acera mientras que tras de mí se cierra la puerta. Me giro, como si esperara encontrarme con la soledad abatirse sobre ella cual monstruo que me estuviese persiguiendo.
Pero no había nada. ¡Claro que no! Simplemente un portal vacío.
Siento que me falta el aire tras aquella carrera e intento reponerme mientras me apoyo contra el costado de un coche y me atuso el cabello.
Respiro profundamente mientras noto con el oxígeno penetra por mis cosas nasales y noto como con cada exhalación, poco a poco, aquella opresión que notaba me estaba abandonando.
No soy consciente, no al menos del todo, de la quietud y el silencio a mi alrededor. Permanezco con los ojos cerrados, sintiendo como el sol revitaliza mi cuerpo.
Algo me dice que no abra los ojos. Demasiada quietud y silencio, a pesar de que normalmente mi calle no tiene mucho tránsito. Pero es que ni tan siquiera se oía el sonido del autobús tomar la curva que enfila hasta el lugar en el que me encuentro.
Con cierta inquietud abro los ojos y el sol, reflejado en la fachada blanca del edificio, me deslumbra. Antes de mirar alrededor, me fijo nuevamente en mi portal. Aún espero, aunque parezca mentira, encontrarme con la densa forma de la soledad peleando contra la puerta para salir de allí. Sonrío con nerviosismo pues no son muchas las ganas de sonreír las que siento.
Vuelvo a sentir lo opresivo de un silencio innatural mirando a mi alrededor encontrándome con los conocidos, pero extrañamente desconocidos, edificios de la calle. Camino despacio pasando lentamente la mano por la rugosa superficie del edificio, como buscando un anclaje a una realidad conocida, en un momento que se estaba convirtiendo en una pesadilla.
No hay nadie en la calle. De las ventanas abiertas no se escapa ninguna nota musical, ninguna voz. Ni siquiera el chillido de las cotorras que hacía un tiempo se habían apoderado de la copa de las moreras que perfilaban la calle. Camino sin querer percatarme de aquel silencio. Miro hacia el cruce con la avenida. El semáforo sigue en su lento cambio de luces. Rojo. Amarillo. Verde. Pero nadie obedece sus indicaciones, pues nadie hay allí.
Veo los paneles del quiosco de Ramón abiertos, y eso me hace sentir alegría al encontrarme con algo que sí es habitual.
Corro hacia allí esperándome encontrar con el afable hombre de pelo blanco y rostro de profundas arrugas al que recuerdo siempre con una sonrisa dibujada en el rostro, a pesar de los golpes de la vida como el que le quitó a su esposa por un cáncer o ese otro en el que su hijo fue víctima de un borracho que iba al volante de un caro coche. Ramón siempre estaba allí con su sonrisa, diciendo; «Ese cabrón de allá arriba se piensa que me va a vencer. Pues lo lleva fatal el cabrón». Esa era su frase ante cualquier golpe de la vida, esas que dejaban marcas en el cuerpo, pero más profundas en el alma.
Llegó al quiosco como un sediento se lanza a un oasis en medio del desierto sintiendo un frío que me deja helado, paralizado ante el vacío puesto. El ligero viento hace que las hojas de la prensa, dispuestas en las tablas, se muevan inundandose del sonido de papel remarcando el silencio.
– ¿¡Ramón!? -grito mientras abro la puerta encontrándome con el estrecho cubículo vacío.
Doy varios pasos hacia atrás tropezándome con el bordillo tras el cual comenzaba la zona de césped del parque, cayendo lo largo que soy a la húmeda hierba. Siento un fuerte dolor en la espalda y la cabeza al golpearme contra el suelo.
Unas lágrimas se escapan de mis ojos. No sé si por el dolor que siento o por el miedo que comienza a atenazar mi razón.
Me levanto con la ropa humedecida y sintiendo un abultamiento en la zona trasera de la cabeza. Me llevo hasta allí la mano y palpe el enorme chichón que me había provocado la caída.
Grito, como nunca lo he hecho, al silencio amo y señor de todo lo que me rodeaba.
Renqueando comienzo a correr intentando dejar detrás de mí aquella pesadilla en la que había amanecido.
¿Dónde estaban todos?
