¿HASTA CUÁNDO?

¿Hasta cuándo seguiremos

ignorando que lo nuestro

hace tiempo que

está muerto?

¿Cuándo alguno de los

dos tendrá el valor de

decir; Hasta aquí hemos

llegado?

Hemos convertido de la

costumbre nuestros

días.

Hace tiempo que se

terminaron las alegrías,

las sinceras sonrisas.

Incluso la simpatía que

nos mostrábamos.

Ahora ya ni nos miramos.

Nuestras palabras solamente

son desagravios.

¿Hasta cuándo no encontraremos

el valor de reconocer que

esto ha terminado?

Habremos de seguir un

nuevo camino.

Ahora en soledad,

buscando la felicidad

Esa que nos abandonó

hace tiempo ya.

¿Cuándo comenzaremos

de nuevo a caminar?

TE ESPERO ESTA NOCHE

Te espero esta noche
para que hagas realidad
mis sueños.
Para que tomes en tu
pasión mi cuerpo.
Para que me lleves
muy lejos.
Te espero esta noche
para recorrer los cielos,
los mares enteros.
Para subir las más altas
cumbres, para hundirnos en
las más oscuras cuevas.
Te espero esta noche
para convertir mis penas
en alegrías.
Para llenar de luz
las pesadillas.
Te espero esta noche.
No me falles.
Si no apareces me
fundiré en el aire.
Desapareceré en el
tiempo
Seré un borrón sin
un nuevo comienzo.
Todo pasado, como
lo fue lo nuestro.
Te espero esta noche.
Te echo de menos.
Es nuestro hora,
es el momento de
desandar los caminos,
de comernos a besos.
Te espero esta noche.
Calma los pensamientos
de esta ilusión en la
que me atormento.