Paso a toda prisa ante establecimientos, que con las puertas abiertas, permanecían vacíos. Hay coches, pocos pero alguno hay, parados con las puertas abiertas en medio de la carretera como si sus propietarios los hubieran abandonado rápidamente.
Mientras continúo corriendo, algo llama mi atención en una ventana del edificio que se alza al otro lado de la calle.
Tropiezo con mi propio pie y caigo rodando sintiéndo como las losas de cemento me rasgan la tela vaquera del pantalón y la piel. Lanzó un alarido de dolor. Me detengo tras golpearme contra las patas metálicas de un banco. Me quedo allí paralizado durante unos segundos. Me palpo la zona herida manchándome la mano de sangre. Siento un profundo escozor. A pocos metros sé que hay una farmacia pero cuando consigo enderezarse lo único que quiero es cruzar la calle e ir al piso que había llamado mi atención.
Así que medio cojeando cruzo, sin poder evitar mirar a ambos lados tras años de aprendizaje, esquivando un coche que permanecía allí parado sin que nadie hubiese al volante para atender las instrucciones del semáforo.
Me adentro en el portal al que creo que pertenece la ventana. Subo los escalones hasta la primera planta y voy entrando en cada vivienda que me encuentro buscando aquello que me llenaba de ilusión. Nada.
No encuentro nada en ninguna vivienda. Todas vacías. Todas ordenadas o desordenadas, con desayunos preparados en mesas y cocinas. Parecía que todo el mundo se hubiera marchado dejando todo por hacer. Como si hubieran huido de algo o de alguien.
Sonrío, a pesar de todo, ante aquel pensamiento de película apocalíptica.
Me encaro con otra puerta. Entro en el piso y escucho el roce que produce una tela sobre otra. Corro sin mirar nada hasta el lugar en el que se escucha aquel sonido. Veo la ventana y sé que es allí el lugar que buscaba. El sonido es cada vez más fuerte, como si alguien estuviera caminando despacio, quizá pensando que aquello era una locura. Una pesadilla.
Entró en la estancia que resulta ser un pequeño salón donde no hay nadie. Busco y rebusco con la mirada, los ojos muy abiertos, el movimiento de ese alguien, quería pensar que era de alguien, que había llamado mi atención desde la calle, pero al final me encuentro con el movimiento de una cortina roja, la misma tela roja, que había avistado desde la calle, suavemente movida por la brisa de la mañana.
Me derrumbo sobre un viejo sillón y me quedo allí llorando como un niño.
No sé si me duermo o pierdo el sentido del tiempo, pero cuando el escozor de la pierna me hace levantarme, el sol brilla en lo alto del cielo. Miro el reloj de la estancia que señala que ya hace un buen rato que el medio día había pasado.
El dolor de la pierna va en aumento. Como ya sé que nadie hay y a nadie espero, ese pensamiento me golpea como un mazo el ánimo, rebusco algún botiquín para curarme la herida de la pierna.
Me encuentro con un espejo de cuerpo entero y quitándome la camiseta observo mi torso y espalda amoratados por sendos golpes que me había dado.
Sigo en mi búsqueda y en el baño, en un mueblecito del lavabo, entre botes de espuma de afeitar y paquetes de compresas, encuentro un desgastado botiquín del que cojo alcohol, gasa, esparadrapo y una crema antiinflamatoria.
Vuelvo ante el espejo y me frotó con la crema las zonas amoratados, sintiendo su frescor y una ligera mejoría. Vuelvo a ponerme la camiseta. Me siento en el suelo mientras me deshago de los pantalones. Me limpio la herida, con sangre seca alrededor, con el alcohol mientras noto un tremendo escozor que me hace lanzar un grito. Me cubro la herida con la gasa sujetándola con trozos de esparadrapo. Me vuelvo a poner los pantalones y más desanimado que antes abandono la casa.
Camino arrastrando los pies por la acera. Me duele la pierna. Me duele todo el cuerpo. Noto el pesado silencio como una losa en la espalda.
Una ligera brisa juguetea con mi pelo.
Camino sin rumbo. Sin saber dónde ir. Sin saber que están a pasando. Camino durante tiempo indeterminado sin ver nada, a nadie.
Camino con la mente en blanco, pues si pienso lo único que consigo es desesperarme.
¿Que estaba pasando?
¿Dónde estaba todo el mundo?