SOLO

Amanece. Lo noto a través de mis ojos cerrados. La luminosidad del sol penetra a través de mis párpados, que como telones tras la función, permanecen bajados.
Me hago el remolón. Nunca me ha gustado levantarme de un salto, no fuera a verme alguien y pensara que he despertado de algún sueño desagradable. O peor, que me levanto lleno de energía y con ganas de hacer lo mío y lo del observador.
Me desperezo tranquilamente en la cama sintiendo la suavidad de las sábanas y el peso de la vieja manta.
Aunque ya estemos a mediados de Marzo aún las noches refrescan aunque la primavera apriete con fuerza durante el día.
Abro suavemente los ojos, y sí, me encuentro con los rayos de sol que me saludan a través de la ventana iluminando toda mi blanca habitación.
Me quedo en esa paz unos instantes. estiro el brazo buscando la calidez de la piel de aquella chica que conocí en la noche y con la cual me había sumergido en la pasión.
No la encuentro. Miró extrañado hacia el lado vacío de la cama para comprobar que no está. Me incorporo apoyado en un brazo e intento ver si está en el aseo. Pero la puerta, la única en mi pequeño apartamento, está abierta.
Me doy cuenta del silencio. Pesado.
No se escucha nada. Ni un paso. Ni un solo golpe. Ni siquiera el trino de los pájaros. Incluso el sonido del tráfico es inaudible.
-¿Hola? -gritó desde la cama.
Gritaría el nombre de la chica, pero no me acuerdo de él. Ni siquiera sé si llegó a decírmelo.
Hay un momento en el que dudo que lo que recuerdo de la noche no sea más que un vívido sueño. Pero aún noto en mi piel el dulzón perfume de su cuerpo y las huellas de sus uñas en mi espalda me escuecen.
Me levanto dejando mi desnudez a la vista del sol que entra por la ventana. Así me preparo café y un par de tostadas, sentándome en un viejo taburete disfrutando del desayuno sin pensar mucho más en nada.
La chica se habría marchado y ya. Y el silencio, era fin de semana y apenas habría tráfico en las calles.
La música llena el apartamento. Algo de rock de los ochenta me despeja y me carga de energía.
Me ducho y me pongo lo primero que encuentro tirado en los sillones, me calzo unas deportivas y salgo a dar un paseo.
Al salir, observo que el pasillo está inusualmente oscuro y sin movimiento. Me da la sensación de ser el único vecino de allí.
Me siento raro. No es habitual aquel silencio. No se escucha la retransmisión de la misa de la señora encarna, mi vecina medio sorda de enfrente. Ni las voces de los gemelos, un par de chiquillos que padecen una sobredosis de azúcar continua.
Camino con una extraña sensación. No me cruzo con nadie. La soledad de aquel pasillo comienza a ser agobiante. Noto la soledad sobre mi espalda haciendo que mis pasos sean más pausados.
Me giro de repente esperando encontrarme con alguien. Pero no hay nadie.
Me fijo en algo en lo que no había reparado hasta ese instante. Todas las puertas están abiertas. Me detengo delante de una de ellas. Creo recordar que Sara, una joven universitaria, es la vecina en aquel momento. Me acerco a la puerta e introduzco con precaución la cabeza, no fuese a ser que me encontrase con alguna indecente escena. Sonrío ante aquel pensamiento.
Pero no encuentro nada. Y cuando digo nada, es eso. Nada. El apartamento, tan diáfano como el mío, está solo. Completamente solo, aunque hay en la  encimera a una taza que parece ser de café aún humeante.
– ¿Sara? -digo mientras penetro en la sala muy despacio.
Compruebo si estuviese en el aseo, que la igual que en mi caso, es la única habitación que tiene puerta, pero ésta está abierta y solitario.
– ¿Sara? -insisto en decir su nombre, o creo que es su nombre, un poco más alto mientras me acerco a la taza humeante.
Miró hacia todos lados esperando encontrarme con la mirada escrutadora de la joven y su posterior,  y más que probable grito de «¿¡Que haces aquí!?», pero no hay ni mirada ni grito, ni nada pues la inquilina no está ahí.
La taza está aún caliente. Me quedo así, con la taza a en las manos, unos segundos pensando en dónde podría estar. Era imprudente dejar la puerta completamente abierta, aunque fuésemos una comunidad de vecinos decentes, uno no debía de fiarse nunca.
No sé porqué me fijé en la cama. Las sábanas estaban completamente desechas y la casa en perfecto orden. Eso llamó mi atención, no el orden cosa que en mi hogar no había, sino dónde estaría el pijama, camisón, camisola o con lo que la joven quisiera dormir. Por allí no estaba.
Era un pensamiento extraño, lo sé, pero me quedé con él mientras salía al pasillo silencioso nuevamente.
Miro alrededor. Sí, todas las puertas abiertas. Entró, ya con menos miramientos en la siguiente casa.
– ¿Hola? -no digo nombres ya que no sé ni a quién pertenece aquel lugar.
El piso no es un apartamento como el mío, ni como el de la joven universitaria. Éste tiene un pequeño recibidor, dónde me encuentro, que desemboca en un amplio salón con balcón a la  calle principal. Camino hasta él.
– ¿Hola? -repito nuevamente mientras voy abriendo puerta tras puerta. Cocina. Aseos. Dormitorios-. ¿Hay alguien aquí?
Pero solamente el eco de mi propia voz me contesta.
Comienzo a sentirme inquieto. Un cosquilleo extraño recorre mis piernas.
Salgo del vacío piso, al vacío pasillo comunitario.
Entró en otro piso gritando lo mismo. Preguntando si hay alguien, pero nadie me responde. Podría pensar que es un broma pesada, pero mi relación con la vecindad no pasa de ser cordial, así que descartó lo de la broma pesada y ese momento de que en algún instante saldrían todos gritando; «¡Sorpresa!» mientras me tendían alguna copa con cava, champán o cualquier otra cosa.
Ni un sonido. Simplemente silencio.
Me giro hacia las escaleras e intento caminar más deprisa. Necesito salir de allí. Necesito respirar aire fresco, no ese oxígeno que siento viciado, como si hubiese penetrado en un lugar cerrado y sin ventilar.
Sin ser del todo consciente comienzo a correr por todo el pasillo bajando las viejas escaleras de madera de tres en tres, estando apunto, en un par de ocasiones, de caer rodando por sendos tropezones. Pero no me detengo. El silencio y la soledad pesan demasiado.
Veo ya la puerta metálica verde del portal y como, el sol que penetra por los cristales, iluminan el solitario hall.
Como si fuese un atleta en medio de una carrera, agarro el pomo de la puerta abriéndola de golpe, cruzándola como si se tratara de la línea de meta.
Noto en mi rostro una ráfaga de templado viento y salgo a la acera mientras que tras de mí se cierra la puerta. Me giro, como si esperara encontrarme con la soledad abatirse sobre ella cual monstruo que me estuviese persiguiendo.
Pero no había nada. ¡Claro que no! Simplemente un portal vacío.
Siento que me falta el aire tras aquella carrera e intento reponerme mientras me apoyo contra el costado de un coche y me atuso el cabello.
Respiro profundamente mientras noto con el oxígeno penetra por mis cosas nasales y noto como con cada exhalación, poco a poco, aquella opresión que notaba me estaba abandonando.
No soy consciente, no al menos del todo, de la quietud y el silencio a mi alrededor. Permanezco con los ojos cerrados, sintiendo como el sol revitaliza mi cuerpo.
Algo me dice que no abra los ojos. Demasiada quietud y silencio, a pesar de que normalmente mi calle no tiene mucho tránsito. Pero es que ni tan siquiera se oía el sonido del autobús tomar la curva que enfila hasta el lugar en el que me encuentro.
Con cierta inquietud abro los ojos y el sol, reflejado en la fachada blanca del edificio, me deslumbra. Antes de mirar alrededor, me fijo nuevamente en mi portal. Aún espero, aunque parezca mentira, encontrarme con la densa forma de la soledad peleando contra la puerta para salir de allí. Sonrío con nerviosismo pues no son muchas las ganas de sonreír las que siento.
Vuelvo a sentir lo opresivo de un silencio innatural mirando a mi alrededor encontrándome con los conocidos, pero extrañamente desconocidos, edificios de la calle. Camino despacio pasando lentamente la mano por la rugosa superficie del edificio, como buscando un anclaje a una realidad conocida, en un momento que se estaba convirtiendo en una pesadilla.
No hay nadie en la calle. De las ventanas abiertas no se escapa ninguna nota musical, ninguna voz. Ni siquiera el chillido de las cotorras que hacía un tiempo se habían apoderado de la copa de las moreras que perfilaban la calle. Camino sin querer percatarme de aquel silencio. Miro hacia el cruce con la avenida. El semáforo sigue en su lento cambio de luces. Rojo. Amarillo. Verde. Pero nadie obedece sus indicaciones, pues nadie hay allí.
Veo los paneles del quiosco de Ramón abiertos, y eso me hace sentir alegría al encontrarme con algo que sí es habitual.
Corro hacia allí esperándome encontrar con el afable hombre de pelo blanco y rostro de profundas arrugas al que recuerdo siempre con una sonrisa dibujada en el rostro, a pesar de los golpes de la vida como el que le quitó a su esposa por un cáncer o ese otro en el que su hijo fue víctima de un borracho que iba al volante de un caro coche. Ramón siempre estaba allí con su sonrisa, diciendo; «Ese cabrón de allá arriba se piensa que me va a vencer. Pues lo lleva fatal el cabrón».  Esa era su frase ante cualquier golpe de la vida, esas que dejaban marcas en el cuerpo, pero más profundas en el alma.