Lágrimas de impotencia y de incomprensión recorrían mi rostro casi continuamente.
Tras el episodio de falta ilusión de antes, ya no me hacía ilusiones. Pero no dejé de entrar en otros tantos portales, subiendo a pisos vacíos, llenos de un principio de día que no llegó a materializarse. ¿Por qué?¿Por qué habían desaparecido todos y todo rastro de vida? No niego que en mi deambular, en algún instante, pensé que era aún a maravilla poder disfrutar de un Madrid vacío, sin ruido, tranquilo y en calma. Demasiada calma. Demasiado silencio. Demasiado vacía.
Cuando quiero mirar la frente me doy cuenta de que estoy frente al teatro de la Latina. Me siento más desolado que nunca. Esa zona siempre bullía de vida. Hablo en pasado. Río. Río sin sentido pero comienzo a sentir como me libero de una parte del peso que sentía. Río hasta caer al suelo. Y como si estuviera loco, comienzo a llorar. ¿Como si estuviese? ¿Y si lo estaba y todo era producto de mi imaginación y yo no he salido de mi apartamento o de un psiquiátrico? Pero la pierna me vuelve a escocer devolviéndome a aquella realidad en la que estaba viviendo. Vuelvo a levantarme y camino de nuevo sin rumbo. Siento como si por cada calle que avanzo fuese una boca de cualquier bestia extinta. Siento la a opresión de los edificios, noto frío por la falta a de sol que no es capaz de penetrar entre ellos. Camino sintiendo más y más la falta de aire, como si algo me lo estuviese robando.
Comienzo a ser consciente de la soledad total. Grito con la a esperanza de que mi voz llegue a alguien, pero solamente me llega a mí en forma de eco.
No sé qué hacer.
No sé dónde ir.
No sé a quién acudir. ¿Habría alguien a quién acudir?
De pronto me doy cuenta de que estoy caminando por los soportales de la plaza mayor. Tiendas y bares que suelen estar atestados, estaban solos. Solamente la brisa entran por sus puertas. Camino sin ganas de detenerme frente a escaparates repletos de recuerdos de la capital, viejas monedas, o sellos de colección.
Bajo los siempre oscuros escalones que separan la plaza de la calle Mayor y continúo en plena soledad.
Sigo como un zombie, sin rumbo, sin destino, pero sabiendo que si me detenía no podría volver a continuar.
Llevaba todo el día con la sensación de que alguien me miraba. De que había alguien que me vigilaba. Me volvía. Buscaba. Gritaba. Sentía la opresión del vacío y corría. Sí, volví a correr en varios tramos. Al igual que comienzo a correr ahora queriendo huir de aquello que sentía que me seguía.
Comenzaba a sentir que me faltaba la respiración. Sentía pinchazos en la pierna. Me dolía el pecho y el corazón me latía a mil por hora.
¿Cuánto llevaba así? ¿Días? ¿Quizás semanas? Miro el reloj y no han pasado más que horas. Unas pocas horas que eran eternas.
Siento como un pinchazo atraviesa mi pecho. Me llevo la mano a la zona del corazón. No he sido consciente del dolor en el brazo izquierdo. El aire, ¿dónde está el aire?
Bloqueo como los peces fuera del agua. Caigo al suelo. Veo que me encuentro justo encima de la placa dorada que señala el kilómetro cero.
Me agarró fuerte el pecho. ¡Un infarto! Soy consciente de que me está dando un infarto, de que no soy capaz de respirar. De que… ¿Qué veo? ¿Una figura que se acerca?
No sé si es un alusión o no, pero le tiendo el brazo solicitando ayuda con una voz que apenas es más que un gruñido.
Me mira. Aparta mi mano. Noto que coloca su mano en mi pecho. Siento esperanza, pero aquella figura aparta la mano y se me queda mirando.
Le tiendo la mano todo lo que me permite el dolor. Me ahogo. La vista comienza a nublárseme. ¡Ayúdame!
Quiero gritar, pero no puedo.
Mi consciencia se diluye. ¡Ayúdame!
Llega la oscuridad.
El hombre miraba con frialdad el cuerpo sin vida del sujeto. Marca un número en el móvil llevándoselo después al oido.
– ¿Todo grabado? – silencio mientras escucha-. Ok. Comencemos con el reinicio.