Llegó al quiosco como un sediento se lanza a un oasis en medio del desierto sintiendo un frío que me deja helado, paralizado ante el vacío puesto. El ligero viento hace que las hojas de la prensa, dispuestas en las tablas, se muevan inundandose del sonido de papel remarcando el silencio.
– ¿¡Ramón!? -grito mientras abro la puerta encontrándome con el estrecho cubículo vacío.
Doy varios pasos hacia atrás tropezándome con el bordillo tras el cual comenzaba la zona de césped del parque, cayendo lo largo que soy a la húmeda hierba. Siento un fuerte dolor en la espalda y la cabeza al golpearme contra el suelo.
Unas lágrimas se escapan de mis ojos. No sé si por el dolor que siento o por el miedo que comienza a atenazar mi razón.
Me levanto con la ropa humedecida y sintiendo un abultamiento en la zona trasera de la cabeza. Me llevo hasta allí la mano y palpe el enorme chichón que me había provocado la caída.
Grito, como nunca lo he hecho, al silencio amo y señor de todo lo que me rodeaba.
Renqueando comienzo a correr intentando dejar detrás de mí aquella pesadilla en la que había amanecido.
¿Dónde estaban todos?
Paso a toda prisa ante establecimientos, que con las puertas abiertas, permanecían vacíos. Hay coches, pocos pero alguno hay, parados con las puertas abiertas en medio de la carretera como si sus propietarios los hubieran abandonado rápidamente.
Mientras continúo corriendo, algo llama mi atención en una ventana del edificio que se alza al otro lado de la calle.
Tropiezo con mi propio pie y caigo rodando sintiéndo como las losas de cemento me rasgan la tela vaquera del pantalón y la piel. Lanzó un alarido de dolor. Me detengo tras golpearme contra las patas metálicas de un banco. Me quedo allí paralizado durante unos segundos. Me palpo la zona herida manchándome la mano de sangre. Siento un profundo escozor. A pocos metros sé que hay una farmacia pero cuando consigo enderezarse lo único que quiero es cruzar la calle e ir al piso que había llamado mi atención.
Así que medio cojeando cruzo, sin poder evitar mirar a ambos lados tras años de aprendizaje, esquivando un coche que permanecía allí parado sin que nadie hubiese al volante para atender las instrucciones del semáforo.
Me adentro en el portal al que creo que pertenece la ventana. Subo los escalones hasta la primera planta y voy entrando en cada vivienda que me encuentro buscando aquello que me llenaba de ilusión. Nada.
No encuentro nada en ninguna vivienda. Todas vacías. Todas ordenadas o desordenadas, con desayunos preparados en mesas y cocinas. Parecía que todo el mundo se hubiera marchado dejando todo por hacer. Como si hubieran huido de algo o de alguien.
Sonrío, a pesar de todo, ante aquel pensamiento de película apocalíptica.
Me encaro con otra puerta. Entro en el piso y escucho el roce que produce una tela sobre otra. Corro sin mirar nada hasta el lugar en el que se escucha aquel sonido. Veo la ventana y sé que es allí el lugar que buscaba. El sonido es cada vez más fuerte, como si alguien estuviera caminando despacio, quizá pensando que aquello era una locura. Una pesadilla.
Entró en la estancia que resulta ser un pequeño salón donde no hay nadie. Busco y rebusco con la mirada, los ojos muy abiertos, el movimiento de ese alguien, quería pensar que era de alguien, que había llamado mi atención desde la calle, pero al final me encuentro con el movimiento de una cortina roja, la misma tela roja, que había avistado desde la calle, suavemente movida por la brisa de la mañana.
Me derrumbo sobre un viejo sillón y me quedo allí llorando como un niño.
No sé si me duermo o pierdo el sentido del tiempo, pero cuando el escozor de la pierna me hace levantarme, el sol brilla en lo alto del cielo. Miro el reloj de la estancia que señala que ya hace un buen rato que el medio día había pasado.
El dolor de la pierna va en aumento. Como ya sé que nadie hay y a nadie espero, ese pensamiento me golpea como un mazo el ánimo, rebusco algún botiquín para curarme la herida de la pierna.
Me encuentro con un espejo de cuerpo entero y quitándome la camiseta observo mi torso y espalda amoratados por sendos golpes que me había dado.
Sigo en mi búsqueda y en el baño, en un mueblecito del lavabo, entre botes de espuma de afeitar y paquetes de compresas, encuentro un desgastado botiquín del que cojo alcohol, gasa, esparadrapo y una crema antiinflamatoria.
Vuelvo ante el espejo y me frotó con la crema las zonas amoratados, sintiendo su frescor y una ligera mejoría. Vuelvo a ponerme la camiseta. Me siento en el suelo mientras me deshago de  los pantalones. Me limpio la herida, con sangre seca alrededor, con el alcohol mientras noto un tremendo escozor que me hace lanzar un grito. Me cubro la herida con la gasa sujetándola con trozos de esparadrapo. Me vuelvo a poner los pantalones y más desanimado que antes abandono la casa.
Camino arrastrando los pies por la acera. Me duele la pierna. Me duele todo el cuerpo. Noto el pesado silencio como una losa en la espalda.
Una ligera brisa juguetea con mi pelo.
Camino sin rumbo. Sin saber dónde ir. Sin saber que están a pasando. Camino durante tiempo indeterminado sin ver nada, a nadie.
Camino con la mente en blanco, pues si pienso lo único que consigo es desesperarme.
¿Que estaba pasando?
¿Dónde estaba todo el mundo?
Lágrimas de impotencia y de incomprensión recorrían mi rostro casi continuamente.
Tras el episodio de falta ilusión de antes, ya no me hacía ilusiones. Pero no dejé de entrar en otros tantos portales, subiendo  a pisos vacíos, llenos de un principio de día que no llegó a materializarse. ¿Por qué?¿Por qué habían desaparecido todos y todo rastro de vida? No niego que en mi deambular, en algún instante, pensé que era aún a maravilla poder disfrutar de un Madrid vacío, sin ruido, tranquilo y en calma. Demasiada calma. Demasiado silencio. Demasiado vacía.
Cuando quiero mirar la frente me doy cuenta de que estoy frente al teatro de la Latina. Me siento más desolado que nunca. Esa zona siempre bullía de vida. Hablo en pasado. Río. Río sin sentido pero comienzo a sentir como me libero de una parte del peso que sentía. Río hasta caer al suelo. Y como si estuviera loco, comienzo a llorar. ¿Como si estuviese? ¿Y si lo estaba y todo era producto de mi imaginación y yo no he salido de mi apartamento o de un psiquiátrico? Pero la pierna me vuelve a escocer devolviéndome a aquella realidad en la que estaba viviendo. Vuelvo a levantarme y camino de nuevo sin rumbo. Siento como si por cada calle que avanzo fuese una boca de cualquier bestia extinta. Siento la a opresión de los edificios, noto frío por la falta a de sol que no es capaz de penetrar entre ellos. Camino sintiendo más y más la falta de aire, como si algo me lo estuviese robando.
Comienzo a ser consciente de la soledad total. Grito con la a esperanza de que mi voz llegue a alguien, pero solamente me llega a mí en forma de eco.
No sé qué hacer.
No sé dónde ir.
No sé a quién acudir. ¿Habría alguien a quién acudir?
De pronto me doy cuenta de que estoy caminando por los soportales de la plaza mayor. Tiendas y bares que suelen estar atestados, estaban solos. Solamente la brisa entran por sus puertas. Camino sin ganas de detenerme frente a escaparates repletos de recuerdos de la capital, viejas monedas, o sellos de colección.
Bajo los siempre oscuros escalones que separan la plaza de la calle Mayor y continúo en plena soledad.
Sigo como un zombie, sin rumbo, sin destino, pero sabiendo que si me detenía no podría volver a continuar.
Llevaba todo el día con la sensación de que alguien me miraba. De que había alguien que me vigilaba. Me volvía. Buscaba. Gritaba. Sentía la opresión del vacío y corría. Sí, volví a correr en varios tramos. Al igual que comienzo a correr ahora queriendo huir de aquello que sentía que me seguía.
Comenzaba a sentir que me faltaba la respiración. Sentía pinchazos en la pierna. Me dolía el pecho y el corazón me latía a mil por hora.
¿Cuánto llevaba así? ¿Días? ¿Quizás semanas? Miro el reloj y no han pasado más que horas. Unas pocas horas que eran eternas.
Siento como un pinchazo atraviesa mi pecho. Me llevo la mano a la zona del corazón. No he sido consciente del dolor en el brazo izquierdo. El aire, ¿dónde está el aire?
Bloqueo como los peces fuera del agua. Caigo al suelo. Veo que me encuentro justo encima de la placa dorada que señala el kilómetro cero.
Me agarró fuerte el pecho. ¡Un infarto! Soy consciente de que me está dando un infarto, de que no soy capaz de respirar. De que… ¿Qué veo? ¿Una figura que se acerca?
No sé si es un alusión o no, pero le tiendo el brazo solicitando ayuda con una voz que apenas es más que un gruñido.
Me mira. Aparta mi mano. Noto que coloca su mano en mi pecho. Siento esperanza, pero aquella figura aparta la mano y se me queda mirando.
Le tiendo la mano todo lo que me permite el dolor. Me ahogo. La vista comienza a nublárseme. ¡Ayúdame!
Quiero gritar, pero no puedo.
Mi consciencia se diluye. ¡Ayúdame!
Llega la oscuridad.

El hombre miraba con frialdad el cuerpo sin vida del sujeto. Marca un número en el móvil llevándoselo después al oido.
– ¿Todo grabado? – silencio mientras escucha-. Ok. Comencemos con el reinicio.

¿EL CAMINO SE HA ACABADO?

¿Hasta aquí hemos llegado?
¿El camino se ha acabado?
¿La esperanza me ha abandonado?
No sé ni cómo aquí
he llegado.
Ni tan siquiera he llegado o
he sido arrastrado por las
manos del destino o cualquier
otro desatino.
Solamente sé que aquí
me encuentro.
El final de un camino.
¿Quizá un nuevo comienzo?
Eso espero, pues si no
no encuentro sentido a todo
esto.
Tanto dolor,
soledad,
sufrimiento.
Tanto pensamiento que han
sido sueños tornados en
realidades amargas.
¿Hasta aquí hemos llegado?
El camino se ha terminado.

DICE EL CALENDARIO

Ha llegado la primavera
o eso me ha contado el
calendario.
Ha llegado y en la calle
no nos ha encontrado.
Se ha teñido de grises
nubes que sobre las
vacías calles a llorado.
Pero que no desespere,
que esperamos con agrado
el salir a las calles,
a los patios, plagados de
flores con las que la primavera
nos ha regalado.
Saldremos reforzados,
esperanzados,
Ilusionados de sentir
el sol en nuestro ser.
Las calles volverán a renacer
llenando el aire de risas
que están por hacer.
Nuevos sueños e ilusiones,
caminos por recorrer.
El calendario me ha hablado.
La primavera, aunque sin saberlo,
ha llegado.

LA ÚLTIMA CARTA

(Está es mi participación en el reto #MismoInicioDiferenteFinal)

Abrí los ojos en el momento en el que la alarma sonó: las 8:00 a.m. del viernes 14 de febrero. Quise cerrarlos y volver dormir para siempre, pero el timbre de la casa a sonaba; de esa casa que me quedaba tan grande desde la a muerte de Dany, hacía ya ocho meses. En la puerta esperaba un repartidor con un gran ramo de mis flores preferidas, con una tarjeta firmada por Dany y que decía…
«Buenos días mi reina. ¿Cómo estás? Seguro que sorprendida he intentando racionalizar esto. Siempre intentando racionalizarlo todo. ¿Y que te tengo dicho? Que dejes las cosas pasar. Que no busques tantas explicaciones…»
Sonia comenzó a llorar, emborronado tras lágrimas las letras. Le parecía mentira leer aquellas palabras de Dany, escritas con su pulcra caligrafía ligeramente inclinada, que denotaba el caro colegio dónde se había formado.
También sonrió, una sonrisa abierta y sincera. Esa que hacía meses, ocho desde la muerte de Dany, que nunca sacaba a relucir.
Se enjuagó las lágrimas con el dorso de la mano y fue a colocar el bello ramo en un jarrón con agua, colocándolo en aquel lugar donde siempre ponía las flores frescas, junto a la ventana.
Se demoró unos segundos en colocar cada flor. La nota seguía. Estaba deseosa de seguir leyendo, pero a la vez temía terminar. Sentía, desde que vio aquella tarjeta, que al finalizarla sería como volverlo a perder. Se sintió flaquear. Sabía era una tontería, pero aquellas letras eran como volverle a escuchar.
Se sentó en aquel sillón que Dany denominó su lugar, ese espacio solamente reservado para ella. Acarició la piel y le pareció sentirle junto a ella.
Otra vez las lágrimas. Se sentía tonta.
Cogió, con manos temblorosas, la nota y comenzó a leerla.
«Espero que las flores te gusten. ¡Claro que te van a gustar! Son tus preferidas. O al menos espero que el recado que dejé se haya cumplido.
Supongo que las pondrás, si no lo has hecho ya, en ese santuario floral junto a la ventana. Su rinconcito de luz. No habrán cambiado tus costumbres en ocho meses. Ni en mil vidas cambiarán, ya lo sabemos.
Ocho meses han pasado desde que la enfermedad nos ha alejado. Pero no es momento de penas ni recuerdos, es 14 de Febrero. La magia del amor…
Que mal me suena todo esto. Ya sabes mi aversión hacia tanto empalagoseo.
Pero sé que esta fecha para tí es algo especial. Nunca entendí, ni entenderé, que le veías. Pero poco me importaba. Te encontrabas tan feliz.
Ahora, mi amada Sonia, ya es hora de partir. De dejar de velar tus noches. De acariciar tu cara mientras duermes. Es hora de continuar tu vida y que la rehagas. Que sea feliz. Que me recuerdes en un lugar profundo de tu mente y busques sitio para nuevos amores con los que disfrutar de este día.
Mira las flores. ¿Las ves? Cuando caiga el último pétalo, como en los cuentos de hadas, será el momento de comenzar un nuevo cuento.
Y ahora amor te he dejar, aunque estaré ahí, junto a tí hasta lo del pétalo. Así que deja de llorar y sonríe. Ilumina el mundo con tu luz. Y sé feliz que siempre es lo que he querido para tí.
Además el tío este que está aquí no deja de tirar de mí. ¡Que pesado!»
Sonia no podía parar de llorar. Aunque intento hacer lo que él decía, pero la sonrisa no era capaz de vencer el llanto.
De pronto sintió aquella calidez, tan familiar, en su mano y como está iba recorriendo su brazo y cuello hasta llegar hasta su boca, tirando suavemente de sus músculos faciales, intentando dibujar una sonrisa. Ella se dejó como siempre lo hacía cuando Dany repetía aquel gesto.
Sonrió de veras y noto una cálida ráfaga de viento en sus labios. Era un etéreo beso de su amor que realmente estaba allí con ella…

POR LA CALLE DEL SILENCIO

Tránsito en la calle
del silencio.
Caminos estrechos
de palabras nunca dichas.
Altos y oscuros muros
de incomunicación,
que pesan en el alma,
en el corazón.
Camino sin rumbo
fijo por ese camino
en el que no encuentro
ni mi lugar, ni siquiera
un sitio en el que descansar.
Las palabras se agolpan en
forma de robustos ladrillos,
que alzándose hacia el cielo
la luz del sol va cubriendo,
oscureciendo el suelo
por el que ando sumido
en mi propio silencio
en esos pensamientos
en los que ni yo mismo
me quiero.
Callejón de silencios,
de palabras no pronunciadas
que se escapan en forma
de lamentos.
Y continúo a pesar de
ni conocer mi rumbo.

COLORÍN COLORADO

Colorín colorado,

este cuento

se ha terminado.

Y así cerramos

de un golpe el libro

que abrimos cuando

nos conocimos.

Cuando las promesas

eran eternas,

cuando el amor sincero

no era motivo de penas.

El cuento se ha terminado.

Ni yo soy un caballero

ni tu una princesa.

No hay ratones que

nos hablen, pájaros

que nos canten,

ni calabazas que en

carrozas se conviertan.

El zapato de cristal

se rompió,

al estrellarse contra el

duro suelo del dolor.

La realidad ha eliminado

la ficción.

La amargura ha sustituido

la ilusión.

Y colorín colorado

la vida con nuestro amor

ha terminado.

AMARGURA

Amargura destilan
mis ojos cuando
no estás cerca.
Cuando te alejas.
Cuando sé que
ya no regresas.
Amargura al ver
la tierra de este
jardín yerma,
pues nada crece en
él si le falta, al igual
que a mí, el sol con
el que alimentarse.
Tu sonrisa.
Tu mirada.
Tu voz.
Tus ganas de vivir
y acoger entre
tus alas los sueños
con los que nos arropamos.
Amargura de mis
ojos destilada, con la
que emborracho mi
alma y me lamento,
lamiendo las heridas
de estos sentimientos
que atenazan mi cuerpo,
mis mañanas,
mis ganas,
nuestra cama.
Esas que del estómago
me agarran.
Me arañan,
me desangran en
días eternos de locura
y dolorosos remordimientos.
Amargura destilan
mis ojos secos de
tantas lágrima vertidas,
conformando el lago
de aguas cristalinas
dónde floto,
me ahogo.

CANGREJO. PIEDRA. COSTA

Cangrejo. Piedra. Costa. Océano. Pintaba sin darse cuenta de que la lluvia deshacía cada pincelada, licuando la pintura que chorreaba por el lienzo encharcado. Pintaba frenético, movido por un ansia extraña, ni siquiera le despertó el relámpago de aquel éxtasis que le impulsaba.
Pintaba movido por aquellas musicales voces que procedían de lo más hondo del mar. Le decían que pintase su realidad, sus penas. Que al lado de ellas iba a estar
Él pintaba, calándose hasta los huesos bajo el feroz temporal que azotaba la costa.
No le importaba lo emborronado que se encontrase el lienzo. Sólo tenía que pintar y pintar. Allí, entre óleo aguado y mezclas imposibles de colores, él veía su mejor obra. Esa que soñaba cada noche desde hacía semanas. La obra definitiva de su vida. La que no le permitía dormir y le despertaba a cada instante.
Sus ojos con negras ojeras, solo veían lo que él quería ver. Lo que aquellas voces le indicaban que viera.
No había posibilidad para error. Tenía que terminar. Tenía que descansar. Estaba demasiado cansado. Solamente deseaba poder dormir tranquilamente. Pero las voces encarnadas en etéreas damas, aquellas que le visitaban, le decían que esperan su cuadro. El mejor de toda su vida. Que a través de él, ellas contarían su historia de almas cansadas. De mujeres muertas. El almas olvidadas.
El óleo chorreaba aguado por el estropeado lienzo, cayendo de él a la húmeda piedra de la costa. Esa piedra que él veía perfecta en el cuadro.
Las voces le indicaban que siguiera, que era magnífica. Que todos se quedarían maravillados al verla.
Pintaba frenético.
Otro relámpago que iluminó la oscuridad.
Brillo febril en su mirada.
Miró hacia la castigada playa por inmensas olas que engullía todo lo que encontraban a su paso. Sentía su espuma mojándole los desnudos pies, como los dedos de aquellas etéreas manos que le urgían a terminar.
Entre aquellas olas, las vio acercándose, lenta pero inexoráblemente.
-¡Ya está! -gritó alzando el cuadro-. ¡Ya lo he terminado!
«Traelo»
«Ven con nosotras»
«Déjanos verlo»
No pensó nada más que hacer lo que aquellas voces le pedían.
Se dejó llevar por el impulso de las olas.
Poco a poco caminaba a por la anegada playa hundiéndose un poco más a cada a metro que avanzaba.
Vio cómo le tendían las manos. Él extendió su brazo para poder cogerlas. Con la otra les ofrecía el lienzo.
Sonreían y cantaban felices ajenas, al igual que él, a la tormenta.
Una ola rompió contra él haciéndole caer y dar varias vueltas entre las enfurecidas aguas.
Consiguió, con dificultad ponerse de pie, y aferró una de las maderas del lienzo. Una que aún conservaba pegada a ella algo de tela emborronada.
Apenas se mantenía de pie. La fuerza del mar embravecido tiraba de su cuerpo y se dejaba llevar en su éxtasis creador.
Ansiaba descansar. Sólo quería poder dormir. Sentía agarrotado todos los músculos de su cuerpo, su alma.
Sabía que ellas cumplirían con sus promesas.
Se dejó llevar. No podía hacer nada. Otra ola le sumergió.
No volvió a salir a flote.
Sintió la fría calidez de espectrales manos que tiraban de él hacía lo más hondo del mar.
Descansaría.
Su obra final, la mejor de su vida, estaría expuesta en el lecho marino. La última de su existencia. La que siempre estaría ahí, para que otras almas perdidas la admirasen.
Sintió un húmedo beso. Una de las etéreas damas le besaba. Labios sobre labios. Le sonreía y mientras la miraba a sus cristalinos ojos, notan a como el aire le abandonaba y en su lugar a sus pulmones llegaba agua.
No intentó resistirse.
Se dejó llevar.

Relato nacido gracias al reto #DesafíoDosPalabras2020 #Día005 de @M4627C